martes, 13 de octubre de 2020

"Para Hacer Bien El Amor Hay Que Venir Al Sur", Lo Zafio No Tiene Ninguna Gracia.

Siempre he sido defensor del género frívolo, de la revista, y de la doble intención, y siempre lo he hecho partiendo de la base que bien entendido se trata de un canto a la belleza de la mujer, como se demuestra en los lugares en los que se sigue haciendo revista, y en las crónicas de los tiempos en los que las vedettes eran diosas en nuestro país . El discurso zafio, el teatro garbancero que dijo Valle, lo obvio y lo casposo no me interesa. A veces la línea que separa una cosa de la otra es difícil de delimitar, y una comedia sexy, se echa a perder por la literalidad de las situaciones escénicas y de lo burdo de los juegos de palabras. No es una cuestión de mojigatería, a veces se debe recurrir a lo obvio, siempre que sirva para ilustrar algo, o para reforzar lo que se nos plantea en el texto. Cuando el sexo es gratuito, no sirve, pierde su capacidad catalizadora de las emociones humanas, y algo tan natural como es la sexualidad se convierte en una mera excusa para tapar una serie de carencias que no se pueden solventar o bien con talento o con ingenio. En un escenario admiro el arte de la insinuación, logicamente es el camino más difícil, pero sin duda es el que tiene más interés a nivel teatral, y precisamente en ese lugar se mide la altura de un artista. Gypsy Rose Lee, la mítica artista de burlesque, triunfó por su fineza, llegando a lo más alto en lo suyo, que era el desnudarse en público. Lo hacía con muchísima clase y se ganó el respeto de toda la profesión a base de tenacidad y trabajo. El camino fácil hace años que ya pasó a la historia, ni nos escandalizamos por la procacidad de un espectáculo, ni nos hace gracia lo burdo en cuestiones sexuales, hemos madurado como sociedad, y nuestras vías de escape hace décadas que ya no pasan por ahí, y abordar un espectáculo basado unicamente en eso ya no tiene razón de ser. Ejemplos de musicales, ya que de un musical voy a hablar, en los que se ha planteado el sexo como tema central hay muchos, con mayor o menor fortuna, y aquellos que se han quedado atrás son precisamente los que lo abordaron desde lo obvio. Por algo será que se entienden como obras caducas y que no aportan nada al espectador actual, al que ya no le interesa ver a una señorita en bikini luciendo cacha de forma gratuita, entre otras cosas porque los canales para acceder a cierto tipo de "información" no pasan ni por los teatros ni por los cines.

Todo esto que cuento viene a colación de "Para hacer bien el amor hay que venir al sur" Jukebox con las canciones de Raffaella Carrá como nexo de unión, que vi ayer en La Latina, y que reconozco que me dejó literalmente ojiplático, por el bajísimo nivel del espectáculo, especialmente en su libreto, así como por lo zafio de su planteamiento, digno de una revista de tercera de La Transición, si, aquellas revistas que se cargaron el género, precisamente por todo lo que más arriba planteo.



"Para hacer bien el amor hay que venir al sur", musical con libreto de Ricard Reguant, y de nueva creación, se estrenó la semana pasada en La Latina, y resulta difícil extraer cualquier tipo de opinión positiva del material literario con el que se parte. La historia, por decir algo ya que se queda en anécdota, nos cuenta la creación de un musical, en el que los avatares amorosos de tres chicas sirven como pretexto para ir desgranando los temas más emblemáticos de la Carrá, metidos con desigual fortuna en el argumento, y sin duda con un aire apresurado, y de producto oportunista que deja un poso frustrante en el espectador, que asiste atónito a semejante despropósito teatral.

Todos los tópicos del landismo, y por que no, Pajares y Esteso, en su vertiente más gruesa se encuentran en una obra, en la que prima el lenguaje soez, la situaciones escénicas sin sentido ni coherencia, y en la que además se nota a la legua que se han ido añadiendo escenas sin ton ni son, para llegar a la hora y media que dura el espectáculo. El speech político al estilo del Club de La Comedia es un ejemplo palmario de lo que planteo, uno de los tantos pegotes que uno se encuentra a lo largo de todo el texto, pero que en este caso todavía canta más, dado que no tiene absolutamente nada que ver con el resto del espectáculo. Todo pasa por una genitalidad excesiva, un control admirable de los vulgarismos con los que se conoce el aparato reproductor humano, un cansino subrayado de todo lo que tiene que ver con lo verde, y un nulo interés teatral, de personajes monolíticos, arquetípicos, y con cero chicha teatral, con excepción de Lucas, uno de los pocos que se salvan de la quema. A esto hay que añadir un falso discurso en el que se plantea el feminismo como una mujer diciendo procacidades, y que como no puede ser de otra manera según los cánones más machistas, acaba siendo lesbiana, junto con un estereotipo homosexual, rancio y ofensivo, en el que la figura de la loca, persiguiendo penes como un poseso en un mutis, me retrotrajo a tiempos tristes y por suerte pretéritos. El texto además de reaccionario, falsamente envuelto en cierto aire de modernidad, es rancio, y los chistes sobados hasta la saciedad no funcionan, os prometo que en la función se dicen cosas que ya en mis tiempos de colegio eran chascarrillos habituales en el recreo.

Ante semejante despliegue os aseguro que soy incapaz de entender como un texto de tan bajo nivel ha pasado los filtros del programador del teatro, que entiendo que no conocía el producto cuando lo contrató, porque no tiene razón de ser un espectáculo de estas características en pleno S. XXI.



Lo primero que hay que decir sobre el reparto, es que es admirable el empeño que tienen por defender la función, en general entusiasta, y entregado, aunque irregular en sus capacidades.

Brilla mucho Javier Enguix, el artista más sólido en lo vocal y actoral de la función, el que mejor cantó, y el que más pillado tiene el papel, excesos de dirección aparte. También Javier Toca como bailarín deja ver su talento, ya conocido para los aficionados, aunque las ramplonas coreografías, de Cuca Pon, no aprovechan su arte lo suficiente. Un par de solos suyos me supieron a gloria, sólido, expresivo y a años luz del resto del elenco. Es notable también el trabajo de Marta Arteta, con buen desplante escénico, buena voz, e interesante en las coreografías, y salvando el tipo en un papel imposible de defender, que afronta con profesionalidad y solvencia. También Tamia Déniz salva los trastos gracias a su elegancia y una afortunada intervención musical. Del resto del elenco destacar la bonita voz de Mikel Hennet, muy mal dirigido en la parte actoral, especialmente como hermano de Lucas, que el pobre no sabe por donde salir del destrozo escénico en el que lo han metido. Más flojas resultaron Raquel Martín, francamente anodina, así como Miriam Queba, pasada de vueltas, aunque es cierto que en la breve intervención musical que tiene se encuentra correcta. Entendemos que a la cabeza del espectáculo se encuentra Patricia Arizmendi, resultando insuficiente en todas las disciplinas, floja en la parte actoral, en la que falta naturalidad, pero he de decir en su descargo que es cierto que enfocar según que cosas con sentido es una tarea ímproba. Imposible en lo musical, con una voz de distintos colores según el pasaje que esté cantando, de escasa técnica, y con problemas en la zona aguda, en una partitura que no se caracteriza precisamente por su dificultad.



Vayamos con la propuesta escénica.

Ricard Reguant firma el espectáculo, y lo hace exactamente en misma línea con la que firma el texto. No hay composición de personajes más allá de cuatro pinceladas, ya que los actores, a excepción de Enguix, parecen ser ellos mismos en su versión supuestamente más pizpireta, y "muy arriba" como nos decía un conocido empresario teatral y televisivo cuando quería que estuviéramos energéticos en el escenario. No hay más en lo actoral. Al no haber conflicto en el texto, no hay teatro, solo escenas apenas hiladas, en las que el gag visual mas burdo sirve para apoyar al texto. No sé las veces que los chicos se señalan la entrepierna durante la función, para que nos quede claro lo que ya deja cristalino el texto. Mucho arrimar cebolleta, mucho Benny Hill, chicas en bikini y tacones, mucha lentejuela, y poco más. Solo cuatro obviedades de sal gorda que se repiten durante todo el espectáculo, y sopor, mucho sopor en una hora y media que se nos hace eterna.

El colmo del despropósito llega ya al final del espectáculo, en el que sin pudor ninguno se repite el número con el que da inicio el musical, una vez más por aquello de alargar la función, y justificar el precio de la entrada, para luego incluir el medley de rigor en el que se nos vuelven a cantar todas las canciones del espectáculo.

Es muy triste ver que un material atractivo como son las canciones de la Carrá se vean tan mal tratadas a nivel escénico, en un producto oportunista, y que no tiene ninguna otra aspiración más que el hacer caja, algo por otro lado respetable, siempre y cuando se mantengan unos mínimos escénicos que a todas luces aquí no se cumplen. La música enlatada, algo que parece ser la tónica ultimamente, y una escuálida escenografía en la que un telón viste el escenario junto con una bola de discoteca, y poco más, son el envoltorio del espectáculo. Si seguimos por este camino, ya iniciado de nuevo con el Jekyll del Canal, nos cargamos el género, ojito, que esto ya ocurrió en el anterior boom de los musicales, con una salvedad, ya hemos visto muchos musicales en nuestro país, y los espectadores somos conscientes de que el "todo vale", YA NO VALE.


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1 comentario:

  1. Una pena! Quizas los teatros estén tan desesperados para mantenerse abiertos que producen cualquier "espectáculo." No sé.

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