lunes, 3 de junio de 2019

Tres Sombreros De Copa, Que Tragedia Más Cómica, ¡Oigan!

Si hay una comedia que me gusta del repertorio español, esa es "Tres sombreros de copa", le tengo infinito cariño, y durante un tiempo andaba tan obsesionado con este título, que los compañeros de una función que estaba haciendo por aquellos días, me regalaron un ejemplar de la obra de Mihura, firmado por todos ellos, ya que estaba todo el día hablando del texto en cuestión, y lo que haría con él si le pudiera hincar el diente.
Me sé muchos chistes de memoria, la he visto al menos cuatro veces, y leído otras tantas, y no me canso de ella. Hay una cuestión interesante en este texto, y es que cuando se pasa un tiempo sin verlo o leerlo, al reencontrarse de nuevo con él, reaparece en todo su esplendor, y como si fuera casi un desconocido, ya que se descubren y redescubren cosas nuevas en cada revisión.
El problema de "Tres sombreros de copa" es que ha sido muy maltratada, muy mal entendida, y muy mal interpretada, y por desgracias siempre nos acordamos de las veces que se ha hecho mal, en vez de las que se ha hecho bien. Es un título que se asocia a la caspa, a cierto teatro para señoras trasnochado, o a una comedieta amable sin muchas aspiraciones más que las de entretener y servir de material para las compañías amateur y finales de curso varios.
Mihura, como Jardiel, Paso, o Muñoz Seca, deben ser reivindicados, y sobre todo debemos hacerles un tratamiento intensivo de curación ante tanto maltrato, para que se puedan disfrutar en todo su esplendor, con el genio por el que fueron aclamados, y reconociendo la valía de unos autores que nunca fallaban en sus dramaturgias, siempre sólidas, siempre bien tramadas, y con un uso del lenguaje magistral, cargado de ingenio y de sorprendente vigencia en algunos casos. el gran pecado de estos autores fue el ser comerciales, el escribir para el gran público, y el pensar que esto del teatro también puede servir para ganarse la vida, algo muy lícito por otra parte. Y como además tuvieron éxito, ya fue el remate, en un país como el nuestro, eso jamás se perdona. El pasar de los años los ha arrinconado, con un estigma de caspa y antigualla, y pocos se atreven a hincarles el diente por una sencilla razón, son muy difíciles de hacer bien, y sobre todo de hacer en serio, o lo que es lo mismo, tomárselos en serio.



Tres sombreros de copa, de Miguel Mihura, se escribió en 1932, durante una convalecencia del autor, y justo después de un revés amoroso. La obra resultó tan adelantada a su tiempo que no se pudo estrenar hasta 1952, con Juanjo Menéndez como Dionisio, y Gustavo Pérez Puig en la dirección. El texto de Mihura, desopilante y amargo a partes iguales, es todo un tratado sobre las vanguardias que comenzaron en esa época, y casi podemos decir que se trata de uno de los primeros ejemplos de "Teatro Del Absurdo" del que se tiene constancia. Teniendo en cuenta el panorama teatral español de la época, bastante conservador y alejado de las nuevas corrientes, podemos considerar a Mihura un pionero en nuestro teatro, y un genio a todas luces, que si bien es cierto luego tomó otros derroteros más convencionales en sus obras, siempre dejó un poso de genialidad en todo lo que escribió, de personalísima creación e inimitable sentido de la teatralidad. 
Detrás de Tres sombreros de copa, se esconde agazapada una tragedia, por no decir muchas, ya que la mayoría de los personajes que se presentan en la obra, tienen un porvenir y un presente bastante negro, y que buscan vías de escape de múltiples formas, pero con nulos resultados. Un hombre gris pasa la noche antes de su boda con una señorita bien, en un hotelito de segunda, y esa noche transcurren por su habitación una recua de personajes a cada cual más extravagante, alejadísimos en su forma de vida de la de nuestro protagonista, sirviendo esta noche de encuentros y extrañas aventuras, como catalizador de una feroz crítica a la sociedad de la época, las convenciones sociales, y sobre todo un tratado sobre los sueños rotos, y el autoengaño. Mihura plantea la obra de forma ambigua, ya que si bien todo está envuelto en cierto tono onírico, no nos queda claro si lo que vive es un sueño, o una realidad deformada por los ojos de Dionisio, que se encuentra obnubilado ante otra forma de entender la vida, con muchos más oscuros que claros, como es la de los bohemios. Los diferentes planos existenciales y las diferentes realidades están muy marcadas en la función, así como lo engañoso de la felicidad en no pocos casos, de resultados amargos y cierto poso de falsedad, en la que realmente solo dos personajes se vislumbran como auténticos, y despojados de todo artificio. Paula y Dionisio, protagonistas absolutos de la función, arropados por unos secundarios deliciosos, y en los que no hace falta rascar mucho para ver lo que representan. Mihura utiliza las simbologías a placer, de forma acertadísima, cargado de retranca, y por que no decirlo, con cierta mala leche nada soterrada. El texto de una solidez brutal y arrolladora comicidad, se sirve de unos chistes absolutamente magistrales, y unas frases que nos dejan helados por su brutalidad, en un ejercicio de humor negrísimo por momentos, y de un lirismo absolutamente arrebatador en la mayoría de las veces. Se dice que Tres sombreros de copa es nuestra mejor comedia de todo el S.XX, y creo que estoy de acuerdo en esta afirmación, ya que su calidad literaria, su arriesgada factura, y la enormidad que se esconde detrás de una aparentemente, solo aparentemente, comicidad absurda, entraña enormes dificultades a nivel actoral, y a nivel dirección, que no pocas veces han jugado a la contra de la función, ya que visiones excesivamente ramplonas y buscando el chiste fácil, se cargaban la esencia de lo que realmente es, un texto complejo, de gran calado, y altísima calidad.



Vayamos con el elenco.
Debo hacer mención a todos los secundarios, ya que se encuentran impecables, dentro de cada pinceladita con la que Mihura aderezó el texto. Sería difícil decantarme por uno en particular, ya que todos se encuentran en su punto de sazón perfecto, dando exactamente lo que cada personaje pide. Quizás por extensión del personaje, y por lo acertado de su trabajo, me quedo con la Madame Olga de Rocío Marín Álvarez, de interesante trabajo con la voz, y competente composición del personaje de mujer barbuda, extravagante, altanera, y tremendamente surrealista en su planteamiento.

Magnífico Roger Álvarez, como Don Rosario, pulcro y contenido en grado sumo, cargado de ternura, en un papel breve pero muy comprometido, y que se encuentra llevado a las más altas cotas en manos de nuestro actor, que rezuma amor por el personaje por los cuatro costados, y cuyo trabajo con el texto es realmente magnífico.

Muy destacable, El Odioso Señor, de Mariano Llorente, que resulta francamente desagradable, como mandan los cánones, en un personaje que nos hace reír, pero que maldita la gracia que tiene. Llorente plantea un rol muy pagado de si mismo, rijoso, y despreciable a partes iguales, dejándonos clarísimo lo que se nos quiso contar con él, y en el que la solidez interpretativa fue la marca de la casa.

Arturo Querejeta como Don Sacramento, es otro de los grandes activos de la obra, enorme, en su creación, que entra en escena embistiendo, y a por todas. Muy enérgico e impoluto en tono y cuerpo, apabulla con su trabajo, carismático, y de hechuras clásicas en su planteamiento. 

Malcoml T. Sitté como Buby, correcto, pero quizás un poco más plano que sus compañeros, y en un código más apagado en cuanto a la concepción del personaje. Me faltó cierto toque canalla y un poco más de comicidad en su trabajo, pero esto quizás sea una cuestión mía, y sobre mi visión de los personajes, en una obra que conozco bastante, y tengo bien metida en mi cabeza. 

Pablo Gómez-Pando como Dionisio, dota de una profunda humanidad a uno de los dos protagonistas de la función. Esforzadísimo en su creación, plantea su papel desde la ingenuidad en un principio, para rematarlo con un recorrido muy interesante hacia la desesperación, donde el arco del personaje se ve perfectamente definido. Comiquísimo en su acabado, y con cierto aire desvalido muy convincente, consigue movernos muchas cosas por dentro. Todo lo que le ocurre lo vive como una tragedia, cada vez más marcada, cada vez más desenfrenada, y sobre todo cada vez más desesperada. Gómez-Pando sirve un trabajo de altura, bien medido, y con acertada progresión, ver su camino hacia la boda como cordero al matadero, resulta impagable, tristísimo y cómico a la vez, llevándome a interpretaciones hoy recordadas y referenciales. Pablo Gómez-Pando en su sensible creación llega a unas cotas interpretativas insuperables, sin una pizca de afectamiento, y de personal enfoque, con una visión enriquecida del personaje, quizás con un punto pueril diferente al habitual, pero que no me chocó en absoluto dentro del acabado de su trabajo.

Laia Manzanares como Paula, mayúscula, no hay otra palabra para definirla, en un trabajo de gran calado, y donde se nos cuenta absolutamente todo lo que se nos puede contar con el personaje. La lectura de Manzanares es enorme, su Paula tiene más capas que una cebolla, y todas aparecen y desaparecen a placer de nuestra actriz, en el momento preciso y con la intención exacta. La Paula que vemos es tierna, sensual, sensible, frívola y soñadora, pero detrás de todo esto atisbamos un enorme poso de amargura que nos parte el corazón. Laia Manzanares revolotea por el escenario como una bella, bellísima, mariposa, con las alas rotas, y toda la poesía que se desprende de su tragedia se encuentra perfectamente plasmada en una escena final brutal, en la que la cara sonríe pero el alma llora. Todo en ella es verdad, todo está dicho por algo, y sobre todas las cosas brilla el fondo de una actriz portentosa, de enorme sabiduría a pesar de su juventud, y un mimo exquisito hacia un personaje complejo, y enorme en su concepción. 



Natalia Menéndez dirige el espectáculo, acertando de plano en su concepto, y del que varias cosas son destacables. Lo primero el tono visual, falsamente suntuoso. Todo en escena es oropel, belleza de guardarropía, e incluso cierto aire sensual un tanto vulgar, remozado en perlas de bisutería, medias de falso encaje y ligueros, de un blanco marfileño, que esconden todo lo que hay detrás, es decir velada prostitución (no tan velada), intereses crematísticos, y una compañía de variedades de tercera, de la que se podría escribir todo un tratado. Este toque deslumbrante se da de bruces de forma acertada con el sórdido trasfondo que se vislumbra, y que me pareció que corresponde a la visión  de la "vida bohemia" que tiene Dionisio, alejada de la realidad y un tanto cegado por el brillo del envoltorio de aquello que acaba de descubrir. 
Menéndez dota a la función de un marcadísimo lirismo, donde todas las simbologías de Mihura se ven perfectamente expuestas, y donde el aire onírico del texto original es primordial para entrar en la función, siendo por momentos apabullantemente bello lo expuesto en escena, tornándose en mareante por momentos con cierto aire de pesadilla caótica y febril. Posiblemente esta sea la versión de la obra en la que me han contado lo que yo buscaba en la función de forma más certera y fiel al espíritu de Mihura, en una versión ligeramente diferente en algunos aspectos, especialmente en lo visual, pero muy certera en lo actoral. La dirección de actores se encuentra muy inspirada, huyendo del frenesí en los parlamentos, otro de los fallos habituales en cuanto a la concepción del texto, permitiendo nuestra directora que los actores se recreen en le texto, dotando a todo lo que se dice de mucho sentido, y de múltiples lecturas en su acabado.
Se me antoja el trabajo de Natalia Menéndez exhaustivo a todos los niveles, y con un marcadísimo amor hacia el material original, que se ve ciertamente engrandecido, en un espectáculo soberbio, medídisimo y de impoluto acabado. 




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viernes, 24 de mayo de 2019

Anastasia El Musical, Ojalá Hubiese Sido Así.

La leyenda sobre la supuesta escapatoria de la Gran Duquesa Anastasia la fatídica noche del 17 de julio de 1918 me fascinó durante no pocos años de mi vida. Una mujer llamada Anna Anderson, afirmó hasta su muerte que era Anastasia, y la verdad es que hubo ciertas dudas, dudas que fueron disipadas años después del deceso de la propia Anderson, ya que varias pruebas de ADN dejaron clara cual era su identidad, y lo poco que tenía que ver con la familia Romanov.
La realidad de la historia como se puede ver, es bastante más prosaica que la leyenda, ya que Anastasia murió en un sótano de una villa en Ekaterimburgo junto con el resto de su familia. Sobre la  supuesta huida y posterior reaparición de Anastasia se ha fabulado mucho, tanto en el cine como en el teatro. Así a bote pronto me viene a la mente la película de Anatole Litvak con Ingrid Bergman en el papel protagonista, "Anya" un musical que ha pasado a la historia como uno de los grandes fracasos del viejo Broadway, cuya música basada en la composición de Rachmaninoff debió de parecer excesivamente sobria para los parámetros habituales de la comedia musical, así como la película de animación que toda una generación tiene en su retina, aunque a mi ya me pilló talludito en su estreno.
En las diferentes versiones que se han hecho sobre la historia, siempre se ha huido del rigor histórico, para potenciar el carácter operístico de la historia, y darle cierto aire de melodrama aristocrático a lo que realmente nunca ocurrió.
Este cuento de hadas que se nos plantea, es el que a mi me fascina más allá de la historia de Anna Anderson, y me fascina por su potencial escénico, y por su incrustación en la cultura popular, siendo tan pronunciado, que algunos todavía afirman que la historia ocurrió como se narra en la película y musicales varios, cuando la realidad es que Anna Anderson nunca fue reconocida por la familia imperial, María Fiódorovna nunca la recibió, y nuestra heroína se limitó a pasearse por medio mundo jugando a mantener vivo el misterio y con ello ganarse la vida de la mejor forma posible.
Eso en este momento es lo de menos, centrémonos en lo que hubiese ocurrido si las cosas hubiesen sido de otra manera, y sumerjámonos en el musical Anastasia, que por fin vi el sábado pasado, y en el que se cuenta precisamente el cuento de hadas que todos hemos pensado en algún momento aquello de "Ojalá que hubiese sido así"



Anastasia, con música de Stephen Flaherty, letras de Lynn Ahrens, y libreto de Terrence McNally, tuvo su estreno en Broadway en 2017, estando dos años en cartel, y con dos nominaciones a los Tony de 2017.
La obra está basada en la película de animación, aunque con bastantes cambios con respecto al original, buscando un poso más adulto, y que me pareció una mezcla de la versión cinematográfica de Litvak y de la Anastasia de dibujos. Se suprime cualquier atisbo de fantasía, así como algunos personajes, para contarnos una historia de corte melodramático con unas gotas de humor bien dosificadas. El libreto es ligeramente irregular, especialmente en el primer acto, que resulta un tanto premioso y no bien desarrollado,  con algunas escenas excesivamente largas y en algunos casos repetitivas. Después del descanso la cosa mejora notoriamente, aligerándose la trama gracias a algunos secundarios, y al desenlace de la historia, bien contado y con indudable interés.
Musicalmente nos encontramos con la partitura del film de dibujos animados, así como con varios números musicales añadidos para completar el espectáculo, siendo el resultado francamente acertado, y de gran lirismo en no pocos momentos. La partitura de corte ecléctico y con ciertos aires de opereta resulta agradabilísima de escuchar, pegadiza y de gran belleza en líneas generales, siendo el numero estrella del espectáculo el popular "Una vez en diciembre". Anastasia es un musical de abundante y difícil partitura especialmente para su terceto protagonista, elegante factura e indudable calidad en lo musical, de aires clásicos pero en absoluto desfasada, y que sin duda es uno de los mayores atractivos de la función, deficiencias del libreto aparte.



Vayamos con el elenco.
Conjunto perfecto a todos los niveles, y con muchos pequeños papeles, en general bien llevados a cabo. Mención especial para Juan Bey, que realiza varios papeles, de muy diferente código, y que son realizados con solvencia y solidez, tanto en la disciplina actoral como musical.

Angels Jimenez, como la Emperatriz.
Jimenez, muy conocida por  los aficionados al musical, va sobrada de recursos para un papel claramente de primera actriz, que se diría hace años, y que en manos de nuestra actriz se ve perfectamente reflejado, con una vocalidad muy bien ajustada a las exigencias del papel e indudable empaque en lo actoral.


Silvia Luchetti y Javier Navares, como Condesa Lily y Vlad, respectivamente.
Espléndidos los dos, en los bombones de la función, y que se compenetraron a la perfección en lo actoral con gran química escénica. Luchetti aprovecha al máximo su estilo mixto, sabiendo perfectamente donde aportar el toque lírico, sin abusar y de forma perfectamente medida y muy bien  servida. Navares de hermoso timbre, ofreció una muy buena interpretación musical, en la que se funde a la perfección la faceta actoral con la de cantante, el fraseo resultó especialmente bueno, así como la intención en sus partes cantadas. Ambos se encuentran deliciosos, y resultan realmente cómicos en sus intervenciones, especialmente en un dúo de ecos de opereta, plagado de frescura y guiños entre ellos, que dotaron de gran frescura al número, siendo uno de los mejores momentos de la función.

Carlos Salgado, como Gleb.
Le ha tocado a Salgado el que posiblemente sea el papel más difícil a nivel musical de la partitura, y si bien es cierto que cumple, no acabó de convencerme en algunos pasajes, especialmente en la zona aguda, donde me pareció que iba un tanto justo por no decir forzado. Un papel como el suyo necesita una línea de canto depurada, y ciertamente lírica en no pocos momentos, habiendo excesivos cambios en el color. La zona central y grave suena perfecta, y el gusto cantando es indudable, en una interpretación musical que hubiese sido redondeada de mejor forma sin los pequeños problemas que mas arriba comento. En líneas generales se puede decir que se encuentra correcto, y se disfruta de su trabajo en no pocos momentos, para ser sinceros. A ello hay que añadir una sobriedad en lo actoral muy de agradecer, en un papel no muy bien tratado en el libreto, y que Salgado defiende a las mil maravillas. 

Iñigo Etayo, como Dimitry.
Adecuadísimo en todas las disciplinas, y con un bonito timbre atenorado que se ajusta muy bien al papel. Etayo da todas las notas sin problema, se implica en lo musical de forma muy efectiva, y resuelve sin problema los pasajes más comprometidos, que no son pocos, siendo el resultado el de un trabajo sensible y esforzado a partes iguales. Perfecto a nivel actoral, nada afectado, y en un código galanesco muy acertado, consigue dotar al personaje de la dosis justa de carisma necesaria, así como de cierto empuje juvenil que define muy bien a su personaje. La voz se ensambla perfectamente con Xènia García, siendo las partes cantadas de los dos de lo mejorcito de la noche.


Xènia García, como Anya. 
Excelente a todas luces. Si algo caracterizó a García fue la solidez en lo musical, con una voz bonita, muy bien timbrada, perfectamente colocada, muy redonda en su acabado, y un agudo muy bien resuelto. Nuestra cantante resulta muy expresiva en todas sus intervenciones, y ofreció una interpretación sin fisuras en lo vocal, siendo su trabajo realmente superlativo en no pocos momentos. La misma solidez se le puede atribuir en la parte actoral, ya que sirvió un personaje de una pieza, bien entendido, y con un carácter muy marcado cuando el libreto lo requiere. Reconozco que Xènia García ha sido un descubrimiento para mí, ya nunca la había visto en un papel de esta envergadura. Me parece que con nuestra artista tenemos un gran activo para el mundo del musical, que todavía tiene mucho que decir sobre las tablas. 



Xavier Torras al frente de la orquesta titular, sirvió una correcta función, siempre anteponiendo la espectacularidad del sonido, y aquello que la partitura pide a nivel dramático. Torras ofreció un estupendo trabajo de concertación, así como un espléndido tratamiento del coro, en una función difícil para el conjunto, del que estuvo muy pendiente durante todo el espectáculo. Es destacable su trabajo en dos momentos de la función, muy especialmente en la escena del ballet con ecos de concertante operístico, y en el coro que sirve de despedida de los nobles en la estación de Moscú. Ambos números comprometidísimos y muy bien resueltos por parte de foso y escenario con Xavier Torras al timón. 




Vayamos con la propuesta escénica.
La función es un calco a la de Broadway, y viene firmada por Darko Trenjak. Nos encontramos sin duda ante un espectáculo de primer nivel en lo escénico, en el que el punto fuerte viene dado por una insuperables proyecciones de Aaron Rhyne de gran calidad, y notable efecto teatral, pero... siempre hay un pero, me resultaron un tanto repetitivas. Me explico, la función es francamente bonita, pero parece no contarnos mucho más después de haber visto la primera media hora. Cada escena está resuelta de forma más espectacular que la anterior, y uno está esperando la siguiente proyección para ver como nos cuentan los diferentes espacios en los que se desarrolla la acción, pero el recurso llega un momento que ya no sorprende, pasando un servidor a fijarse en los actores más que en el envoltorio en si. No digo yo que esto esté mal, pero si es cierto que me faltó cierto empaque o capacidad catártica en lo visual. 
Trenjak ofrece un espectáculo pulcro, de elegante acabado, perfectas transiciones e irreprochable a nivel técnico, al que quizás le falte un poco de tripa en su acabado final, ya que todo es muy correcto, muy deslumbrante y también un poco frío. Hay que hacer una mención especial a los impresionantes figurines de Linda Cho, vistosísimos, dotando al espectáculo de un aire de suntuosidad muy conseguido, y perfectamente estudiado.
En resumen, Anastasia es sin duda un musical de primer nivel, con una cuidada propuesta musical y escénica, que ofrece exactamente todo aquello que busca, es decir un entretenimiento de calidad, bien presentado y de gran formato, tal y como el género, y este título en particular, necesita. No defrauda en absoluto, y me parece uno de los títulos imprescindibles de esta temporada plagada de musicales, donde la competencia y el nivel, parece ser que en general han estado a la altura. 



*Si alguien considera que alguna de las imágenes utilizadas en este blog, está protegida por copyright, ruego me lo comunique para retirarlas a la mayor brevedad posible. 

**Como nota aclaratoria, decir que las fotos que acompañan esta crítica no se corresponden en su totalidad al elenco del que se habla en ella.




miércoles, 15 de mayo de 2019

Doña Francisquita, Lluís Pasqual No Quiere A "La Paca"

Quiero empezar esta crítica con una declaración de principios, la zarzuela es música, pero también es texto, nos pongamos como nos pongamos es inherente al género y una de sus señas de identidad. Anular su identidad es directamente anular la zarzuela. Amo nuestro género lírico, con sus virtudes y sus defectos, alabo las primeras y reconozco los segundos, pero lo que jamás hago, es despreciar el género, bastante se lleva haciendo desde tiempos inmemoriales como para ponerle un clavo más al ataúd en el que parece se empeñan algunos meter a nuestro patrimonio lírico.
Soy partidario de modernizar textos, de una renovación estética, y una revitalización del género, pero siempre teniendo en cuenta que lo que tenemos entre las manos es zarzuela, y que  los códigos del género, o al menos sus características mas importantes deben prevalecer, más allá de lo que se pueda plantear como el futuro de nuestra lírica. Si no hacemos zarzuela, nos la cargamos, si la abordamos desde el prejuicio la estamos matando, y si no ponemos un verdadero empeño en dignificarla, mejor la dejamos para las salas de concierto, con gran dolor de mi corazón. No soy capaz de vislumbrar por donde debe evolucionar la zarzuela, e incluso a estas alturas de la película, ya me cuesta incluso pensar que pueda hacerlo, porque a fuerza de repetirnos que se ha quedado antigua, voy a acabar creyendo que es verdad. Sinceramente no creo que una Francisquita se haya quedado más antigua que una Cavalleria Rusticana, pero nadie se plantea que la segunda sea irrepresentable tal y como se concibió (hablo de texto y música) mientras que se sobreentiende que Doña Francisquita, es un ente extraño que parece ser incomprensible para el público actual, completamente ajeno a las mentes pensantes del S.XXI, y que no tiene ni el más mínimo atractivo para un espectador medio en la actualidad. Un sencillo enredo amoroso ambientado en el S. XIX, no creo yo que sea tan complicado de entender, ni por supuesto tan ofensivo para el público actual, que no sea capaz de discernir que es una obra hija de su tiempo. ¿Debemos cambiar Otello y que sea Desdémona quien le de lo suyo al tenor, por machista y celoso? obviamente no. Pues entonces, entiendo que con la zarzuela tampoco se debe hacer lo mismo, especialmente si el resultado final del cambio es peor que el original, como iré narrando.
Esta disertación viene a colación del estreno de Doña Francisquita ayer en el Teatro de La Zarzuela, en la que si algo me quedó claro, eso es que el camino a seguir, no es el que Lluís Pasqual ha tomado en este caso, y que un poquito más de amor al título dirigido, nunca viene mal.



Doña Francisquita con música de Amadeo Vives y libro de Federico Romero y Guillermo Fernández-Shaw, tuvo su estreno triunfal en el Teatro Apolo de Madrid el 17 de octubre de 1923.
Nos encontramos ante una de las cimas de nuestro género lírico, uno de los mejores ejemplos de zarzuela grande, y un título de gran influencia que dio un enorme impulso a la lírica española en el segundo resurgir de la zarzuela.
Vives compuso una obra monumental, en la que se huye del sainete lírico, para elevar el género a cotas operísticas en la mayoría de los pasajes, en una partitura plagada de fuegos artificiales canoros, y de una belleza realmente indescriptible. Amadeo Vives estiliza el folclore español y el madrileñismo de forma superlativa durante toda la partitura, sin dejar de lado una música de profundas raíces españolas, y gran elegancia en su acabado formal. La obra equilibradísima en lo musical, tiene varios de los "hits" más recordados del repertorio, empezando por la "Canción del Ruiseñor" continuando por la "Canción de la Juventud", la célebre romanza para tenor, así como el bellísimo dúo de tintes veristas entre Fernando y La Beltrana. Para rematar la faena en el tercer acto nos encontramos el delicado "Coro de Románticos" y el vigoroso "Fandango" de marcada impronta en la cultura popular, y pieza clásica del repertorio de danza española. Doña Francisquita sea posiblemente el canto del cisne de nuestra zarzuela, en la que se puso toda la carne en el asador para conseguir una obra deslumbrante en lo musical, y de enorme calidad en toda su extensión, deliciosa de escuchar y de difícil ejecución para todos los componentes de la función.
El libreto escrito en verso, es un remedo de "La discreta enamorada" de Lope de Vega, que quizás pueda parecer un tanto cursi para el espectador habitual, pero que se encuentra muy por encima de la media literaria de nuestras zarzuelas, en el que texto y música se compenetran a las mil maravillas, y en el que el enredo amoroso propiciado por la taimada Francisquita para conseguir el amor del apocado Fernando, se encuentra bien expuesto, de forma amable y entretenida.


Lluís Pasqual firma la versión, y crea un auténtico destrozo, en el que poco queda de la obra original, no aportando nada que mejore el material escrito,  que resulta irritante por momentos, y del que salí con serias dudas sobre si el espectador neófito, sale de la función con una idea clara del argumento de la obra. Se nos plantea cada acto de la función en una época distinta, y con una situación escénica diferente. El primero en los años 30 durante una grabación en disco de la obra, el segundo en un grabación para la televisión durante los años 60, y el tercero en un ensayo general en la actualidad. El nexo de unión es un narrador que dice lo mismo en cada acto del espectáculo, es decir lo innecesarios que son los textos, lo poco que vale el texto original, y que a nadie le interesa lo que se dice en la función, buscando en cada uno de ellos la disculpa más peregrina para no decir los parlamentos de la obra. El personaje de Gonzalo de Castro, molesta bastante, no aporta nada, y parece ser la voz de lo que opina Lluís Pasqual de nuestra zarzuela y este título en particular, rematado todo el espectáculo con una retahíla de chistes manidos, poco efectivos, y que a mi personalmente no me sentaron muy bien en algunos casos, ya que encontré la obra poco respetuosa con nuestra zarzuela, y en exceso aleccionadora hacia el respetable, sobre la supuesta invalidez de las partes habladas en la zarzuela. Hay un poso de menosprecio que me dolió profundamente, y que pienso que poco favor le hace al género, y lo que es peor, no hay nada de la esencia de la obra original, el "koncept" se lo ha fumado directamente, para hacer otra cosa, que desgraciadamente, y como luego explicaré, tampoco funciona en los escénico. De asociar, una vez más, la zarzuela al Franquismo, y repetir lo mucho que le gustaba al Régimen, prefiero ni hablar, otro de los tópicos del género, que tanto daño ha hecho, y que Lluís Pasqual no ha perdido la ocasión para dejarlo caer.



Vayamos con el elenco.

Gonzalo de Castro, actor, como narrador.
De Castro no acaba de rematar un personaje que farfulla en exceso, que no acaba de encontrar su sito en escena, y que molesta bastante en el primer acto, bailando durante los números musicales, intentando buscar cierta presencia en algunos momentos en lo que un discreto segundo plano hubiese sido más acertado. 

Partiquinos ejecutados por miembros del Coro Titular, correctos en general, con mención especial para el afortunadísimo Sereno de Francisco Javier Alonso, de muy expresivo acabado, y sobrado en cuanto a volumen y belleza en la voz. 

Antonio Torres como Lorenzo Pérez, Santos Ariño como Don Matías, y María José Suárez como Doña Francisca, cumplen de forma efectiva en sus papeles, luciéndose Torres en la escena de la Mazurca, cuya intervención estuvo cargada de fuerza, y muy acertada en lo musical. Santos Ariño, cuyo personaje ha sufrido una poda importante, cumplió con oficio en su solo, siempre conmovedor y de gran belleza, y Suárez en su acertadísimo código habitual de lapidaria caraterística hizo las delicias del respetable en el que posiblemente sea el personaje mejor tratado en la versión que se está representando, y del que Suárez saca oro puro en cada intervención.

Vicenç Esteve, tenor, como Cardona.
Muy acertado y enérgico en lo actoral, resulta un tanto excesivo en lo musical, ya que tanto ímpetu empaña una interpretación en la que un poco más de delicadeza en el fraseo no hubiese estado mal, y un sonido menos abrupto hubiese rematado el personaje de la forma adecuada. El timbre es bonito y la voz corre sin problemas, siendo la intención en los cantables, uno de los fuertes de un trabajo correcto, aunque con matices.

Ana Ibarra, mezzosoprano, como Aurora "La Beltrana".
La Beltrana es uno de los personajes más hermosos de nuestra zarzuela, y su dificultad estriba en una tesitura difícil, tirante para una mezzo, y excesivamente grave para una lírica. Ibarra de poderoso instrumento las da todas, incluso el complicado inicio del dúo, caballo de batalla del personaje, que en nuestra cantante suena pleno y grande. Sirvió un admirable "Soy madrileña", con graves de impresión, línea de canto perfecta, y espectacular en su acabado. Nos encontramos ante una cantante que ofrece calidad y musicalidad a partes iguales, sin dejar de lado la parte más vistosa del personaje, ni sus tintes dramáticos en el dúo, cuyo mutis fue realmente acertado. Actoralmente se encuentra correcta, y cargada del empaque que se le supone a Aurorilla "La Beltrana". 

Ismael Jordi, tenor, como Fernando.
Magnífico, en una sensible y matizada creación, que me emocionó en algunos momentos, y que me fascinó en su acabado. Varias cosas son a tener en cuenta de su trabajo. En primer lugar el bellísimo timbre que posee, más maduro que en las últimas intervenciones que le he visto, y con más cuerpo. El fraseo es absolutamente magistral, el uso del legato acertadísimo, y unos agudos bien colocados y de espectacular resolución. La romaza principal fue cantada de forma impecable y largamente ovacionada, aunque no nos obsequió con un bis, que estaría bien justificado. Su fuerte está en el lirismo de una interpretación que tuvo otro momento de oro en el quinteto, cantado de forma exquisita y donde se fundió a la perfección con la Francisquita de Sabina Puértolas. 

Sabina Puértolas, soprano, como Francisquita.
Me he reconciliado con la soprano navarra, después de Tabernera, que se ajustaba menos a su vocalidad que "La Paca". Puértolas dota de una interesante sensualidad al personaje, y huye de la imagen habitualmente cursi, y equivocada, que se le suele dar. En general me pareció que sirvió una función homogénea, en la que la voz no cambia de color en la zona aguda, y suena de forma suficiente en la zona central, algo muy de agradecer en un personaje no muy bien tratado por la tradición, y que se asocia a lírico-ligeras, cuando una lírica con coloratura es más adecuada para el personaje, ya que Francisquita se mueve engañosamente por la zona media más que por la aguda. La voz bonita y bien proyectada resultó efectiva en la "Canción del Ruiseñor" y muy matizada en los dúos y tercetos, resultando perfecta como contrapunto a Ismael Jordi. Otra cosa que se debe mencionar, es que Sabina Puértolas canta lo que está escrito, no plaga la función de los innecesarios sobreagudos que a veces se escuchan por aquello, una vez más, de la "tradición". Así se escribió la Francisquita y así se debe cantar. 

Coro Titular del Teatro de la Zarzuela dirigido por Antonio Fauró, absolutamente magnífico en todas las intervenciones. Para la posteridad quedará una "Canción de la juventud" de poner la piel de gallina, y un "Coro de Románticos" que creo que pasará a la historia del coliseo de la Calle Jovellanos, con una nota final larga y exquisita que levantó una de las ovaciones de la noche. Espectaculares en el volumen, grandiosos como la obra requiere, y matizados en grado sumo, fueron un activo incuestionable en una función bien planteada en lo musical.

Óliver Díaz a la batuta de la OCM, lleva la orquesta al límite de sus posibilidades, en una lectura inteligente y cuidada de la obra, y en la que hace lo indecible por sacar la función adelante a pesar del dislate escénico, aprovechando al máximo a los cantantes que fueron cuidados hasta la extenuación, siempre a favor de la función y sus artistas. El sonido resulta compacto aunque menos teatral que en otras ocasiones, algo que no tengo yo muy claro que sea culpa de Díaz, como más arriba planteo.
Mención especial a la Rondalla Lírica de Madrid "Manuel Gil" inconmensurable en sus intervenciones, y una vez más confinada en el foso, ya que parece que molestan en escena, léase esto en modo irónico, por favor.

Lucero Tena, hace una colaboración especial en el Fandango, y solo se puede decir que resulta magistral, lo que Tena hace con los palillos es magia, no hay otra forma de definirlo. Los matices que saca de las castañuelas, su personalidad en escena, y la ternura que infunde son infinitas. Recordaré siempre lo que Lucero Tena hizo ayer, sin duda ya forma parte de mi historia como espectador. Decir castañuelas es decir Lucero Tena, no me cabe la menor duda. 



Vayamos con la propuesta escénica. 
Lluis Pasqual patina, y lo hace en varios aspectos, el primero los sobados recursos de grabación y filmación, ya vistos hasta la saciedad, y que a estas alturas de la película no aportan nada que no se haya visto antes, y con mejor fortuna. También hay que remarcar que todas las acciones, o la mayoría, en los cantables van en contra de la partitura, destrozando los números de presentación de los personajes que se encuentran desangelados y son anti-teatrales en grado sumo. Todo el primer acto se puede plantear como un concierto, estático, sin gracia, y frío como un carámbano. El segundo acto un poco mas inspirado esteticamente que el primero, especialmente en su final con un acertado giratorio, que dota de gran belleza plástica al cuadro, dentro del tono apagado y poco atractivo de la función, que en este acto Lluís Pasqual vuelve a meter en la nevera, cada vez que los cantantes interactúan con las cámaras en vez de entre ellos. En cuanto al tercero se nos plantea como un ensayo general, general sin vestuario, con ropa de ensayo, un espejo y luz de trabajo. He hecho y visto muchos generales, y en mi humilde entender los ensayos generales con público, tal y como se dice en la función que es, nunca se hacen así. Para la posteridad quedará la desafortunada presentación de Lucero Tena, digna de un especial televisivo de un productor de zarzuela, que llevaría al extremo contrario la Francisquita, y que visto lo visto, no se si la prefería a lo presenciado ayer. Pasqual hace todo lo contrario a lo que Francisquita es, siendo el resultado una función apagada, de estética feísta en no pocos momentos, el carnaval se lleva la palma, y con sorprendente poca garra teatral, teniendo en cuenta el bagaje de nuestro director. Lo que más me dolió, fue que no vi ni una sola gota del amor que dice tenerle Pasqual a Doña Francisquita en el programa del espectáculo, sino más bien todo lo contrario. Ayer salí triste y decepcionado del Teatro de la Zarzuela, y si bien es cierto yo siempre apuesto por el futuro y no por el apolillamiento, creo que esta producción no le hace el más mínimo favor a nuestro género, ni a Doña Francisquita. Siempre quedará la música, que sale triunfante, y el regusto de ser conscientes de que mejorar los originales, amén de difícil, en la mayoría de los casos es imposible.
Mención especial a las inspiradísimas coreografías de Nuria Castejón, y a los, como siempre, bellos figurines de Alejandro Andújar.






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lunes, 13 de mayo de 2019

El Hombre De La Mancha, Recordando A Brel, y Revisando El Clásico

Cuando se publicó la programación del Teatro Español de la presente temporada, una actividad de tres días me llamó la atención, se trataba de L´homme de La Mancha, sobre la traducción y adaptación de Jacques Brel. Empecé a buscar información sobre el espectáculo que se presentaba como una coproducción entre el teatro de La Monnaie de Bruselas, el KVS y el Théâtre de Liège, y el resultado de mi investigación a nivel visual no pudo ser más decepcionante, y no corrí más detrás de este espectáculo, que decidí no ir a ver, ya que no me interesaba en absoluto. Muchas personas de mi entorno iban a ver la función, mientras yo me mantenía en mis trece, diciendo que me daba mucha pereza, que la pinta era malísima, y que conmigo que no contaran. Para variar me equivoqué, y después de algunos comentarios que me llegaron al finalizar la primera función me animé a sacar entradas, algo reticente, pero ahora con ánimo curioso, y todavía escéptico. Cuando acabó el espectáculo me tuve que tragar todas y cada una de mis palabras, ya que la calidad musical, y los aciertos escénicos, de esta peculiar visión de El Hombre de La Mancha, están bastante por encima de muchos espectáculos de esta índole vistos en nuestro país, y me dejaron muy claro, que si bien es cierto me tengo por espectador desprejuiciado, tengo más prejuicios de los que me creo. Entono el mea culpa, y prometo dos cosas, juzgar menos un espectáculo antes de verlo, y sobre todo no ofrecer mi opinión en público tan a la ligera, sin conocimiento de causa. El teatro es un continuo aprendizaje, para el que lo hace y para el que lo ve, un arte cuyo lenguaje está en continuo movimiento, y que debe ser abordado siempre con la mente abierta, porque las sorpresas, buenas y malas, surgen en el momento más inesperado.


El Hombre de La Mancha, con música de Mich Leigh, libreto de Dale Wasserman y letra de Joe Darion, tuvo su estreno en el "off Broadway" en noviembre de 1965. Pasó al circuito principal de Nueva York un par de años después, dado el éxito de la producción original, prolongándose su estancia en cartel hasta 1972. Este musical fue galardonado con cinco premios Tony en la edición de 1966.
El Hombre de La Mancha es uno de los grande éxitos del viejo Broadway, y un clásico en toda regla, representado en todo el mundo, en múltiples idiomas y diferentes adaptaciones, siendo un título muy popular, especialmente el tema principal de Don Quijote, el celebérrimo " Sueño Imposible".


Leigh compuso una partitura vibrante y de fuerte inspiración española, tremendamente pegadiza, y gran expresividad, en la que se refleja a la perfección los diferentes momentos que transcurren en escena. La orquestación de la obra resulta peculiar, dada la ausencia de cuerdas a excepción de un contrabajo y guitarra española, dotando a todo el musical de un sonido muy particular, y muy identificable como de la obra en cuestión, y siempre al servicio del drama.
El argumento gira en torno a la reclusión de Cervantes por parte de La a Inquisición Española, llevando a cabo el autor una representación de El Quijote siendo los protagonistas los presos de la cárcel, para defenderse ante sus denunciantes, explicando su magna obra.
Varias cosas hicieron que El hombre de La Mancha supusiera un antes y un después, especialmente su carácter minimalista, que abrió una nueva línea en cuanto a la concepción de los espectáculos musicales, habitualmente de gran formato, así como una trama de final triste, y muy adulta en su línea argumental, con lenguaje duro y directo. Es destacable también el gran valor literario del libreto de Wasserman, donde El Quijote se ve sintetizado de forma poética, y con gran fuerza en algunos momentos.
De El Hombre de La Mancha se pueden sustraer muchos mensajes, especialmente la importancia de perseguir los sueños de cada uno, así como el no olvidar la poesía y la imaginación como motores de nuestra vida. Casualmente, en este musical, el "loco" es el más sensible, el más soñador, y sin duda el más honesto de todos los personajes que pululan por el texto, algo que nadie le puede perdonar. El poso que deja de El Hombre de La Mancha resulta conmovedor, y muy esclarecedor, siendo el resultado el de un título apreciable, de inolvidable factura, y uno de los más queridos del repertorio clásico, que yo mismo tengo entre mi terna de musicales favoritos.
Como más arriba planteo, en el espectáculo se representa la celebrada versión de Jacques Brel, todo un icono en el mundo franco parlante, y de gran belleza en su traducción.


Vayamos con el elenco:
Nos encontramos ante un elenco de altísimo nivel, en el que todos cumplen con los diferentes papeles que se llevan a cabo, por motivos obvios iré a los principales.

Es destacable el trío formado por Gwendoline Blondeel, Geoffrey Degives y Raphaële Green, como Ama de Llaves, Padre y Antonia Carrasco. El terceto fue servido con gran maestría y musicalidad, encontrándonos con tres voces claramente líricas, y de perfecto ensamblaje entre ellas. La zona aguda fue ampliamente superada, la intención, tan importante en esta obra, una de las grandes bazas de la interpretación de nuestros intérpretes. También se debe hacer mención a Degives como Barbero, que resulta impagable en su interpretación, y más que correcto en sus intervenciones. Degives resulta uno de los mejores intérpretes de la noche, destacando como tenor de impecable gusto cantando, y gran belleza en el instrumento.

Christophe Herrada como Sansón Carrasco, resultó muy sólido en sus intervenciones, especialmente como el Caballero de los Espejos, donde por motivos obvios más se lució en lo vocal, llevando a cabo una interpretación que recordaba, en su estilo, a la de ciertas óperas rock, o a El Fantasma de El Paraíso de Brian De Palma. La voz está bien timbrada y sin fisuras, es robusta, con buena técnica, y muy resolutiva, dando como resultado un trabajo eficiente en líneas generales, y más que satisfactorio.

Junior Akwety, como Sancho Panza, me pareció más acertado musical que actoralmente, ya que unas dosis de ingenuidad más marcada, y un carácter más apegado a la tierra, serían de agradecer, la diferencia con Don Quijote hubiese sido más clara, y su vínculo estaría mejor definido. Musicalmente se encuentra acertadísimo, dotando al personaje de un delicioso sabor étnico y con unos ecos de cantante soul, que le vienen muy bien a Sancho, resultando peculiarísimo en la lectura de la partitura, y de personalísima ejecución.

Ana Naque, como Dulcínea, me pareció la mejor intérprete de la noche a nivel musical, con una imponente voz, de técnica lírica pura, que me dejó asombrado por sus matices oscuros, de sensualísimo centro, y agudo poderoso. Naque de amplia tesitura, impresiona en su ejecución musical, por la facilidad con la que parece abordar el papel, así como por los espectaculares resultados que ofrece. Encontré a nuestra cantante adecuadísima a lo que el papel pide, papel por cierto, de grandes dificultades canoras, y de difícil demarcación en cuanto a tesitura. Actoralmente soberbia, en una Aldonza-Dulcinea de aires poligoneros, que cuadra con el personaje a las mil maravillas, y cuya rotunda presencia nos deja fascinados desde su primera intervención, afortunadísima por cierto.

Filip Jordens, Como Don Quijote. Jordens parece ser un reputado intérprete del repertorio de Brel, al que yo no conocía, he de confesarlo. Nuestro actor canta como Brel, con sus mismas inflexiones, sus famosas "erres" así como en la imitación de esa voz, casi áfona y sin armónicos, que Brel poseía y que me parecía inimitable hasta la función del otro día, ya que Filip Jordens lo clava, y lo que es mejor todavía, le saca todo el partido posible a nivel musical y dramático. Ciertamente tiene el nivel vocal más bajo de la función, pero juzgando su trabajo en conjunto no me molestó. Actoralmente resulta prodigioso, entregadísimo, y conmovedor en no pocos momentos, dotando a su personaje de una verdad realmente superlativa. Nos creemos todo lo que hace y todo lo que dice, y nos sobrecogemos cada poco ante la enormidad de lo que se plantea en su composición. Cuando Aldonza le está recriminando todo lo que ha hecho por ella, y le cuenta con toda su crudeza quien es ella realmente, la desesperación que nuestro actor muestra, mientras se lleva las manos a la cabeza, es uno de los momentos mas inspirados, y más brutales que he visto sobre un escenario en mucho tiempo.

Me gustaría hacer una mención especial a François Beukelaers, que viene acreditado como Capitán de La Inquisición, y que tiene un papel no del todo definido en la función, ya que está durante todo el espectáculo observando lo que ocurre en escena sin apenas hablar, a excepción de un añadido de texto, que no supe saber muy bien de donde había salido. Lo entendí como una alter ego de Brel, rememorando un amor de juventud. Donde realmente Beukelaers resulta conmovedor, es en la muerte de El Quijote, en un ejercicio de verdad encomiable, y de efecto profundamente catártico.



La Orquesta de La Monnaie, con Bassem Akiki a la batuta, sonó realmente bien, con una lectura muy teatral de la partitura, y perfectamente ajustada a las necesidades de la obra, con un sonido compacto y homogéneo durante todo el espectáculo, acompañando a la perfección el drama. Quizás, y esto es una cuestión de gustos, encontré un poco pausados los tiempos en los temas de Aldonza, algo que dadas las estupendas facultades de la soprano titular del rol, me pareció que enriquecía la interpretación, y estaba perfectamente premeditado. En líneas generales, nos encontramos con una obra muy cuidada en su lectura musical, y en la que se ve a la legua el profundo trabajo con la partitura y los cantantes de Bassem Akiki, que dota a la función de la grandeza con la que fue concebida, quedándose no en un mero ejercicio de espectacularidad, sino de exquisitos matices, y elaborado acabado. 


Vayamos con la dirección escénica.
La función viene firmada por Michael De Cock y Junior Mthombeni, siendo el resultado más ortodoxo de lo que nos puede parecer a simple vista, pero que arañando en el fondo del asunto, nos damos cuenta que se parte de un respeto absoluto hacia el musical original.
La idea de un concierto semi escenificado pulula en el montaje al principio de la función, pero a medida que va avanzando el espectáculo, nos damos cuenta que no es así, sino que se trata de una función cargada de simbologías, y cercana al "konzept" operístico, que busca la esencia de la función de una forma muy palmaria, y extremadamente afortunada en casi toda la representación. La idea de un teatro desnudo con pocos elementos, y mucha imaginación, tan cercana a la obra original, se encuentra continuamente en el espectáculo, huyendo de los espectáculos acartonados, que a veces se asocian a este musical, siendo la verdad en las interpretaciones, y la parquedad en los elementos, como más arriba planteo, las señas de identidad, de un espectáculo elegante e imaginativo a partes iguales. Hay algunos peros, especialmente en algunas simbologías no explicadas de forma correcta, y que nos cuesta entender, así como algunas proyecciones que tampoco me parecieron especialmente afortunadas, pero también es cierto, que esto que planteo imprime a todo el espectáculo una extraña atmósfera muy sugestiva y de interesante acabado. Si se nos hubieran contado mejor algunos pequeños detalles la función sería menos irregular en su totalidad, aunque si es cierto que el espectador se deja llevar por lo que va viendo, metiéndose en ese peculiar mundo que se nos plantea, ciertamente sórdido, y profundamente teatral. La dirección de los actores es superlativa, con unas líneas muy claras en cuanto a las psicologías, así como las múltiples pinceladas con las que se enriquece a cada rol de la función. Impagable el Ama de llaves, rijosa y ataviada de unos castradores guantes de boxeo, en uno de los números mejor resueltos del espectáculo, el terceto del Ama, Antonia y el Cura. La función dotada de un sobrado empaque escénico y actoral, resulta impactante por momentos, tanto por su dureza, como por su capacidad para conmovernos en los momentos más dramáticos, y lo que es más importante, en el que toda la poesía que se desprende de la mente de El Caballero De La Triste Figura, está muy patente, siendo el resultado el de una canto a la imaginación y a la busqueda de los sueños de cada uno muy notoria, y magnificamente plasmada. Reconozco que este Hombre de La Mancha, ha sido una sorpresa mayúscula, inesperada y gratificante a partes iguales, en la que se demuestra una vez más, que el envoltorio es lo de menos, cuando la obra se encuentra plasmada en el escenario, algo que sin duda así ocurre en esta función, que destila ironía y verdad por los cuatro costados, y en la que durante gran parte de ella, no podía dejar de pensar que si los autores la hubiesen podido ver, sería quizás una de las más cercanas al concepto original de todas las que se han hecho.  No hay gigantes, pero si está la imaginación de Don Quijote, exactamente aquello que nos contó Cervantes, y el ejercicio de metateatro que se nos quiso contar un día de un lejano 1965 en el que se hizo historia en el teatro musical, ya no estadounidense, sino mundial.

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jueves, 4 de abril de 2019

El Barberillo De Lavapiés, Viva La Gracia, Viva El Aquel...

Llegó "El barberillo de Lavapiés" al Teatro de La Zarzuela, título siempre atractivo, y que se ha visto representado en dicho teatro abundantemente, y siempre con gran respuesta por parte del público. "El barberillo" es una obra muy querida por el respetable, muy arraigada en la cultura popular, y muy reconocible en la mayoría de sus números. Varios factores son determinantes para que esto sea así y es interesante remarcarlos. Uno de lo mayores secretos de la inmortal obra de Barbieri, se encuentra sin lugar a dudas en el marcado concepto de crítica política del libreto de Luis Mariano de Larra, muy acertada en el tono y en el mensaje. Incluso ciento cuarenta y tres años después de su estreno, cuando escuchamos hablar a Lamparilla entendemos perfectamente su mensaje, y no solo eso, sino que se encuentra de absoluta actualidad.
Todo aquello que marcó la zarzuela como género posteriormente se encuentra en esta obra, y precisamente eso es lo que la sigue haciendo tan atractiva. Su carácter claramente fundacional, y continuador de la zarzuela grande, de reciente creación en los tiempos de su estreno, son primordiales para entender la evolución del género, y sobre todo las bases sobre las que se sustenta.
Reconozco que me gustan mucho las andanzas de Lamparilla y La Paloma, planeaba asistir al estreno el pasado día 28, pero me fue imposible, así que en cuanto pude me acerqué a La Zarzuela, y disfrutar de una función de la que se está hablando mucho, y que está funcionando en taquilla como un tiro. Me lo pasé muy bien como iré contando, y es más disfruté mucho de la música de Barbieri y del texto de Larra, que a fin de cuentas es lo importante, "El barberillo" es una obra para disfrutarla no hay mas vuelta de hoja.



"El barberillo de Lavapiés" denominada como "Zarzuela en tres actos" con libreto de Luis Mariano de Larra y partitura de Francisco Asenjo Barbieri, tuvo su estreno en el Teatro de La Zarzuela el 19 de diciembre de 1874, con clamoroso éxito, y ha pasado a la posteridad como uno de los títulos más importantes del repertorio con gran justicia, por su influencia en las composiciones posteriores, así como por su magnífica partitura, que se puede considerar a todas luces como una obra maestra.
Barbieri escribió una auténtica filigrana musical, de fuerte influencia italianizante, donde Rossini aparece de forma muy clara, sin renunciar a un marcado acento español, en el que la estilización del folclore es la seña de identidad más prominente, y en la que se puede diferenciar dos planos musicales muy diferenciados según el carácter de sus personajes. Por un lado tenemos a los representantes del pueblo llano (Lamparilla y Paloma) y por otro los de la nobleza (Marquesita del Bierzo y Don Luis de Haro), siendo en los primeros donde más se encuentran los referentes populares en la música, seguidillas, tirana, zapateados, etc, y apostando por un belcantismo más marcado en los segundos, y una concepción musical más refinada. El resultado de esto que planteo se presenta muy equilibrado, complementándose a la perfección dentro de la acción dramática y en la definición de los personajes principales. También se debe tener en cuenta la importante participación del coro que funciona como un personaje más dentro de la obra, y cuyas intervenciones abundantes e inspiradas, son una de las grandes bazas de la partitura.





La versión que se está representando se encuentra íntegra en lo musical, y el libro viene como adaptado por Alfredo Sanzol que también ejerce como regista. El libreto se encuentra recortado, aunque la poda no ha sido tan inclemente como viene siendo habitual ultimamente en el Teatro de La Zarzuela, y entiendo que se ha aligerado yendo al núcleo del texto de Larra, de forma acertada. Larra escribió una función de bello verso, pero ligeramente farragosa, que en la versión de Sanzol se encuentra clarificada, y cercana al espectador contemporáneo. No me molestó en este caso el trabajo del adaptador, entendiéndose muy bien la trama principal de la obra, y los vínculos entre los personajes, siendo el resultado ligero y entretenido en grado sumo.



Vayamos con el elenco.

Abel García, bajo, como Don Pedro Monforte, y David Sánchez, bajo, como Don Juan de Peralta.
García cumple de forma correcta en un código de bajo bufo muy acertado, en una concepción del personaje paródica, y bien planteada. En lo musical cumple en sus frases, en un papel para el que le sobran recursos. David Sánchez, flojea sin embargo en lo musical, con algunos problemas de afinación en el Terceto, y una no del todo correcta proyección de la voz.

Javier Tomé, tenor, como Don Luis de Haro.
No me acabó de convencer Tomé en su composición, que encontré excesivamente rutinaria, y con poca entidad en el instrumento. Tomé sirvió una función irregular, de tintes apagados y que pasa muy desapercibido durante toda la función. Es de justicia reconocer que en el dúo del segundo acto con María Miró se pudo vislumbrar el carácter de Don Luis, pero no acaba de llegar tal y como debe ser.

María Miró, soprano, como Marquesita del Bierzo.
Estupenda, y muy acertada para el papel. Miró, de instrumento no muy grande, pero bien proyectado, posee mucha delicadeza cantando, así como un bello fraseo, bien manejado en toda su extensión. La Marquesita del Bierzo es un tanto ingrata musicalmente, ya que no tiene ningún número en solitario, pero si es cierto que se pudo vislumbrar la calidad de Miró como cantante, en la que un atractivo timbre, y bonito agudo fueron la tónica, dentro de una refinada lectura musical, de gran musicalidad en su acabado, y delicada como el papel precisa. Es destacable el "Dúo de las majas" con Cristina Faus, en el que las dos voces se ensamblaron a la perfección y cuyo comienzo me recordó, en su calidad, al celebrado Bolero de "Los diamantes de la corona" bisado hace unos años en el propio Teatro de La Zarzuela.

Cristina Faus, mezzosoprano, como Paloma.
Magnífica tanto en la disciplina musical, como en la actoral, y una de las estrellas de la noche. Faus posee un carnoso instrumento, de mezzo pura, que resulta extremadamente agradable al oído, buena dicción, y estupendos graves, especialmente en el "Dúo de las majas" con los que juega a placer con gran efecto escénico. El agudo ligero y limpio no pesa en absoluto, y resulta deliciosa en su salida, cargada de liviandad y refinamiento. La lectura de Faus no pasa por la afectación, sino por una forma muy natural de entender el canto, en la que todo parece fluir sin esfuerzo y de forma muy sana, aportando muchos colores al personaje, ya que resulta de gran expresividad en todas sus intervenciones. Para el recuerdo quedará el dúo con Lamparilla, que si bien es cierto empieza con buenos mimbres, llega a lo estratosférico a partir del "No seas tirana", sin duda uno de los momentos de la noche. Actoralmente se encuentra deliciosa, con una química muy notable con Borja Quiza, saltando chispas entre los dos en no pocos momentos. La misma naturalidad que se plantea en la lectura musical, se encuentra en la lectura actoral, siendo el resultado fresco, y atractivo en igual medida, haciendo de su Paloma un personaje que nos queremos llevar a casa desde que pone un pie en el escenario.

Borja Quiza, barítono, como Lamparilla.
Entregadísimo y abordando el papel desde la bravura, nos encontramos con un Quiza que se ajusta muy bien a la vocalidad de Lamparilla, y que resulta más que satisfactorio en todos los pasajes, incluso los más comprometido, siendo la zona aguda el caballo de batalla de un papel interpretado indistintamente por tenores y barítonos según el criterio de la dirección musical. Personalmente me gusta más en un barítono, y a poder ser lírico puro, como es el caso de Borja Quiza, de agudo fácil y buen centro. Encontré a Quiza tremendamente matizado en lo musical, jugando a su antojo con la escritura de Barbieri, llevándola a su terreno de forma acertadísima, sin renunciar a la calidad, y sobre todo con un marcadísimo sentido de la teatralidad. Nuestro barítono aprovecha al máximo lo que el papel ofrece, y es muy consciente de la importancia del "como se dice", en un papel de estas características, algo que sin lugar a dudas domina a la perfección. Me impactó sobremanera la brutal implicación de nuestro artista, que sale a comerse el escenario desde su primera intervención. La voz corre bien, de atractivo timbre, y muy resolutiva en todas las facetas, llega plena al respetable, que no pierde ni una coma de lo que dice. A nivel actoral, nos encontramos ante un perfecto ensamblaje de lo que significa ser actor-cantante, en el que el cuerpo define perfectamente a un personaje, con aires de dibujo animado, trepidante en su lectura, y de marcadísima personalidad. Ya en "La Viejecita" hablé de Quiza como ejemplo de artista total, algo que se ve todavía más remarcado en su Lamparilla, ciertamente comprometido y llevado a buen puerto en toda su extensión, y lo que es más importante de personalísima ejecución, huyendo de referentes, tanto vocales como actorales. Sin duda nos encontramos ante un soplo de aire fresco en nuestra escena lírica, que resulta muy gratificante de ver y escuchar. Solo, por decir algo, un ritmo un poco más pausado en los textos hablados, enriquecería su trabajo, que si bien es cierto se encuentran matizados, funcionarían todavía mejor si se recreara un poquito más.



Coro Titular del Teatro de La Zarzuela, dirigido por Antonio Fauró, en los niveles de excelencia habituales, siendo especialmente acertadas las féminas en el Coro de costureras, uno de mis momentos preferidos de la partitura. Bien empastados y de gran sonoridad en los números que así lo requieren, me parecieron muy desaprovechados en lo escénico, con poco movimiento, y excesivo segundo plano, en una obra de las características de "El barberillo".

Orquesta de la Comunidad de Madrid con José Miguel Pérez-Sierra en la dirección:
Encontré muy acertada la mano, briosa, es cierto, pero en consonancia con el aire ligero del espectáculo, y con mucho regusto teatral. Pérez-Sierra, diferencia muy bien los diferentes planos de la partitura, cargando las tintas en los números de conjunto, y aquellos de aire más pausado los afronta con la justa sensibilidad sin caer en lo melifluo. Nuestro director cuida a los cantantes y se ajusta en los volúmenes perfectamente, siendo el resultado, el de una función dinámica, y que desprende a la perfección el tono festivo que se le pretende al espectáculo.



Vayamos con la propuesta escénica:
Sanzol, apuesta por una función en la que el entorno es atemporal, para remarcar el carácter universal del argumento, y una propuesta ortodoxa en cuanto al tratamiento visual del espectáculo, más allá del entorno, resuelto mediante unos paneles creación de Alejandro Andújar, que no acaban de ser del todo satisfactorios, ya que resultan un tanto indigestos en sus movimientos, distrayendo la acción dramática, y que suenan en exceso cada vez que son movidos. Personalmente, hubiese encontrado de más interés, el uso de una cámara negra, o un telón que dichos paneles, fórmula con tan buenos resultados en otro título dirigido por Sanzol, "La ternura" en el que la magia surgía de una forma muy marcada, y que aquí parece ir a trompicones, y con desigual resultado. Si jugamos al minimalismo, prefiero hacerlo hasta las últimas consecuencias, esa es la verdad.
Sanzol dota de un indudable ritmo a las escenas, y deja muy claros los vínculos entre los personajes, siendo el resultado un espectáculo muy ágil y divertido, al que le falta un poco de inspiración, o sello personal, ya que si bien es cierto, en líneas generales la función se encuentra bien resuelta, no aporta mucho en cuanto a lo visto en esta obra hasta ahora. Encontré el último acto un tanto emborronado, a partir de las "Caleseras", quedando un poco deslucido escénicamente con respecto al resto del espectáculo.
Hay momentos de grandes hallazgos en lo visual, desde el principio de obra, con unos zancudos marcando el pulso del respetable, hasta un bellísimo cuadro de las costureras, en el que el tono blanco resalta de forma espectacular dentro del negro del entorno. Encontré muy acertada la ilusión que emana de todo el espectáculo en el que son los artistas los que iluminan la escena, algo en lo que las luces de Pedro Yagüe tienen mucho que decir, con una clara inspiración goyesca en los diferentes cuadros del espectáculo, y que me pareció muy elegante en su acabado final, con excepción del último número que no me convenció, especialmente por un poco afortunado movimiento de la masa coral.
Debo hacer mención a los bonitos figurines de Alejandro Andújar, muy vistosos, aunque  en las "Caleseras" eché en falta un poco de rigor, dado el carácter clásico de la propuesta, así como las coreografías de Antonio Ruz, de espectacular resolución, pero en las que no vi por ningún lado la Escuela Bolera, y que en este tipo de función si que es pertinente, no por una cuestión de purismo, sino de coherencia con la estética del espectáculo.
No quiero que se desprenda de mis palabras que no me ha gustado el espectáculo, porque mentiría. Sanzol plantea una función francamente disfrutable y de un nivel alto, de gran belleza en su acabado, y bien controlada en los actoral, donde se nota que ha dejado hacer a sus actores, y se agradece. Simplemente se trata de lo que uno espera de un espectáculo firmado por Sanzol, que prometía una lectura menos convencional, y en el que algunas pequeñas inconsistencias empañan, ligeramente, el remate de un espectáculo muy celebrado por el respetable, y con el que un servidor se lo pasó bomba.




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