sábado, 27 de julio de 2019

El Bateo, La Juventud Al Poder.

Cuando un servidor se encontraba sobre las tablas y no frente a ellas, el verano en Madrid era sinónimo de zarzuela. Mi primera temporada de zarzuela, comenzó a finales de mayo y finalizó a primeros de septiembre. Con la posterior crisis económica, y la debacle de la zarzuela, se perdió esa costumbre, y no solo eso, sino que con honrosas excepciones, a nivel privado practicamente ha desaparecido de la cartelera madrileña. Hoy a cinco días seguidos en un teatro se le llama temporada, esa es la triste realidad de nuestro género lírico fuera del Teatro de la Zarzuela, que no deja de ser una ilusión sobre la salud del género, que si bien es cierto que genera debate y tiene relevancia,  no pasa de ahí. Lo que ocurre en la Calle Jovellanos, se queda en la Calle Jovellanos. 
Este verano hay zarzuela en Madrid, al menos dos teatros la van a hacer, y el Reina Victoria, ha apostado por una temporada de más de un mes, convirtiendo dicho teatro en una corrala madrileña, y centrándose en el género chico, que para los calores del verano que este año nos están apretando a base de bien, es el género más indicado, por ligero, fresquito, y entretenido.
En estos tiempos abordar nuestro género lírico desde el ámbito privado me parece una hazaña, así que reconozco mi admiración por las pocas compañías que se atreven con él, es meritorio y una declaración de amor al género incontestable.
De toda la temporada que se va a llevar a cabo, el título que más me llamó la atención fue "El Bateo" ya que no se representa mucho, y me parece que tiene una música realmente deliciosa, así que apurando uno de los últimos fines de semana libres antes de mis vacaciones me acerqué al Reina Victoria dispuesto a pasar un buen rato zarzuelero, castizo y finústico que se diría en el sainete. 








"El bateo" estrenada en el Teatro de La Zarzuela en noviembre de 1901, fue denominada como "Sainete lirico en un acto". El libreto corrió a cargo de Antonio Domínguez y Antonio Paso, y la partitura fue compuesta por Federico Chueca.
"El bateo" puede considerarse uno de los últimos grandes éxitos de género chico, que por la fecha de su estreno ya estaba dando sus últimos coletazos, dado el agotamiento que la fórmula empezaba a acusar, y el cambio de gustos en el público.La obra de Chueca se puede considerar un exponente de manual del sainete lírico, de corta duración, costumbristas, de enfoque cómico, y en la que el tipismo madrileño es una de sus señas de identidad, y puntal de la obra. El argumento, muy simpático, es sencillo. Nos cuenta el accidentado bateo (bautizo) de un niño, en el que un ataque de cuernos mal gestionado casi lleva al desastre la celebración, acabando la cosa por poco en tiros y puñaladas. Ya sabemos que en nuestra zarzuela de sangre más bien poca, aunque coscorrones unos cuantos, y aquí, mucha bronca entre chulánganos, pero no llega la sangre al río, como es de prever. El libro, ligero, y bien tramado, si bien es leve, resulta muy divertido, y se encuentra acertadísimo en la composición de los personajes que pululaban por aquel Madrid casi finisecular, incluido un anarquista que bombas no pone, pero se gasta una verborrea que ni Cánovas del Castillo. Cargado de gracejo en los textos, ingeniosos y lapidarios, es un buen ejemplo del lenguaje de la época, y de impecable factura, siendo el resultado eficaz en lo cómico, y entretenido, que era lo que buscaban estas obras, sin más aspiraciones que hacer disfrutar al respetable.

La partitura de Chueca, de corte ecléctico, funde con mucho arte diferentes tipos de composición. Sevillanas, tango, gavota,polka, minué y el tan en boga "popurrí" en aquellos tiempos, se encuentran en la composición de Chueca de forma burbujeante y bien metidas en la trama, dotando a los cuadros de conjunto, la mayoría de la obra, de un acertado aire festivo, y en consonancia con la obra. Chueca una vez más hizo alarde de su maestría a la hora de componer música escénica, y dando al público exactamente lo que quería escuchar, es decir, melodías sencillas y pegadizas, para salir del teatro tarareándolas, y poder bailarlas después en la verbena de turno. La obra fue muy celebrada en su momento, y obtuvo una enorme popularidad, y la mayoría de los números todavía tienen gran presencia en la cultura popular. El Preludio de "El Bateo", sigue siendo una pieza clásica de concierto en nuestros tiempos, y su calidad musical resulta indudable, así como varios números de presencia habitual en antologías.
"El bateo" es una más que digna muestra de género chico, realizada con eficacia teatral y musical, que sigue haciendo las delicias del aficionado por su chispeante partitura, más recordada que el libreto, ya que como más arriba planteo se representa poco, y que, esto ya a título personal, forma parte de mi ramillete de obras favoritas de género chico.


Vayamos con el elenco: 
"El bateo" es una obra plagada de partiquinos, siendo estos realizados en el espectáculo por diferentes miembros del coro, que cumplen perfectamente su cometido. Es destacable el fotógrafo de Rajiv Cerezo, bien templado en lo musical y de apreciable volumen en el instrumento.



María José Garrido y Natalia Jara, llevan a cabo dos papeles hablados, Nieves y Valeriana respectivamente. Ambas se encuentran correctas dentro del código de la función, resultando de gran solvencia y solidez Jara como la caractéristica del sainete, con gran presencia y buen manejo del texto. Garrido más extremada que el resto del elenco, lleva a cabo una buena interpretación cuyo mayor lucimiento se encuentra en su primera escena. Funciona como contrapunto ante sus compañeros, y consigue cierto aire de histerismo que le va muy bien al personaje. Garrido con un planteamiento muy físico se entrega al máximo en su trabajo, y desprende grandes dosis de energía, algo que siempre es de agradecer.



Alejandro Rull y Diego Pizarro, como Pamplinas y Lolo respectivamente. También nos encontramos ante dos papeles hablados, ya que no se nos debe olvidar que "El bateo" es una obra netamente de actores-cantantes, más de que cantantes líricos en si. 

Los dos hombres en discordia del texto, se encuentran muy bien delimitados en su tipología y ambos actores cumplen a la perfección. Rull más estereotipado dentro del chulángano de toda la vida, impoluto de tono y desplante, resulta acertadísimo en sus intervenciones, de corte clásico y facilmente reconocible para el aficionado. Pizarro lleva a cabo un trabajo más enfocado hacia dentro, que me pareció muy acertado y en el que se vislumbran grandes dosis de verdad y sensibilidad, siendo el contrapunto perfecto a lo que Pamplinas es. 



Mariana Isaza, soprano, como Visita y Víctor Trueba,  tenor, como Virginio.

Isaza estupenda en lo vocal, sirvió un dúo muy bien cantado, de impecable gusto, y gran expresividad. El instrumento si bien es cierto no es muy grande, corre sin problemas y no tiene problemas a la hora de afrontar la partitura, atreviéndose con unos cuantos filados de muy buena factura y un muy bien servido agudo, quizás un poco más de carácter en la parte actoral no hubiese estado mal y habría apoyado a la perfección a la parte musical. Víctor Trueba acertadísimo en un código de tenor cómico puro, muy bien perfilado en lo actoral, con una composición matizada y cargada de detalles, que se vio perfectamente apoyada en la interpretación vocal, cargada de gracejo e igual de matizada que la parte actoral. La voz grande, y bien timbrada resulta adecuadísimo para Virginio, cursilito sin pasarse, es decir en su punto, y con gracejo a raudales.

Rafa Casette y José Luis Gago, como Antonio Machado y Wamba respectivamente.
Ambos acertadísimos, y muy contenidos, dando como resultado dos creaciones de gran credibilidad, en el que la naturalidad y el oficio fueron la tónica. Casette sobrio y con  gran control del texto dota de gran presencia a un personaje que podría resultar árido en sus textos, pero que en voz y cuerpo de nuestro actor se torna entrañable y cercano en grado sumo. Impecable en la caracterización así como en el manejo del acento sevillano, resulta muy adecuado para dar vida a uno de nuestros poetas más queridos y reconocidos. 
José luis Gago, siempre acertado como cómico, hilando muy fino con los chistes, carga de humanidad a uno de los personajes más bonitos escritos para una zarzuela, en el que los ideales revolucionarios se ve plasmados de una forma amable pero contundente, y lo mejor de todo, con un sentido del humor impecable. Nuestro actor alejado de cualquier afectación, deja de lado el término "zarzuelero" apostando por la verdad como arma rotunda y certera con la que defender el personaje, siendo el resultado de altura en lo interpretativo, y gran interés teatral. 



Coro titular, estupendo, bien afinado y matizado en sus intervenciones, y sobre todo mostrando un entusiasmo escénico realmente encomiable. Hay una cosa que me gustaría destacar de este espectáculo, la juventud de la mayoría de sus integrantes, tanto en foso como en escena, algo que insufla de una frescura considerable a la función, y que resulta muy gratificante, ya que se ve que la pasión por la zarzuela está entre la gente joven, que viene con ganas y apuesta por el género como expresión artística. 

La Orquesta Camerata Villa de Madrid, con Fran Fernández Benito a la batuta estuvo realmente acertadísima. Fernández Benito, jovencísimo también, cargó de gracejo los cantables de Chueca, y supo sacar una burbujeante lectura del material original, entendiendo muy bien la comunión foso-escenario, y apoyando la acción teatral a la perfección. Nos encontramos ante una orquesta de cámara que se ajusta perfectamente a las necesidades de un teatro como es el Reina Victoria, siendo el volumen más que suficiente para la sala y una obra de las características de "El Bateo".



Vayamos con la propuesta escénica.
José Luis Gago al frente del espectáculo, no se anda por las ramas, y aporta su conocimiento del género, para volcarse en un espectáculo bien pensado y muy bien hilado, en el que los códigos interpretativos de cada actor están perfectamente justificados y en consonancia con lo que se le supone al sainete. Sin cargar las tintas en los tipismos, excepto en algún personaje muy puntual, Gago apuesta por una propuesta naturalista, alejada de la estridencia, y de enorme eficacia a todos los niveles.
Se debe aclarar que se ha situado la acción a los primeros días de la Segunda República, con gran tino, y añadido el personaje de Antonio Machado, para que el espectador neófito entienda un poco mejor el contexto histórico y social de la época en la que se desarrolla la acción, resultando la versión acertada y muy respetuosa con la obra original, que se encuentra plenamente reflejada en el espectáculo.
Varias cosas son a tener en cuenta, la primera el enorme amor hacia el género que se plantea en la función, que deja un regusto muy entrañable en el espectador cuando sale del teatro, así como un afán, muy de agradecer por cierto, por quitarle cierta pátina de caspa a la zarzuela, que a veces en producciones a nivel privado dan al traste con el espectáculo, para en este caso plantear un trabajo actoral alejado del acartonamiento que hemos visto en otros trabajos de infausto recuerdo. Como apunte nostálgico que funciona muy bien, por cierto, está el hecho de que el dúo de Virginio y Visita se haga con vestuario de la época original en la que se estrenó el sainete, algo que me encantó, y en lo que los figurines de Mario Pera tuvieron mucho que ver, inspirados y de gran belleza.
José Luis Gago, opta por un versión ortodoxa de "El Bateo" convenientemente actualizada, y con los códigos del género bien plasmados, y muy reconocibles para el espectador. Ver este espectáculo nos hace entender a la perfección lo que es el género chico hasta sus últimas consecuencias. 



Nos encontramos ante una propuesta modesta, no os voy a engañar, pero realizada con conocimiento y entusiasmo y un plantel artístico jovencísimo, con muchas ganas, y sobre todo que en los tiempos que corren debe ser reconocida como una auténtica hazaña y declaración de principios hacia la zarzuela, así que ya sabéis... todos a la corrala del Reina Victoria que os lo pasaréis muy bien. 





jueves, 27 de junio de 2019

Bollywood, Colours Of India, Pasaje A La India En Technicolor.

El fenómeno Bollywood reconozco que se me escapa. En España, la comunidad india no se encuentra tan asentada como en otros países del mundo, y nos parece algo muy remoto y ciertamente pintoresco. El hecho de que los argumentos de las películas realizadas en Bombay sean siempre el mismo, con ligeras variaciones, ya de por si nos resulta complicado de entender, algo que supongo que tendrá que ver con entender los códigos del género, y la cultura de masas en La India. La cuestión está en que la industria cinematográfica india mueve unas cifras astronómicas de dinero, y millones de personas caen rendidas a los pies de una coreografías realmente espectaculares, y en las que el trabajo que se encuentra detrás es indudable. Por tanto, digo yo, que algo tendrá el agua cuando la bendicen, y si realmente  Bollywood apasiona tanto y de una forma tan arrolladora, no es cuestión de desdeñar un fenómeno que cada vez tiene más adeptos alrededor del Globo, sino más bien de acercarse a él, con ánimo desprejuiciado y afán de aprender. Nunca había visto un espectáculo Bollywood en directo, obviamente si escenas sueltas de algunas películas, creo que como todo hijo de vecino, y siempre me asombro ante lo que veo, por su precisión casi acrobática, y su cromatismo un tanto apabullante y ciertamente exótico para el espectador occidental.
Me surgió la oportunidad de asistir a "Bollywood, colours of India" en el Gran Vía, y la verdad es que no me lo pensé dos veces, la curiosidad me podía, y ciertamente la experiencia no defrauda, como iré narrando a lo largo de esta crónica.


"Bollywood, Colours of India" viene a Madrid por segunda vez, pasando por el Gran Vía el verano pasado con gran afluencia de público, algo que intuyo que se repetirá en este pequeña temporada que tuvo su noche de estreno el pasado martes, y que estará en cartel hasta el próximo domingo.
El show, creado, coreografiado, y dirigido por el artista indio Sunny Singh, tiene un único y efectivo propósito, divertir al respetable, con una sencilla historia de amor como hilo argumental, que sirve de pretexto para una sucesión de números musicales y coreográficos al más puro estilo del cine de Bombay.
En la función se nos cuenta el clásico "chica conoce a chico" con la variedad que la chica en cuestión forma parte de una de las familias más  pudientes y poderosas del lugar, mientras que el chico es un humilde campesino, algo que obviamente a la familia de la chica no le hace ni la más mínima gracia. Después de muchas aventuras, ataque de cuernos y elefante incluido, las aguas se van amansando, con el consabido final feliz que se le presupone al género.
El show practicamente no tiene diálogos, más allá de lo imprescindible para la comprensión de la trama al principio, mientras se nos cuenta la historia con una ligera dramaturgia, en la que lo visual es el pilar en el que se sustenta todo el espectáculo.



Hablemos del elenco:

El espectáculo consta de diez bailarines más las pareja protagonista, y sirve una función de altura en la disciplina de danza, siendo cada número un auténtico desafío que va subiendo de intensidad a medida que avanza el espectáculo. Se puede hablar de perfecta compenetración en el conjunto, que no solo domina la danza tradicional india, sino en algunos casos las acrobacias, y el baile netamente urbano con reminiscencias del célebre "breakdance" en algunos momentos, siendo el resultado a este respecto altamente satisfactorio y de gran vistosidad. 


La pareja protagonista, Suresh Singh como Surya y Kritika Thakur como Radha, se encuentran a la altura de las circunstancias, siendo un auténtico duelo la función entre los dos, en la que cada uno de muestra sus facultades, estupendas es la verdad, en los complicados números que se suceden en escena. Thakur todo delicadeza y candor, resulta hipnótica con un movimiento de brazos de personalísma resolución y eficacia escénica. Su compañero y estrella absoluta del show resulta energético y entregado en grado sumo, siendo su gran baza una espléndida presencia escénica, carismática y muy bien aprovechada por nuestro bailarín, al que se le ve disfrutón, cómodo, y que se mueve como pez en el agua en las diferentes escenas y coreografías. Siendo en líneas generales el trabajo de los dos protagonistas de la función altamente satisfactorio, y dentro de los cánones a los que estamos acostumbrados en el género Bollywood. 


Vayamos con la propuesta escénica:

Suresh Singh, no se anda por las ramas, creando una show marcadamente visual, y de espíritu cosmopolita, para captar a todo tipo de público independientemente de su nacionalidad. Nos encontramos ante una producción modesta, pero bien presentada, con varios puntos a tener en cuenta, visualmente tiene momentos realmente logrados, con un buen diseño de luces que acompaña perfectamente cada escena. Nos encontramos ante un espectáculo de gran vistosidad, con un vestuario colorista y de raíz folclórica que resulta de indudable atractivo para el espectador neófito, como es mi caso. La función destila cierto encanto naif que resulta delicioso en su inocencia, y un exotismo ligeramente kitsch, obviamente a nuestros ojos occidentales, que no deja de tener su interés tanto como para el aficionado al género como para aquellos que quieran tener un primer acercamiento al universo Bollywood. 
Suresh Singh, lleva a cabo un espectáculo bien tramado, con unas escenas bien hiladas, al que quizás por rizar el rizo, le sobran un par de números que alargan un poco la leve trama argumental. El show se ve con agrado, y se mueve dentro de unos niveles de calidad más que dignos, aprovechando muy bien los recursos que se tienen, y que resulta satisfactorio en su acabado formal, dándole al respetable exactamente aquello que pretende, un sencillo divertimento, muy dinámico, con el que pasar una agradable tarde de teatro, diferente y de exótica impronta. 


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miércoles, 26 de junio de 2019

Zarzuela En Danza, Amor Y Conocimiento.

Finaliza la presente temporada del Teatro de La Zarzuela, y para ello se ha programado un espectáculo titulado "Zarzuela en Danza", espectáculo que me interesaba muchísimo por varios motivos. Su planteamiento me parecía muy atractivo, plasmar en un espectáculo aquellas piezas de ballet mas afamadas dentro de nuestro repertorio lírico, me parecía un interesante y loable trabajo que podía tener muchas posibilidades escénicas y musicales. Del mismo modo, los creativos detrás del espectáculo, y el plantel artístico también me ofrecían garantías sobre lo que iba a ver. A medida que empezó a salir material gráfico de "Zarzuela en Danza" el interés fue en aumento, y se me fueron disipando las dudas, si es que tenía alguna, sobre el espectáculo que estaba a punto de estrenarse, y que ayer tuvo su triunfante debut en el coliseo de la Calle Jovellanos. Y si, digo triunfante, porque realmente fue una noche memorable, en la que brillaron nuestro género lírico, sus diferentes vertientes, y sobre todo el amor por la zarzuela, omnipresente durante toda la velada, y muy palpable entre el respetable. Ayer se hicieron las cosas bien, no hay discusión, y es de justicia reconocerlo. Recordaré el estreno de ayer con gran cariño, y repetiré con este espectáculo, que aviso antes de que sigáis con la crónica, que me ha tocado el coranzoncito lírico que uno tiene, perdón por la cursilería, de forma muy directa.


"Zarzuela en Danza" espectáculo ideado por Nuria Castejón y con dramaturgia de Álvaro Tato, nos cuenta un sueño, el sueño de un bailarín obsesionado con una mujer cuyo nombre tiene dos zetas, y que lo tiene absolutamente fascinado. Obviamente la mujer es nuestra zarzuela, mujer que el danzarín va buscando durante todo el espectáculo, mientras transcurren ante nuestros ojos, historia y esencia de nuestro género lírico.
Tato plantea el texto en verso, como mandan los cánones zarzueleros, en el que se puede vislumbrar el exhaustivo conocimiento del género que posee, así como un amor infinito hacia nuestra zarzuela, que se ve reflejado en un hermoso texto, escrito con gran sensibilidad, frescura, y en el que se encuentra absolutamente todo aquello que define nuestro género lírico. Su carácter popular y festivo, la mordaz crítica social también asoma en una escena, las alusiones a acontecimientos actuales, y por supuesto el lirismo, siempre presente en nuestra zarzuela, en lo musical y en lo literario. "Zarzuela en Danza" sirve como reivindicación de la lírica española, que tantos se empeñan en enterrarla, y sobre todo como vehículo entre el pasado, el presente y el futuro, llevándonos a la reflexión sobre lo que la zarzuela supuso en su época dorada, y el enorme patrimonio musical y teatral que conlleva, y que no se debe perder.
Álvaro Tato arma una dramaturgia inspiradísima, donde la belleza, la emotividad, y por supuesto la comicidad brillan de forma notabilísima, siendo el resultado redondo y perfectamente ensamblado con los musical, pudiendo entenderse que Tato ha realizado una zarzuela nueva en lo literario, en la que prima la danza, más que el canto, de el gran repertorio en la mayoría de los números, y que sigue al dedillo de forma convenientemente actualizada y muy respetuosa, la línea de lo que es nuestro género lírico.
No nos equivoquemos, "Zarzuela en Danza" no es una antología, las antologías no tienen diálogos ni hilo argumental, es zarzuela con todas las de ley, en ella se funden todas las disciplinas que caracterizan al género, y en la que con gran poder evocador, se rememoran algunos de sus números más emblemáticos, sin dejar de lado un puñado de composiciones de nueva creación.


Nuria Castejón al frente del espectáculo, domeña una elenco multidisciplinar y entregado al máximo, que realmente da absolutamente todo lo que puede y más.
Destaca, por extensión en el papel,  Alberto Ferrero como el soñador que sirve de hilo conductor de la historia, que resulta muy expresivo en los parlamentos, dotando de mucha ternura a su composición, en la que todo resulta perfectamente dicho, y no solo eso, sino que también se encuentra perfectamente involucrado en lo emocional, llegando de forma muy directa al respetable su composición. Ferrero cumple como actor, vocalmente en un código acertado de actor-cantante, y por supuesto como bailarín, al que ya hemos visto más veces en La Zarzuela. Dentro del elenco es destacable también una magnífica Cristina Arias como primera bailarina, que se lució espectacularmente en la mayoría de sus intervenciones, especialmente en el "Intermedio" de "El Baile de Luis Alonso" con un solo de impresión en el que las puntas fueron realmente insuperables, así como en un elegantísimo "Fandango" de "Doña Francisquita" y en una visceral revisión de el "Intermedio" de "La Leyenda del Beso".

En el apartado vocal, tres cantantes netamente líricos sirven la función, en líneas generales de forma efectiva. Ana Cristina Marco, mezzosoprano, Néstor Losán, tenor, y Germán Olivera, barítono. Olivera se me antojó como el cantante más inspirado, en el que un instrumento bien controlado de amplio volumen y buen agudo, dio la nota, quizás más lírica de la velada. Néstor Losán de bello timbre y buen fraseo, no acaba de liberar el sonido de forma satisfactoria, y  cuya expresiva interpretación de la romanza principal de "Emigrantes" se vio ligeramente empañada por un agudo final, atrás, y no bien resuelto. Ana Cristina Marco, de poderoso instrumento, aunque un poco descontrolado y sensual timbre, brilló mucho en una "Tarántula" de "La Tempranica" cantada con mucha intención, y en las "Guajiras" de "La Revoltosa". 

La obra se sustenta en un elenco compuesto por 14 bailarines, que realmente son un prodigio, y que afrontan todas las disciplinas, danza, canto y texto sin el más mínimo problema, y que si bien es cierto no se ciñen a una lectura netamente lírica de los números que cantan, no nos chirría en absoluto, dado el carácter de los mismos, y el buen resultado obtenido. Empastados y matizados, y muy cuidadosos con el material musical, me dejaron entrever un enorme respeto por nuestra zarzuela que me resultó muy gratificante. Brillan de forma rutilante en no pocos números, siendo por motivos obvios los más celebrados, aquellos en los que la espectacularidad coreográfica iba unida a la musical. A este respecto destacaría el "Intermedio" de "La Boda de Luis Alonso" de gran capacidad catártica, la delicada y sensual "Contradanza" de "Cecilia Valdés" y las "Sevillanas de "El Bateo" de contagiosa energía y elegante resolución.


Arturo Díez Boscovich, al frente de la OCM, sirvió una espectacular lectura de todos los números que componen el espectáculo. Díez Boscovich, afronta la función desde la profundidad en el sonido, sacando lo mejor de la orquesta titular en no pocos momentos. Atinadísimo con los tiempos, siempre al servicio del ballet y de los cantantes, supo imprimir de gran sabor teatral a la función, y sobre todo dejando claro, como viene siendo la tónica de todos los componentes de "Zarzuela en Danza" que conoce el género y conoce el repertorio. La lectura musical pasa por un sonido compacto y ampulosos cuando la pieza lo requiere, así como un correctísimo uso de las dinámicas. Es destacable el trabajo de concertación realizado, ya que foso y escena se ven perfectamente acoplados, con un resultado altamente satisfactorio, y gratísimo de escuchar. Un diez para el Maestro Díez Boscovich, que supo sacar todo el jugo a los diferentes compositores que conforman la selección musical del espectáculo.


Nuria Castejón firma la función, acertando de plano en su concepción del espectáculo, y sobre todo en como nos lleva al sitio preciso al que nos quiere llevar. Varias cosas son destacables de "Zarzuela en Danza" la primera la elegancia que toda la función destila, donde con poco, pero muy bien aprovechado, se consigue un espectáculo cargado de magia teatral y empaque visual. Castejón dota de un ritmo envidiable a todas la escenas y consigue que todo se nos pase en un suspiro, y sobre todo consigue emocionarnos con la delicadeza con la que el espectáculo está tratado. Nuestra directora y coreógrafa plantea un espectáculo en el que se vislumbra mucha alma puesta en él, y una memoria emocional hacia el género muy marcada. Se podría hablar de muchos grandes nombres de nuestra zarzuela que pululan por el espectáculo de forma más o menos velada, el mismo Tamayo en el afortunadísimo cuadro dedicado a "La Reina Mora" se encuentra presente, y por supuesto el genio de sus padres, insignes actores de zarzuela aparece por momentos con amorosa impronta. Castejón sirve una función antológica sin ser antología, y que será recordada por mucho tiempo. Para la historia queda la lorquiana interpretación de "La Leyenda del Beso" y un "Intermedio" de "La Boda de Luis Alonso" que corta la respiración, donde la faceta de coreógrafa de nuestra artista, ampliamente conocida por el aficionado, obviamente surge más inspirada.  Pero si hay algo por lo que realmente podemos hablar de genialidad en lo presenciado ayer, es por la sabiduría, fruto del conocimiento, con la que nuestro género lírico está reflejado, el respeto con el que está actualizado, y por lo bien que Castejón logra hacernos ver lo que fue, es, y será la zarzuela en todas sus disciplinas y vertientes. Amor, no hay bien más necesario para poner a la zarzuela en el sitio que se merece, y ese amor consigue precisamente que nos emocionemos, esperancemos y salgamos del teatro con un espléndido sabor de boca, y en mi caso un considerable subidón de adrenalina.
"Zarzuela en Danza" se me antoja imprescindible esta temporada, y sobre todo me parece una buena forma de entender la modernización del género, y la apertura a nuevos públicos,  una vía por la que se puede tirar a la hora de enfocar el futuro de nuestro teatro lírico, y una cosa muy importante, el formato de la función la hace perfecta para girar, y que pueda ser llevada a el mayor número de teatros posible.

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martes, 25 de junio de 2019

La Bruja, Dura Y Atmosférica Revisión De Caperucita Roja


Los cuentos infantiles clásicos, son un pozo sin fondo lleno de hallazgos de todo tipo, y que siempre me resultan interesantes cuando se les da la vuelta y se abordan desde el prisma adulto, o cuando una conveniente revisión de lo que en ellos se plantea nos ofrece matices que nos habían pasado desapercibidos hasta ese momento. Estas revisiones han gozado de gran fortuna en no pocos casos, siendo de gran influencia el celebrado libro de Bruno Bettelheim "Psicoanálisis de los cuentos de hadas" leído por un servidor, hace unos cuantos años ya, y que me dejó honda impresión. La realidad sobre los cuentos de hadas, es que son un tratado sociológico y antropológico de muchísima más enjundia de la que nos pueda parecer, y cargados de una brutalidad, que si bien es cierto se ha ido dulcificando con el paso de los siglos sigue latente en estas sencillas historias, siempre aleccionadoras, y en las que los supuestos errores, y digo supuestos porque precisamente en la obra de la que hablaré se hacen varios interrogantes sobre este extremo, de los protagonistas del cuento tienen un precio altísimo y truculento en grado sumo.
"Caperucita Roja" de tradición oral, y escrito por Perrault a finales del S.XVII es el cuento que sirve de inspiración en "La Bruja" texto de Francisco J. de Los Ríos, que se está representando en La Usina, y que presencié la semana pasada, con gran placer por mi parte.
Teatro del Sótano, con De Los Ríos a la cabeza, siempre me sorprende, y me lleva por vericuetos oscuros, con propuestas que remueven conciencias, nada complacientes en sus planteamientos, y de gran capacidad catártica en la mayoría de los casos.



"La bruja" nos cuenta lo ocurrido después de la muerte de Caperucita y su abuela a manos del Lobo, y la venganza de la bruja que da título a la obra, en este caso la madre de Caperucita.
De Los Ríos, como bien explica antes de comenzar el espectáculo, utiliza esta historia, y la figura del asesino en serie real en el que se basó Perrault en el cuento original, para hablarnos sobre la violencia machista, y todo un alegato, oportunísimo por cierto, sobre los prejuicios hacia la mujer y la culpabilización de las víctimas.
El texto nos lleva en su estilo y fondo a los cuentos clásicos, con un poso ciertamente inquietante e indudablemente adulto, donde el sexo se encuentra muy patente, la violencia en el entorno familiar, y por supuesto la figura del maltratador. de Los Ríos tampoco escatima el lirismo a la hora de plantear su historia, siendo el resultado de la función francamente equilibrado y entretenido. La intriga bien tramada, nos va atrapando poco a poco, para ir creciendo en lo dramático y en lo terrorífico, hasta helarnos la sangre en un clímax durísimo y perfectamente perfilado por nuestro autor que nos deja literalmente desmadejados y en el que todo toma el sentido exacto de lo que se nos quiere contar, con escalofriante claridad y tremendo efecto. Es destacable también las profundas simbologías que emanan de cada uno de los personajes de la función, marcadísimas, preclara y muy bien explicadas por nuestro dramaturgo a lo largo de su texto.  



Vayamos con el elenco:
Podemos considerar la función como netamente coral, en la que los cinco personajes tiene su momento de lucimiento, y su importancia dentro de la historia, resultando todos los roles indispensables para el desarrollo de la trama.

Anna Rocío Rivas, como Nadine, resulta conmovedora en su truncada inocencia, y me pareció un acierto de elenco notable, ya que tanto su físico como sus aptitudes como actriz son las más idóneas para un personaje que mal tratado puede caer en lo melifluo, y que en el caso de Rivas resulta convincente en grado sumo, aportando grandes dosis de verdad a todo el desarrollo del personaje. Me impactó en un momento determinado de la función por su madurez actoral, algo que no está reñido con su juventud y reconozco que me dejó estremecido por su organicidad y recorrido, impolutos y de gran acabado.

Susana Patier, como Gisèle, dota de gran presencia a un personaje un tanto desagradecido, que resulta impecable en manos de nuestra actriz. Enérgica y con un buen uso de la voz, Patier dio lo mejor de si misma en todas sus escenas, con la necesaria dureza opresora, y un marcado aire de mujer machista, y cuya composición arquetípica, y naturalista resulta acertadísima y muy reconocible, aunque en este caso se encuentre llevada al extremo. Resulta interesante del mismo modo, el giro que se produce en su personaje en el cuarto final de la obra, donde es consciente de sus errores, y asume lo que se le viene encima de forma implacable. 

Salomé Peña, como Bernadette, magnífica en su composición, y con muchas aristas en el que quizás sea el personaje más rico del texto. Peña nos sirve una Bernadette soñadora, rebelde, optimista y de gran fondo, que guarda un secreto, que aflora en un momento dado, con gran sensibilidad y verdad. Me encanta ver la evolución de un actor, y en el caso de Peña, resulta especialmente gratificante, va ganando peso escénico y enjundia a medida que los montajes pasan, y su progresión como artista es ascendente y la adecuada a todas luces. Vi a nuestra actriz implicadísima en su papel, alejada de cualquier impostación, y sobre todo disfrutando de su trabajo en todas y cada una de las escenas que lleva a cabo. Su química con Anna Rocío Rivas en una bella escena es muy notoria, así como con Jennifer Baldoria con la que parece entenderse muy bien en todo momento. Un diez en este caso para Salomé Peña, por un trabajo honesto y muy bien entendido de principio a fin, donde todo nos queda clarísimo en cuanto a psicología y objetivos, de un personaje complicado y de difícil ejecución.

Salvador Siguero como Gaston, parece no acabar de encontrar su sito del todo, y afronta el papel con algunos problemas en cuanto al texto, que no se encuentra todavía dicho con toda la naturalidad necesaria. Un trabajo quizás mas interiorizado daría un resultado más satisfactorio, o quizás una comunión más lograda entre el cuerpo y la palabra, ya que si bien es cierto, el papel se encuentra perfectamente plasmado en lo corporal, cuando nuestro actor habla, cuerpo y voz parecen ir por lugares dispares, siendo crucial en este caso que se complementen a la perfección para que no nos chirríe en algunos momentos. La por otra parte lograda visión animalesca y torturada de Gaston definen bien el carácter del rol, siendo esa la línea a seguir para llegar a buen puerto en su creación. Siguero crecerá a medida que vayan transcurriendo las funciones, no me cabe la menor duda, lo que se vislumbra así me lo da a entender. 

Jennifer Baldoria, como Aradia. Baldoria en las cotas de excelencia habituales, lleva su papel al límite, resultando estremecedora en sus monólogos, y dotando de grandes dosis de sensualidad al rol, saliéndose del tópico de bruja maligna y avejentada. Baldoria apuesta por una mujer fuerte, decidida, y de gran sensibilidad, en la que se vislumbra una vida muy intensa y en la que los golpes de su propia existencia la han hecho estar de vuelta de todo. Nuestra actriz, con gran intuición y control de los tiempos escénicos, lleva a cabo una creación enigmática y cargada de carisma con la solidez a la que nos tiene acostumbrados. Baldoria se me antoja la musa de Francisco J. de Los Ríos, y como tal ejerce en "La Bruja".



Vayamos con la dirección del espectáculo, que corre a cargo del propio dramaturgo.
Francisco J. de Los Ríos, apuesta por una inspirada propuesta en lo visual, de atmosférico acabado, en la que se encuentra reflejado a la perfección el aire de cuento clásico que se le pretende al texto. Para lograr esa ilusión nuestro director se decanta por unas bien planteadas luces, y cierto aire de ensueño, desde el inicio de la obra, con un cuadro macbethiano muy bien resuelto, en el que el vestuario y las máscaras creación de Edna Brugat, tienen mucho que decir, y que se mantiene a lo largo de todo el espectaculo. La escena culminante de la función, y la más dura también, se encuentra realizada con poderosa fuerza, y resulta profundamente impactante en el respetable, sobre todo teniendo en cuenta los pocos medios con los que dispone la Usina, y que nos encontramos ante una propuesta de modesta factura. Además del esmerado trabajo en lo visual, es remarcable el gran trabajo con los actores que nuestro director realiza, partiendo de la naturalidad como premisa actoral. De Los Ríos controla cada escena a placer, subiendo y bajando el ritmo según pide el texto, sabe donde cargar las tintas, cuando se recrudece la historia, siendo el resultado un espectáculo dinámico, y entretenido en grado sumo, que se ve con mucho agrado, y que nos deja el suficiente poso como para que reflexionemos después en nuestra casa sobre lo visto.
 "La bruja" es sin duda una pieza singular dentro del panorama teatral madrileño, en la que se funden a la perfección el teatro de género, la denuncia social, y un mensaje marcadamente feminista de rabiosa actualidad, dando como resultado, todo esto que planteo un espectáculo realizado con rigor y respetable sentido de la tetralidad sin dejar de lado la reflexión.





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lunes, 3 de junio de 2019

Tres Sombreros De Copa, Que Tragedia Más Cómica, ¡Oigan!

Si hay una comedia que me gusta del repertorio español, esa es "Tres sombreros de copa", le tengo infinito cariño, y durante un tiempo andaba tan obsesionado con este título, que los compañeros de una función que estaba haciendo por aquellos días, me regalaron un ejemplar de la obra de Mihura, firmado por todos ellos, ya que estaba todo el día hablando del texto en cuestión, y lo que haría con él si le pudiera hincar el diente.
Me sé muchos chistes de memoria, la he visto al menos cuatro veces, y leído otras tantas, y no me canso de ella. Hay una cuestión interesante en este texto, y es que cuando se pasa un tiempo sin verlo o leerlo, al reencontrarse de nuevo con él, reaparece en todo su esplendor, y como si fuera casi un desconocido, ya que se descubren y redescubren cosas nuevas en cada revisión.
El problema de "Tres sombreros de copa" es que ha sido muy maltratada, muy mal entendida, y muy mal interpretada, y por desgracias siempre nos acordamos de las veces que se ha hecho mal, en vez de las que se ha hecho bien. Es un título que se asocia a la caspa, a cierto teatro para señoras trasnochado, o a una comedieta amable sin muchas aspiraciones más que las de entretener y servir de material para las compañías amateur y finales de curso varios.
Mihura, como Jardiel, Paso, o Muñoz Seca, deben ser reivindicados, y sobre todo debemos hacerles un tratamiento intensivo de curación ante tanto maltrato, para que se puedan disfrutar en todo su esplendor, con el genio por el que fueron aclamados, y reconociendo la valía de unos autores que nunca fallaban en sus dramaturgias, siempre sólidas, siempre bien tramadas, y con un uso del lenguaje magistral, cargado de ingenio y de sorprendente vigencia en algunos casos. el gran pecado de estos autores fue el ser comerciales, el escribir para el gran público, y el pensar que esto del teatro también puede servir para ganarse la vida, algo muy lícito por otra parte. Y como además tuvieron éxito, ya fue el remate, en un país como el nuestro, eso jamás se perdona. El pasar de los años los ha arrinconado, con un estigma de caspa y antigualla, y pocos se atreven a hincarles el diente por una sencilla razón, son muy difíciles de hacer bien, y sobre todo de hacer en serio, o lo que es lo mismo, tomárselos en serio.



Tres sombreros de copa, de Miguel Mihura, se escribió en 1932, durante una convalecencia del autor, y justo después de un revés amoroso. La obra resultó tan adelantada a su tiempo que no se pudo estrenar hasta 1952, con Juanjo Menéndez como Dionisio, y Gustavo Pérez Puig en la dirección. El texto de Mihura, desopilante y amargo a partes iguales, es todo un tratado sobre las vanguardias que comenzaron en esa época, y casi podemos decir que se trata de uno de los primeros ejemplos de "Teatro Del Absurdo" del que se tiene constancia. Teniendo en cuenta el panorama teatral español de la época, bastante conservador y alejado de las nuevas corrientes, podemos considerar a Mihura un pionero en nuestro teatro, y un genio a todas luces, que si bien es cierto luego tomó otros derroteros más convencionales en sus obras, siempre dejó un poso de genialidad en todo lo que escribió, de personalísima creación e inimitable sentido de la teatralidad. 
Detrás de Tres sombreros de copa, se esconde agazapada una tragedia, por no decir muchas, ya que la mayoría de los personajes que se presentan en la obra, tienen un porvenir y un presente bastante negro, y que buscan vías de escape de múltiples formas, pero con nulos resultados. Un hombre gris pasa la noche antes de su boda con una señorita bien, en un hotelito de segunda, y esa noche transcurren por su habitación una recua de personajes a cada cual más extravagante, alejadísimos en su forma de vida de la de nuestro protagonista, sirviendo esta noche de encuentros y extrañas aventuras, como catalizador de una feroz crítica a la sociedad de la época, las convenciones sociales, y sobre todo un tratado sobre los sueños rotos, y el autoengaño. Mihura plantea la obra de forma ambigua, ya que si bien todo está envuelto en cierto tono onírico, no nos queda claro si lo que vive es un sueño, o una realidad deformada por los ojos de Dionisio, que se encuentra obnubilado ante otra forma de entender la vida, con muchos más oscuros que claros, como es la de los bohemios. Los diferentes planos existenciales y las diferentes realidades están muy marcadas en la función, así como lo engañoso de la felicidad en no pocos casos, de resultados amargos y cierto poso de falsedad, en la que realmente solo dos personajes se vislumbran como auténticos, y despojados de todo artificio. Paula y Dionisio, protagonistas absolutos de la función, arropados por unos secundarios deliciosos, y en los que no hace falta rascar mucho para ver lo que representan. Mihura utiliza las simbologías a placer, de forma acertadísima, cargado de retranca, y por que no decirlo, con cierta mala leche nada soterrada. El texto de una solidez brutal y arrolladora comicidad, se sirve de unos chistes absolutamente magistrales, y unas frases que nos dejan helados por su brutalidad, en un ejercicio de humor negrísimo por momentos, y de un lirismo absolutamente arrebatador en la mayoría de las veces. Se dice que Tres sombreros de copa es nuestra mejor comedia de todo el S.XX, y creo que estoy de acuerdo en esta afirmación, ya que su calidad literaria, su arriesgada factura, y la enormidad que se esconde detrás de una aparentemente, solo aparentemente, comicidad absurda, entraña enormes dificultades a nivel actoral, y a nivel dirección, que no pocas veces han jugado a la contra de la función, ya que visiones excesivamente ramplonas y buscando el chiste fácil, se cargaban la esencia de lo que realmente es, un texto complejo, de gran calado, y altísima calidad.



Vayamos con el elenco.
Debo hacer mención a todos los secundarios, ya que se encuentran impecables, dentro de cada pinceladita con la que Mihura aderezó el texto. Sería difícil decantarme por uno en particular, ya que todos se encuentran en su punto de sazón perfecto, dando exactamente lo que cada personaje pide. Quizás por extensión del personaje, y por lo acertado de su trabajo, me quedo con la Madame Olga de Rocío Marín Álvarez, de interesante trabajo con la voz, y competente composición del personaje de mujer barbuda, extravagante, altanera, y tremendamente surrealista en su planteamiento.

Magnífico Roger Álvarez, como Don Rosario, pulcro y contenido en grado sumo, cargado de ternura, en un papel breve pero muy comprometido, y que se encuentra llevado a las más altas cotas en manos de nuestro actor, que rezuma amor por el personaje por los cuatro costados, y cuyo trabajo con el texto es realmente magnífico.

Muy destacable, El Odioso Señor, de Mariano Llorente, que resulta francamente desagradable, como mandan los cánones, en un personaje que nos hace reír, pero que maldita la gracia que tiene. Llorente plantea un rol muy pagado de si mismo, rijoso, y despreciable a partes iguales, dejándonos clarísimo lo que se nos quiso contar con él, y en el que la solidez interpretativa fue la marca de la casa.

Arturo Querejeta como Don Sacramento, es otro de los grandes activos de la obra, enorme, en su creación, que entra en escena embistiendo, y a por todas. Muy enérgico e impoluto en tono y cuerpo, apabulla con su trabajo, carismático, y de hechuras clásicas en su planteamiento. 

Malcoml T. Sitté como Buby, correcto, pero quizás un poco más plano que sus compañeros, y en un código más apagado en cuanto a la concepción del personaje. Me faltó cierto toque canalla y un poco más de comicidad en su trabajo, pero esto quizás sea una cuestión mía, y sobre mi visión de los personajes, en una obra que conozco bastante, y tengo bien metida en mi cabeza. 

Pablo Gómez-Pando como Dionisio, dota de una profunda humanidad a uno de los dos protagonistas de la función. Esforzadísimo en su creación, plantea su papel desde la ingenuidad en un principio, para rematarlo con un recorrido muy interesante hacia la desesperación, donde el arco del personaje se ve perfectamente definido. Comiquísimo en su acabado, y con cierto aire desvalido muy convincente, consigue movernos muchas cosas por dentro. Todo lo que le ocurre lo vive como una tragedia, cada vez más marcada, cada vez más desenfrenada, y sobre todo cada vez más desesperada. Gómez-Pando sirve un trabajo de altura, bien medido, y con acertada progresión, ver su camino hacia la boda como cordero al matadero, resulta impagable, tristísimo y cómico a la vez, llevándome a interpretaciones hoy recordadas y referenciales. Pablo Gómez-Pando en su sensible creación llega a unas cotas interpretativas insuperables, sin una pizca de afectamiento, y de personal enfoque, con una visión enriquecida del personaje, quizás con un punto pueril diferente al habitual, pero que no me chocó en absoluto dentro del acabado de su trabajo.

Laia Manzanares como Paula, mayúscula, no hay otra palabra para definirla, en un trabajo de gran calado, y donde se nos cuenta absolutamente todo lo que se nos puede contar con el personaje. La lectura de Manzanares es enorme, su Paula tiene más capas que una cebolla, y todas aparecen y desaparecen a placer de nuestra actriz, en el momento preciso y con la intención exacta. La Paula que vemos es tierna, sensual, sensible, frívola y soñadora, pero detrás de todo esto atisbamos un enorme poso de amargura que nos parte el corazón. Laia Manzanares revolotea por el escenario como una bella, bellísima, mariposa, con las alas rotas, y toda la poesía que se desprende de su tragedia se encuentra perfectamente plasmada en una escena final brutal, en la que la cara sonríe pero el alma llora. Todo en ella es verdad, todo está dicho por algo, y sobre todas las cosas brilla el fondo de una actriz portentosa, de enorme sabiduría a pesar de su juventud, y un mimo exquisito hacia un personaje complejo, y enorme en su concepción. 



Natalia Menéndez dirige el espectáculo, acertando de plano en su concepto, y del que varias cosas son destacables. Lo primero el tono visual, falsamente suntuoso. Todo en escena es oropel, belleza de guardarropía, e incluso cierto aire sensual un tanto vulgar, remozado en perlas de bisutería, medias de falso encaje y ligueros, de un blanco marfileño, que esconden todo lo que hay detrás, es decir velada prostitución (no tan velada), intereses crematísticos, y una compañía de variedades de tercera, de la que se podría escribir todo un tratado. Este toque deslumbrante se da de bruces de forma acertada con el sórdido trasfondo que se vislumbra, y que me pareció que corresponde a la visión  de la "vida bohemia" que tiene Dionisio, alejada de la realidad y un tanto cegado por el brillo del envoltorio de aquello que acaba de descubrir. 
Menéndez dota a la función de un marcadísimo lirismo, donde todas las simbologías de Mihura se ven perfectamente expuestas, y donde el aire onírico del texto original es primordial para entrar en la función, siendo por momentos apabullantemente bello lo expuesto en escena, tornándose en mareante por momentos con cierto aire de pesadilla caótica y febril. Posiblemente esta sea la versión de la obra en la que me han contado lo que yo buscaba en la función de forma más certera y fiel al espíritu de Mihura, en una versión ligeramente diferente en algunos aspectos, especialmente en lo visual, pero muy certera en lo actoral. La dirección de actores se encuentra muy inspirada, huyendo del frenesí en los parlamentos, otro de los fallos habituales en cuanto a la concepción del texto, permitiendo nuestra directora que los actores se recreen en le texto, dotando a todo lo que se dice de mucho sentido, y de múltiples lecturas en su acabado.
Se me antoja el trabajo de Natalia Menéndez exhaustivo a todos los niveles, y con un marcadísimo amor hacia el material original, que se ve ciertamente engrandecido, en un espectáculo soberbio, medídisimo y de impoluto acabado. 




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viernes, 24 de mayo de 2019

Anastasia El Musical, Ojalá Hubiese Sido Así.

La leyenda sobre la supuesta escapatoria de la Gran Duquesa Anastasia la fatídica noche del 17 de julio de 1918 me fascinó durante no pocos años de mi vida. Una mujer llamada Anna Anderson, afirmó hasta su muerte que era Anastasia, y la verdad es que hubo ciertas dudas, dudas que fueron disipadas años después del deceso de la propia Anderson, ya que varias pruebas de ADN dejaron clara cual era su identidad, y lo poco que tenía que ver con la familia Romanov.
La realidad de la historia como se puede ver, es bastante más prosaica que la leyenda, ya que Anastasia murió en un sótano de una villa en Ekaterimburgo junto con el resto de su familia. Sobre la  supuesta huida y posterior reaparición de Anastasia se ha fabulado mucho, tanto en el cine como en el teatro. Así a bote pronto me viene a la mente la película de Anatole Litvak con Ingrid Bergman en el papel protagonista, "Anya" un musical que ha pasado a la historia como uno de los grandes fracasos del viejo Broadway, cuya música basada en la composición de Rachmaninoff debió de parecer excesivamente sobria para los parámetros habituales de la comedia musical, así como la película de animación que toda una generación tiene en su retina, aunque a mi ya me pilló talludito en su estreno.
En las diferentes versiones que se han hecho sobre la historia, siempre se ha huido del rigor histórico, para potenciar el carácter operístico de la historia, y darle cierto aire de melodrama aristocrático a lo que realmente nunca ocurrió.
Este cuento de hadas que se nos plantea, es el que a mi me fascina más allá de la historia de Anna Anderson, y me fascina por su potencial escénico, y por su incrustación en la cultura popular, siendo tan pronunciado, que algunos todavía afirman que la historia ocurrió como se narra en la película y musicales varios, cuando la realidad es que Anna Anderson nunca fue reconocida por la familia imperial, María Fiódorovna nunca la recibió, y nuestra heroína se limitó a pasearse por medio mundo jugando a mantener vivo el misterio y con ello ganarse la vida de la mejor forma posible.
Eso en este momento es lo de menos, centrémonos en lo que hubiese ocurrido si las cosas hubiesen sido de otra manera, y sumerjámonos en el musical Anastasia, que por fin vi el sábado pasado, y en el que se cuenta precisamente el cuento de hadas que todos hemos pensado en algún momento aquello de "Ojalá que hubiese sido así"



Anastasia, con música de Stephen Flaherty, letras de Lynn Ahrens, y libreto de Terrence McNally, tuvo su estreno en Broadway en 2017, estando dos años en cartel, y con dos nominaciones a los Tony de 2017.
La obra está basada en la película de animación, aunque con bastantes cambios con respecto al original, buscando un poso más adulto, y que me pareció una mezcla de la versión cinematográfica de Litvak y de la Anastasia de dibujos. Se suprime cualquier atisbo de fantasía, así como algunos personajes, para contarnos una historia de corte melodramático con unas gotas de humor bien dosificadas. El libreto es ligeramente irregular, especialmente en el primer acto, que resulta un tanto premioso y no bien desarrollado,  con algunas escenas excesivamente largas y en algunos casos repetitivas. Después del descanso la cosa mejora notoriamente, aligerándose la trama gracias a algunos secundarios, y al desenlace de la historia, bien contado y con indudable interés.
Musicalmente nos encontramos con la partitura del film de dibujos animados, así como con varios números musicales añadidos para completar el espectáculo, siendo el resultado francamente acertado, y de gran lirismo en no pocos momentos. La partitura de corte ecléctico y con ciertos aires de opereta resulta agradabilísima de escuchar, pegadiza y de gran belleza en líneas generales, siendo el numero estrella del espectáculo el popular "Una vez en diciembre". Anastasia es un musical de abundante y difícil partitura especialmente para su terceto protagonista, elegante factura e indudable calidad en lo musical, de aires clásicos pero en absoluto desfasada, y que sin duda es uno de los mayores atractivos de la función, deficiencias del libreto aparte.



Vayamos con el elenco.
Conjunto perfecto a todos los niveles, y con muchos pequeños papeles, en general bien llevados a cabo. Mención especial para Juan Bey, que realiza varios papeles, de muy diferente código, y que son realizados con solvencia y solidez, tanto en la disciplina actoral como musical.

Angels Jimenez, como la Emperatriz.
Jimenez, muy conocida por  los aficionados al musical, va sobrada de recursos para un papel claramente de primera actriz, que se diría hace años, y que en manos de nuestra actriz se ve perfectamente reflejado, con una vocalidad muy bien ajustada a las exigencias del papel e indudable empaque en lo actoral.


Silvia Luchetti y Javier Navares, como Condesa Lily y Vlad, respectivamente.
Espléndidos los dos, en los bombones de la función, y que se compenetraron a la perfección en lo actoral con gran química escénica. Luchetti aprovecha al máximo su estilo mixto, sabiendo perfectamente donde aportar el toque lírico, sin abusar y de forma perfectamente medida y muy bien  servida. Navares de hermoso timbre, ofreció una muy buena interpretación musical, en la que se funde a la perfección la faceta actoral con la de cantante, el fraseo resultó especialmente bueno, así como la intención en sus partes cantadas. Ambos se encuentran deliciosos, y resultan realmente cómicos en sus intervenciones, especialmente en un dúo de ecos de opereta, plagado de frescura y guiños entre ellos, que dotaron de gran frescura al número, siendo uno de los mejores momentos de la función.

Carlos Salgado, como Gleb.
Le ha tocado a Salgado el que posiblemente sea el papel más difícil a nivel musical de la partitura, y si bien es cierto que cumple, no acabó de convencerme en algunos pasajes, especialmente en la zona aguda, donde me pareció que iba un tanto justo por no decir forzado. Un papel como el suyo necesita una línea de canto depurada, y ciertamente lírica en no pocos momentos, habiendo excesivos cambios en el color. La zona central y grave suena perfecta, y el gusto cantando es indudable, en una interpretación musical que hubiese sido redondeada de mejor forma sin los pequeños problemas que mas arriba comento. En líneas generales se puede decir que se encuentra correcto, y se disfruta de su trabajo en no pocos momentos, para ser sinceros. A ello hay que añadir una sobriedad en lo actoral muy de agradecer, en un papel no muy bien tratado en el libreto, y que Salgado defiende a las mil maravillas. 

Iñigo Etayo, como Dimitry.
Adecuadísimo en todas las disciplinas, y con un bonito timbre atenorado que se ajusta muy bien al papel. Etayo da todas las notas sin problema, se implica en lo musical de forma muy efectiva, y resuelve sin problema los pasajes más comprometidos, que no son pocos, siendo el resultado el de un trabajo sensible y esforzado a partes iguales. Perfecto a nivel actoral, nada afectado, y en un código galanesco muy acertado, consigue dotar al personaje de la dosis justa de carisma necesaria, así como de cierto empuje juvenil que define muy bien a su personaje. La voz se ensambla perfectamente con Xènia García, siendo las partes cantadas de los dos de lo mejorcito de la noche.


Xènia García, como Anya. 
Excelente a todas luces. Si algo caracterizó a García fue la solidez en lo musical, con una voz bonita, muy bien timbrada, perfectamente colocada, muy redonda en su acabado, y un agudo muy bien resuelto. Nuestra cantante resulta muy expresiva en todas sus intervenciones, y ofreció una interpretación sin fisuras en lo vocal, siendo su trabajo realmente superlativo en no pocos momentos. La misma solidez se le puede atribuir en la parte actoral, ya que sirvió un personaje de una pieza, bien entendido, y con un carácter muy marcado cuando el libreto lo requiere. Reconozco que Xènia García ha sido un descubrimiento para mí, ya nunca la había visto en un papel de esta envergadura. Me parece que con nuestra artista tenemos un gran activo para el mundo del musical, que todavía tiene mucho que decir sobre las tablas. 



Xavier Torras al frente de la orquesta titular, sirvió una correcta función, siempre anteponiendo la espectacularidad del sonido, y aquello que la partitura pide a nivel dramático. Torras ofreció un estupendo trabajo de concertación, así como un espléndido tratamiento del coro, en una función difícil para el conjunto, del que estuvo muy pendiente durante todo el espectáculo. Es destacable su trabajo en dos momentos de la función, muy especialmente en la escena del ballet con ecos de concertante operístico, y en el coro que sirve de despedida de los nobles en la estación de Moscú. Ambos números comprometidísimos y muy bien resueltos por parte de foso y escenario con Xavier Torras al timón. 




Vayamos con la propuesta escénica.
La función es un calco a la de Broadway, y viene firmada por Darko Trenjak. Nos encontramos sin duda ante un espectáculo de primer nivel en lo escénico, en el que el punto fuerte viene dado por una insuperables proyecciones de Aaron Rhyne de gran calidad, y notable efecto teatral, pero... siempre hay un pero, me resultaron un tanto repetitivas. Me explico, la función es francamente bonita, pero parece no contarnos mucho más después de haber visto la primera media hora. Cada escena está resuelta de forma más espectacular que la anterior, y uno está esperando la siguiente proyección para ver como nos cuentan los diferentes espacios en los que se desarrolla la acción, pero el recurso llega un momento que ya no sorprende, pasando un servidor a fijarse en los actores más que en el envoltorio en si. No digo yo que esto esté mal, pero si es cierto que me faltó cierto empaque o capacidad catártica en lo visual. 
Trenjak ofrece un espectáculo pulcro, de elegante acabado, perfectas transiciones e irreprochable a nivel técnico, al que quizás le falte un poco de tripa en su acabado final, ya que todo es muy correcto, muy deslumbrante y también un poco frío. Hay que hacer una mención especial a los impresionantes figurines de Linda Cho, vistosísimos, dotando al espectáculo de un aire de suntuosidad muy conseguido, y perfectamente estudiado.
En resumen, Anastasia es sin duda un musical de primer nivel, con una cuidada propuesta musical y escénica, que ofrece exactamente todo aquello que busca, es decir un entretenimiento de calidad, bien presentado y de gran formato, tal y como el género, y este título en particular, necesita. No defrauda en absoluto, y me parece uno de los títulos imprescindibles de esta temporada plagada de musicales, donde la competencia y el nivel, parece ser que en general han estado a la altura. 



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**Como nota aclaratoria, decir que las fotos que acompañan esta crítica no se corresponden en su totalidad al elenco del que se habla en ella.