lunes, 12 de noviembre de 2018

La Casa De Bernarda Alba, Versión Operística Del Drama Lorquiano.

Cuando hace unos meses se presentó la temporada actual de el Teatro de la Zarzuela, un título me llamó poderosamente la atención, "La casa de Bernarda Alba" que se estrenaba como ópera de cámara, ya que su versión sinfónica ya había tenido su estreno en Rumanía en 2007, y cuya partitura corría a cargo del maestro Miquel Ortega. Nunca había oído nada de la ópera en cuestión, y me pareció interesantísimo que se convirtiera en un drama lírico la tremenda tragedia de Lorca. Varias dudas me surgieron a raíz de saber que se estrenaba dicha ópera; la primera la adaptación, no me parecía fácil mantener el espíritu del autor, y sobre todo respetar el texto original, auténtica obra maestra de la literatura universal, y uno de nuestros títulos mas reconocidos en todo el mundo. A medida que se acercaba el estreno y fue apareciendo material gráfico sobre el espectáculo, mi interés fue en aumento, ya que ciertamente la cosa pintaba bien, y eso si, me negué a escuchar ni una sola nota de la partitura hasta el día en que viese la función, quería ir completamente virgen, sorprenderme y dejarme llevar, para ver hacia donde me transportaba esta Bernarda, que prometía mucho, y que me tenía expectante.
El pasado sábado se estrenó "La casa de Bernarda Alba" en el Teatro de la Zarzuela, sin duda fue una noche notable a todos los niveles como iré narrando, y sobre todo, me parece que se puede abrir una vía en cuanto a la producción de lírica en nuestro país, realmente interesante y que puede funcionar para revitalizar un género que se encuentra, tristemente, inmerso en una crisis agónica y que parece eternizarse en el tiempo. 


¨La casa de Bernarda Alba" de Federico García Lorca, fue la última obra de teatro escrita por el escritor granadino, y que no pudo ver la luz hasta 1945 en Argentina gracias al empeño de la ilustre actriz Margarita Xirgu, no llegando a nuestro país hasta 1950. 
 Lorca, sirviéndose del Realismo Poético, escribió un crudísimo fresco de la España profunda, fanatizada, y obsesionada con las apariencias que tan presente estaba en su época, y que todavía colea en algunos sectores de nuestra sociedad. Para ello el autor exagera una realidad como era la del luto riguroso, llevándolo a su extremo, con el que Bernarda Alba condena a sus hijas a 8 años de reclusión ante la muerte del padre. El microcosmos de la casa, su opresiva atmósfera, la sexualidad soterrada, la envidia, la búsqueda de libertad, y sobre todo el poder dictatorial y arbitrario, es lo que Lorca denuncia y expone de forma magistral y bellamente planteado dentro de la dureza de un texto resuelto con escuetas frases y duros alfilerazos que nos deja secos en la butaca, y que sin ninguna duda nos lleva a la reflexión sobre la verdadera naturaleza del ser humano, y sus comportamientos mas primarios, así como sobre nuestra sociedad y sus aspectos mas negativos. Mucho se ha hablado sobre la simbología de la obra de Lorca, no seré yo quien lo invente, pero es necesario plantear la importancia de las simbologías en "La casa de Bernarda Alba" así como la belleza poética que todo el texto destila, incluso en sus momentos mas duros. 


La ópera que esta crítica ocupa, con música de Miquel Ortega y libreto de Julio Ramos, está planteada en tres actos y para orquesta de cámara. 
La versión de Ramos, resulta altamente satisfactoria, viéndose perfectamente reflejada la obra original en un libreto, que conserva pasajes enteros del texto de Lorca, y que respeta de forma milimétrica la esencia de "La casa de Bernarda Alba"tanto en su estética como en su mensaje. Nada que objetar por tanto en un trabajo meticuloso, concienzudo, fiel, y de no pocas dificultades. 
La partitura de Miquel Ortega, siempre al servicio del texto y de la acción dramática, resulta acertadísima en su poder descriptivo, así como en su efectividad dramática, resaltando la atmósfera de opresión de la obra original, así como lo punzante de sus diálogos, con una música que nos incomoda en no pocos momentos, y que resulta igual de desasosegante que el texto original. Ortega coquetea con la atonalidad, aunque se decanta por lo tonal, y se percibe cierta inspiración en Britten en no pocos momentos. Personalmente reconozco que la partitura me sorprendió muy gratamente, por su coherencia, así como el uso de ciertos recursos para apoyar las acciones dramáticas que me parecieron altamente satisfactorios. Sirva como ejemplo los cascos del caballo de Pepe "El Romano" así como la extraña habanera que se vislumbra en el foso cuando se habla de Cuba en un momento dado en el escenario. Según el carácter del texto original, la obra se sustenta en unos abundantes recitativos, bien manejados y expresivos, y el tratamiento netamente coral de la obra no permite el que haya arias, algo que realmente no echamos en falta, ya que las escenas están desarrolladas de forma poderosa, y cada personaje tiene su momento de lucimiento de forma proporcionada, teniendo por motivos obvios más protagonismo Bernarda, Poncia y Adela.


Vayamos con elenco, brillante y equilibradísimo de principio a fin.

Julieta Serrano, actriz, como María Josefa.
Serrano lleva a cabo el único papel completamente hablado de la función, resultando magistral en su trabajo. Sus dos salidas se encuentran cargadas de gran entidad actoral, y su interpretación resulta de gran calado psicológico y tremenda carga poética. Serrano sale a escena, corta el bacalao, manda en el escenario, e imprime su estela en unos mutis que dejan al respetable con ganas de aplauso y emoción contenida. La grandeza del trabajo de nuestra actriz se encuentra en que hace tremendamente fácil lo difícil, y que la magia surja en un personaje de no pocas dificultades, y que Serrano colma de matices, no quedándose en una enajenada continua, sino en la que los visos de lucidez y sobre todo de clarividencia sobre lo que la rodea se ven perfectamente reflejados en toda su complicada extensión, y en el que lirismo aflora con naturalidad y adecuadísima organicidad. 

Milagros Martín, Belén Elvira y Marifé Nogales, como criada, Magdalena y Amelia, cumplen a la perfección en su cometido de comprimarias, Martín en un código actoral más ligero que sus compañeras dada la naturaleza del personaje. Hay que decir que todo el elenco se encuentra a un nivel musical muy elevado, y en el caso de las tres cantantes van sobradas de facultades para afrontar sus roles. 

Berna Perles como Angustias y Carol García como Martirio, dotan de gran entidad musical a sus dos personajes, donde ambas brillaron mucho en una partitura complicada y en la que los agudos estuvieron muy bien servidos en ambos casos. 

Luis Cansino, barítono, como La Poncia. 
Cansino resulta uno de los triunfadores de la ópera y varias son las causas. El instrumento de nuestro barítono se ve ensanchado y posee más entidad, si cabe, que la mostrada hasta ahora, en el que  se aprecia una madurez vocal muy notoria, resultando poderoso en el volumen, realmente imponente, y con unos agudos espectacularmente resueltos, y unos graves de impresión. La partitura se mueve dentro de una extensión vocal amplia, que parece irle de perlas a nuestro barítono, y que aprovecha de principio a fin con sabiduría musical y teatral. A este nivel resulta insuperable su gran escena con Adela, en la que más brillo vocal y escénico tuvo, y donde demostró el calado de un trabajo muy medido y que resulta gratísimo al oído. El fraseo a su vez resulta igual de acertado, siendo primordial en una ópera como esta en la que lo que se dice es tan importante. Dadas las características de Luis Cansino el papel se adapta como un guante a su vocalidad y sus aptitudes actorales. Nos creemos su Poncia, y su sentadísima creación no nos deja indiferente en ningún momento, siendo extremadamente creíble como mujer, ya que no nos encontramos ante una interpretación superficial o basada en la caricatura. Cansino no imita, hace, y no nos chirría en ningún momento dentro de un ejercicio de naturalismo alejado de cualquier afectación, y que merece ser reconocido como una auténtica creación, de gran solvencia a todos los niveles, y de tremenda implicación actoral. 

Carmen Romeu, soprano, como Adela.
Nos encontramos ante otro caso de acierto de casting total, ya que sus características como cantante se me antojan perfectas para el papel. Romeu entregadísima en lo actoral, como es habitual en ella, resulta especialmente satisfactoria en las notas mas extremas, que son dadas con aparente facilidad y gran expresividad, aunque si es cierto que ligeramente destempladas, pero que no molesta dado el carácter del personaje. En líneas generales Romeu sirvió una función en la que la calidad fue la tónica, y en la que se vislumbra un cuidado trabajo vocal, cargado de matices, y en el que las complicaciones de un papel con no pocos saltos y sobresaltos se ven resueltas de forma impactante y de dramática efectividad.

Nancy Fabiola Herrera, mezzo-soprano, como Bernarda Alba.
Herrera es sin duda uno de nuestros mejores exponentes del momento, y así lo demostró en una Bernarda que transita por los vericuetos de la partitura desde los recitativos en su mayor parte , y en la que la expresividad resultó crucial y determinante en un trabajo sin fisuras y de enorme calidad. Nancy Fabiola Herrera, con una dicción perfecta, humaniza a Bernarda sin caer en el maniqueísmo que a veces plantea el personaje, y en el que el trabajo musical redondea de forma brillantísima la interpretación actoral. Es destacable mencionar que la función del sábado fue especialmente dura para nuestra mezzo debido al fallecimiento de su hermana la noche anterior, algo que no afectó en absoluto su trabajo, dejando bien claro que Herrera es una de las grandes de nuestra lírica por motivos más que sobrados, y que bien se pueden justificar en su Bernarda Alba, de hechuras clásicas, veristas, y sobre todo tremendamente humana.

Debo hacer una mención especial al reducido para la ocasión Coro Titular del Teatro de la Zarzuela, que estuvo en su estupenda línea habitual, y en la que se deben destacar los esplendidamente servidos partiquinos que se encuentran en el primer cuadro de la función. 




Miquel Ortega al mando de la OCM bucea en las profundidades de su partitura de forma acertadísima, dotando al sonido de una entidad considerable, y con un volumen mas que satisfactorio, teniendo en cuenta lo reducido de la orquesta para la ocasión. La lectura de Ortega pasa por un marcadísimo sentido de la teatralidad, que apoya a la perfección lo que ocurre en escena, y una asombrosa labor de concertación que hace que el insuperable elenco brille todavía más dentro de un trabajo netamente coral y de grandes dificultades. Ortega cuida a sus cantantes hasta lo indecible, y focaliza su lectura musical en el enriquecimiento del drama, y potenciar el matizadísimo trabajo vocal en todo el elenco. Siendo el resultado de altísimo voltaje musical y dramático. 



Vayamos con la dirección escénica.
Bárbara Lluch al frente del espectáculo apuesta por un Bernarda ortodoxa, alejada del localismo de la original, sin duda un acierto, que potencia el carácter universal de la historia, huyendo de una versión afectada, y afianzando la idea del naturalismo como potenciador del drama. Todos los componentes de elenco se encuentran en el código que el papel pide, y los vínculos se encuentran muy bien definidos, siendo el resultado una función de claro planteamiento y cuya declaración de intenciones está muy marcada, es decir, el respeto absoluto hacia la obra de Lorca y su esencia. Las simbologías que Lorca quiso plasmar se encuentran durante todo el espectáculo de forma muy palpable y enriquecedora, incluido el oscurecimiento de las paredes de la casa de Bernarda, tal y como Lorca dejó acotado en su inmortal obra. La economía de movimientos y la contención actoral son la marca del espectáculo, sin que esto sea obstáculo para que Lluch nos obsequie con unas poderosas imágenes de gran fuerza catártica, y gran poder evocador. Solo hay un pero, las transiciones entre acto y acto resultan excesivamente largas, y el telón negro, tal y como está plateado nos saca un poco de situación, quizás los cambios a vista ayudaran en la continuidad del drama, o en caso de que la bajada del tapón se utilizara como recurso escénico, tal y cómo parece ser que es, que la vuelta a la acción sea mas rápida. Mención especial a la apabullante, y no tengo otra palabra, escenografía de Ezio Frigerio, aplaudida por el respetable en la primera apertura de telón. También son destacables las atmosféricas luces de Vinicio Cheli que son arte y parte de las múltiples virtudes estéticas de la función. 
La función que Bárbara Lluch ofrece es francamente disfrutable, se pasa en un suspiro, y resulta absorbente por momentos, con acertada progresión dramática, e impactante final.



En resumen, una "Bernarda Alba" para el recuerdo, de inspiradísima música, inteligente puesta en escena, y con un elenco de primer nivel, que merece recorrido, no solo en el Teatro de la Zarzuela, sino en nuestro país e incluso a nivel internacional. Creo que después de varios intentos, al fin el Teatro de la Zarzuela ha dado en el clavo en las bases que puedan cimentar el futuro de la lírica española. Felicitémonos por ello, y esperemos que no sea una especie de oasis en el erial que se encuentra nuestra producción musical. Me gustaría comentar algo que ocurrió al final de la representación y que define el sentimiento del espectador a la perfección. Una vez echado el telón, el público se tomó unos segundos, digirió lo visto, y arrancó a aplaudir de forma rotunda y emocionada. Así funciona la catarsis, y así me ha ocurrido siempre en aquellos espectáculos que dejan tocado al respetable, esos segundos de recuperación son definitorios, y resultan realmente esclarecedores sobre lo que esta Bernarda ofrece, y que no es precisamente poco. 




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