miércoles, 19 de septiembre de 2018

Fedra, La Frialdad De La Corrección

El montaje de Fedra que se presentó en Mérida con Lolita a la cabeza ha llegado a Madrid, y se queda muy poco tiempo, así que era cuestión de ver el espectáculo lo antes posible ya que en las escasas dos semanas que va a estar en La Latina, era de suponer que no será muy fácil conseguir entradas, así que me acerqué a verla el primer fin de semana después de su estreno. Este mes de septiembre se me presenta frenético en cuanto a teatro se refiere, y estoy en una tesitura que me cuesta sacar hueco para ver algo, así que intento optimizar al máximo el tiempo, y distribuir las funciones de la mejor forma posible, para luego poder llevar el blog al día, ya que de estar casi mes y medio me parón, he pasado a publicar una crónica diaria. Después de toda esta explicación que supongo que no os interese mucho, voy a deciros el porqué de mi interés ante  Fedra. Me gusta Lolita, no lo puedo remediar, me parece una maravillosa actriz, que ha sido injustamente tratada por la profesión, y que disfruta por suerte de un momento profesional dulce, y muy merecido. Así que no podía dejar pasar la ocasión de verla en uno de los mejores personajes femeninos que se ha concebido nunca, y que en manos de Lolita podría convertirse en el volcán a punto de explotar que nos dicen las promos de la obra. La realidad es que explotar lo que se dice explotar no explota, y aunque la función se puede considerar irregular, reconozco que disfruté, ya que cómo todos sabemos, el ser humano es contradictorio por naturaleza. 


El mito de Fedra ha sido ampliamente versionado, desde  Eurípides hasta la actual versión de Paco Bezerra, no pocos autores se han atrevido con ella, incluso teniendo nuestro cine un título emblemático con Emma Penella como Fedra que en su momento hizo correr ríos de tinta. Fedra, la voluptuosa Fedra, que tan caro paga su sensualidad dependiendo de las versiones y que tantos esquemas rompe por hacer lo que le da la real gana, tiene cierto poder de fascinación dentro de su nada velado erotismo, su retorcida psicología, y la forma en la que sus actos arrastran al precipicio a todos aquellos que la rodean. Quizás estos sean los componentes de su historia que mas nos atraigan, y aquellos que hacen tan carismática y atractiva a la figura de Fedra. Una de mis trágicas favorita, y cuya personalidad me resulta muy sugestiva.




La versión de Paco Bezerra presenta a una mujer independiente, presa de un amor fou, equivocada en sus apreciaciones sobre Hipólito, y que no actúa por despecho, sino por otras motivaciones que quedan bastante claras en la función, pero que sinceramente pienso que desvirtúan un poco la esencia del personaje, y le restan chicha dramática. Bezerra parece necesitar justificar continuamente al personaje, o hacerla buena encajándola dentro del discurso feminista, muy loable sin duda, pero que creo que en este caso no acaba de casar con el mito. La visión de Fedra que se da en el texto quita cierta coherencia al personaje, y nos cuesta un tanto entender su recorrido, esa es la verdad, llegando un punto en el que no nos hacemos preguntas sobre lo que vemos y nos dejamos arrastrar por un texto que navega mas hacia el melodrama que hacia la tragedia. Bezerra utiliza un bello lenguaje para contarnos la historia, de gran lirismo en algunos momentos, y si es cierto que la mayoría de los personajes se encuentran muy bien perfilados, y condensa en hora y media la historia de forma adecuada, sabiendo elevar la tensión dramática en cada acto de forma que el clímax coincida con el final del mismo para desacelerarnos de nuevo al principio del siguiente. Resultando el texto una suerte de carrusel emocional en el que subimos y bajamos según se va desarrollando la historia. 


Vayamos con el elenco.
Tina Sáinz, como Enone.
Decir a estas alturas que Sáinz es una gran actriz no tiene mucho sentido, ya que su trayectoria habla por si sola, pero es necesario reconocer su trabajo, redondísimo en este caso. Tina Sáinz conoce todos los resortes de la profesión, y así se refleja en su interpretación, de la que se desprende sobre todo que sabe muy bien lo que está haciendo. Sobria, contenida con el gesto, y con una capacidad en la escucha muy notable, casi resulta mejor con lo que no dice que con lo que dice ya que durante toda la función están pasando cosas por dentro de nuestra actriz enriqueciendo el personaje hasta lo indecible. Resulta delicioso verla en escena, es muy gratificante ver las aristas del personaje tan bien definidas y tan bien explicadas, y es muy esclarecedor ver cómo una actriz de su veteranía es capaz de transmitir un trabajo tan fresco y sin atisbo de apolillamiento. 

Eneko Sagardoy, como Acamante. 
Encontré a Sagardoy cómo el mas flojo del reparto. Cierto es que el papel es ingrato, pero su visión de hijo de Fedra, se queda un tanto pueril y plana, en una interpretación planteada mas hacia afuera que hacia adentro, y en la que me faltaron algunas dosis de verdad. No tiene un recorrido fácil Acamante, y en algunos momentos los diferentes estados emocionales por los que pasa, no son del todo felizmente asimilados por nuestro actor. Acamante es joven, cierto, pero no me parece que una visión excesivamente infantilizada del personaje ayude a que nos lo creamos. El hijo de Fedra se comporta y razona cómo un adulto pero luego en los berrinches parece un adolescente, esa dicotomía podría comprarla, es cierto, pero si se explicara de forma mas clara. 

Críspulo Cabezas, como Hipólito.
De lo mejorcito de la velada, sensible, impicadísimo, con un preciso (y precioso) trabajo con el texto y muy expresivo a todos los niveles. El Hipólito de Cabezas, pasa por todo aquello que el personaje representa, y curiosamente el aspecto físico mas bien rudo de nuestro actor funciona muy bien con el lírico aire que destila. Sus monólogos son magníficos, por bien resueltos, descriptivos y en los que todo se entiende perfectamente, así como sus escenas con Teseo (Juan Fernández) en las que un vínculo definidísimo es la tónica. Nos encontramos ante un trabajo concienzudo, inteligente y de magnífico acabado en el que nada sobra ni falta. 

Juan Fernández, como Teseo.
Muy templado y con marcado carácter, Fernández dota de gran entidad al rey de Atenas casado con Fedra, no quedando en una mera comparsa de la protagonista de la función. La encrucijada emocional del personaje es peliaguda y el luchar contra los sentimientos paternos para anteponer los del monarca se encuentra muy patente y plasmado de forma diáfana por nuestro actor, siendo el resultado de gran intensidad en sus intervenciones, y de un impacto dramático considerable.

Lolita, como Fedra.
Muy contenida, excesivamente contenida, y creo que no muy bien dirigida. Todo se mueve en una línea monocorde que busca la culminación en los finales de acto donde si se vislumbra lo que Fedra puede ser y puede dar de si. Lolita dice su texto maravillosamente bien, se la ve bellísima en escena, elegante, todo lo que se le puede pedir a una reina, pero cuando hablamos de un recorrido dramático y de justificar los comportamientos del personaje pinchamos en hueso. Me faltó implicación, y un poco de riesgo, ya que Lolita deja entrever pero no muestra, y eso en el caso de Fedra no define al personaje. Tengo la sensación de que la han atado en corto, ya que en otros trabajos no la encontré tan distante, y sobre todo creo que está tan preocupada en que  entendamos sus complicadísimos parlamentos, que la dicción tan perfecta, y la pulcritud que inunda el texto se anteponen a la interpretación. Vemos a Lolita y disfrutamos, cierto, pero vemos mas a Lolita que a Fedra, esa es la realidad. 


Luis Luque a la dirección, sirve una Fedra elegante visualmente, pero excesivamente estática, especialmente en la primera parte del espectáculo, cargando las tintas en exceso en el texto y obviando las acciones escénicas en no pocos momentos. Alguna veces parece que se ha suavizado mucho lo que Fedra es, y se ha convertido el mito en una función alejada del riesgo y excesivamente cercana al teatro para señoras que todos conocemos. Todo está muy bien dicho, ojito que de ahí a la declamación hay un paso, todo está cuidado, pero también es cierto que igual que vemos esta Fedra la olvidamos. No hablaría de trabajo rutinario, sino mas bien de poco original aunque realizado con mimo, intuyo que por aquello del taquillaje, algo muy lícito por otra parte, y salí con la sensación de que esta Fedra ofrece menos de lo que parece. Me lo pasé muy bien, pero no me llegó, y eso en esta tremebunda historia es imperdonable. Una tragedia griega debe revolvernos por dentro y dejarnos impresionados, y la verdad es que en este caso pasé una agradable velada de teatro, agradabilísima diría yo, pero excesivamente ligera cuando de este repertorio hablamos en el que la corrección académica está muy bien, pero la tripa es mas importante.



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