sábado, 25 de enero de 2020

Cecilia Valdés, O Hay Que Saber Comprimirse, Que Diría Un Castizo

De todos los títulos de la presente temporada de el Teatro de La Zarzuela el que más me interesaba de todos es el que ayer se estrenó, la mítica "Cecilia Valdés" de Gonzalo Roig, emblema de la lírica cubana, y posiblemente la cumbre del repertorio zarzuelero de ultramar.
Mi relación con esta obra es especial, ya que hace unos 22 años, descubrí la zarzuela cubana viendo una maravillosa coproducción del Gran Teatro de La Habana y el Teatro Jovellanos de Gijón, que se llevó a cabo por ciertos lazos que unen la obra de Gonzalo Roig con Asturias, dado que uno de los personajes de la comedia lírica que esta crítica ocupa, es oriundo de la capital de la Costa Verde.
No conocía ninguna zarzuela compuesta fuera de España, aquella función supuso para mi una verdadera catarsis, y comencé un idilio con la zarzuela cubana, que sigue en vigor actualmente, y que espero que siga manteniéndose por mucho tiempo.
La composición de zarzuela en Cuba es la más fecunda después de España, y muy poco conocida en nuestro país, quizás con excepción de la romanza principal de "María La O" de Lecuona, tremendamente popular, por las múltiples versiones que se han hecho de la misma, y que el gran público no asocia a una zarzuela.
La zarzuela cubana, tiene muchos paralelismos con la española, especialmente en su tratamiento del folclore y el costumbrismo, pero en ella también nos podemos encontrar ciertas reminiscencias del musical americano, por aquello de la proximidad geográfica, no siendo extraño que la sombra de Gershwin asome en alguna partitura, entre los diferentes estilos de la música netamente cubana que nos podemos encontrar en la diferentes obras del repertorio.
Ayer asistí a La Zarzuela con muchísimas ganas de disfrutar, reencontrarme con esta función era para mi todo un acontecimiento, y sin duda el hecho de que hasta ayer no se hubiera representado nunca una zarzuela cubana en el coliseo de la Calle Jovellanos, dotaba a la noche de cierta pátina de evento histórico muy estimulante. Si algo me quedó claro ayer es que lo que no ha fallado es la música, del resto, como veréis más adelante hay bastante que comentar.



"Cecilia Valdés" denominada como "Comedia lírica en un prólogo, dos actos, un epílogo y una apoteosis" (ahí es nada) tuvo su estreno en el Teatro Martí de La Habana el 26 de marzo de 1932, casualmente el mismo día que nuestra Luisa Fernanda. La música corrió a cargo de Gonzalo Roig y el libreto escrito por Agustín Rodríguez y José Sánchez-Arcilla, que tomaron como material de base la novela de Cirilo Villaverde del mismo nombre.
la partitura de Roig, espléndida a todas luces, bebe claramente del folclore cubano, y desprende un lirismo insuperable en la mayoría de sus pasajes, aunque también mezcla elementos más ligeros con cierto aire de opereta en su planteamiento. Nos encontramos ante una partitura muy equilibrada en la que no sobra ni falta ni un número, y en el que las intervenciones musicales están perfectamente medidas en introducidas en la acción dramática. Es muy interesante ver la evolución de la partitura con respecto a la obra, pasando de la ligereza de los primeros números a un verismo muy acentuado a media que se va desarrollando el tremebundo drama que nos encontramos sobre las tablas. En "Cecilia Valdés" nos encontramos un expresivo prólogo instrumental que nos sirve para ponernos en antecedentes de la historia, para continuar con una sucesión de romanzas inolvidables, un "Gran dúo" apasionado en grado sumo, varios números de danza, y unos espectaculares coros que sirven de perfecto acompañamiento al drama principal. Todo ello aderezado con un aire afrocubano de exótica factura, y un planteamiento musical de enorme teatralidad. La orquestación de Roig resulta espectacular en su acabado, con gran empaque musical,  y más que respetable densidad.



El libreto, de carácter netamente melodramático, cuenta los amores incestuosos de Cecilia y su medio hermano Leonardo, de trágico final, teniendo esta historia como telón de fondo los temas de la esclavitud, el machismo y la diferencia de clases. El libro bien tramado, es realmente difícil de poner en pie, ya que el aire excesivo, operístico podemos decir, de la historia, precisa de un tratamiento muy minucioso y comedido para que no se pase de rosca, problema principal de esta versión, y lo que es más importante se debe tomar en serio para que funcione. Nos encontramos con una historia de enormes posibilidades dramáticas, pero eso si, de gran complejidad escénica y que debe ser muy mimado para que nos llegue como fue concebido, excesos y desmelenes varios incluidos.
La versión musical se encuentra practicamente completa, a excepción del cuarteto que ha sido cortado,el terceto cómico, y la parte final del coro y canción de los esclavos que también ha sido suprimido.
La versión del libreto no viene firmada, y aunque si bien es cierto el drama principal se respeta, algunas escenas han sido cortadas, y alguna subtrama también se ha reducido. El personaje de Isabel Ilincheta tiene como añadido un monólogo anti esclavista sacado directamente de la novela para darle algo más de extensión. Me ha parecido que la versión es excesivamente superficial quedándose coja en no pocas ocasiones, con unos personaje planos esquematizados en su mínima expresión, y que para rematar banaliza el material original sin piedad.



Vayamos con el elenco.
Dentro de los pequeños papeles de la función, quiero destacar el Tirso de Girlado Moisés de Cárdenas, muy creíble y cargado de gracejo. El sólido Melitón de Eduardo Carranza, así como la Nemesia de Ileana Wilson, de buena presencia y tono. Muy deficiente la Charito de Lilián Pallarés, que no consigue salvar los trastos en la comprometida escena del final de la obra como madre enajenada de Cecilia Valdés.

Isabel Cámara como Doña Rosa y Alberto Vázquez como Don Cándido Gamboa.
Ambos con serios problemas de enfoque de los personajes, y muy mal dirigidos (algo por otra parte una tónica en el espectáculo). Tanto Cámara como Vázquez parecen ser dos meras caricaturas de dos personas de la alta sociedad, pareciendónos que Doña Rosa solo ha nacido para lucir suntuosos modelos, mientras Don Cándido vive en un cabreo permanente. No hay nada más detrás de estos dos roles, algo que obviamente no es así en la obra. Todo es plano, todo es impostado, y lo que es peor, todo está equivocado. Si Carlos Wagner, como regista, ha querido esto, o no ha sabido verlo es un problema grave, ya que especialmente el papel de Isabel Cámara puede ser muy aprovechado como malvada de libro, pero ni tan siquiera en ese plano funciona. 

Yusniel Estrada, tenor, como Pedro.
Estrada tiene un único número musical, el comprometido canto del esclavo, que si bien es cierto fue cantado con gusto, en las partes más agudas sonó ciertamente apurado, y con un sonido peligrosamente situado en la garganta, con lo que sufrí escuchándolo ante el temor de que se hiciera daño. La voz es bonita, pero todavía debe madurar para poder abarcar papeles de envergadura.

Cristina Faus, mezzosoprano, como Isabel Ilincheta.
Estupenda en un papel que se nos hace corto para una intérprete de su nivel, si ya de por si el papel no tiene mucha extensión, a nuestra artista le cortan un número, como ocurre con el cuerteto, pues apaga y vámonos. Faus cumple sin problemas en el Duetino con Leonardo, perfecta en el volumen, impoluto gusto cantando, y el habitual carnoso timbre al que nos tiene acostumbrados. Actoralmente correcta, dota de gran elegancia a su personaje, aunque me supo a poco, lo he de reconocer.

Linda Mirabal, soprano, como Dolores Santa Cruz.
Mirabal sirvió uno de los momentos de la noche en su imponente entrada, el celebre "Tango congo" buque insignia del personaje de la esclava liberada. Nuestra soprano cargada de sabiduría y oficio se mete en el bolsillo al respetable, llevando a cabo una interpretación musical de altura, con un volumen atronador en no pocos momentos, y matizadísima. A todo esto debemos añadir una interpretación actoral realmente insuperable, de extraño magnetismo, así como un mutis en su segunda intervención que creo que recordaré por mucho tiempo. 

Homero Pérez-Miranda, bajo-barítono, como José Dolores Pimienta.
Bien templado en lo musical y algo envarado en lo actoral, en un personaje que no está muy bien desarrollado en la obra original, aquí parece que está para cantar su romanza, y obviamente desencadenar el drama que nos lleva al final de la obra. Su célebre romanza fue cantada con gran expresividad, aunque eché en falta un poco más de volumen. En general ofrece un buen trabajo vocal, muy bien ajustado con la orquesta y de bello acabado.

Martín Nusspaumer, Tenor, como Leonardo Gamboa.
Entiendo un error la elección de Nusspaumer en el papel, ya que su voz no es la más adecuada para un Leonardo que muerde, y que en el "Gran dúo" con Cecilia se ve muy apurado en las partes más comprometidas. Me faltó cuerpo en la voz, excesivamente ligera, y unos agudos mejor resueltos, con más entidad, y sin que me hiciera sufrir ante un gallo que nunca apareció, pero que enseñó la cresta varias veces. Estuvo francamente desafortunado en su primera intervención, apenas dos frases que me preocuparon seriamente, aunque luego hay que decir que se fue entonando. Quizás la parte que mejor resuelve es el "Canto a La Habana" menos pesado en líneas generales que el resto del papel y que encontré cantado con elegancia, y con aires de opereta, tal y como el número pide.
Actoralmente correcto, en un código de galán de culebrón, e igual de esquematizado que la mayoría de los personajes del espectáculo. 

Elizabeth Caballero, soprano, como Cecilia Valdés.
Toda una sorpresa para un servidor, ya que no la conocía, y adecuadísima al rol. Caballero ofreció una sólida interpretación vocal, de gran expresividad, y de espectacular acabado. La voz es grande, redonda y bien manejada. Los agudos, en punta, de buena factura, siendo el resultado el de un trabajo muy estimable y de gran altura musical. Caballero desarrolla el papel en el plano musical de forma impoluta según el recorrido del personaje, estando a años luz la Cecilia de la salida, cargada de gracejo e intención, con la desgarrada aria con la que finaliza el segundo acto. Caballero se me antoja perfecta para el papel, ya que la ductilidad de su instrumento es lo más adecuado para un personaje difícil en su recorrido actoral y musical. Muy implicada emocionalmente, lucha con uñas y dientes por salvar algunas de las absurdas situaciones escénicas propuestas por Carlos Wagner que parece que quieren arruinar su papel más que enriquecerlo.



Coro Titular, con Antonio Fauró a la cabeza, magnífico en una obra en la que tienen gran presencia y además se lucen mucho. Una vez más muy desaprovechados escenicamente, quedando reducidos a entrar y salir en escena, o a un interno en el cuadro de los esclavos. Atronadores, y con gran empaque, estuvieron a la altura de la partitura, sin tener problemas ante los ritmos tan alejados a los de nuestra zarzuelas que Cecilia Valdés ofrece.

Oliver Díaz al frente de la Orquesta de la Comunidad de Madrid, lleva a la función a un nivel altísimo, dotando a todo el espectáculo de un sonido grandioso, y de enorme sabor teatral. Díaz una vez más consigue un sonido de enorme profundidad y matices, así como un control de tiempos y volúmenes realmente notables, en una función de grandes complicaciones en su partitura. Disfruté muchísimo de la lectura de Oliver Díaz, y volveré a ver el espectáculo principalmente por su labor, y por el interés que me suscita Enrique Ferrer, tenor del segundo reparto, que me parece que puede dar muchísimo a todos los niveles al personaje de Leonardo. La lectura de Díaz es brillante, ajustadísima a los cantantes, y sobre todo remarca el profundo estudio de la obra que ha hecho el hasta ahora director musical del Teatro de la Zarzuela y que echaremos de menos los aficionados. 



Vayamos con la propuesta escénica.
Carlos Wagner firma la función, y lo hace con serios problemas. Tengo la sensación de que no se ha profundizado lo suficiente en el material original, y que los personajes están francamente mal enfocados y dirigidos. No hay entidad actoral, ni matices en la interpretaciones, y si a esto añadimos que los momentos más melodramáticos de una obra desmelenada en su origen parecen no ser tomados en serio, el descalabro en el último cuarto de la función resulta muy notorio además de irremediable. La línea entre la genialidad y el ridículo es muy fina, y Wagner se acerca peligrosamente al ridículo no sabiendo transmitir el desgarrador drama que la obra destila. El público ayer se reía en los momentos más dramáticos, algo que me enfadó profundamente, aunque me llevó a la reflexión, y que me dejó bien claro que a Carlos Wagner se le ha ido de las manos Cecilia Valdés, por sus excesos a todos los niveles. No es de recibo una camisa de fuerza en la escena final, no es de recibo que el personaje de Cristina Faus se quede congelada cuando acaban de asesinar a su prometido, no es de recibo esa aparición de la Virgen de la Caridad del Cobre, que produce hilaridad en vez de impacto, y no es de recibo que toda la primera parte del espectáculo sea algo cercano a una revista de tercera más que a una comedia lírica. Wagner banaliza la función, la lleva a un extremo equivocado, y roza el mal gusto por momentos, por su visión superficial y arquetípica de lo que para sus ojos parece ser un culebrón de lujo, y no un desgarrador drama casi naturalista. Quizás el problema de este espectáculo estriba en que Doña Rosa esté más preocupada en llevar bien una estola, que en que su hijo esté enamorado de su hermana por parte de padre. Ese detalle es muy definitorio y esclarecedor, Wagner se pierde en el envoltorio y ni huele el fondo de la obra. Cecilia Valdés merece una lectura más seria, realista y sobre todo respetuosa con la obra original. Este falso oropel que parece cubrir toda la obra es extensible al poco afortunado vestuario de Christophe Ouvrard, al que no le encontré mucho sentido, y que en algunos personajes se me antoja pasadísimo de vueltas, además de incoherente con las características de los roles. Tampoco ayuda mucho la incómoda y limitadora escenografía de Rifail Ajdarpasic que no facilita la comprensión de las diferentes localizaciones que se desarrollan en la obra. Esta Cecilia desprende un aire apolillado en su acabado final que da al traste con la idea de dignificar la zarzuela, que insisto, debe ser tomada en serio, y no banalizada hasta ridiculizar los argumentos. 
Mención especial a Nuria Castejón en sus coreografías, de gran vistosidad, especialmente en la parte de los esclavos, dotadas de gran empaque y capacidad catártica. 













5 comentarios:

  1. Excelente critica. /Muy detallada. No comprendo el afan de los directores de cambiar algo que esta tan bien escrito y delineado por los autores. En vez de engrandecerse se ridiculizan tratando de cambiar las puestas. Aqui en Miami hemos visto grandes puestas de las zarzuelas y sobretodo las cubanas. Cecilia se ha presentado desde los 60's con grandes elencos incluyendo a la gran Marta Perez pero nunca se trato de ridiculizar, ademas, el publico hubiera quemado el teatro. Las nuevas generaciones merecen conocer las obras tal como fueran escritas, sin que le cambien ni le quiten nada.

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  2. Después de ver esta Zarzuela tantas veces en Cuba, he quedado muy decepcionada, gran crítica la que precede mi comentario.

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  3. Estimado Jonathan. Soy Solista del Teatro Lírico Nacional de Cuba, mi nombre es Marcos Lima. Le confieso q acá tenía un gran entusiasmo y las expectativas eran mucho mayores por la puesta de nuestra Cecilia en Madrid, pues he interpretado el rol de José dolores pimienta en nuestra compañía desde el 2006. Sin dudas es triste recibir tales comentarios sobre el suceso, y no hablo de q su crítica sea desacertada, pues sus palabras muestran gran conocimiento sobre el género y lo felicito, sino, por lo desacertado que pueda ser concebir un espectáculo de tan alto reconocimiento a nivel mundial, y tan importante culturalmente para una nación, por una corriente de Pretencionismo y Superficialidad regida en el mundo. Que dolor que el arte sufra tal herida, que tristeza que tan buen talento artístico este malgastado e involucrado en manos tan necias. Desde Cuba envío mis felicitaciones a los artistas que hicieron su mayor esfuerzo y brindaron lo mejor de sí, a nuestros compatriotas les pido no olviden nuestras raíces y virtudes y defiendan nuestra identidad artística frente a propuestas tan banales, es necesario participar, pero con absoluta conciencia sociocultural de el hecho artístico. Veámos más que el color del dinero... Vayamos en contra de lo degradante.

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  4. La critica es excelente,y su autor si parece comprender la esencia de la obra,lo cual,segun aprecio en la critica,el Sr Wagner no se ha enterado de nada,Ya haberla sacado de su contexto historico es un error garrafal,pues los acontecimientos que narra la obra son completamente incompatibles con la decada de los cincuenta,y caen en el ridiculo,y yo,vivi mi adolesencia y juventud en los años cincuenta,asi que tengo sobrados motivos para conocer muy bien la isiosincracia cubana de aquellos años,Lamento que una obra con tal riqueza lirica la hayan destrozado con una anacronica puesta en escena,y lamentablemente,sienso el primer encuentro de los españoles con la fecunda Lirica Cubana,

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  5. Me gusta mucho su crítica aunque difiero con la coreografía en su totalidad. Masacraron la cubanísima contra danza.
    Fue una comparsa de “ Lis Marqueses de Atraré”, combinada con la del Alacrán, Los Rumberos de Regla y Los Dandys, bailada a timba. Horror!

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