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miércoles, 31 de enero de 2024

La Rosa Del Azafrán, Sobre Ortodoxia, Coherencia Escénica y Repertorio...


Se acaba de estrenar uno de los platos fuertes de la temporada en La Zarzuela, La Rosa del Azafrán de Guerrero, que no se representaba en Jovellanos 4 desde hace aproximadamente 20 años. La expectación no era poca, ya que además de ser un título muy popular, los dos solventes repartos hacen sin duda la propuesta muy atractiva, máxime cuando la anterior producción de esta obra no se recuerda con demasiado entusiasmo, ya que Jaime Chávarri no supo llevar a buen puerto dicho título. Antes de hablar de La Rosa me gustaría plantear algo sobre el repertorio, sin duda necesario y puntal en la programación de La Zarzuela, pero que creo que a veces no se entiende lo suficientemente bien. Parece que Guerrero, pongo por caso ya que La Rosa es suya, solo tuviera dos obras en repertorio que son las que siempre se reponen, Los Gavilanes y La Rosa del Azafrán. Cuando de las grandes vacas sagradas del género hablamos, su producción es tan fecunda y están incrustada en el repertorio, que no estaría de más salirse del "sota, caballo y rey" de toda la vida, y dar oportunidad a otras obras igual de recordadas y que no se predican con la misma asiduidad en La Zarzuela. Creo que un Huésped del Sevillano, una Fama del Tartanero, o una Montería, gozarían igualmente del fervor de el público, y se ganaría una oportunidad estupenda de poder visionar estos títulos, también muy populares pero mucho menos representados. Dicho esto me centro en La Rosa que es la obra que tuve oportunidad de ver el sábado pasado y que es la que esta crítica ocupa. 



La Rosa Del Azafrán, denominada como Zarzuela en Dos Actos y Seis Cuadros, con libro de Federico Romero y Guillermo Fernández-Shaw y música de Jacinto Guerrero, tuvo su estreno triunfante el 14 de Marzo de 1930 en el Teatro Calderón de Madrid, siendo apoteósica dicha noche y las posteriores.

Hablar de La Rosa, como se la conoce en el mundo de la lírica, es hablar de una zarzuela de manual, en este caso en su vertiente regionalista más pura, y costumbrista en su forma y fondo. Basada en El Perro del Hortelano, lejanamente, de Lope de Vega, la historia plantea algunas cosas interesantes de explicar, más allá de su fama y sobre todo popularidad. Lo primero de todo, decir que aunque la historia se basa en un clásico de nuestras letras, muchos de los personajes que salen en la obra existieron realmente, y no resulta difícil encontrarse con los descendientes de alguno de los que en ella se nombra en alguna representación. Un servidor conoció a un nieto de "Paco el Gafas" en el Festival de Zarzuela de La Solana, que nos contó muy emocionado anécdotas de la época en la que se escribió la zarzuela. Hasta ese extremo llega el mimo que los libretistas pusieron en la obra, que intentó plasmar de una manera muy fidedigna los usos y costumbres de lo que era La Mancha más rural en los últimos años del S.XIX, junto con una pizca de crítica social, algo de denuncia de aquel saber popular que dice "Pueblo chico, infierno grande", y una problemática muy marcada en aquellos días como era la diferencia de clases. La historia es simple, hacendada rural, se enamora de un gañán de su hacienda, de dudosa procedencia familiar, que como era natural en los tiempos corteja a una chica de su clase social, aunque bebe los vientos por la señora. Tenemos el triángulo amoroso tan afín a nuestra zarzuela, ciertas gotas de melodrama decimonónico con bebé abandonado en una inclusa, un final de cuento de hadas, y con eso ya tenemos la zarzuela armada. Con sus finales de acto de impacto dramático, sus cómicos secundarios, sus características de rompe y rasga, y todo el tipismo que se le entiende a una zarzuela rural, en la que el pueblo es arte y parte de el drama principal, con sus tristezas y sus alegrías.
La obra parte de una base bucólica y amable de lo que era la realidad rural de la época, pero con un trasfondo serio, y con algo muy interesante, el carácter recio castellano-manchego se encuentra muy bien plasmado, en un libreto bien escrito, y con algunas frases de indudable fuerza dramática en sus momentos más intensos.
La partitura de Guerrero, bebe indudablemente del folclore castellano, seguidillas y jota son la máxima expresión de este en la partitura en dos números muy reconocibles de la obra, pero si hay algo que caracteriza la partitura es una enorme capacidad descriptiva de los colores, el carácter y el sentir de los manchegos. Guerrero no en balde se crió en Ajofrín, eso sin duda le marcó, y lo supo plasmar de maravilla en una de sus obras más amadas, y para muchos su composición más lograda. La obra muy equilibrada en lo musical, tiene como mayor lucimiento el de sus dos protagonistas principales, ambos de gran exigencia vocal, y en el caso de la soprano un tanto desagradecido, ya que si bien su dificultad es alta, su romanza me fascina, no es de las más celebradas, no ocurriendo lo mismo con la célebre "Canción del Sembrador" bastión de barítonos, y propuesta en su tiempo como himno de Castilla-La Mancha por sus virtudes musicales y que tan bien cuadran con estas tierras. La obra posee un nocturno de gran belleza que precede al cómico Pasacalle de las escaleras, en dicho nocturno se encuentra uno de los más hermosos partiquinos de nuestro repertorio, el melancólico pastorcillo que le canta a su amada sus cuitas de soledad mientras le explica que su única compañera en las noches son las estrellas con las que habla mientras cuida su rebaño. Los coros son a su vez parte principal de la obra, siendo a este respecto el número más conocido de la obra el "Coro de Espigadoras" de el Segundo Acto, de fuerte raigambre en la cultura popular, y posiblemente junto con las Lagarteranas de el Huésped de El Sevillano, el pasaje coral más conocido de Guerrero.

Hablemos de versiones, y que en este caso no viene firmada, pero si que tiene varias cosas que son remarcables. Entiendo que hay aspectos en los libretos de algunas obras facilmente suprimibles, y no solo eso, en algunos casos necesariamente suprimibles. Me refiero a textos redundantes, bocadillos innecesarios, escenas que no hacen avanzar la acción, e incluso aquellas que por el motivo que sea se pueden considerar que no aportan nada en la función. Hay ciertos cortes en esta Rosa perfectamente justificados, así como la unificación de algunos personajes en el Hermano Micael, pero... por el camino se han quedado unas cuantas cosas que resientes el acabado de la función y la fluidez de la misma. El pasado carlista de Don Generoso pasó a mejor vida, los vínculos especialmente de el triángulo Sagrario, Juan Pedro y Catalina, se resienten profundamente quedando el conflicto bastante diluido. Los cómicos, Carracuca y Moniquito, también se han visto bastante afectados por la poda quedando los personajes excesivamente esquematizados, y en algunos casos inconclusos, de lo que pasó con Catalina y Carracuca nunca se supo... por ejemplo. Con esto quiero decir que versiones si, pero con sentido, y si en este caso se ha apostado por la ortodoxia en el acabado del espectáculo, esta ortodoxia debe mantenerse también en el material literario de la función, ya que la obra pierde fuelle y y coherencia.



 

Vayamos con el elenco:

Hay que hacer una mención especial a Elena Aranoa, cantante de música popular, que nos transportó sin duda al folclore castellano en todas sus intervenciones, con una voz de interesantes matices y gran expresividad.

Entre las pequeñas partes destaca Javier Alonso, que sirvió un espléndido pastor en el agradecido partiquino que le ha tocado en suerte. Matizado, con la voz limpia, perfecto en volumen y medida, cantó con gran gusto su breve pero comprometida intervención. 

Correctos todos los secundarios de menor extensión, destacando Emilio Gavira como Micael, siempre solvente y peculiar en su manera de hacer. 

Ángel Ruiz como Moniquito, demostró la solvencia habitual en los roles de tenor cómico, desenvuelto y bien timbrado en lo musical, afinadísimo y de cuidada visión musical. En lo actoral también se encuentra acertado, aunque el papel ha sufrido bastante la poda, y tiene mucha menos presencia de la deseada, viéndose su trabajo afectado por ello, ya que poco margen le deja el pobretón material con el que cuenta. Cómico sin estridencias, sobrio y gracioso, hizo las delicias del respetable en sus intervenciones. 

Juan Carlos Talavera, como Carracuca, también severamente afectado por los cortes, de menos a más, en un creación que es puro costumbrismo en su esencia, con un tipismo muy bien entendido, control del texto impecable, y una indudable vis cómica, llevó a buen puerto el simpático rol que lleva a cabo, al que tanto parece gustarle los golpes... 

Vicky Peña, como Custodia. No fui capaz de entender el sitio al que nos quiso llevar Peña con su trabajo, ya que la interpretación me pareció errática, con el personaje equivocado, sin seguir una línea coherente, y del que va entrando y saliendo a lo largo de la función. Me duele especialmente esta crítica, ya que admiro mucho a Peña, pero esta vez me parece que o bien Ignacio García no pudo encauzarla por los vericuetos de Custodia, o que ella no se ha dejado dirigir, no concibo más suposiciones para una apuesta tan fallida, y sobre todo tan alejada en el código y en la intención del resto del elenco. 

Mario Gas, como Don Generoso. Realmente notable en su creación, cargado de bonohomía e idealismo, dotó a su personaje de una gran humanidad y ternura, supiendo transmitir a la perfección el carácter de un personaje muy querido dentro del repertorio. Buen dominio del texto, especialmente en su recitado, y con un entrañable poso durante toda la función. Un acierto sin duda de elenco, ya que en manos de Mario Gas, Don Generoso se torna real, y alejado de cualquier acartonamiento, siendo una visión personalísima y más que acertada.

Carolina Moncada, soprano, como Catalina.  Sobrada de recursos vocales para el papel fue una solvente Catalina en todas sus intervenciones, siendo por motivos obvios la más celebrada el Coro de Espigadoras, que fue cantado con soltura y mucha sensibilidad, correcta en en el dueto y bien ensamblada con Ángel Ruiz. Actoralmente un tanto perdida, no acaba de pillarle el punto al personaje, que pasa excesivamente desapercibido en el contexto de la obra, quedando muy difuminada a medida que avanza el espectáculo. 

Juan Jesús Rodríguez, barítono, como Juan Pedro. Adecuadísimo para el papel, Rodríguez parece haber nacido para cantarlo, sirvió una velada excelente en lo musical, con un canto noble, elegante, fraseo bellísimo, gran delicadeza en las partes más líricas, indudable sensibilidad en los primeros acordes de el dúo final, y su Canción del sembrador, de ecos clásicos, solidísima en su acabado e impactante resultado fue sin duda uno de los momentos de la noche. Escuchar a Juan Jesús Rodríguez como Juan Pedro es escuchar la perfección en el papel, no hay discusión, todo el carácter de Juan Pedro y lo que el personaje nos está contando en cada cantable se ve reflejado en nuestro barítono, que sin duda ofrece toda una lección de zarzuela y entendimiento del género y del papel. Igual de afortunado en lo actoral, sirvió un Juan Pedro apasionado y vigoroso que va en total consonancia con el carácter del personaje. Redondo desde todo ángulo, Juan Jesús Rodríguez nos ha dado por ahora la mejor interpretación de lo que va de temporada. 

Yolanda Auyanet, soprano, como Sagrario. Si algo caracterizó el trabajo de Auyanet fue la exquisita sensibilidad con la que aborda su papel en lo musical. Igual de adecuada que su compañero, parece conocer muy bien los desafíos de la partitura, siendo su trabajo inteligente y muy bien medido. Agudos amplios, filados de categoría, y una dicción muy cuidada fueron su fuerte, junto con una admirable línea de canto que me pareció que redondea a la perfección su trabajo. Muy intensa y con adecuada progresión dramática en su difícil romanza, fue sin duda una Sagrario de altura, dejando no pocos momentos para el recuerdo. Actoralmente un poco dejada a su suerte, como parece ser la tónica en las féminas de esta producción, que no acaban de encontrar el sitio dentro de la historia. Me faltó carácter, me faltó la frustración que vive Sagrario por la situación que está pasando, y me faltaron celos hacia su rival Catalina, por tanto la visión del ama se queda un tanto plana en lo actoral, aunque su soberbia interpretación musical hace que se nos olvide que el código interpretativo no es el más idóneo.



 

Coro Titular con Antonio Fauró al frente en los altísimos niveles de calidad habituales, y una vez más... desaprovechados en lo escénico, siendo su trabajo exquisito en lo musical, grandes matices en el Sembrador, bello lirismo en La Monda, y muy adecuados en Las espigadoras, y ojito a esa "Caza del viudo" que hace las delicias del público. El estatismo con el que son tratados en la producción, los trilladísimos desembarcos escénicos, y que se encuentren en el escenario durante toda la escena de Julián Herencia no es culpa suya, si no de la dirección que no supo mover a la masa coral de manera inspirada, algo que en un coro de estas características es una verdadera pena. 

José María Moreno, al frente de la Orquesta de La Comunidad de Madrid, correcto aunque caprichoso con los tiempos, unas veces muy acelerado, especialmente en el coro femenino en la cómica escena con Carracuca, y otras algo premioso, sobre todo en los números cómicos. En las partes más serias de la partitura estuvo más acertado, y supo cuidar a los cantantes, romanzas y dúos estuvieron bien servidos desde el foso. La lectura de Moreno pasa por la ampulosidad y el efecto dramático en algunos momentos, y en líneas generales me pareció cuidada y con un buen control de la orquesta. Las cuerdas me sonaron a gloria, y en general disfruté mucho con la orquesta durante toda la función, con la teatralidad necesaria y el empaque que se le entiende a una obra como La Rosa del Azafrán. 


La propuesta escénica viene firmado por Ignacio García y tiene múltiples aciertos, pero también sonoros fallos que se deben tener en cuenta. Vayamos primero con lo positivo, que no es poco, y luego ya iremos con aquello que chirría en el espectáculo. La visión historicista de la obra resulta enormemente afortunada, siendo el resultado el de un espectáculo de gran belleza visual, y tremendamente evocador sobre aquello que más nos habla La Rosa, que es de La Mancha y sus gentes, que se ven reproducidos en cuadros de enorme plasticidad, y calidad pictórica. García parece haberse documentado muy bien para el espectáculo y la verdad es que a este nivel le luce, pero por otra parte la función adolece de excesivo estatismo y cierta tendencia a lo contemplativo que le resta fuerza dramática, quedando el espectáculo como una especie de retablo bellísimo en su acabado pero un tanto insulso en su fondo. Tampoco la dirección actoral parece estar muy matizada, especialmente en los personajes femeninos, Sagrario no muestra el conflicto interno por el que está pasando, algo que quizás sea culpa de la versión, pero que García no suple con algún recurso que nos de pistas. Catalina está completamente dejada de la mano de Dios, y Custodia como ya comenté más arriba va por libre. Por tanto a este respecto se le escapa la función a nuestro director, que parece que supo entender mejor a los personajes masculinos que a los femeninos, en una obra en la que precisamente son las mujeres los personajes fuertes. Otro problema con el que nos encontramos es con la fluidez del espectáculo que parece marchar a trompicones, sin que se encuentren las escenas bien hilvanadas, ni las transiciones conseguidas, algo en lo que la hermosa, pero a veces aparatosa escenografía de Nicolás Boni no acaba de ayudar. Si nos encontramos con una versión con problemas, que no se ve apoyada en una escenografía que aligere las transiciones, la sensación es la de un espectáculo un tanto torpe que a ratos se desluce, aunque con estilizados momentos. No me quedó muy claro lo que simboliza la cantante de música popular, que si bien aporta momentos de gran poder evocador, no se exactamente lo que se nos quiso contar con su presencia, y aunque puedo comprar la propuesta, debería estar bien explicada, y sobre todo bien integrada en el espectáculo, ya que a ratos distrae y ensucia las acciones principales. Bello vestuario de Rosa García Andújar con detalles muy definitorios de cada personaje, especialmente en cuanto a los accesorios de Sagrario, la toquilla en la escena de La Monda resulta especialmente llamativa y acertada. Coreografías de Sara Cano irregulares, que funcionan mejor en aquellos momentos meramente folclóricos, que en aquellos en los que se han incluido unos movimientos más cercanos a la danza contemporánea ya que en una apuesta de estas características no acaban de integrarse del todo en el entorno. A este respecto es especialmente chocante la escena de Las Espigadoras, clasiquísima en su estética, pero que se da de tortas con los espasmódicos movimientos de el ballet, que si bien es cierto, nos dejan claro lo que representan parecen estar en otro espectáculo. Mención especial a las magníficas luces de Albert Faura, inspiradoras y atmosféricas en grado sumo. 


En resumen esta Rosa se disfruta en su estética, en su espléndido plantel musical, y en líneas generales porque se trata de un acercamiento respetuoso al material original, pero se sale con una sensación un tanto agridulce, ya que la que podría haber sido una propuesta clásica superlativa se ha quedado en una apuesta un tanto descafeinada, y que no despega en lo dramático de la manera que debería hacerlo, incoherencias en la forma y fondo aparte. 


martes, 14 de noviembre de 2023

Las Golondrinas, El Más Claro Exponente De La Ópera Como Género Total.

Continuamos la temporada de La Zarzuela con una reposición, merecida y esperada, ya que Las Golondrinas, es además de una obra cumbre de nuestro repertorio, y título que en los últimos tiempos no se ha representado en demasía, siendo por tanto su revisión imprescindible y necesaria. Este título se estrenó en la producción que esta crítica ocupa en 2016, es decir han pasado siete años y sirvió como inauguración de la Era Bianco, no está por tanto de más que la última temporada programada por el ya ex director de el teatro se vuelva a representar, dado el enorme valor artístico de la obra, y el gran éxito que cosechó en aquella temporada. El sabado acudí animoso al teatro, me encantó cuando la vi en la anterior ocasión, y es un título que reconozco que me fascina, por tanto sabía que me lo iba a pasar pipa, como efectivamente sucedió. Lo que se está viviendo estos días en La Zarzuela es sin duda notable, y las virtudes de la producción muchas, por tanto ya adelanto que se trata de un espectáculo imprescíndible para todos los amantes de la lírica y de el teatro, porque en esta función se canta y mucho, pero también nos encontramos ante un espectáculo teatral de altura. 


Las Golondrinas, denominada como Drama Lírico en Tres Actos, con música de José María Usandizaga y libro de Gregorio Martínez Sierra y María de La O Lejárraga, está basada en una obra de teatro de los mismos autores estrenada en 1905, y que fue posteriormente musicada por Usandizaga a ídea del propio compositor, que encontró en el argumento los suficientes atractivos como para escribir una zarzuela que tuvo su estreno en febrero de 1914 en el Price de Madrid, para a la muerte de su autor ser el hermano de Usandizaga el encargado de convertirla en ópera, estrenándose de manera triunfal en el Liceu de Barcelona en diciembre de 1929, siendo esta versión la que se representa en La Zarzuela.

 


 

La partitura de una belleza deslumbrante, bebe directamente de el Verismo en su estilo, con una música en la que nos podemos encontrar también influencias musicales de varios autores. Wagner especialmente, el uso de el leit motiv es una constante en la obra, así como ciertos momentos en los que la opereta también se encuentra presente, y unas pinceladas de Debussy, que todo esto junto con la maestría de Usandizaga dio lugar a una partitura hermosísima y francamente disfrutable. Muy avanzada dentro de los parámetros de la composición de la época, en la partitura destaca un cuidado estudio psicológico de los personajes, tan bien reflejados en el foso, y una sentido de la teatralidad realmente notable, sin dejar de lado una dificultad vocal para su terna protagonista realmente notable. Es muy destacable la cuidadísima orquestación de la ópera, deslumbrante a ratos, intimista cuando el drama lo requiere, rica y de gran densidad, y con momentos realmente inspirados. A este respecto destacan los tres Preludios de la obra, de una belleza arrebatadora, y espectacular remate. Los tres personajes principales tienen momentos de gran lucimiento, Especialmente Lina y Puck, siendo quizás Cecilia el personaje más ingrato en lo musical, pero igualmente difícil. Arias, y dúos son lo que caracteriza a la obra, todas perfectamente adecuadas a la situación escénica, cargados de lirismo en algunos casos, y de crudeza e intensidad dramática en otros. Toda la partitura nos sumerje en un particular universo trágico y enrarecido que resulta subyugante de principio a fin, por su desgarro y fuerza dramática, así como un maracadísimo acento poético y simbolista.

El libreto en total consonancia con la partitura, imprime a la obra el suficiente dramatismo y la intensidad que se nos supo dar desde el trabajo de Usandizaga. Los personajes muy bien perfilados, cargados de simbología, y con una enorme coherencia dramática, dan el suficiente lustre a un libro inusitadamente maduro, enjundioso, de enorme juego teatral y más que logrados conflictos escénicos . El asunto principal, un triángulo amoroso de trágicas consecuencias, con el circo como telón de fondo, desde que empieza la ópera ya nos queda claro, en el que la toxicidad de los roles protagonistas, los malentendidos, los sinsabores, y muy especialmente las pasiones más primigennias del ser humano se encuentran perfectamente plasmados de manera crudísima, y más que asequible. A esto hay que añadir un lenguaje muy poético que funciona de maravilla en los cantables, redondeando de manera perfecta la bellísima partitura, siendo el resultado una verdadera obra maestra en la que se puede hablar de una perfecta conjunción libreto-partitura, y una obra de enorme interés teatral, más allá del obvio interés musical, algo que no siempre ocurre en la ópera, ya que el material literario casi siempre suele estar a un nivel inferior que el de la partitura.


 
Vayamos con el elenco:

Acertados comprimarios, Javier Castañeda como Roberto y Jorge Rodríguez-Norton como Juanito, estuvieron a la altura de sus personajes. Castañeda correctísimo en un papel de poco lucimiento, pero que fue cantado con gusto y aplomo. Mientras que Rodríguez-Norton dio la nota más amable en una función dura, en un papel bien perfilado en lo musical, expresivo en los cantables, y muy conseguido en lo actoral, dentro de su remedo de Charlot, efectivo, corporalmente perfecto, y con gran presencia escénica. 


Ketevan Kemolidze, mezzosoprano, como Cecilia, fue quizás la nota un tanto discordante en el reparto, en un papel en el que se la ve incómoda en algunos pasajes, y con algunos problemas en la dicción que empañaron un tanto su trabajo. Si bien es cierto que la voz es interesante y de bella sonoridad, resultó calante en algunos momentos de la obra. Dónde sin duda más se luce es en los dos dúos con Puck, de enorme expresividad, voz perfectamente ensamblanda con Gerardo Bullón, y gran química, muy remarcable a este respecto el dúo final, de intensidad estratosférica, y en el que si al principio de la obra me dejó un poco frío, he de reconocer que nuestra cantante me ganó con su interpretación. Actoralmente se encuentra adecuadísima, dando vida a un personaje indómito, duro, y de complicado mundo interior, viéndose claramente todos los matices, así como un desplante escénico considerable, dando la imagen perfecta de mujer de rompe y rasga, que curiosamente se ve sometida por un hombre, de manera crudelísima. 


Raquel Lojendio, soprano, como Lina, fue una de las estrellas de la noche, y sin duda merecidamente. La voz grande, de agudo brillante y redondo, muy inspirada en las partes líricas, y gran expresividad, consiguió dotar al personaje de todos las aristas que se reflejan en la partitura, siendo especialmente interesante el recorrido musical y psicológico de esta Lina que empieza siendo una joven vitalista y conformista, para convertirse en un juguete roto de extraños sentimientos, mezclados con un enamoramiento casi enfermizo. Lojendio usó su instrumento de manera admirable para reflejar todo esto, con una expresividad y un sentido del texto realmente notable, sin dejar de lado una interpretación musical de altura, y al nivel de el exigente material que Usandizaga escribió para su personaje. Actoralmente superlativa, va subiendo en intensidad a medida que la obra avanza, siendo el cúlmen de lo que planteo el tercer acto de la obra, en el que su personaje se ve en toda su crudeza, con una sexualidad un tanto enfermiza, y una sensación de insatisfacción casi enajenada, en la que se confunde amor, sexo, celos, y algunas connotaciones de sumisión que aunque nos parezcan horribles, Lojendio consigue que entendamos y que nos apiademos de ella. Lina corre el riesgo de caer en lo cursi, nuestra soprano consigue un personaje de una complejidad rotunda y profundamente humano dentro de sus contradicciones, tal y como todos somos. 


Gerardo Bullón, barítono, como Puck. Puck es un personaje terrible, y su escritura musical así lo plantea, pasando por múltiples estados mentales, sin dejar de lado el lirismo, con unos pasajes de gran belleza, algo que Bullón controla a la perfección, sabiendo distinguir perfectamente como se debe cantar cada parte. Las partes con Cecilia son tremendas, de una fiereza apabullante, duro, expresivo y aprovechando al máximo su más que notable instrumento. Pero cuando se trata de Lina y aquellas páginas más sensibles, Bullón tira de estilo, dotando a su personaje de una fraseo y un gusto cantando que nos pone el bello de punta por el esplendor de lo cantado. Sin problemas en la parte aguda, y sorteando con aparente facilidad los desafíos de una partitura endiablada, Gerardo Bullón sirvió una función de enorme calidad, con un canto noble y sin artificios, de sana emisión, perfecta dicción y respetable volumen, bien medida, y exquisitamente interpretada. Actoralmente más que notable, implicadísimo, con una carga emocional tremenda, y rodeado de aristas, tal y como el personaje se nos plantea. Todo esto que planteo llega al paroxismo en el último acto de la función, catártico y terrible a partes iguales. 

Hay que hacer una mención especial a la troupe de saltimbanquis que sirve de comparsa en el espectáculo, con gran presencia durante todo el espectáculo llenando de empaque las escenas más fastuosas de la función.

 


Coro Titular al altísimo nivel acostumbrado en una función en la que la masa coral no tiene gran lucimiento, pero si un par de intervenciones importantes. Espectaculares resultaron en el Segundo Acto, en un momento de gran brillo dentro de la partitura, con aires de opereta, en el que sonaron brillantes, perfectamente empastados y con un volumen atronador. También es destacable su última aparición, terrorífica y fantasmal, con la que consiguieron estremecer al respetable, en un momento de una dureza escénica tremenda. 


La Orquesta de La Comunidad de Madrid con Juanjo Mena al frente estuvo a la altura, en una lectura en la que quizás eché un poco a faltar algo de brillo, en los momentos más vistosos, resultando apagada por momentos, especialmente en el primer Preludio de la ópera. Mena cuida mucho a los cantantes, algo que siempre es de agradecer, dando más importancia a las voces que al foso, y demostró su buen hacer y conocimiento de el material que tiene entre manos en los dos interludios principales y la Pantomima, esta última cargada de intencionalidad teatral. Disfrutable por tanto la lectura de orquesta, que redondeó de manera magnífica una noche realmente destacable en lo musical a todos los niveles.

 


 


Giancarlo del Monaco al frente del espectáculo se luce y mucho, haciendo una función de relumbrón, muy bien manejada en lo actoral y de epatante acabado, elegante y con un interesante juego meta-teatral que funciona muy bien desde el punto de vista dramático. Interesante también resulta la estética feísta y casi en blanco y negro de el espectáculo que tan bien refleja la gris existencia de estos personajes, que paradojicamente viven envueltos en el colorido mundo de el circo. Es destacable plantear la enorme intensidad de la función de principio a fin, con momentos de una crudeza terrible, hay una escena de violencia de género que literalmente nos hiela la sangre por lo explícito de la misma, y un tercer acto de atmósferas enrarecidas, perturbadora sensualidad, y enorme carga psicológica, plasmada de manera magistral por nuestro director en diferentes planos, con unos Puck y Cecilia en proscenio llevando al límite sus pasiones, y una Lina tras la puerta dando rienda suelta también a sus pasiones más oscuras, que nos define de manera acertadísima lo que hay detrás de este triángulo amoroso. Hay que plantear también lo bien explicados que se encuentran los vínculos y objetivos de los personajes, siendo la lectura de la obra compleja, profunda y tremendamente esclarecedora en cuanto al argumento, algo que enriquece de manera estratosférica el trabajo del tándem Martínez Sierra-Lejárraga, entendiendo sin lugar a dudas como todo un acierto la visión de la obra de Giancarlo del Monaco, que consigue sensibilizarnos con problemáticas muy actuales, en un texto que no se nos olvide fue escrito en 1914, todo un triunfo...

Destacables también las espléndidas luces de Vinicio Cheli en total consonancia con la propuesta de Del Monaco, atmosféricas y expresivas. Funcional y evocadora escenografía de William Orlandi, figurines de gran belleza y muy definitorios en cuanto a cada personaje de Jesús Ruiz, y destacable en grado sumo el trabajo en el movimiento escénico de Barbara Staffolani, que apoya a la perfección la acción dramática y reviste de gran prestancia la celebérrima Pantomima, uno de los momentos cumbre de la función. 

Estas Golondrinas son ópera a un gran nivel, un espectáculo total que se disfrutan de principio a fin, pero ante todo son TEATRO con mayúsculas, emocionante, fiero a ratos y de una belleza inconmensurable. IM-PRES-CIN-DI-BLE. 


 

lunes, 9 de octubre de 2023

El Caballero De Olmedo, Que De Noche Lo Mataron...

 


El viernes dio comienzo la temporada 23-24 de La Zarzuela, temporada un tanto extraña y que debemos entender como de transición, ya que Daniel Bianco se va y entra Isamay Benavente como flamante nueva directora artística, del mismo modo el director titular también se va tomando el relevo José Miguel Pérez-Sierra. Aires nuevos por tanto en Jovellanos 4, que no se verán realmente en su extensión a partir de la próxima temporada. Finalizamos pues la Era Bianco y empezamos la Era Benavente. Poco se puede decir de estos años, en los que ha habido sus aciertos y sus desaciertos, entendiendo como aciertos el indudable aumento de afluencia de público al teatro, y el esfuerzo realmente notable por acercar la zarzuela a nuestros jóvenes. Otras decisiones más discutibles han sido suficientemente ventiladas, y si es cierto que se puede entender que entre lo más notorio se encuentra las escabechinas en los libretos, cierta tendencia a repetir elencos, y alguna que otra propuesta discutible a nivel artístico, que no estuvieron exentas de polémica. Bianco ha tenido furibundos detractores y amantísimos defensores, un servidor se encuentra en la mediana en cuanto a su opinión, y entiendo el balance con más tendencia a lo positivo que a lo negativo, pero si es cierto que ya era el momento de un cambio de rumbo para seguir adelante con la defensa del nuestro género lírico. Toca buscar nuevos rumbos, mantener la afluencia de público, y lo más importante, seguir tocando teclas para ver si se consigue una nueva vía que sea capaz de conseguir el favor del público y sacar a la zarzuela del sarcófago en el que parece estar enterrada. Difícil tarea la de Isamay Benavente, cuyo buen hacer en el Villamarta de Jerez la avala, y en la que tengo puestas muchas esperanzas. 

Dicho esto vayamos con la obra que inauguró la temporada y que se trata de El Caballero de Olmedo, toda una sorpresa como iré narrando.



 

El Caballero de Olmedo, ópera con musica de Arturo Díez Boscovich, y libreto basado en la obra de Lope De Vega en adaptación de Lluis Pasqual, tuvo su estreno absoluto el pasado viernes seis de octubre, función de la que esta crítica habla. 

La música de Díez Boscovich, sin duda inspiradísima, tiene varias cosas destacables en su haber. La primera y más notable facilidad a la hora de ser escuchada. Creo que es la primera vez que asisto a un estreno absoluto, y a la salida tengo ganas de volver a escuchar la obra. Otra cosa a destacar es que nos encontramos ante una obra de indudable inspiración clásica en su acabado formal, donde la melodía es una de las marcas de la partitura, en líneas generales tonal, excepto cuando por necesidades escénicas se recurre a los recursos estilísticos necesarios para siempre favorecer el drama, siendo a este respecto especialmente interesante la escena de la aparición de el fantasma, donde lo atonal se encuentra perfectamente integrado para generar la necesaria sensación de desasosiego. Es muy interesante el excepcional talento de nuestro compositor en la obra a la hora de plantear una obra escrita para ser representada. El uso de la música de manera efectista y efectiva a nivel del drama es notable, así como el mimo puesto en definir los carácteres de los personajes principales, que todos cuentan con su leit motiv, así como la enorme coherencia de una obra que de principio a fin tiene una estructura perfectamente hilada, que continuamente nos está remitiendo a lo que define a sus personajes, acierto sin duda por esta parte. De una densidad orquestal considerable, atmosférica en grado sumo, y de espectacular acabado, nos encontramos ante una obra que entiendo que tiene muchas posibilidades de seguir representándose en varios teatros, ya que  la obra ha gustado al respetable, y mucho. Se debe poner en valor muy especialmente esto último que planteo, ya que no es habitual que las obras de nueva creación obtengan de una manera tan directa ovaciones tan rotundas, y sensación de satisfacción generalizada. Resulta muy interesante también el cuidado de las tesituras, que Díez Boscovich controla a la perfección, siendo una obra impecablemente escrita para las voces, que se encuentran muy bien definidas en la obra. A nivel musical destaca la espectacular Obertura, de grandiosidad indudable, así como todas las arias de salida de cada uno de los personajes. Muy interesante a nivel dramático el personaje de Don Rodrigo, y uno de los que más chicha tiene en lo musical. Del mismo modo los bellos dúos de amor redondearon de manera magnífica las partes principales, para rematar de manera espectacular la función con un Réquiem que nos puso los pelos de punta. La ópera se puede concebir como un apasionado intento, y logro, de restaurar una manera de entender la ópera que ya se había perdido y que es muy de agradecer, donde prima la belleza, la representación más clara a traves de la música de los vericuetos del alma humana, y una concepción de la ópera como gran espectáculo teatral muy marcada. Quiero añadir que se me antoja La Zarzuela como el recinto idóneo para estrenar este tipo de ópera, muy en consonancia con las óperas de intenciones populares, que no populacheras, que tan cercanas son a nuestro género lírico, El Gato Montés de Penella es un ejemplo paradigmático de lo que planteo, es decir, se auna en la partitura interés para el gran público, asequibilidad en lo musical, y una elevada calidad en la composición. 

La adaptación de Pasqual funciona, tanto en cuanto a esquematización de la obra original, por el camino se han quedado los cómicos, y se ha ido al argumento principal, que hay que decir que se encuentra bien explicado, convenientemente clarificado, de lenguaje asequible, y perfectamente ensamblado con la partitura. Aunque si es cierto que el conflicto se queda un tanto pobre, algo que por otra parte en las óperas es bastante habitual. El resultado es el de una obra amena en lo literario, y que funciona como adaptación operística de uno de nuestro clásicos más importantes. El que vea la ópera, verá la obra de Lope, no en toda su magnitud, pero si se hará una idea del texto original.



  


Vayamos con el elenco: 

Escrita para tres sopranos, dos barítonos, un tenor y un bajo en sus roles principales, en este caso muy bien elegidos y realmente equilibrados. 


Gerardo Bullón, barítono, y Ruben Amoretti, bajo, dieron vida a Don Fernando y Tello respectivamente, ambos con un gran nivel vocal, canto noble, de imponente volumen, y muy matizados. Ambos papeles de similar extensión y composición actoral parecida estuvieron a la altura de las exigencias de la partitura, muy acertados en todas las partes cantadas y bien templados en lo actoral. Quizás Amoretti brille un poco más al final de la función, por motivos dramáticos y musicales, ya que su papel tiene un momento de gran lucimiento justo al final de la ópera. 


Berna Perles, soprano, como Doña Leonor, lució timbre carnoso y adecuado volumen en todas sus intervenciones, pareciendo encontrarse especialmente cómoda en la tesitura del papel. Sirvió momentos de gran sensibilidad  junto a su hermana en la obra, Doña Inés, con un perfecto ensamblaje de las voces, no pasa desapercibida en un papel un tanto desagradecido en lo musical, y que dadas las características de nuestra cantante se puede considerar "un paseo", ya que el instrumento va sobrado de recurso, como ya ha demostrado en otras ocasiones. 


Nicola Beller Carbone, soprano, como Fabia. Conocidísima en La Zarzuela ya que ha llevado a cabo varios títulos de diferente índole y dificultad, se me antoja ideal para el personaje, difícil de tesitura y métrica, así como comprometido en lo actoral en grado sumo. Beller Carbone sale airosa del desafío con mucho oficio, un instrumento interesantísimo de lírica pura, que brilló mucho en sus escenas mas "sobrenaturales" ya que Fabia es una mezcla de alcahueta y nigromante la mar de interesante. Muy expresiva, contundente en sus intervenciones, cargada de prestancia en lo musical, y especialmente afortunada en el fraseo, redondeó de manera impecable uno de los bombones de la obra.

Germán Olvera, barítono, como Don Rodrigo. Una de las estrellas de la noche, con una poderosa composición, que si bien es cierto viene de serie en la partitura se vio muy bien reflejada en la actuación de nuestro barítono. Rotundo en lo vocal, con un instrumento bien timbrado y de enorme volumen, atronador en sus momentos más dramáticos, y dotando al personaje de toda la maldad que lo caracteriza sirviéndose para ello de una voz a veces dura, imponente, y de gran expresividad. Igual de rotundo en lo actoral, con buena presencia escénica, su interpretación del personaje acompañó a la perfección a su creación musical, siendo el acabado redondo e impactante. 


Rocío Pérez, soprano, como Doña Inés. De timbre cristalino, limpios agudos, perfecta dicción, y más ligera que sus compañeras de reparto, también se adecúa a la perfección al carácter melífluo del personaje. Si algo caracterizó a sus intervenciones fue la sensibilidad, y el lirismo con el que son planteados los dúos amorosos. Muy adecuada también en lo actoral, ofrece a la perfección el rol de dama joven abocada a la tragedia, y que está dispuesta a enfrentarse a su propio destino por un amor tan puro como el que siento por Don Alonso. 


Joel Prieto, tenor, como Don Alonso. Con bello y juvenil timbre, funciona mejor en los pasajes más líricos que en los heroicos, con la voz todavía un tanto inmadura, especialmente en el agudo, y que irá tomando peso a medida que vaya avanzando su carrera. Es cierto que esto que planteo no fue obstáculo para que la velada fuese disfrutable, y que su exquisito gusto cantando, así como la expresividad que posee consiguieron que salvara los trastos, siendo el resultado de nivel, aunque con matices. Correcto en lo actoral, muy galán, y sin atisbo de envaramiento "tenoril", consiguió una buena creación de este Don Alonso tan apasionado como de trágico final. 



Coro Titular a un excelente nivel, aunque muy desaprovechado en lo escénico como luego contaré. De gran impacto en el Réquiem final, y número en el que más se lucen, ya que durante el resto de la función no tienen gran número de intervenciones.


Guillermo García Calvo al frente de la Orquesta de la Comunidad de Madrid, supo imprimir a la obra de la suficiente teatralidad que precisa, así como un adecuado trabajo en las dinámicas. Me faltó un poco de trabajo de concertación, algo que por otra parte suele ser habitual en García Calvo, con algunos pequeños desajustes foso-escena, no importantes pero si significativos. Un tanto excesivo en los volúmenes, cuidó a los cantantes menos de lo deseado, algo que dado la tremenda orquestación de la opera me parece primordial. Menos mal que elenco vocal era de altura... si la cosa hubiera ido por otros derroteros no los hubiéramos escuchado. 





Vayamos con la propuesta escénica.

Lluis Pasqual firma la dirección, y me parece que en ella se nota cierta desgana, siendo el resultado un tanto insípido y que se da de tortas con la espectacularidad de la partitura. El Caballero de Olmedo dadas sus características musicales está pidiendo a gritos una propuesta grande en lo escénico, en la que se aprovechen al máximo los momentos de impacto que la obra ofrece... nada de eso se ve aquí. La labor de Pasqual parece remitirse más a dirigir el tráfico, con unas entradas y salidas de los personajes antiguas, desvaídas y de poca efectividad teatral, que de reforzar las virtudes de la partitura, llegando esto que planteo al paroxismo al final de la ópera, donde Pasqual, sin complicarse lo más mínimo, planta en escena a la masa coral en traje de concierto como si de el Orfeón Donostiarra se tratara. No pido una elaboradísima coreografía para un momento tan solemne, bendita partitura, pero si al menos un mínimo de chispa a la hora plantear un momento de una intensidad musical y dramática realmente insuperable. Parece ser que no, y aquello me recordó más a la gala del 150 aniversario de La Zarzuela que a una representación operística. Siento una vez más, cierto menosprecio por el material que Pasqual tiene entre manos, como ya ocurrió en Doña Francisquita, algo que resiente el acabado del espectáculo. Sobadísimo en su planteamiento, bajo de tono actoral, y que si no llega a ser por la partitura no tiene salvación. Tampoco la propuesta estética se libra de la quema, en la que tres pantallas, creación de Daniel Bianco, con el ya más que visto recurso de las proyecciones, resumen la escenografía, que deslucen el espectáculo todavía más. No me sorprendió nada de lo que vi, y me pareción envuelto en un falso aire de modernidad, que se sirve de un supuesto minimalismo para ocultar lo que me pareció más bien improvisación y poco presupuesto, que en caso de haberlo no luce. Propuesta escénica por tanto tramposa y fallida que no está a la altura del material que Arturo Díez Boscovich ofrece, ni a la del plantel de cantantes que tenemos. Mención especial a las coreografías de Nuria Castejón, bien ejecutadas y bien pensadas, que me imagino que se tuvo que ver en serias dificultades para poder encajarlas en la propuesta de Lluis Pasqual, y mención también para los figurines de la oscarizada Franca Squarciapino, de corte historicista y bello acabado. 


En resumen, un acierto por parte de Daniel Bianco el encargo de esta ópera que cuadra muy bien con nuestra tradición lírica, en un tema nunca antes tratadado a nivel operístico, altamente disfrutable, y en la que la desafortunada propuesta escénica no logra empañar el elevado nivel musical de la obra. 



jueves, 18 de mayo de 2023

Trato De Favor. De Zarzuelas, Mocatrices Y La Cofradía De La Perpetua Indignación.


Por fin se estrenó "Trato de Favor", y por supuesto un servidor no podía perderse una de las propuestas que más mor
bo e interés ha suscitado de la temporada actual del Teatro de La Zarzuela. Antes de comenzar la crítica me gustaría hacer una reflexión, la zarzuela como género no pertenece a nadie, ni nadie tiene la potestad para apropiársela. Desde los inicios de la zarzuela, como la conocemos actualmente, siempre fue puesta en entredicho por muchos intelectuales más asiduos a otros círculos musicales, tildándola de vulgar, populachera, comercial, de música facilona, argumentos imposibles, y demás exabruptos que toman una curiosa perspectiva con el paso de los años. Ahora cierto sector de la afición, nos quiere vender la zarzuela como un género serio, elevado, y con unas aspiraciones que en la mayoría de los casos nunca tuvo, especialmente en los años que se componían zarzuelas como churros. La zarzuela SIEMPRE se ha escrito para el pueblo, y tuvo o tiene, un efecto maravilloso, juntar todas las clases sociales en un mismo teatro, siempre con un fin común... pasar un buen rato. Aquello que caracteriza a la zarzuela, en la mayoría de los casos y si hablamos de género chico, todavía más, es el plasmar una serie de situaciones y personajes muy reconocibles para el respetable, en la mayoría de los casos con alusiones clarísimas a la actualidad, su pizca de crítica social, y en muchas ocasiones la retranca, eso que tan bien se nos da a los españoles, y que algunos no acaban de digerir.



 Curiosamente algunos sectores amantísimos de la pureza del género, critican exactamente lo mismo que criticaban aquellos pedantes de antaño, creando una falsa entelequia sobre una supuesta zarzuela que jamás existió. La música de las obras puntales de nuestro repertorio se bailaban en verbenas, se cantaban en las calles, y las costureras y planchadoras repetían estribillos mientras hacían su trabajo, y sonaba y se representaba en los teatros privados de Madrid, no en los grandes templos de la ópera, con medios desde escasos hasta fastuosos, pero siempre con dos sentidos, agradar al público y ganar dinero, ambas cosas muy loables por cierto. Pero amigos, de un tiempo a esta parte ha surgido una especie de inquisición zarzuelera,  "La cofradía de la perpetua indignación", que amén de intentar imponer unos criterios más que discutibles sobre las aspiraciones de la zarzuela, no son capaces de disfrutar nunca de lo que se hace o se intenta hacer, bueno o malo, que de todo hay en la viña del Señor. Si queremos que la zarzuela salga de la muerte cerebral en que se encuentra hay que buscar caminos, arriesgarse, equivocarse, aprender de los errores, pero ante todo hay que buscar, y eso siempre se debe valorar. 

Entiendo que sea bastante difícil plantearse esto sin quitarse las telarañas, los prejuicios, superar la "viudedad" de intérpretes que ya no se encuentran entre nosotros, y mirar hacia adelante, sin olvidar el pasado. No queda otra, el género se lo merece, y el público también, que somos TODOS, que no se nos olvide, y no un sector cada vez más minoritario por cierto, que cuando se representa un clásico no es de su agrado porque no se representa como la versión que hizo Tamayo en 1958, y que cuando se plantean obras de nueva creación, tampoco permiten que se experimente, porque los "sacrosantos principios de la zarzuela" vaya usted a saber que es eso, no se respetan. Mientras sigamos en esta disposición el género no saldrá del coma, y mientras tengamos ciertos lastres del pasado que no permitan avanzar la crisis, ya practicamente extinción, llegará el siguiente paso, que es el meter a la zarzuela en una urna, encerrarla con siete llaves hasta que a alguien dentro de 100 años se le ocurra desempolvarla... o no.



 


Y ahora si, voy con la crítica, que adelanto que es una opinión más, de las muchas vertidas sobre la obra, y que quizás no siente del todo bien a quien tenga la paciencia de leerla... Y adelanto, "Trato de favor" si, es una zarzuela, por mucho que algunos digan que no. 


"Trato de favor" "Zarzuela Contemporánea" con música de Lucas Vidal y libro de Boris Izaguirre, tuvo su estreno mundial en el Teatro de La Zarzuela el pasado 29 de abril. 

La partitura de Vidal, de corte ecléctico e indudable inspiración en algunos números, bebe directamente de lo que se le supone a la zarzuela en cuento a melodías sencillas, pegadizas, gratas al oído, y fáciles de escuchar, mezclando estilizaciones de la música popular española, en la partitura a este respecto se puede escuchar un chotis, un pasodoble y hasta una saeta, para fusionarlo con ritmos más propios de estos días, las melodías cinematográficas, y por supuesto el musical,  cita ineludible como género popular por antonomasia en estos días. ¡Oh! sorpresa, nuestros clásicos del repertorio, en su mayor parte hacían lo mismo, pero claro los ritmos punteros de moda en aquellos tiempos eran el vals, la polca, el fox-trot y hasta el cuplé, que también se veían fundidos en la partitura con los aires típicos de nuestro folclore convenientemente estilizados y pasados por el tamiz de una gran orquesta... o no, dependiendo del caso. Primer apunte por el cual indudablemente "Trato de favor" es una zarzuela. Hay que destacar varios números en la partitura como especialmente inspirados, el dúo de Mayka y Ana Mía delicado y melodioso, la plegaria de Mayka quizás el pasaje más lírico del espectáculo, la Romanza de Chelo la más zarzuelera y posiblemente la página más inspirada de toda la partitura, el bellísimo intermedio, y el dueto cómico entre La Venenosa y La Colombiana pura zarzuela en su concepción y en la línea de los números cómicos tan característicos de la zarzuela. Hay que destacar unos coros realmente impactantes, y un número dedicado unicamente a la masa coral que si Chueca o Fernández Caballero lo escucharan lo compraban al instante. Ahora viene el pero... a la partitura le falta coherencia y continuidad, cada número paraece ser independiente absolutamente del resto, algo que cuando de música escénica hablamos lastra el acabado, perdiendo consistencia y quizás añadiendo un matiz de superficialidad que podría haberse subsanado. 

En cuanto al libreto, hay sus más y sus menos, Izaguirre es un buen escritor de novelas, he leído varias, pero no es dramaturgo y se nota. Más allá del delirante argumento, que lo compro como astracanada, con retranca, y ¡oh! sorpresa, alusiones a situaciones y personajes actuales, crítica social, y cierto costumbrismo en algunos momentos ¿de que me sonará a mi esto?si, eso... pura zarzuela, si es cierto que peca de inconsistente y con poco conflicto. Hay personajes muy mal desarrollados especialmente Juan Miguel, que parece que va a tener mucho protagonismo y de repente... nunca más se sabe de él, se nos anticipan algunos efectos sorpresa de manera bastante ramplona, y el fallo que podemos decir como más notorio, lo ripioso de los cantables, pero amigos, una vez más nos encontramos con otra característica de nuestra zarzuela, cuyos textos en verso muchas veces pecan precisamente de ripiosos. Dónde más se acusan las carencias de Boris en estas lides es en los cantables, las letras en algunos casos metidas con calzador, y en las que no se dice nada por aquello de mantener una rima que a veces se da de tortas con la música. Pero eso si, si algo hay que agradecerle al texto es lo divertido que resulta, los giros tan estrafalarios que posee, y el aire autoparódico que me resultó refrescante y entretenido a partes iguales. Esta inconsistencia en el libreto también es muy cercan a nuestra zarzuela, pudiendo poner muchos ejemplos al respecto, aunque me quedaré con dos. En casi 25 años metido en el mundo de la zarzuela nadie ha sido capaz de explicarme por qué Miska en Katiuska no delata a Pedro Stakoff cuando lo descubre en la habitación de la protagonista de la opereta, y por supuesto nadie me ha puesto en tela de juicio un libreto tan "lisérgico" como puede ser el de "El año pasado por agua". Izaguirre se sirve de un hecho ocurrido a Sophia Loren en los años 80, y que a nosotros nos trae recuerdos de cierta folclórica patria, para llevar a cabo una sátira atroz a ratos, profundamente kitsch de principio a fin, y en el que concepto "mocatriz", tan en boga, parece ser el referente de una sociedad vulgar, adocenada y de valores más que dudosos... y una vez más me remito a nuestra zarzuela, porque esto "Son coses de estos tiempos" que ya dijo don Ricardo de La Vega en boca de dos guardias en una obrita titulada La Verbena de La Paloma... casi ná.

 

      

 


Vayamos con el elenco, amplísimo y en líneas generales muy acertado. 

María José Suárez, Amelia Font y Lara Chaves, como La Venenosa, La Colombiana y Cuca respectivamente, más que correctas, especialmente las dos primeras, por extensión del papel, en un código de característica pura de zarzuela. Su número fue uno de los más celebrados del respetable, y no pasan desapercibidas, cargadas de gracejo y comicidad, lapidarias y frescachonas, como mandan los cánones. 

Espléndida Gurutze Beitia, como Mercedes, en un papel que recuerda a Rita Barberá en la estética y alguna cosa más que no desvelaré, y en el que se mueve como pez en el agua. Rotunda en su presencia, perfecta de energía, impecable de tono, y sólida como es habitual en ella. 

Amparo Navarro, soprano, como Chelo una de las mejores voces de la noche, impecable cantando, de hermosa voz, gran gusto y fraseo, sonido redondo, y muy expresiva, saca el mayor de los partidos a su chotis, cantado al final de la obra, con un manejo admirable del doble sentido, una ironía perfecta, y un canto de indudable calidad. Hacía tiempo que no la veíamos en La Zarzuela, y la verdad es que se la ha echado de menos este tiempo. Su trabajo en "Trato de favor" pasa por sobresaliente y así debe de ser tenido en cuenta. 

Enrique Ferrer, tenor, como Juan Miguel, perfecto en lo musical y en lo actoral, aunque tristemente su personaje no tiene el recorrido que se merece, pidiendo a gritos un dúo o un terceto que lo perfile mejor, y que nos permita disfrutar más de su voz. Su intervención principal fue servida con bravura, agudos bien colocados, potencia en el instrumento, y esa seguridad cantando que lo caracteriza y que tan gratificante le resulta al espectador. Rotundo, y con una estupenda presencia, dota a su personaje de cierto aire de chulángano muy conseguido, pero que también tiene su corazoncito. Exprime el papel hasta las últimas consecuencias, a pesar de lo poco que lo ha mimado Boris Izaguirre en el ibreto, algo que sin duda es muy meritorio. 

Nancy Fabiola Herrera, mezzosoprano, como Mayka, en su línea habitual de calidad. La voz aterciopelada, con la carnosidad y sensualidad que se le presupone a su cuerda, sirvió una elegante velada en lo vocal, en una interpretación cargada de sensibilidad y empaque musical. Refinadísima cantante, que sabe sortear los desafíos de una partitura con indudables complicaciones en sus intervenciones, y que Herrera sortea sin problemas y con excelentes resultados. 

Ainhoa Arteta, soprano, como Ana Mía, en un momento vocal complicado, en un papel que entiendo que le está sirviendo para medir el instrumento tras los problemas de salud que todos conocemos. La voz sigue sonando potente, el instrumento sin duda es grande, aunque no se encuentra tan bien manejado como antaño, y la sensación que se tiene es la de sentirse insegura en algunos de los pasajes. Excesivos cambios de color, así como algún problema en el agudo, pero que entiendo que son solventables a corto plazo. Hay que decir que sus legendarios filados se encuentran intactos, el gusto cantando es indudable, y las hechuras de cantante clásica siguen presentes. En lo actoral un tanto incómoda, pero cumplidora, y esforzadísima, algo que sin duda es de agradecer.  



 


Coro titular absolutamente inconmensurable, en una obra en la que tienen gran presencia, y de indudable dificultad. Las intervenciones del coro son importantísimas en el desarrollo de la función, especialmente el femenino, que está en escena durante la mayor parte del espectáculo, o cantando internos, siempre al máximo nivel de empaste y volumen dotando de enorme empaque a la partitura, y de espectaculares resultados. Impagables como Espigadoras de La Rosa del Azafrán, mal cantadas a propósito, las féminas de la masa coral hicieron las delicias del respetable, así como en el número titulado "La nueva sociedad" en el que el coro es la estrella, ejecutándolo con fineza, exquisita dicción, y bello acabado. Disfrutones en escena, bien movidos, y muy disciplinados, sin duda son uno de los mayores activos del espectáculo.   



 


Andrés Salado al frente de la Orquesta de la Comunidad, acierta en la lectura de una partitura nada fácil de dirigir, en la que los diferentes estilos son la tónica, dando a cada tema el aire acertado. La lectura de Salado pasa por la teatralidad y el cuidado hacia los cantantes, siendo el resultado el de una función tremendamente dinámica, espectacular en el sonido, algo que viene de serie en la partitura, y un estudio profundo del material que tiene entre manos. Buen trabajo en las dinámicas, espléndido en la concertación, y muy pendiente de lo que ocurre en escena, sacó todo el jugo a la partitura sin el menor problema. Buena lectura y feliz remate a nivel musical de espectáculo.  



 


Emilio Sagi firma la producción y la verdad es que acierta, dejando atrás excesos esteticistas que lastraban la parte actoral, pecando ultimamente sus espectáculos de demasiado superficiales. En este caso el elenco que tiene también ayuda, ya que en líeneas generales saben actuar, y Sagi apuesta por el exceso y el desmelene, en total consonancia con lo que Izaguirre ha escrito, siendo sin ninguna duda la única apuesta válida con el material que tiene entre manos. Algunas escenas se encuentran muy bien perfiladas, especialmente la primera de Chelo y Ana Mía, de corte totalmente almodovariano, y con unas transiciones bien ejecutadas y muy dinámicas, siendo el resultado el de un espectáculo ágil, divertido, liviano y que se nos pasa en un suspiro. La función esteticamente es de relumbrón, excesiva, no es para menos, con imponente escenografía de Daniel Bianco, milimétrica y funcional, y con momentos de una espectacularidad innegable. Han tirado la casa por la ventana en La Zarzuela, y la verdad es que un servidor la ha agradecido, ya que el regusto de gran producción que queda una vez visto el espectáculo es muy gratificante. Nuria Castejón en las coreografías una vez más demuestra su maestría en las danzas típicas españolas, preciosa la coreografía de los abanicos, y arriesga en los temas más modernos o cercanos al musical, incluso atreviéndose con el "Vogue" en algún número, reminiscencia deliciosamente "queer" y que en una función de estas características se me antoja acertadísimo. Mención especial para el vestuario de Jesús Ruiz, un delirio de color y lentejuelas especialmente en el último tercio de la función, que nos lleva a los años 80 mas estrepitosos y descarados, así como también se deben tener en cuenta las imponentes luces de Albert Faura, que sirven de apoyo perfecto a esta explosión visual que es "Trato de favor". 


En resumen, "Trato de favor", es una digna sucesora de lo que representa nuestra zarzuela, realizada con respeto al género, la canción eurovisiva es sin duda toda una declaración de principios a este respecto, y que con sus más y sus menos abre una vía a seguir, por mucho que a algunos les moleste, sobre el futuro de la zarzuela como género, y la obra excesos e irregularidades aparte, deja en mantillas a otros productos de nueva creación cargados de ínfulas, sin gracejo, y que posiblemente sean más del gusto de cierto sector snob de la afición, pero que al final no tienen la respuesta del público, y esto señores, al tenor de la ovación de ayer, en un Teatro de La Zarzuela lleno de personas mayores, este "Trato de favor" si que lo tiene. Al final lo que digan los sesudos intelectuales, los críticos como un servidor casi siempre equivocado, o los de "La Cofradía de la Perpetua Indignación" no vale, porque por suerte... el público sigue siendo soberano, y es el que durante todos estos años de existencia del género, le ha dado mayor gloria y esplendor, que no se nos olvide.  








lunes, 6 de marzo de 2023

Yo Te Querré, El Que Siempre Brilla Es Alonso.


Este año el Proyecto Zarza me resultaba enormemente atractivo, dado que el protagonista absoluto del repertorio elegido para el espectáculo era Francisco Alonso, uno de los puntales del segundo resurgir de la zarzuela, y responsable de dos obras para mi imprescindibles como aficionado a los dos géneros que dominó como compositor, la lírica y la revista, es decir "La Calesera" y "Las Leandras". Para poner en pie el nuevo proyecto pedagógico de La Zarzuela se escogió un ramillete de temas de Alonso icónicos y en su mayor parte de gran incrustación en la cultura popular, aunque insuficientes como para hacerse una idea de lo que fue la carrera de Alonso como compositor, aunque también como luego iré desarrollando el texto y la concepción del espectáculo tampoco ayudan a que esto ocurra. El viernes fui a La Zarzuela dispuesto a divertirme, y la verdad es que la decepción fue mayúscula. Posiblemente nos encontremos ante la apuesta del Zarza más fallida de los últimos tiempos por varios motivos que es interesante destacar. El primero la dramaturgia, y el segundo el insuficiente elenco elegido en esta ocasión para poner en pie el espectáculo.


              


"Yo Te Querre", con música de Francisco Alonso y texto de Lola Blasco, se nos plantea como una especie de fresco en el que en un ejercicio de pseudo metateatro, se nos expone una serie de tipos de los tiempos de Alonso pasados por el tamiz del S.XXI. La dramaturgia, emborronada, panfletaria, desigual, y encima cargada de cierto aire de pedantería francamente irritante, no levanta el vuelo practicamente en la hora y media que dura el espectáculo, que entre bostezo y bostezo nos cuenta una historia a ratos mal explicada, en la que ningún personaje se encuentra bien desarrollado, y que solo puede funcionar en el aspecto en el que se nos presentan las problemáticas de la España del primer cuarto del S.XX frente a las del 2023, viendo que poco hemos cambiado en el último siglo. 

Vayamos por partes, lo primero que quiero comentar es que el hecho de que sea un proyecto pedagágico no implica que sea aleccionador, y por muy de acuerdo que pueda estar con el mensaje del espectáculo si se hubiera hilado más fino, sin tomar al público por tonto y sin subrayar de una manera tan gruesa lo que se nos quiere contar, la cosa funcionaría mucho mejor de lo que funciona. El último cuarto del espectáculo, con su imposible resolución, y el empeño de Blasco por explicarnos su texto, porque parece ser que no somos capaces de entenderlo, me pareció un despropósito, por su simpleza, y pedestre manera de no tomarse en serio el espectador medio de la función, que son adolescentes, no niños de dos años. Otro fallo importante es el hecho de no profundizar en nada de lo que se nos cuenta, teniendo como resultado que no nos interese nada de lo que le ocurre a los personajes de la obra, porque directamente no nos da tiempo a que nos quedemos con su historia personal. La obra apunta directamente a Mihura y Jardiel en la composición de sus personajes, el principio es un remedo de "Tres sombreros de copa" nada disimulado, pero claro, Jardiel y Mihura sólo hubo dos, y encontrar ese equilibrio entre surrealista y de comedia triste, pero profundamente graciosa que los caracterizaba se queda en un quiero y no puedo, sombrón y sin gracia alguna, que se da de tortas con la música de Alonso. Quizás si se hubiera tirado por una comedia frenética, leve y con menos ínfulas, la cosa hubiera funcionado mucho mejor de lo que lo hace, porque tal y como se ha quedado la función, dudo que conectara con el público jóven, y dudo también que le interesara al adulto.

      

       

En cuanto al repertorio elegido, en general me pareció acertado, aunque de algún tema solo se cante un pequeño fragmento, como es el caso de La Cautiva, que en otros se corte alguna de las partes menos politicamente correctas, léase "Banderita", y en otros inexplicablemente se cambie la letra como es en el caso de "Sus pícaros ojos", convertido en este caso en un cuplé en el que se habla del empoderamiento femenino, algo que en otro cuplé de corte más machista si podría entender, pero en una bellísima declaración de amor como es "Sus pícaros ojos" no tiene razón de ser. A mi mente vino de manera instantánea la manera tan inteligente en la que se le dio la vuelta en "Amores en Zarza" a la trasnochada exaltación patriótica de "La Patria Chica" de Chapí, pero claro los mimbres de aquella producción no eran los de esta, y la diferencia es muy notoria, precisamente en estas cosas que son las que definen realmente a un proyecto pedagógico. 





Vayamos con el elenco, irregular y numeroso a partes iguales. Según Daniel Bianco, se seleccionó a los componentes del reparto entre 700 jóvenes, luciendo muy poco la criba que supongo extenuante, pasando de lo mediano en la mayoría de los casos, hasta lo francamente imposible en alguna que otra elección. 

No es cuestión de hacer sangre, por tanto hablaré de los que pasan la batería en sus números que son dos, Sylvia Parejo, ya conocida en La Zarzuela, que sirvió unos Nardos bien timbrados y con el suficiente desplante escénico como para no pasar desapercibida, así como Aarón Montes, realmente interesante en el célebre "Tomar la vida en serio", con la voz bien timbrada, estupendo de tono, y con el estado de ánimo perfecto para este repertorio durante todo el espectáculo. 

Poco se puede destacar del resto del elenco, muy bien Sandra Fergadi como Consuelo, sorprendentemente sólida, dado el escuálido plantel actoral del espectáculo, que se nos antoja la mejor de la función, por saber perfectamente cual es su sitio, en un código muy de característica de zarzuela, energética y bien plantada. 

Podría hablar del imposible Director de Sigor Schwarderer, insuficiente hablando y cantando viéndose totalmente eclipsado por Sylvia Parejo en el dueto de "Luna de Miel en el Cairo", del verdísimo en todas las disciplinas Nacho Zorrilla, como Rosalía, un papel que podría ser el bombón del espectáculo y solo queda en una pintura bella y enigmática, siendo incapaz de insuflar nuestro actor un atisbo de profundidad al personaje. 

El resto aborda con mayor o menor fortuna el papel que le ha tocado en suerte sin salir uno con la sensación de ver algo memorable, o especialmente interesante a nivel musical o actoral. 

Una cosa muy sintomática es que el elenco donde más brilla es en los números de conjunto, porque por desgracia nos encontramos ante un elenco que pide solistas en todos sus intérpretes, pero que no pasa de ser eso... conjunto. Y lamentándolo mucho, nos encontramos en el Teatro de La Zarzuela, se supone que se tiene que tener cierto bagaje para poder pisar sus tablas.




 


Lucía Marín al frente de una orquestina de siete músicos, llevó a cabo una labor delicada y sensible, que parece contagiarse, por desgracia, del tono apagado del espectáculo, quizás una orquesta un poco más numerosa hubiese ayudado a levantar el espectáculo, pero en este caso no fue así. Deliciosa en los acompañamientos musicales a los textos hablados, especialmente en la escena de Rosalía, dónde sonó gloriosamente la "Canción de Martha" de "Luna de miel en El Cairo". Marín inspirada en "Los Nardos" y "Tomar la vida en serio", me pareció que aun sabiendo el material que tiene entre manos, con un plantel vocal más brillante podría haber hecho más de lo que hizo. 




La función la firma José Luis Arellano, y patina estrepitosamente en varias facetas, la primera de todas es que género, lo que se dice género no hay, y si un espectáculo de estas características se aborda desde los complejos vamos mal. Es una obra en la que los tipos están muy marcados, pero a nivel actoral ninguno o practicamente ninguno está en el código acertado. Todo parece bajo de tono, todo está lavado desde una pátina de corrección política francamente irritante que nos lleva una vez más al sopor, ya que se ha blanqueado todo tanto que el resultado es insulso, carente de "punch", con poco pulso en la comedia, y un ritmo moroso en no pocos momentos, que nos hace estar mirando el reloj cada dos por tres. El principio del espectáculo está sucio y no se entiende muy bien, atropellado, costándonos entrar en la función y abriendo muchos melones que después tienen un desarrollo nulo a traves de la función. Todo lo bueno que puede tener una producción de este nivel, es desaprovechado, y algunos personajes que pueden ser carismáticos se van diluyendo a medida que avanza la función hasta practicamente desaparecer, deficiencias del libreto aparte. Hay decir a favor de Arellano que la propuesta visual es deslumbrante y está bien resuelta, especialmente a nivel técnico, y que es una auténtica pena que un envoltorio tan suculento lleve en su interior un menú tan soso. Hay que destacar el trabajo en las luces de Juanjo Llorens, inspiradísimas durante todo el espectáculo, así como el vestuario de Ikerne Giménez que viste impecablemente el espectáculo, así como la evocadora y cabaretera escenografía de Pablo Menor Palomo, elegantísima y funcional a partes iguales. Mención especialísima para las coreografías de Nuria Castejón, delicadas y adecuadísimas a cada número, especialmente en Los Nardos, Banderita, y la Marchiña de Luna de Miel en El Cairo, los núemeros que más brillan en la función, y los únicos momentos en los que un servidor salió del sopor en el que estuve inmerso durante todo el espectáculo. 

El resultado global de la función es fallido, predecible, y carente de interés dramático, y la verdad si apostamos por algo leve, al menos que se nos presente como un divertimento sin más aspiraciones que entretener que a fin de cuentas era lo que la música de Alonso pretendía, me hubiese parecido una propuesta mucho más honesta, y sin duda los jóvenes que han visto el Zarza de este año se hubieran hecho una idea mucho más clara de lo que Francisco Alonso supuso para nuestro patrimonio musical y sus virtudes, algo que sinceramente dudo mucho que se haya conseguido transmitir en este "Yo te querré" leve y superficial por mucho que se intenten abarcar temas muy serios.