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martes, 21 de marzo de 2023

Los Chicos del Coro, El Musical, Sensibilidad A Flor De Piel.


"Los chicos del coro" fue la sorpresa cinematográfica del año 2004, y se convirtió casi en un fenómeno sociológico en su momento, arrastrando a los espectadores de todo el mundo a las taquillas de los cines, para emocionarse con una historia intimista, que a priori, no parecía que iba a tener la enorme repercusión que tuvo, y que todavía 19 años después tiene una legión de seguidores que la aman y revisan cada dos por tres. El éxito de la película tiene dos factores que nunca fallan, el primero los niños, y luego la maravillosa banda sonora de Bruno Coulais y Christophe Barratier, de enorme calado en la cultura popular y que batió récords de ventas, cuando los discos todavía se vendían, y no se almacenaban en dispositivos electrónicos. Barratier también dirigió el filme, dotándolo de una sensibilidad extrema y una humanidad que puede considerarse universal, ya que creo que todos podemos sentirnos identificados con los sentimientos que se muestran en la película, y que sin duda nos resultan muy familiares. Nunca se me había pasado por la cabeza que esta historia de personajes introspectivos, en un microcosmos cerrado y opresor pudiera dar lugar a un musical, por tanto cuando se planteó el estreno de la obra basada en la película en La Latina torcí el morro. Para variar me equivoqué, pero como suelo ser prudente, no hablo nunca de un espectáculo antes de su estreno, y rara vez sin verlo, así que no metí la pata en público, aunque en mi fuero interno sé positivamente que me equivoqué. El estreno de la obra el pasado otoño, las críticas positivas que suscitó, y muy especialmente su insuperable elenco me animaron a asistir al espectáculo, algo que este puente pasado, sin nada que hacer y en Madrid, me pareció la ocasión perfecta para hacerlo. La velada fue fantástica como iré narrando, y tremendamente emotiva. 




"Los chicos del coro, el musical", está basado en la película homónima que a su vez está basada en otra película, esta vez de 1945 "La jaula de los ruiseñores", con la Segunda Guerra Mundial recién terminada, y que se entiende como un reflejo perfecto de lo que le ocurría en esos momentos a los huérfanos de guerra. El musical adaptado y traducido, espléndidamente, a nuestro idioma por Pedro Víllora, tiene alguna diferencia sustancial con la película, algo que no molesta, y que se entiende tanto en cuanto, que el cine y el teatro son lenguajes diferentes, y que la película no se puede considerar un musical como tal. Los cambios con respecto al film se ven fluídos y sin molestar en absoluto, el lenguaje utilizado poderoso e intimista, y sobre todo muy de verdad, cantables incluídos, ayudan a sumar verosimilitud a la historia, y algo muy importante no lastran el material original, algo que a veces ocurre cuando una obra no musical pasa a montarse dentro de este género, por tanto un diez para nuestro adaptador que lleva a cabo una labor impecable, asequible, y de gran eficacia teatral. La historia aligerada con alguna pincelada cómica, nos cuenta basicamente lo mismo que la película, con algunas canciones añadidas que nos ayudan a entender un poco más las psicologías de los personajes, siempre haciendo avanzar la acción, y sin que nos sobre ningún número musical en ningún momento. De hecho podemos hablar más de una obra de teatro con canciones, que de un musical al uso, porque casi me atrevo a decir que prima el texto sobre la música, en justo y acertado equilibrio, siendo el resultado el de una función en la que brilla lo dramático, los actores se lucen mucho, y además nos deja un poso gozosamente hermoso, de belleza y ternura, realmente inolvidable.


 

Vayamos con el elenco. Se ha optado por un ramillete de artistas de gran experiencia en el género y el suficiente bagaje actoral como para poder afrontar los desafíos de un texto francamente difícil, y que se encuentra perfectamente expuesto por este grupo de actores-cantantes, que figura tan bonita de nuestros escenarios cada vez más desaparecida, absolutamente adecuados a cada personaje. 

Antonio M M, como Maxence, pura bonhomía y naturalidad en un personaje de tintes amables, y con un recorrido diferente al de la película, que M M hace suyo sin problema, llevando a cabo una creación que podríamos entender como costumbrista y cercana. Los dos números cantados se encuentran impecablemete servidos, y sus características físicas y actorales se me hacen perfectas para el personaje, bonachón y directo a partes iguales. 

Eva Diago, como Langlois, en un personaje que le va como anillo al dedo. Diago de gran presencia, resulta perfecta para estos papeles de "actriz de carácter", deliciosamente divertida, mutis de infarto, y enorme credibilidad en un personaje de aire matronil y lapidario, que literalmente borda. Mención aparte para su poderosa voz, muy conocida en los aficionados del género, como olvidar su tremenda Aldonza en "El hombre de La Mancha, que brilla mucho en su tema principal, dónde deja clara su enorme facilidad para cantar, con la fuerza que la caracteriza, y el enorme instrumento que posee. Ver a Eva Diago siempre es una delicia, en "Los chicos del coro" es un lujo, no hay discusión, engrandece un personaje que podría pasar desapercibido y que en cuerpo de nuestra artista se torna carismático y efectivo en grado sumo. 

Iván Clemente, como Pascal Mondain, también muy adecuado en el físico, quizás se encuentra un tanto forzado en el papel, encontrándose un poco pasado de vueltas, me faltó un poco más de trabajo interior y me sobró un poco de energía. Cierto que debe ser temible, pero tal y como tiene el personaje concebido se nos queda un poco plano, algo que se acusa más dado el elevado nivel actoral de su compañeros. La voz grande y poderosa, necesita algún pulido en el fraseo y resolución, algo que se puede corregir sin problema, ya que los mimbres para afrontar el papel están, solo se trata de una pequeña revisión que matice el acabado final. 

Natalia Millán, como Violette Morhange, en su sólida línea habitual. Contenídisima en lo actoral, lleva a cabo una creación elegante, y muy sensible de un personaje un tanto desagradecido, pero que Millán aprovecha hasta las últimas consecuencias, con oficio y entrega. De estupenda presencia, gran química con Jesús Castejón, dota de gran peso a sus escenas, algo que sin duda siempre se agradece. Impecable en lo vocal, afinada y bien timbrada, sirvió de manera perfecta su intervención musical, muy agradecida por el público. 

Enrique Del Portal, como Rachin, espléndido a todas luces. Del Portal se pone en la piel del malvado de la función con gran efecto dramático y actoral, consiguiendo una cosa muy importante y es que un personaje marcadamente antipático como es Rachin, no se quede en un malo sin aristas, se vislumbra perfectamente todo aquello que define su amargura, y llena de matices la psicología del papel dándonos pistas sobre lo que hay detrás de tan compleja personalidad. Muy templado en lo actoral, con un dominio del texto realmente notable, estratosférico en su monólogo final, durísimo y muy contenido, ofrece una interpretación tensa y de gran empaque escénico. En lo musical poco se puede decir, ya que sin duda un papel de estas características es un paseo para un artista con su rodaje, ya que va sobrado en los números que le ha tocado en suerte. Muy expresivo, bien timbrado y con gran implicación, algo que redondea su trabajo de manera perfecta. Siendo el resultado completísimo, de gran efecto, e indudable sabiduría teatral. 

Jesús Castejón, como Clément Mathieu, inconmensurable, creo que no hay otra palabra que lo defina. Castejón literalmente borda el personaje, con una enorme carga de sensibilidad. Maestro del gesto pequeño, apabullante en la escucha, conmovedor en lo corporal, y tremendamente creíble, en una creación mayúscula, que deja bien claro, como desde la verdad y sin grandes aspavientos se consigue la magia. Jesús Castejón me dejó literalmente pasmado ante su poderío actoral, ya de sobra conocido, pero que en "Los chicos del coro" se me antoja especialmente notorio. Todo funciona en su creación, donde el mundo interior de Mathieu se nos muestra en todo su esplendor, abriéndose en canal nuestro actor desde el lugar exacto que el personaje pide. Podría hablar de lo mucho que me conmovió su última escena con Natalia Millán, del tremendo final de la función con una salida de escena que rompe el alma, así como de su peculiar y enternecedora manera de andar, pero eso amigos os lo dejo para vosotros cuando vayáis a ver la función. Lo que hace Jesús Castejón en La Latina, es muy grande señores, un personaje "más grande que la vida", planteado desde la instrospección, la verdad, y el profundo conocimiento del alma humana. No hay más que decir. Musicalmente igual de acertado que en lo actoral, con su característica voz, inconfundible, y clarificando al máximo lo que se nos quiere decir en los cantables. Quiero añadir una pequeña nota sentimental, conocí mucho a sus padres, los adoraba, y fueron unos grandes compañeros de los que aprendí mucho trabajando con ellos. En la primera salida de Jesús Castejón, con su bastón y la boina me pareció revivir la imagen de Don Rafael Castejón en "La Rosa del Azafrán". Ya sabéis lo que dice el refrán "Honra merece quien a los suyos se parece"... en toda la extensión de la palabra.


 

Hay que hacer una mención especial al elenco infantil, acertadísimo en su totalidad, que resulta absolutamente delicioso en sus intervenciones musicales, niños y niñas dan vida a la escolanía de manera impecable, y con gran emotividad. Escuchar ese conjunto de voces blancas, tan empastadas, afinadas y lo que es más importante, tan disciplinados, tiene un efecto maravilloso en el respetable, y nos transmiten una enorme ternura en sus intervenciones. Actoralmente muy implicados, energéticos, y con sus personalidades perfectamente definidas dentro del desarrollo del espectáculo. Es de justicia remarcar el trabajo de dos de los pequeños, Lukas Ljunggren como Pierre, con unos espléndidos solos en los números del coro infantil, y muy especialmente el Pepin de Noa Lucía Álvarez... no hay palabras para definir la soltura como artista, y la ternura que destila el personaje. 

Rodrigo Álvarez en las labores de director musical, insufla de la suficiente sensibilidad a la partitura, consiguiendo sacar lo mejor de la pequeña orquesta que acompaña a los artistas en escena, con tiempos bien medidos, y lectura de sabor deliciosamente teatral, desde que comienza la función.


 

Juan Luis Iborra firma el espectáculo, acertando de pleno en su concepción actoral y visual, siendo el trabajo de altura a todos los niveles. Hay que detacar el estupendo trabajo con el texto que se ha llevado a cabo, en una función que tiene dos peligros, si no se encuentra el ritmo adecuado puede caer en lo moroso, y si el tono no es el correcto puede derivar por los derroteros de la cursilería. Afortunadamente nada de esto ocurre, y para ello hay que remarcar el acertadísimo crescendo dramático del espectáculo, la intensidad de las escenas más comprometidas, y el tono fuertemente realista que todos los personajes destilan. Con estos parámetros, el resultado es el de una función de altísimo voltaje actoral, de gran capacidad para emocionarnos, y que no decae en ningún momento. Iborra empieza despacito, para ir atrapándonos poco a poco, hasta el momento preciso en el que la función nos absorbe para mantenernos absortos hasta su emocionante final. Todo fluye, todo nos lleva al lugar deseado, e incluso los detalles melífluos que el material de base tiene, se presentan espléndidamente servidos de manera natural, sin que nada nos parezca gratuito, o buscando la lágrima fácil. Todo está encarrilado de la manera perfecta para que el espectáculo se encuentre en el punto justo de equilibrio entre lo cómico y lo dramático, sin que en ningún momento se caiga en el melodrama fácil, ya que todo está resuelto con inteligencia, intensidad teatral, y marcadísimo acento entre la tensión lógica de algunos momentos y la sensibilidad a flor de piel que tan tierna historia desprende. 
En lo visual, podemos hablar de una propuesta deslumbrante, plagada de pequeños detalles que cuecen y enriquecen la acción dramática, y que aunque de una historia intimista se trata, no deja de lado la espectacularidad que se le presupone al musical como género. Muy interesante trabajo el de David Pizarro con la escenografía, que aprovecha al máximo una caja escénica con problemas de espacio como es la de La Latina, consiguiendo un espectáculo visualmente sugestivo, elegante y de impactante acabado. Mención especial para las luces, de premio una vez más, de Juanjo Llorens, posiblemente el mejor diseñador de luces que tenemos en este país, así como las adecuadas coreografías de Xenia Sevillano, perfectas para mover el elenco infantil y adulto, en un espectáculo en el que se tiene muy claro que no hay que apostar por los fuegos de artificio, si no por la funcionalidad y la verdad. 

"Los chicos del coro" es un musical, que duda cabe, pero es ante todo teatro de primer nivel, sólido, mágico y emocionante. Salí profundamente conmovido, creo que no hay mucho más que añadir... bueno si, una cosa, IM-PRES-CIN-DI-BLE. 


lunes, 27 de septiembre de 2021

Golfus de Roma, Pasen Y Gocen.

 
La temporada teatral ya se puede dar por comenzada, siendo este año la oferta amplia y jugosa, como si después de la pandemia, con una cartelera a medio gas en 2020, por motivos obvios, y un 2021 que hasta ahora no se puede considerar en términos teatrales a pleno rendimiento, ahora el teatro parece resurgir de sus cenizas, como siempre ocurre desde que el mundo es mundo, para ofrecernos una temporada ambiciosa y variada a partes iguales.
El año teatral que empieza, será sin duda el de los musicales, en el que al menos nueve producciones van a estar en cartel más o menos a partir de octubre. El reto es grande, y por aquello de la lógica uno tiende a pensar que la máxima que dice que "Muchos son los llamados y pocos los escogidos", es la que más se aproxima a la realidad, y que en este caso será lo que ponga a cada espectáculo en el lugar que el público desee, ya sabemos que una cosa es lo que diga la crítica, y luego lo que realmente importa, que es lo que dice el público. 
Esperemos que el nivel sea el deseado, y sobre todo que el éxito acompañe a todas las producciones que se avecinan, será bueno para la industria, y sobre todo será bueno para los espectadores, que sin duda necesitamos evasión, y cultura a partes iguales, ya que no hay mejor antídoto para olvidar lo que hemos y todavía estamos viviendo.
Golfus de Roma se estrenó a principios de mes, y es una de las apuestas que más me apetece, así que en cuanto me fue posible, me acerqué a La Latina para intentar disfrutar de este clásico, que a mi personalmente me encanta.


 
"Golfus de Roma" se ha prodigado bastante en España, ya que desde un lejano 1964 que se puso en pie dirigida por José Osuna, y con Saza a la cabeza, tres producciones más se han llevado a cabo. La de Mario Gas en el 93 con Javier Gurruchaga como protagonista, la de 2015 dirigida por Jesús Castejón con Rafa Castejón como principal, y la que esta crítica ocupa que tiene como protagonista a Carlos Latre.
Es interesante analizar el motivo por el cual una comedia musical como "Golfus" en nuestro país es tan conocida, y humildemente creo que la razón es el material en el que se basaron para hacerla.
Las raíces de "Golfus de Roma" están en Plauto, y en tres de sus comedias, quizás ahí radique el asunto, ya que los clásicos siempre se han representado mucho en nuestro país, y su mensaje universal, en su forma de ser contado, por motivos obvios nos resultan más cercanos que lo que a priori, especialmente en la España de los años 60 podría ser una obra con planteamientos musicales tan estadounidenses como es esta.

 "A funny thing happened on the way to the forum" en su título original, se estrenó con arrollador éxito el 8 de mayo de 1962 en Broadway, ganando 6 premios Tony y manteniéndose en cartel más de dos años. La música corrió a cargo de Stephen Sondheim y el libreto fue escrito por Burt Shevelove y Larry Gelbart. Considerado un "Sondheim menor" por algunos expertos, yo niego la mayor, ya que con Sondheim no se puede hablar de obras menores, sino de obras más asequibles o menos asequibles. El gran pecado de "Golfus" es que no tiene otra aspiración que entretener, y lo hace a las mil maravillas, que duda cabe, pero todo ello remozado en una partitura de altura, en la que prima la interpretación actoral antes que la musical, ya que si hay una obra para actores-cantantes sin duda es esta.
Sondheim no se anduvo por las ramas, y le dio el tono perfecto de farsa que la obra necesita, con una música brillante, paródica, de fabulosa orquestación, y dentro de su aparente sencillez, una riqueza melódica y modernidad, que sin duda son las señas de identidad del compositor neoyorquino en todas sus composiciones, incluida "Golfus de Roma". ¿Música ligera?, sin duda, pero de calidad también, y con una capacidad de meterse en nuestro cerebro realmente pasmosa. Ver o escuchar "Golfus" es salir con la música puesta por varios días.



El libreto, vodévil de equívocos de los de toda la vida, bien sabroso. En él se cuenta la historia de un esclavo romano loco por conseguir la libertad, que se mete en mil embrollos a causa de sus mentiras, todo ello aderezado con múltiples dobles sentidos, un toque sexy, ya que en el fondo como buena heredera de la comedia clásica, el sexo tiene un papel importantísimo, y una nada velada critica social como también mandan los cánones del género. Si bien toda la obra gira en torno de Pseudolus, la obra está aderezada con unos secundarios deliciosos, y lo mejor de todo, una mala baba nada soterrada y gozosa socarronería, que la convierten en un divertimento a ratos desopilante y que siempre nos mantiene la sonrisa a lo largo de todo su desarrollo.
La función no deja de ser también un homenaje al vodevil americano, que ya en los años 60 era un recuerdo en Broadway, ya que su título original hace referencia a la frase con la que los cómicos del viejo Broadway comenzaban sus divertidas historias con las que hacían las delicias del público.
Ligeramente arrevistada, profundamente teatral, y muy ingeniosa, esta comedia musical, es por derecho propio uno de los grandes clásicos del género, y uno de los grandes éxitos de ese genio de la música que es Stephen Sondheim.
La función tiene varios números destacables, pero sin duda aquel que ha pasado a la historia, y que todos conocemos, incluso en nuestro país es su número de inicio, el mítico "Comedy Tonight", uno de los bastiones de Broadway y del musical en general que es quizás el más pegadizo de toda la partitura. Pero dónde realmente se luce Sondheim es en los número de conjunto, ya que ahí justamente es el lugar en el que la capacidad compositiva del autor brilla más, quedando claros los matices musicales con los que Stephen Sondheim trufó su partitura, de elegante acabado, y nada fácil de interpretar, por cierto.





La adaptación de la nueva producción corre a cargo de Daniel Anglès y Marc Gómez, siendo un acierto a todas luces, en la que se ha limado y actualizado el libreto convenientemente, y en la que cierto machismo que destila el original, no nos olvidemos que hace casi 50 años de su estreno, queda completamente eliminado, así como la inclusión de un discurso ligeramente inclusivo, o no tan ligeramente, de forma completamente naturalizada, y justificada. Otro acierto son las traducciones de las canciones, muy fieles al original, perfectamente rimadas, y sobre todo, que mantienen los difíciles dobles sentidos del material del que se parte, siendo el resultado el de una función que mantiene su esencia intacta, pero que se adecúa perfectamente a los tiempos actuales, de forma perfectamente integrada y que a resultas de todo lo que planteo ofrece una función de alto voltaje teatral, armada con cimientos de acero, y profundamente divertida.




El elenco, extensísimo y muy acertado, tiene como mascarón de proa, y el reclamo comercial justo es decirlo, en Carlos Latre, que sin duda está muy bien arropado por todos sus compañeros de reparto que cumplen con creces en su cometido.
Hablar de trabajo conjunto es hablar de este "Golfus" en el que un elenco completamente multidisciplinar y talentoso, que se entrega a fondo en una función dificilísima y durísima a partes iguales. Se puede hablar de comparsa, remitiéndome a palabras añejas, en la que una troupe de clowns acompañan a los actores en múltiples juegos escénicos, que son rematados con gracia y espléndida expresión corporal.
Entre los principales, que son muchos, en líneas generales podemos hablar de equilibrio y sobre todo de talento, ya que cada uno de los artista se adecúa perfectamente a las características de cada personaje.

Oriolo y Meritxell Duró, como Erronius y M. Lycus respectivamente, muy implicados y divertidísimos. Duró carismática como es habitual en sus creaciones, lleva a cabo un Lycus atípico, no solo por el cambio de sexo, que nos resulta pasmosamente creíble, si no por el sentido con el que todo es dicho, lo bien perfilada que está la personalidad del personaje, y su indudable presencia escénica. Oriolo, aporta ternura, y unas celebradísimas apariciones en las que se metió al público en el bolsillo. Ataviado con atuendo de clown de manual, y con aires de payaso clásico, me llegó mucho en su interpretación, breve, pero importantísima para el desarrollo de la trama.

Eva Diago como Domina, en su código habitual de rompe y rasga, lució poderío vocal durante todo el espectáculo, así como su imponente presencia, que le va de maravilla a este personaje de los de "armas tomar", en los que nuestra artista parece moverse como pez en el agua. Cómica, lapidaria, y con el acostumbrado despliegue vocal, ya que el instrumento poderoso y deslumbrante, es sin duda imponente. Aprovecha al máximo su personaje, sacándole todo el jugo de principio a fin.

Iñigo Etayo como Miles Gloriosus, cumple con creces en su papel, de aire autoparódico, bien plantado, y con gran sentido en los textos. La voz ha madurado, y si bien ya era de calidad, ahora ha cogido cierto peso, y una espléndida manera de resolver las frases musicales. Tenor con matices baritonales, e impoluta técnica que fortalece un papel que tiene momentos muy brillantes en la partitura. Etayo luce palmito como mandan los cánones del personaje, vanidoso y extremado, redondeando muy bien su interpretación en todas las facetas.

La pareja formada por Eloi Gómez (Eros) y Ana San Martín (Philia) absolutamente deliciosa, como esos dos jovencitos, pavos pavísimos, cuyo encanto radica en esa inocencia. Ambos se lucen mucho durante toda la función, y es destacable lo bien servidos que se encuentran los números musicales. A veces en estos dos personajes, especialmente en Philia, es difícil encontrar un voz que se adapte a la vocalidad del papel, cercana a la técnica lírica, pero sin llegar a serlo. Alguna que otra escabechina hemos visto que no ocurre en este caso, San Martín las da todas, gira la voz, no hay cambio de color y el agudo resulta bien colocado. Eloi Gómez con bonita voz de tenor, aporta los necesarios matices de inocencia que el papel requiere en la parte musical, y resulta impagable en lo actoral, en una creación, por decirlo suavemente, ambigua, y que le da un aire muy acertado al papel.

Destacan mucho por su entidad actoral, y musical también, el Senex de Diego Molero, y el Hysterium de Frank Capdet. Ambos solídisimos en sus creaciones, Molero consiguiendo que nos caiga simpático un personaje que quizás hoy ya no lo es tanto, pero que nuestro actor sabe cargar de verdad y bonhomía, logrando un trabajo carismático, y equilibrado. Capdet con una acertada vis cómica, en código payasesco, lleva un buen trabajo gestual y corporal que refuerza los gags visuales que plagan la función, y que sin duda en el último tramo de la función toman protagonismo, siendo el momento de más lucimiento de nuestro actor.

Carlos Latre como Pseudolus, sorprende, y lo hace para bien, en las dos disciplinas que marcan al personaje, la actoral y la vocal. Si bien en lo musical en algunos momentos queda un poco plano, y la voz tiene tendencia a ubicarse en la nasalidad, no llega a molestar. La voz es bonita y resulta muy afinado, dando todas las notas de la partitura con aparente facilidad. Esforzadísimo en lo actoral, se deja la piel en un montaje frenético, en el que él lleva la mayor responsabilidad, saliendo del reto con sobresaliente control de los tiempos escénicos, nunca sobreactuado, y llevando a cabo un trabajo de personalísima ejecución, alejado de referentes y que hace suyo sin el más mínimo problema. Tenía mis dudas con Latre, lo reconozco, y he de decir que me equivoqué. No hay que dejar de lado que también adorna el papel con algunas de sus imitaciones más icónicas, pero eso si, nunca cayendo en el exceso, ni sin llegar a desvirtuar al personaje. Por supuesto esto que planteo hizo las delicias del respetable, que sin duda era lo que esperaban del cómico.





La dirección del espectáculo viene firmada por Daniel Anglès codirigido por Roger Julià, siendo sin duda uno de los grandes aciertos de la función. Anglès y Julià conocen a la perfección el material que tienen entre manos, y manejan la comedia de forma impecable, en la que el enredo se encuentra bien plasmado, y todo se entiende a la perfección. A esto hay que añadir un prodigioso ritmo, que hace que la función no decaiga en ningún momento, pasándose en un suspiro las casi tres horas que dura el espectáculo. Nuestros directores plantean una farsa, obviamente extremada, de endiablados diálogos, que surgen vertiginosos de principio a fin, apoyando el texto con unos acertados juegos escénicos, que no hacen más que enriquecer el material original. La función destila un nada soterrado erotismo, planteado con elegancia y festivo desprejuicio, que sin duda sirve de hilo conductor de la trama, ya que a fin de cuentas en "Golfus" se habla de sexo, y de convenciones sociales a partes iguales, aunque eso si, en ningún momento se cae en lo chabacano, siendo un ejercicio de contención a este nivel, que funciona perfectamente dentro del contexto de la obra. Nos encontramos ante una función sorprendente en lo visual, en la que se ha cambiado la ubicación original, transportándola al mundo del circo, algo que si bien no aporta demasiado, no molesta, y le da cierta frescura a un musical que casi siempre se suele representar en unos parámetros más convencionales. Las casas son carromatos de circo, algunos personajes son payasos, mientras otros van vestidos a la manera clásica, en un código colorista y arrevistado (gran trabajo de Montse Amenós, también encargada de la bien pensada escenografía), siendo el efecto de lo que planteo una especie de pastiche visual, desenfadado, visualmente sugerente, y cargado de magia teatral.




Mención aparte para la orquesta con Xavier Mestres a la cabeza, que ya desde la obertura, nos deja claro que no se trata de una orquesta al uso en sus atriles. Son arte y parte del espectáculo, polivalentes, y sin duda todo un acierto de casting, ya que en algunos casos resulta realmente sorprendente las capacidades más allá del tocar un instrumento que se le presupone a los músicos. La lectura de Mestres, briosa y teatral, resulta adecuadísima al tono de la obra, muy matizada y con ciertos aires de película de Fellini en algunos momentos, especialmente el principio de la obra. Resulta gratísima y sorprendente la ejecución del intermedio, que no revelaré por aquello del efecto sorpresa, que si bien es atípica, musicalmente es bellísima además de tremendamente divertida.
Mención especial para las inspiradas y fluidas coreografías de Óscar Reyes, así como las espléndidas luces de Xavier Costas.

"Golfus de Roma" es una apuesta solidísima, de primer nivel, con sorprendente infraestructura para los tiempos que corren, y sin duda una apuesta estimable dentro del panorama de los musicales patrios. Cuando se escribió la comedia, se dejó bien claro que solo era un divertimento, este Golfus lo es, gozoso y ligero, que llega en un momento en el que quizás este tipo de función sea lo que más necesitamos para olvidarnos de lo que hay fuera del teatro. De impecable factura, espectacular resultado, inspiradísimo aire de comedia musical clásica, e indudable empaque teatral, de este Golfus lo único que puedo decir remitiéndome a la máxima del circo es... "Pasen y gocen".










martes, 13 de octubre de 2020

"Para Hacer Bien El Amor Hay Que Venir Al Sur", Lo Zafio No Tiene Ninguna Gracia.

Siempre he sido defensor del género frívolo, de la revista, y de la doble intención, y siempre lo he hecho partiendo de la base que bien entendido se trata de un canto a la belleza de la mujer, como se demuestra en los lugares en los que se sigue haciendo revista, y en las crónicas de los tiempos en los que las vedettes eran diosas en nuestro país . El discurso zafio, el teatro garbancero que dijo Valle, lo obvio y lo casposo no me interesa. A veces la línea que separa una cosa de la otra es difícil de delimitar, y una comedia sexy, se echa a perder por la literalidad de las situaciones escénicas y de lo burdo de los juegos de palabras. No es una cuestión de mojigatería, a veces se debe recurrir a lo obvio, siempre que sirva para ilustrar algo, o para reforzar lo que se nos plantea en el texto. Cuando el sexo es gratuito, no sirve, pierde su capacidad catalizadora de las emociones humanas, y algo tan natural como es la sexualidad se convierte en una mera excusa para tapar una serie de carencias que no se pueden solventar o bien con talento o con ingenio. En un escenario admiro el arte de la insinuación, logicamente es el camino más difícil, pero sin duda es el que tiene más interés a nivel teatral, y precisamente en ese lugar se mide la altura de un artista. Gypsy Rose Lee, la mítica artista de burlesque, triunfó por su fineza, llegando a lo más alto en lo suyo, que era el desnudarse en público. Lo hacía con muchísima clase y se ganó el respeto de toda la profesión a base de tenacidad y trabajo. El camino fácil hace años que ya pasó a la historia, ni nos escandalizamos por la procacidad de un espectáculo, ni nos hace gracia lo burdo en cuestiones sexuales, hemos madurado como sociedad, y nuestras vías de escape hace décadas que ya no pasan por ahí, y abordar un espectáculo basado unicamente en eso ya no tiene razón de ser. Ejemplos de musicales, ya que de un musical voy a hablar, en los que se ha planteado el sexo como tema central hay muchos, con mayor o menor fortuna, y aquellos que se han quedado atrás son precisamente los que lo abordaron desde lo obvio. Por algo será que se entienden como obras caducas y que no aportan nada al espectador actual, al que ya no le interesa ver a una señorita en bikini luciendo cacha de forma gratuita, entre otras cosas porque los canales para acceder a cierto tipo de "información" no pasan ni por los teatros ni por los cines.

Todo esto que cuento viene a colación de "Para hacer bien el amor hay que venir al sur" Jukebox con las canciones de Raffaella Carrá como nexo de unión, que vi ayer en La Latina, y que reconozco que me dejó literalmente ojiplático, por el bajísimo nivel del espectáculo, especialmente en su libreto, así como por lo zafio de su planteamiento, digno de una revista de tercera de La Transición, si, aquellas revistas que se cargaron el género, precisamente por todo lo que más arriba planteo.



"Para hacer bien el amor hay que venir al sur", musical con libreto de Ricard Reguant, y de nueva creación, se estrenó la semana pasada en La Latina, y resulta difícil extraer cualquier tipo de opinión positiva del material literario con el que se parte. La historia, por decir algo ya que se queda en anécdota, nos cuenta la creación de un musical, en el que los avatares amorosos de tres chicas sirven como pretexto para ir desgranando los temas más emblemáticos de la Carrá, metidos con desigual fortuna en el argumento, y sin duda con un aire apresurado, y de producto oportunista que deja un poso frustrante en el espectador, que asiste atónito a semejante despropósito teatral.

Todos los tópicos del landismo, y por que no, Pajares y Esteso, en su vertiente más gruesa se encuentran en una obra, en la que prima el lenguaje soez, la situaciones escénicas sin sentido ni coherencia, y en la que además se nota a la legua que se han ido añadiendo escenas sin ton ni son, para llegar a la hora y media que dura el espectáculo. El speech político al estilo del Club de La Comedia es un ejemplo palmario de lo que planteo, uno de los tantos pegotes que uno se encuentra a lo largo de todo el texto, pero que en este caso todavía canta más, dado que no tiene absolutamente nada que ver con el resto del espectáculo. Todo pasa por una genitalidad excesiva, un control admirable de los vulgarismos con los que se conoce el aparato reproductor humano, un cansino subrayado de todo lo que tiene que ver con lo verde, y un nulo interés teatral, de personajes monolíticos, arquetípicos, y con cero chicha teatral, con excepción de Lucas, uno de los pocos que se salvan de la quema. A esto hay que añadir un falso discurso en el que se plantea el feminismo como una mujer diciendo procacidades, y que como no puede ser de otra manera según los cánones más machistas, acaba siendo lesbiana, junto con un estereotipo homosexual, rancio y ofensivo, en el que la figura de la loca, persiguiendo penes como un poseso en un mutis, me retrotrajo a tiempos tristes y por suerte pretéritos. El texto además de reaccionario, falsamente envuelto en cierto aire de modernidad, es rancio, y los chistes sobados hasta la saciedad no funcionan, os prometo que en la función se dicen cosas que ya en mis tiempos de colegio eran chascarrillos habituales en el recreo.

Ante semejante despliegue os aseguro que soy incapaz de entender como un texto de tan bajo nivel ha pasado los filtros del programador del teatro, que entiendo que no conocía el producto cuando lo contrató, porque no tiene razón de ser un espectáculo de estas características en pleno S. XXI.



Lo primero que hay que decir sobre el reparto, es que es admirable el empeño que tienen por defender la función, en general entusiasta, y entregado, aunque irregular en sus capacidades.

Brilla mucho Javier Enguix, el artista más sólido en lo vocal y actoral de la función, el que mejor cantó, y el que más pillado tiene el papel, excesos de dirección aparte. También Javier Toca como bailarín deja ver su talento, ya conocido para los aficionados, aunque las ramplonas coreografías, de Cuca Pon, no aprovechan su arte lo suficiente. Un par de solos suyos me supieron a gloria, sólido, expresivo y a años luz del resto del elenco. Es notable también el trabajo de Marta Arteta, con buen desplante escénico, buena voz, e interesante en las coreografías, y salvando el tipo en un papel imposible de defender, que afronta con profesionalidad y solvencia. También Tamia Déniz salva los trastos gracias a su elegancia y una afortunada intervención musical. Del resto del elenco destacar la bonita voz de Mikel Hennet, muy mal dirigido en la parte actoral, especialmente como hermano de Lucas, que el pobre no sabe por donde salir del destrozo escénico en el que lo han metido. Más flojas resultaron Raquel Martín, francamente anodina, así como Miriam Queba, pasada de vueltas, aunque es cierto que en la breve intervención musical que tiene se encuentra correcta. Entendemos que a la cabeza del espectáculo se encuentra Patricia Arizmendi, resultando insuficiente en todas las disciplinas, floja en la parte actoral, en la que falta naturalidad, pero he de decir en su descargo que es cierto que enfocar según que cosas con sentido es una tarea ímproba. Imposible en lo musical, con una voz de distintos colores según el pasaje que esté cantando, de escasa técnica, y con problemas en la zona aguda, en una partitura que no se caracteriza precisamente por su dificultad.



Vayamos con la propuesta escénica.

Ricard Reguant firma el espectáculo, y lo hace exactamente en misma línea con la que firma el texto. No hay composición de personajes más allá de cuatro pinceladas, ya que los actores, a excepción de Enguix, parecen ser ellos mismos en su versión supuestamente más pizpireta, y "muy arriba" como nos decía un conocido empresario teatral y televisivo cuando quería que estuviéramos energéticos en el escenario. No hay más en lo actoral. Al no haber conflicto en el texto, no hay teatro, solo escenas apenas hiladas, en las que el gag visual mas burdo sirve para apoyar al texto. No sé las veces que los chicos se señalan la entrepierna durante la función, para que nos quede claro lo que ya deja cristalino el texto. Mucho arrimar cebolleta, mucho Benny Hill, chicas en bikini y tacones, mucha lentejuela, y poco más. Solo cuatro obviedades de sal gorda que se repiten durante todo el espectáculo, y sopor, mucho sopor en una hora y media que se nos hace eterna.

El colmo del despropósito llega ya al final del espectáculo, en el que sin pudor ninguno se repite el número con el que da inicio el musical, una vez más por aquello de alargar la función, y justificar el precio de la entrada, para luego incluir el medley de rigor en el que se nos vuelven a cantar todas las canciones del espectáculo.

Es muy triste ver que un material atractivo como son las canciones de la Carrá se vean tan mal tratadas a nivel escénico, en un producto oportunista, y que no tiene ninguna otra aspiración más que el hacer caja, algo por otro lado respetable, siempre y cuando se mantengan unos mínimos escénicos que a todas luces aquí no se cumplen. La música enlatada, algo que parece ser la tónica ultimamente, y una escuálida escenografía en la que un telón viste el escenario junto con una bola de discoteca, y poco más, son el envoltorio del espectáculo. Si seguimos por este camino, ya iniciado de nuevo con el Jekyll del Canal, nos cargamos el género, ojito, que esto ya ocurrió en el anterior boom de los musicales, con una salvedad, ya hemos visto muchos musicales en nuestro país, y los espectadores somos conscientes de que el "todo vale", YA NO VALE.


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viernes, 27 de septiembre de 2019

La Función Que Sale Mal, Cuanto Peor Salga... Mejor.

La comedia desaforada, la de carcajada continua, es mi género predilecto. Me parece el más difícil, y el que cada vez se hace menos, precisamente por las dificultades que entraña. Mi afición al teatro empezó precisamente viendo desternillantes funciones retransmitidas por televisión, que me hicieron entender que todo se vive más y mejor en un teatro que en cualquier otro lugar. Una tragedia nos llega mucho más directa, y cuando de reír se trata, si la comedia se presenta bien, la explosión de carcajadas es espontánea y sobre todo contagiosa, formándose una comunión entre los cómicos y el público, realmente inigualable.
Ayer se estrenó en Madrid una de estas comedias que desencajan la mandíbula, y lo hizo con gran fortuna, ya que como iréis viendo, el espectáculo es una maravilla. Un servidor de ustedes estaba echando de menos alguna obra con la que salir literalmente doblado de la risa, y olvidarse del día a día por un rato, algo que siempre viene bien.
"La función que sale mal" que es el título en cuestión, me lleva persiguiendo por medio mundo, tropezándome con ella en las carteleras de casi todas las grandes ciudades que he visitado ultimamente, tan solo era cuestión de tiempo que llegase a nuestro país, ya que el éxito de la obra original es indiscutible. Reconozco que me podía la curiosidad, mucho más después de los comentarios tan favorables que había escuchado de los pases previos, así que ayer, de estrenazo y muy buen humor me acerqué a La Latina con ganas de pasármelo bien, y reírme a mandíbula batiente, mis expectativas se cubrieron de largo, y me atrevo a decir, que esta es posiblemente la comedia de la temporada.



"La función que sale mal" se estreno en Londres en 2012, siendo planteada en un principio por tiempo limitado, llevando ya la nada desdeñable cifra de 7 años en cartel, siendo representada nada menos que en más de 30 países.
El espectáculo sigue la estela de "Que desastre de función" en cuanto a su concepto, aunque con algunas diferencias, ya que aquí el espectador solo ve lo que ocurre en escena y no detrás del escenario, aunque sin ninguna duda esto último daría para otro espectáculo.
La historia es sencilla, una compañía de teatro amateur representa una obra de misterio al más puro estilo inglés. Las deficiencias artísticas y técnicas de la compañía son palmarias, desencadenando un destrozo escénico de proporciones épicas, y que obviamente no pienso destripar en esta crónica, ya que el factor sorpresa es imprescindible para que el espectáculo funcione en toda su extensión.
"La función que sale mal" se puede considerar ejemplo paradigmático de comedia muy física, y en la que el gag visual es el principal arma con el que bombardear al espectador sin descanso desde que se levanta el telón. Nos encontramos ante un espectáculo de enormes complicaciones a todos los niveles, ya que absolutamente todo lo que ocurre en escena debe de estar medido al milímetro para que funcione como es debido, dentro de un complicadísimo aparataje escénico, que no está reñido con unos personajes de gran dificultad y unas situaciones escénicas límite, que si se salen de madre, no solo arruinan la función sino que incluso pone en peligro la integridad física de los actores. Obviamente, todo está perfectamente calibrado, y el resultado es desopilante y sorprendente a partes iguales, así como absolutamente delicioso de principio a fin.



Vayamos con el elenco.
La obra netamente coral se susenta con ocho actores y actrices, con similar extensión en sus papeles, y características comunes en sus composiciones. Lo primero que hay que decir, es que se trata de unos magníficos actores haciendo de actores aficionados, algo que se me antoja harto difícil que todo el elenco da con una verosimilitud apabullante.
Dentro del elenco se pueden ver los diferentes estereotipos de las obras de suspense, mayordomo, pareja joven, detective, galán, etc. convenientemente caricaturizados y llevados al extremo.

César Camino como Trevor, correcto como es habitual en él, y quizás un tanto desaprovechado, ya que el papel dentro de la función no está muy desarrollado. Camino potencia mucho la escucha, en un papel que habla poco, pero que está presente durante todo el espectáculo, siendo el típico personaje que si no se realiza con solvencia, destaca y para mal, por todos lados. Camino tira de oficio y naturalidad, superando la prueba con creces. 

Alejandro Vera como Dennis, en un código lacónico e interiorizado resulta impagable en sus pifias con el texto, y en como intenta salir de los múltiples atolladeros que la desastrosa representación le va poniendo por delante. Impoluto en lo corporal, tiene momentos gloriosos, especialmente en unos conseguidísimos mutis, y en un bucle escénico en el que se ve inmerso que supera cualquier límite sospechado por la ciencia.

Felipe Ansola como Jonathan, Le ha tocado a Ansola el papel de muerto, un muerto un poco a su aire, que resulta divertidísimo en su aire despistado, y muy perdido dentro de todo lo que está ocurriendo. Ansola vive lo que le está pasando como un drama, como la mayoría del elenco, siendo eso uno de los mayores motivos para la hilaridad, ya que la comedia cuanto más en serio se toma más graciosa es.

Noelia Marló y Carla Postigo, como Annie y Sandra respectivamente, impagables en un papel que podemos decir que comparten, aunque no sea exactamente así. Marlo, pretedidamente envaradísima, y absurdamente sensual cuando no viene a cuento, deja entrever de forma magistral lo que conlleva ser una actriz con nula intuición y cero capacidad actoral en una composición muy bien apoyada en lo gestual y en el físico. Postigo es otra de las que sufre por dentro, en un principio, hasta que se desmelena, llegando al paroxismo en todas las escenas que comparte con Marló, de asombrosa eficacia y bastante mala leche. Ambos personajes nos resultan muy reconocibles para aquellos que conocemos en mayor o menor medida los entresijos del teatro, y las luchas entre "divas escénicas".

David Ávila como Max, sirve una función espléndida, como un delicioso tontorrón, que se lleva al público de calle, basándose en un gag en el que la complicidad con el respetable es fundamental, y que nuestro actor lleva al extremo. De personalísima forma de hacer, ofrece una creación de un personaje extrañamente cómico que sorprende y divierte a partes iguales, y con más capas que una cebolla, ya que Ávila hila muy fino para dejarnos claras muchas cosas sobre Max, que no son nada obvias pero que si están muy latentes.

Carlos de Austria como Robert, absolutamente impagable, buenísimo en lo corporal, la escena en el piso de arriba, con impertinente planta incluida, es de lo mejorcito de la función, así como un aire de actor que se toma demasiado en serio a si mismo, y que intenta no perder la compostura en ningún momento, conseguidísimo, y que enriquece su personaje hasta lo estratosférico, siendo su creación redonda desde todo ángulo.

Héctor Carballo como Chris. Solídisimo, y muy templado en todas sus intervenciones. Carballo ya me sorprendió muy gratamente en "Guateque 69", y aquí riza el rizo, emulando a lo que antiguamente se consideraba un "primer actor", de los que dirigían, interpretaban, y se dirigían al público para loar su propio espectáculo. Genial en el gesto grande, y con buen dominio de la improvisación, resultó uno de los grandes activos de la función por derecho propio, ya que su papel es uno de los más difíciles del espectáculo, y el que manda en la mayoría de las escenas.

Es de justicia hacer una mención especial al equipo técnico de "La función que sale mal" ya que su trabajo se me antoja imprescindible dadas las características del espectáculo. El equipo técnico siempre es importante, en esta función, son protagonista en la sombra, realizando un trabajo dificilísimo, y realmente digno de alabanza. 

Nos encontramos en líneas generales ante un elenco en completo estado de gracia, que se deja la piel literalmente sobre el escenario, siendo la química existente entre todos altísima, y un trabajo que sin ninguna duda debe ser calibrado en su conjunto. Todos encajan en el papel, todos encajan los chistes a la perfección, y sobre todo, reman en la misma dirección para sacar adelante una función durísima, con la que juegan a placer. 



Vayamos con la propuesta escénica.

La función viene firmada por Sean Turner y David Ottone como director asociado. Varias cosas son destacables del espectáculo, la primera de todas los tiempos, tan bien medidos, en una función que sin ser frenética si nos da la sensación de serlo. Los actores se toman sus tiempos, mastican los gags, y los sirven de forma perfecta, algo en lo que sin duda el ojo regista tiene mucho que ver, ya que si todo fuera a velocidad vertiginosa, nos perderíamos los chistes, y se perdería comicidad. Turner y Ottone, consiguen una función de altísimo interés teatral, coreografiada de forma meticulosa, y en la que un aparente caos, esconde un mecanismo perfectamente engranado en el que hay muy poco espacio a salirse de lo ensayado, porque entonces si que la función saldría mal de verdad. Cada cuadro supera al anterior, cada escena que pasa sube en comicidad, llegando al paroxismo en unos 15 minutos finales que son el delirio, en escena y en el patio de butacas. Otra cosa a tener en cuenta es el factor sorpresa y el uso de los trucos escénicos, realizados con gran inteligencia y que obtienen el resultado exacto en el momento preciso, cayendo la bomba cuando menos nos lo esperamos. "La función que sale mal" es un comedia extrema, pero no es solo eso, es un espectáculo de una factura impecable a todos los niveles, enorme calidad artística, y sobre todo es puro Teatro, casi una estilización en clave bufa del metateatro, y una astracanada delirante y desternillante a partes iguales, que estoy convencido que va a ser un bombazo esta temporada. 




Nos encontramos ante un aténtico "tour de force" para todo el equipo, que sin ninguna duda se han dejado la piel y el alma en un espectáculo realizado con muchísimo cariño, sentido de la comicidad, y que sobre todo se toma la comedia muy en serio.

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miércoles, 19 de septiembre de 2018

Fedra, La Frialdad De La Corrección

El montaje de Fedra que se presentó en Mérida con Lolita a la cabeza ha llegado a Madrid, y se queda muy poco tiempo, así que era cuestión de ver el espectáculo lo antes posible ya que en las escasas dos semanas que va a estar en La Latina, era de suponer que no será muy fácil conseguir entradas, así que me acerqué a verla el primer fin de semana después de su estreno. Este mes de septiembre se me presenta frenético en cuanto a teatro se refiere, y estoy en una tesitura que me cuesta sacar hueco para ver algo, así que intento optimizar al máximo el tiempo, y distribuir las funciones de la mejor forma posible, para luego poder llevar el blog al día, ya que de estar casi mes y medio me parón, he pasado a publicar una crónica diaria. Después de toda esta explicación que supongo que no os interese mucho, voy a deciros el porqué de mi interés ante  Fedra. Me gusta Lolita, no lo puedo remediar, me parece una maravillosa actriz, que ha sido injustamente tratada por la profesión, y que disfruta por suerte de un momento profesional dulce, y muy merecido. Así que no podía dejar pasar la ocasión de verla en uno de los mejores personajes femeninos que se ha concebido nunca, y que en manos de Lolita podría convertirse en el volcán a punto de explotar que nos dicen las promos de la obra. La realidad es que explotar lo que se dice explotar no explota, y aunque la función se puede considerar irregular, reconozco que disfruté, ya que cómo todos sabemos, el ser humano es contradictorio por naturaleza. 


El mito de Fedra ha sido ampliamente versionado, desde  Eurípides hasta la actual versión de Paco Bezerra, no pocos autores se han atrevido con ella, incluso teniendo nuestro cine un título emblemático con Emma Penella como Fedra que en su momento hizo correr ríos de tinta. Fedra, la voluptuosa Fedra, que tan caro paga su sensualidad dependiendo de las versiones y que tantos esquemas rompe por hacer lo que le da la real gana, tiene cierto poder de fascinación dentro de su nada velado erotismo, su retorcida psicología, y la forma en la que sus actos arrastran al precipicio a todos aquellos que la rodean. Quizás estos sean los componentes de su historia que mas nos atraigan, y aquellos que hacen tan carismática y atractiva a la figura de Fedra. Una de mis trágicas favorita, y cuya personalidad me resulta muy sugestiva.




La versión de Paco Bezerra presenta a una mujer independiente, presa de un amor fou, equivocada en sus apreciaciones sobre Hipólito, y que no actúa por despecho, sino por otras motivaciones que quedan bastante claras en la función, pero que sinceramente pienso que desvirtúan un poco la esencia del personaje, y le restan chicha dramática. Bezerra parece necesitar justificar continuamente al personaje, o hacerla buena encajándola dentro del discurso feminista, muy loable sin duda, pero que creo que en este caso no acaba de casar con el mito. La visión de Fedra que se da en el texto quita cierta coherencia al personaje, y nos cuesta un tanto entender su recorrido, esa es la verdad, llegando un punto en el que no nos hacemos preguntas sobre lo que vemos y nos dejamos arrastrar por un texto que navega mas hacia el melodrama que hacia la tragedia. Bezerra utiliza un bello lenguaje para contarnos la historia, de gran lirismo en algunos momentos, y si es cierto que la mayoría de los personajes se encuentran muy bien perfilados, y condensa en hora y media la historia de forma adecuada, sabiendo elevar la tensión dramática en cada acto de forma que el clímax coincida con el final del mismo para desacelerarnos de nuevo al principio del siguiente. Resultando el texto una suerte de carrusel emocional en el que subimos y bajamos según se va desarrollando la historia. 


Vayamos con el elenco.
Tina Sáinz, como Enone.
Decir a estas alturas que Sáinz es una gran actriz no tiene mucho sentido, ya que su trayectoria habla por si sola, pero es necesario reconocer su trabajo, redondísimo en este caso. Tina Sáinz conoce todos los resortes de la profesión, y así se refleja en su interpretación, de la que se desprende sobre todo que sabe muy bien lo que está haciendo. Sobria, contenida con el gesto, y con una capacidad en la escucha muy notable, casi resulta mejor con lo que no dice que con lo que dice ya que durante toda la función están pasando cosas por dentro de nuestra actriz enriqueciendo el personaje hasta lo indecible. Resulta delicioso verla en escena, es muy gratificante ver las aristas del personaje tan bien definidas y tan bien explicadas, y es muy esclarecedor ver cómo una actriz de su veteranía es capaz de transmitir un trabajo tan fresco y sin atisbo de apolillamiento. 

Eneko Sagardoy, como Acamante. 
Encontré a Sagardoy cómo el mas flojo del reparto. Cierto es que el papel es ingrato, pero su visión de hijo de Fedra, se queda un tanto pueril y plana, en una interpretación planteada mas hacia afuera que hacia adentro, y en la que me faltaron algunas dosis de verdad. No tiene un recorrido fácil Acamante, y en algunos momentos los diferentes estados emocionales por los que pasa, no son del todo felizmente asimilados por nuestro actor. Acamante es joven, cierto, pero no me parece que una visión excesivamente infantilizada del personaje ayude a que nos lo creamos. El hijo de Fedra se comporta y razona cómo un adulto pero luego en los berrinches parece un adolescente, esa dicotomía podría comprarla, es cierto, pero si se explicara de forma mas clara. 

Críspulo Cabezas, como Hipólito.
De lo mejorcito de la velada, sensible, impicadísimo, con un preciso (y precioso) trabajo con el texto y muy expresivo a todos los niveles. El Hipólito de Cabezas, pasa por todo aquello que el personaje representa, y curiosamente el aspecto físico mas bien rudo de nuestro actor funciona muy bien con el lírico aire que destila. Sus monólogos son magníficos, por bien resueltos, descriptivos y en los que todo se entiende perfectamente, así como sus escenas con Teseo (Juan Fernández) en las que un vínculo definidísimo es la tónica. Nos encontramos ante un trabajo concienzudo, inteligente y de magnífico acabado en el que nada sobra ni falta. 

Juan Fernández, como Teseo.
Muy templado y con marcado carácter, Fernández dota de gran entidad al rey de Atenas casado con Fedra, no quedando en una mera comparsa de la protagonista de la función. La encrucijada emocional del personaje es peliaguda y el luchar contra los sentimientos paternos para anteponer los del monarca se encuentra muy patente y plasmado de forma diáfana por nuestro actor, siendo el resultado de gran intensidad en sus intervenciones, y de un impacto dramático considerable.

Lolita, como Fedra.
Muy contenida, excesivamente contenida, y creo que no muy bien dirigida. Todo se mueve en una línea monocorde que busca la culminación en los finales de acto donde si se vislumbra lo que Fedra puede ser y puede dar de si. Lolita dice su texto maravillosamente bien, se la ve bellísima en escena, elegante, todo lo que se le puede pedir a una reina, pero cuando hablamos de un recorrido dramático y de justificar los comportamientos del personaje pinchamos en hueso. Me faltó implicación, y un poco de riesgo, ya que Lolita deja entrever pero no muestra, y eso en el caso de Fedra no define al personaje. Tengo la sensación de que la han atado en corto, ya que en otros trabajos no la encontré tan distante, y sobre todo creo que está tan preocupada en que  entendamos sus complicadísimos parlamentos, que la dicción tan perfecta, y la pulcritud que inunda el texto se anteponen a la interpretación. Vemos a Lolita y disfrutamos, cierto, pero vemos mas a Lolita que a Fedra, esa es la realidad. 


Luis Luque a la dirección, sirve una Fedra elegante visualmente, pero excesivamente estática, especialmente en la primera parte del espectáculo, cargando las tintas en exceso en el texto y obviando las acciones escénicas en no pocos momentos. Alguna veces parece que se ha suavizado mucho lo que Fedra es, y se ha convertido el mito en una función alejada del riesgo y excesivamente cercana al teatro para señoras que todos conocemos. Todo está muy bien dicho, ojito que de ahí a la declamación hay un paso, todo está cuidado, pero también es cierto que igual que vemos esta Fedra la olvidamos. No hablaría de trabajo rutinario, sino mas bien de poco original aunque realizado con mimo, intuyo que por aquello del taquillaje, algo muy lícito por otra parte, y salí con la sensación de que esta Fedra ofrece menos de lo que parece. Me lo pasé muy bien, pero no me llegó, y eso en esta tremebunda historia es imperdonable. Una tragedia griega debe revolvernos por dentro y dejarnos impresionados, y la verdad es que en este caso pasé una agradable velada de teatro, agradabilísima diría yo, pero excesivamente ligera cuando de este repertorio hablamos en el que la corrección académica está muy bien, pero la tripa es mas importante.



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