jueves, 15 de abril de 2021

Benamor, Orientalismo En Technicolor.

"Benamor" la ignota, mitificada, y semi-olvidada pata de la Trilogía Oriental de Pablo Luna siempre me causó curiosidad, y siempre me la imaginé  como una vieja película de María Montez en "glorioso Technicolor", era una asignatura pendiente en el Teatro de La Zarzuela, tras las dos exitosas producciones de la Trilogía que se llevaron a cabo hace unos cuantos años ya, y que se nos prometió al final de "El Asombro de Damasco". Pasaron 16 años ya de aquella promesa, y todos los años esperaba que fuera el momento de retomar este título, del que solo conocía dos números, la famosa "Danza del fuego", y la "Canción española" del barítono inmortalizada por Marcos Redondo. Barítono muy apreciado en mi casa y que siempre me transporta a mi infancia, de gran calado en la cultura zarzuelera. 

Cuando por fin se hizo público que se pondría en pie, ya estaba pensando en lo que harían con la obra de Luna en Jovellanos 4, y por supuesto me moría de ganas por verla. Adoro la opereta, género quizás un tanto eclipsado en nuestro país por la zarzuela, aunque los exponentes de opereta netamente española son muchos y de indudable calidad. Quizás fue Pablo Luna el compositor que más buceó en los vericuetos de la opereta, en su búsqueda de un estilo nuevo, y muy moderno, que quizás, y a lo mejor aquí los entendidos se me echan encima, tuvo su inspiración en las óperas populares de Gilbert y Sullivan, tan afamadas en el mundo anglosajón aunque menos conocidas por estos lares. 

Este tipo de operetas, en las que Luna parecía ser experto, son pura fantasía, suntuosidad escénica, cierta "sensualidad" musical y melancolía, que cargan de atmósfera teatral a sus obras, y que a mi me resultan especialmente atractivas. Nos encontramos ante un exponente de nuestro repertorio que casi puede considerarse un pequeño subgénero dentro de la lírica española, y que sin duda forman parte de nuestra cultura popular con un poso entrañable, y de impecable acabado.

Ayer por fin se estrenó "Benamor", título que ha causado gran expectación, no solo en mí, y que intuyo que será un gran éxito, algo de lo que creo que los responsables del teatro deben tomar nota, ya que desempolvar algunos títulos indudablemente mitificados, es un ejercicio necesario y de interés que no se debe perder.

                                           


"Benamor", denominada como Opereta en Tres Actos, con música de Pablo Luna y libro de Antonio Paso y Ricardo González del Toro, tuvo su estreno triunfal en el Teatro de La Zarzuela el 12 de mayo de 1923, con éxito clamoroso e instantáneo, justo en un momento en el que el Maestro Luna llevaba bastante tiempo sin tener un estreno de relumbrón.

La estructura musical de la obra recuerda mucho a la de "El asombro de Damasco" especialmente en su primer acto, con el Canto del Eunuco inicial de gran poder evocador, que continúa con la marcha de Alifafe en un código más cercano al de la opereta vienesa. Dentro de los números más destacables de la partitura nos encontramos con la salida de Darío, de gran lirismo, y no exenta de dificultad vocal, así como la antes nombrada "Canción española" del barítono, que en clave de estilización de la jota, evoca al toque nacionalista que en "El niño judío" inmortalizó Luna con el bastión zarzuelero que es "De España vengo". A partir del segundo acto la obra se va volviendo más arrevistada, con ritmos bailables de la época, sin dejar atrás el lirismo en el bello dúo final de Juan y Darío, y como no, el que posiblemente sea el momento musical de la función, la "Danza del fuego" de belleza inconmensurable, y que en su versión escénica se ve fortalecida por una inspirada entrada del coro, cargada de empaque y espectacular resultado. 

"Benamor" es una obra de corte ecléctico, en la que se funde una música de profundas raíces españolas, con un fantasioso sentido de lo oriental, que brilla en su orquestación, y en el uso de la melodía por parte de Luna, que  en esto de la música escénica sin duda era un maestro, con gran sentido de la teatralidad, y que como creador de atmósferas poseedor de un arte, único. Nos encontramos ante una obra de gran elegancia en lo musical, bellísima en su acabado, de indudable atractivo no solo para el aficionado a la lírica, ya que su singular enfoque musical creo que puede llamar la atención de un público más allá del netamente zarzuelero.



 
El libreto, igual de singular que la música, tiene grandes posibilidades y sin tratarse de una obra de grandes carcajadas, si nos encontramos ante un cuento digno de las "Mil y una noches" de agradable comicidad, y con un trasfondo muy avanzado para su época, en el que el intercambio de roles sexuales son el eje central, contado de forma amable, pero que en la actualidad se puede ver con una óptica diferente a la que se planteó en su momento sin ningún problema. La historia, desarrollada en Persia en el Siglo XVI, nos cuenta la historia de Darío y Benamor, sultán y princesa y a la sazón hermanos, que por culpa de una ley imperante en Ispahán que dice que si el primer hijo del sultán es mujer debe ser ejecutada al nacer, se ven inmersos en una historia en la que el amor y el humor se funden de forma perfecta. La madre de los niños incapaz de confesar que su primer vástago es una niña lo educa como si fuera un hombre, y a su segundo hijo, en este caso varón como una mujer. El problema llega en el momento que hay que buscar pretendiente para la princesa, con el consabido enredo, que no desvelaré en su resolución, pero que sin duda resulta la mar de sabroso, siempre desde un punto de vista amable, y si bien poco creíble, resulta delicioso en su acabado. Obviamente no hay rigor histórico alguno, y el asunto resulta de lo más inverosímil, pero... de un cuento se trata, así que pelillos a la mar y a dejarse llevar, que en el teatro "tutto è convencionale", que diría uno que yo me sé.

La versión, en este caso, corre a cargo de Enrique Viana, y en líneas generales respeta el material original contándonos todo lo que se cuenta en el libreto original, convenientemente remozado y actualizado sin que moleste en absoluto, con coherencia, y todos los personajes bien perfilados. Me sobraron las dos escenas añadidas, una de ellas claramente escrita para propiciar la mutación que iría en el descanso, y que por motivos pandémicos, en esta función no se hace. Ambas escenas no aportan nada al espectáculo, y resultan demasiado largas, sin encontrarse mucho sentido, más allá de los peculiares monólogos a los que Viana nos tiene acostumbrados y que en este caso fueron menos brillantes de lo habitual. 

No falta la picardía en la función, y cierto trasfondo de sexualidad soterrada, unas veces más y otras menos, siempre contado con elegancia, y finura que diría un antiguo, siendo a este respecto impagable ese harén a dos velas en cuestiones amatorias, que va mendigando amor al sultán, más preocupado en otras cosas, que de atender a sus esposas, por motivos obvios.



 

Vayamos con el elenco:

Emilio Sánchez, y Francisco J. Sánchez, como Babilón y Alifafe respectivamente, correctos en sus intervenciones. Emilio Sánchez aporta oficio y mesura en un papel hablado, no muy agradecido, pero al que sabe dotar de la suficiente entidad para no pasar desapercibido. Francisco J. Sánchez, delicioso en el papel más cercano al tenor cómico de nuestra zarzuela, gracioso, natural, y con una bonita voz, bien timbrada y muy matizada en los cantables, cargados de intención, y bien servidos, en líneas generales. 

Magníficos Gerardo López, tenor, y Gerardo Bullón, barítono, como Jacinto y Rajah-Tabla respectivamente. Ambos correctísimos en lo actoral, muy graciosos, en los dos personajes quizás más extremados del espectáculo, en dos polos opuestos de carácter, que se complementan a la perfección en sus respectivos roles. Muy buena presencia escénica, y lo que es más importante en este caso, perfectos en lo musical, tremendo el volumen de Bullón, y refinadísimo López en sus intervenciones, con una buena lectura musical y actoral de dos bomboncitos, que aprovechan hasta las últimas consecuencias, siendo el resultado gratificante y gracioso a partes iguales. 

Damián del Castillo, barítono, como Juan de León.

Correcto, aunque con menos entidad en el instrumento de la deseada en algunos pasajes. Cumple y da todas las notas sin problema, buen volumen, aunque un tanto rutinario en su intervención, y con ciertos matices leñosos en la voz. Brilló más en los dúos y tercetos que en la "Canción española" que aunque estuvo bien servida pecó un poco de fría en algunos momentos. Bien en lo actoral, aportando la galanura necesaria al personaje, sin estridencias, y de forma creíble. 

Enrique Viana, tenor, como Abedul. 

Hay que diferenciar en este caso las intervenciones de Viana, ya que lleva a cabo tres personajes con desigual fortuna. Magnífico como Abedul, estupendo en lo corporal, con un cuidado tratamiento del texto, todo dicho de forma cristalina, y refinado sentido del humor. Viana las suelta, así como que no quiere la cosa, para que el espectador procese lo dicho y reaccione unos segundos después. Eficaz en su papel, lleva a cabo una de las mejores creaciones actorales del espectáculo. Pero, siempre hay un pero, cuando se deja llevar en las dos escenas añadidas, como confitero primero, y pastelera después la cosa cambia. Viana alarga en exceso las dos escenas, que con una duración más corta, y un concepto menos farragoso en su exposición, sin duda funcionarían mucho mejor de lo que funcionan. Imponente planta como pastelera, vedette absoluta del panorama lírico, que si nos hubiera cantado algo en vez de hablar y hablar, como él sabe hacer, seguro que nos hubiera gustado más. 

Amelia Font, soprano, como Pantea.

Font, veterana en el mundo de la lírica, bucea en este caso en el mundo de las características con total acierto, en un personaje de los de rompe y rasga, con unas pinceladitas muy inspiradas, y que ella sabe llevar a adelante con frescachonería y gran empaque. Nuestra actriz lleva a su terreno a la madre de los príncipes de Persia, dotándola de un acertado aire marujil, y en el más puro código lapidario de nuestra zarzuela. Impagable plumero en ristre, limpiando todo lo limpiable, y atizando a diestro y siniestro, mientras se muestra al borde de un ataque de nervios durante toda la función. Disfrutona, luminosa y rotunda, su trabajo se me antoja perfecto para un personaje de las características de Pantea, tan reconocible en nuestra zarzuela. 

Irene Palazón, soprano, como Nitetis. 

Estupenda, en un papel cercano al de las tiples cómicas, con cristalino timbre, voz bien timbrada, que corre sin problemas, sana, y más que correcto fraseo. Muy segura en lo actoral, nada afectada, y perfectamente implicada en el papel, que si bien es cierto no da para mucho en lo actoral, si tiene momentos de bastante lucimiento. Por cierto que bien se mueve nuestra cantante en el "Paso del camello", curioso número de aires muy arrevistados. 

Carol García, mezzosoprano, como Darío. 

Maravillosa en lo vocal, con un instrumento grande, dúctil, de hermoso timbre y enorme musicalidad. Agudos y filados fueron servidos a placer, dotando de gran lirismo a sus intervenciones, especialmente en su número de salida. Magnífica dicción, y una línea de canto impecable. García sirvió una velada musical refinada, y de inteligente lectura que me pareció redonda de principio a fin. En lo actoral, brilla menos, ya que se encuentra ligeramente envarada, y dota de poca entidad a su personaje, viéndosela infinitamente más cómoda en los cantables que en los hablados, aunque sin llegar a molestar.

Vanessa Goikoetxea, soprano, como Benamor.

Estupenda en lo vocal y en lo actoral, con un grato timbre, voz grande y de sana colocación, si bien es cierto, su papel es menos lucido en lo vocal que el de Carol García, aprovecha al máximo las posibilidades de la partitura, con un estupenda lectura, y gran sentido en los cantables. Actoralmente deliciosa, sin llegar en ningún momento a estar pasada de roscas, si dota a su personaje, nada fácil por cierto, de gran entidad, y ofreció algunos de los mejores momentos de la noche. Sólida y muy segura llevó a buen puerto este traje a medida que es Benamor, y que Goikoetxea hace suyo por derecho propio.


 

Coro titular con Antonio Fauró al frente, muy mermado por lo que todos sabemos, sirvieron una buena función, en lo escénico, bien movidos y disfrutones, y en lo musical, aunque hubo algunos desajustes que entiendo que se deben a falta de rodaje, y que en líneas generales se acusan en la dirección musical como ahora contaré.

José Miguel Pérez-Sierra, al frente de la Orquesta de La Comunidad, un tanto irregular y errático en la dirección con tiempos algo premiosos a ratos, en una lectura un tanto apagada en lo teatral, y que intenta suplir algunas deficiencias a base de decibelios, algo que va en detrimento de los cantantes y de la función, ya que la falta de chispa en algunos momentos es muy notoria. Eché en falta trabajo de concertación y más cohesión foso escenario, algo que supongo que se irá corrigiendo a medida que avancen las funciones. El día 25 volveré a ver la función, entendiendo que ya todo estará más ajustado que en la noche de ayer. 




Vayamos con la dirección escénica. 

Enrique Viana en las labores de regista no arriesga... y acierta, me explico. La ortodoxia, bien entendida, no es un lastre, y es tan válida como las propuestas más rompedoras, un servidor no se caracteriza precisamente por su purismo recalcitrante, y suelo tirar por lo moderno, pero cuando un trabajo está bien  hecho no es problema. Lo que no funciona es el purismo mal entendido, aquel en el que no hay nada detrás de una propuesta que se rige por unos parámetros estéticos convencionales. En este caso, Viana, apuesta por una propuesta que es pura opereta en su concepción, con todo lo que se le presupone al género, pero enriquece el material original con pinceladitas que rematan de manera realmente eficiente el espectáculo. Los personajes se encuentra muy bien definidos, y se nos cuenta exactamente lo que se nos quiere contar en la función, sin renunciar al "toque Viana" en momentos puntuales y muy bien dosificados, siendo el resultado divertido, ágil, y en algunos casos francamente inspirado. La fijación por la limpieza de Pantea, por ejemplo, es un caso claro del peculiar sentido del humor de Viana, y que no nos chirría en absoluto en el contexto del espectáculo, ni en el enfoque del personaje. Otro ejemplo claro está en los pretendientes de Benamor, sorprendentes y maravillosamente perfilados por parte de nuestro director. La apuesta estética es sin duda de relumbrón, algo en lo que la imponente, casi viscontiniana escenografía de Daniel Bianco sin duda tiene mucho que ver, cargada de suntuosidad, bellísima en su totalidad, con un buen uso del cuadro plástico y las gasas, y en la que cada cuadro supera al anterior en belleza. No nos encontramos ante una apuesta vacía de contenido, si no bien estudiada, en la que se enriquece el material de base, en una función de suave comicidad, elegante doble sentido en algunos momentos, y clarificación del texto realmente encomiable.

Hay que remarcar en este caso el espléndido trabajo de Nuria Castejón, en las coreografías, posiblemente el mejor de los montajes que lleva esta temporada, y la entrega y elevado nivel del cuerpo de baile, que se llevaron la ovación de la noche en la "Danza del fuego", majestuosa en lo coreográfico y en lo visual, que sin duda daba para un bis, pero que no se nos logró para mi decepción. 

También son destacables los figurines de Gabriela Salaverri, un auténtico delirio en algunos casos, y las más que inspiradas luces de Albert Faura que dotaron de mucha atmósfera a las diferentes situaciones escénicas que se nos plantean.

En resumen, "Benamor" es una apuesta sólida tanto en lo musical como en lo escénico, aunque si es cierto que todavía falta un poco de rodaje a la función para que se encuentre en su punto justo de sazón, que se ve con enorme agrado, y que ofrece exactamente todo aquello que la obra ofrecía cuando se estrenó. Un entretenimiento bellísimo, ligero, y que sin duda se agradece en estos tiempos que nos han tocado en suerte. 



jueves, 4 de marzo de 2021

Amores En Zarza, El Sueño De Una Noche De Zarzuela.

 


Es difícil acercar nuestro género lírico a los jóvenes, y a la vez es imprescindible para crear nuevas generaciones de espectadores que sustenten y nutran a nuestra zarzuela de todo aquello que asegurará su perdurabilidad. El, no exento de polémica, Proyecto Zarza que todos los años se lleva a cabo en el Teatro de La Zarzuela no deja de ser encomiable, y se me antoja necesario, aunque hasta ahora en líneas generales siempre me ha parecido fallido por el hecho, más que discutible, de evitar voces puramente líricas en sus proyectos educativos. Me explico, una de las señas de identidad de nuestra zarzuela es el estilo, y si realmente se quiere acercar el género a los jóvenes debe ser, al menos en lo musical tal y como se concibió. Las verdades absolutas no existen, y por tanto esto que planteo también es relativo, dependiendo de algo muy importante, el repertorio. No es lo mismo enfocar una "Leyenda del beso" en clave musicalera, que una selección de cantables en su mayor parte compuestos para una figura tan cercana a la zarzuela como es la del actor-cantante. Partiendo de la base que no considero que las voces líricas sean impedimento para que las nuevas generaciones disfruten de la zarzuela, puedo comprar el cambio de estilo dependiendo de lo que se cante. Esto viene a colación porque he visto varias producciones del Proyecto Zarza de desigual fortuna y siempre con un problema grave en cuanto al enfoque musical, pero que el pasado viernes en el estreno de "Amores en Zarza" me hizo cambiar la perspectiva, al menos en este espectáculo, ya que el cambio de registro musical no resultó en absoluto un problema, viéndose en algunos casos enriquecido el material original, siendo el espectáculo una agradabilísima sorpresa, que sin duda pasará a la historia como uno de los mayores aciertos del Proyecto Zarza. 

Alejado de cualquier prejuicio, como es habitual en mí, me acerqué a Jovellanos 4 dispuesto a disfrutar, y sin duda lo hice como iré desgranando en esta crítica.



"Amores en Zarza", producción nueva del Teatro de La Zarzuela, y con música de Chueca, Valverde, Serrano, Sorozábal, Chapí y Giménez, cuenta con texto de Nando López y se puede considerar un "sainete", muy entre comillas, de género chico, con cierto regusto, nada velado, a "El sueño de una noche verano" de William Shakespeare. 

El texto de López, nos cuenta una noche de un 15 de agosto, en la que un grupo de adolescentes se dispone a tomar un cercanías en un parque de la periferia de Madrid con intención de ir a la Verbena de La Paloma, pero que dados los avatares, netamente amorosos del ecléctico grupo que se nos presenta no llegan al último tren para llegar a La Latina a disfrutar de las fiestas más castizas del verano madrileño. El asunto, ligero, sirve como fresco costumbrista de la realidad de los jóvenes de la España del S.XXI, y que sin duda es pura zarzuela en su concepción literaria. Fiel reflejo de nuestra sociedad, personajes muy identificables para el respetable con los que sin duda se ve reflejado en el escenario, su toque de crítica social y política, humor, y por supuesto amor, siempre presente en nuestra zarzuela desde sus inicios. Con este pretexto escénico, bien tramado hay que decirlo, se va desgranando y buen puñado de números muy reconocibles por el aficionado, e idóneos para el neófito, ya que la música elegida es igual de ligera que el argumento de la obra. Los cantables se encuentran bien integrados en la historia, y dotan de burbujeante alegría a un texto de pretensiones festivas y reivindicativas a partes iguales, apoyando perfectamente la historia que se nos está contando. 

El resultado es fresco, y a todas luces un ejemplo palmario de que se puede hacer género en la actualidad, manteniendo sus códigos intactos con soltura y elegancia, como se dice en cierto Fox-Trot de Soutullo y Vert  que se podía haber incluido en la función sin el menor problema. 

Al tratarse de un texto de nueva creación no nos encontramos con los problemas habituales de las adaptaciones, no siempre afortunadas, así que por esta parte no encuentro nada que objetar. Nando López muestra una obra sencilla, ágil y con más trasfondo del que pueda parecer en un principio, y al mismo tiempo deja claro que sabe lo que hace, de forma respetuosa, cargada de gracejo, y sin afán aleccionador, algo que es muy de agradecer. Sin aparente esfuerzo se nos cuenta la realidad de nuestro país, quedo quedito, pero de forma implacable e impecable.



 

Vayamos con el elenco, extensísimo, y afortunado en líneas generales. 

Lo primero que hay que decir es que el nivel musical de la función es alto, encontrándonos voces, en algunos casos ligeras, y en otros de técnica mixta, que en la mayoría de los casos se ajustan muy bien a cada cantable. 

Lo mejorcito de la noche lo sirvió Guillermo Pareja, en el "Alirón" de Don Manolito, con buena voz baritonal, bien proyectada, muy timbrada y de correcto volumen. Menos afortunada estuvo Soraya Estévez en la Canción de La Gitana de "La alegría del batallón", ciertos fallos de afinación fueron el mayor problema, así como una exagerada entonación flamenca que no le hizo mucha justicia a la pieza de José Serrano. Bien servida estuvo la Mazurca de los paraguas de "El año pasado por agua", por parte de Adrián Salzedo y Lola Segura. Ambos perfectos en sus respectivos roles vocales de hermosas voces y gran musicalidad en su trabajo. David Pérez y Cristina García solventaron sin problemas la Farruca de "La del Manojo de Rosas", cargados de gracejo y seguridad. Interesante sin duda la relectura de la Habanera de "La boda de Luis Alonso", por parte de Nayim Temine en clave LGTBIQ+, de peculiar timbre e impecable lectura musical. José Pastor y Adrián Salzedo se atrevieron con el Dúo barítono-tenor de "La del Manojo de Rosas", bien templados y ajustadísimos con la orquesta. Y Ferrán Fabá y María Gago ofrecieron una buena creación del "Yo soy español" de "La patria chica". 

Al tratarse de una obra netamente coral, el mismo elenco sirvió los conjuntos, siendo acertadísimos en su totalidad, de cuidadísima lectura, exquisito gusto en su ejecución y matizadísimos de principio a fin. Destaca sin ninguna duda el que parece ser el número más importante de la función, el Dueto cómico de "Don Manolito", el cantable con mayores ecos de comedia musical del espectáculo, y sin duda el que se ve más favorecido dadas las características vocales de los cantantes. Hicieron de pareja en dicho número Sylvia Parejo y Pascual Laborda de forma deliciosa e indudable calidad musical.



 

Miquel Ortega corrió a cargo de la dirección musical de una estupenda orquesta de cámara compuesta por ocho músicos, jovencísimos como todo el elenco del espectáculo.

Ortega gran conocedor del género acierta a todas luces con el aire dado a cada cantable, en una lectura apasionada y muy refrescante de cada número, en la que primaron unas acertadísimas dinámicas, así como un cuidado exquisito de los cantantes, a los que controla a la perfección con mano de hierro desde el inicio del espectáculo. Es destacable el uso de los diferentes recursos vocales de cada cantante, que Ortega siempre puso a disposición de la partitura, sabiendo sacar lo mejor de cada artista en cada número, pareciendo que se ajustan como un guante a cada vocalidad. Miquel Ortega sirvió una chispeante función, de fresco acabado e indudable regusto teatral, sin sacrificar en ningún momento el aire de cada pieza, siendo perfectamente claro que lo que se estaba escuchando era zarzuela, ni más ni menos, ni menos ni más. Pulcro en el gesto, elegante en el acabado y de refinada lectura, sin duda la dirección de Ortega es uno de los mayores valores del espectáculo, que se ve enriquecido hasta lo estratosférico en su acabado gracias a una orquesta que no solo se limita a acompañar a los cantantes, si no que se funde a la perfección dentro de la función. Mención especial al Fandango de "Los burladores", que hizo las funciones de intermedio musical, y que fue llevado a cabo de forma realmente espectacular, y bello acabado.



 

Vayamos con la propuesta escénica. 

Rita Cosentino al frente del espectáculo acierta de forma muy notoria, en un espectáculo de gran coherencia, pulcrísimo en su acabado y en el que nada nos chirría. Partiendo de unas composiciones actorales netamente naturalistas, Cosentino dota de mucha verdad a los textos hablados sin que ningún actor se encuentre en un código chocante o pasado de vueltas. No nos encontramos ante una función zarzuelera en sus interpretaciones, si no ante un ejercicio teatral esmerado, cargado de sentido, y de cristalina exposición. Parece que el trabajo es sencillo, pero ciertamente se vislumbra la enormidad que hay detrás, ya que todo está perfectamente plasmado, vínculos y objetivos, acciones escénicas así como un ritmo, nunca frenético, pero siempre ligero que hace que la función se nos pase volando. Nada de lo que ocurre en escena es gratuito, todo está perfectamente medido, llevándonos nuestra regista de una situación escénica a otra de forma suave y con perfecta transición. 

Más allá de cualquier disquisición técnica, hay que decir que "Amores en Zarza" es un espectáculo enormemente vivo, de mensaje esperanzador, inclusivo y profundamente optimista, algo que en estos tiempos se me antoja crucial. En "Amores en Zarza" se nos cuentan cosas muy serias de forma ligera, pero en la que ciertos valores como el respeto, la libertad y la tolerancia se encuentran muy latentes desde el inicio de la función. Para la posteridad la re-lectura del  "Yo soy español", con letra cambiada que me emocionó profundamente, con un mensaje clarísimo, y bien plasmado en lo escénico, que es el que en este país cabemos todos, seamos como seamos, y pensemos como pensemos, ojalá nuestros jóvenes se críen en esos valores, que sin duda supieron agradecer al final del número, con una sonora ovación. 

Es menester hablar del enorme trabajo de Nuria Castejón en las coreografías, puntal del espectáculo, un prodigio de imaginación en cada cantable, y que nos explican a la perfección cada número. Inspiradísimo y arrevistado el Dueto de "Don Manolito", Farruca del Manojo de hechuras clásicas, e impagable "abaniqueo" en "La boda de Luis Alonso", que hizo las delicias del respetable.

Mención especial a la escenografía de Elisa Sanz, un auténtico prodigio de realismo, perfectamente apoyada en las magníficas luces, como es habitual en él, de Juanjo Llorens.



 

En resumen, "Amores en Zarza" es una apuesta de calidad, que sirve perfectamente como acercamiento del género a nuestros jóvenes, que disfrutaron enormemente de nuestro género lírico, y que me atrevo a aventurar que más de uno salió tarareando alguno de los cantables como hicieron nuestros abuelos en los tiempos de esplendor de la zarzuela. Reconozco que me llegó el espectáculo, y que me emocionó por momentos, tanto por el mimo con el que está tratado el género, así como por lo valores que se extraen del mismo. El pasado viernes si alguien brilló en Jovellanos 4 sin duda fue la zarzuela, vivita y coleando, por mucho que algunos la den por enterrada. Esperemos que no sea un caso aislado, y que producciones de este tipo sean posibles para ver si se consigue una cantera de nuevos espectadores. Es de vital importancia que así sea.


 


domingo, 31 de enero de 2021

Luisa Fernanda, Fallido Intento De Modernizar El Clásico.


Ayer se estrenó Luisa Fernanda en el Teatro de La Zarzuela, y la verdad es que ardía en deseos de verla, ya que es uno de mis títulos favoritos del repertorio, y una obra que siempre apetece ver. Hacía mucho que no se representaba en Jovellanos 14, y el extraordinario elenco que se presentaba, hacían más interesante la velada si cabe. Poner en pie los grandes títulos , es un arma de doble filo, son muy conocidos, y acertar con la propuesta es muy difícil para contentar a unos y a otros. Puristas saldrán indignados si la función no es de las "de toda la vida", y los menos ortodoxos, dirán que lo de siempre no les interesa. Es decir, se haga lo que se haga no va a gustar. Pero, cuando no se contenta ni a los unos ni a los otros, el fiasco todavía es doble. Ayer fue una velada extraña en La Zarzuela, y una de esas noches en las que uno sin ser purista salió del teatro pensando que si no se mejora el original, mejor dejarlo como está, que al menos no habrá sorpresas. 

Noche decepcionante la de ayer, carente de toda emoción en lo teatral, y con sus más y sus menos en lo musical, y que además se vio todavía más empañada ante la enfermedad de Juan Jesús Rodríguez, que dado su estado de salud ayer no debió cantar, siendo incomprensible para un servidor que no se recurriera a Javier Franco, o a Antonio Torres, ambos en el elenco del espectáculo para llevar a cabo el papel de Vidal Hernando.

En el teatro unas veces se gana y otras veces se pierde, ayer perdimos todos, ya que se perdió una estupenda ocasión de poner en pie una Luisa para el recuerdo, y que por desgracia pasará sin pena ni gloria.


 

Hablemos de versiones... podría hablar de lo innecesario de masacrar un libreto como el de Luisa Fernanda, que ayer se vio podado hasta lo inclemente, y que precisamente en este caso se ve innecesario, dado lo acertado del material original.  Visto lo visto, estamos en una tesitura en la que si hay que elegir entre el libreto cortado, o las versiones sin sentido alguno, casi me que quedo con lo primero, al menos el "aroma" de Luisa Fernanda se percibe, pero eso no quiere decir que esté de acuerdo con los cortes sin ton ni son, y en los que el texto no es más que unas cuantas frases introductorias para los cantables, convirtiéndose la zarzuela en una suerte de concierto escenificado, que esquematiza los personajes hasta el absurdo. Dentro de la escabechina podadora, el espectador neófito se queda sin saber que fue de la Duquesa Carolina ya que al parecer se la traga la tierra después de la escena de la revolución, o que no tengamos noticia de por que Javier después de triunfar su bando en el final del segundo acto, aparece en Extremadura completamente caído en desgracia al principio del tercero. Pero más allá de esto, lo más triste, es que precisamente aquello que hace que Luisa Fernanda sea una obra tan querida, más allá obviamente de su excelente partitura, está completamente obviado en la versión. Aquello que tan bien reflejó, que fue un Madrid convulso, con unas clases sociales muy definidas, y en la que el pueblo llano y las gentes sencillas salen tan bien parados, se ha convertido una vez más, como ya ocurrió en "Cecilia Valdés" en una suerte de culebrón amoroso sin nada más detrás. No es una cuestión de cambiar de época, ya que la historia se podría extrapolar a otro momento histórico parecido en el que los conflictos pueden ser los mismos sin problema. La cuestión es la simplificación de la trama hasta convertirla en una obra si la más mínima chicha teatral, donde tan solo se vislumbra en algunos momentos la carga emocional y social que hay detrás de la historia, que aquí se ve completamente desdibujada.



 

"Luisa Fernanda", denominada como Comedia Lírica en Tres Actos, tuvo como autores del libro a Federico Romero y Guillermo Fernández-Shaw, corriendo la partitura a cargo de Federico Moreno Torroba.
La obra se estrenó el 26 de marzo de 1932 en el Teatro Calderón de Madrid, siendo su éxito clamoroso, llegando intacta su fama hasta la actualidad, ya que se considera la obra más representada de nuestro repertorio lírico, y una de las favoritas del público. Sin duda Luisa Fernanda es un puntal del repertorio, y aun siendo casi coetánea con la anteriormente comentada "La del manojo de rosas", tan solo dos años separan sus estrenos, no nos podemos encontrar con dos títulos más diferentes en su concepción y más iguales en su fama.
"La Luisa" como se la conoce en la profesión, es hija de su época, como siempre ocurre en nuestra zarzuela, y en la que una situación política histórica, sirvió para explicar los paralelismos con el final del reinado de Isabel II y el final del reinado de Alfonso XIII. En 1932 la Segunda República estaba recientita, ya que se había proclamado un año antes, por tanto el argumento caló profundamente en la sociedad de la época, que aplaudió a rabiar los desgraciados amores de Luisa Fernanda y Javier, mientras la malvada Duquesa Carolina se veía obligada a poner pies en polvorosa tras el triunfo de "La Gloriosa".
Vidal Hernando, el tercero en conflicto, me atrevo a afirmar que sea el rol baritonal más querido por el respetable, en el que los valores de la nobleza, lealtad y amor incondicional, hacen que sea un personaje profundamente entrañable, y que el público adora desde que sale a escena.
Luisa Fernanda, enamorada de un coronel del ejército un tanto tarambana, deja al amor de su vida por Vidal Hernando, un rico hacendado al que quiere con amor fraternal, pero del que no está enamorada. Consciente de que el veleta de Javier, entretenido en cortejar a la duquesa no es el mejor partido para ella, se plantea una vida cómoda y alejada de "sustos y sobresaltos" al lado de Vidal. Tras la revuelta Isabelina, Javier caído en desgracia vuelve para despedirse de su amada, pero Vidal al ver el amor en los ojos de Luisa, los deja partir juntos buscando una nueva vida, en la que triunfa el amor, quedando el extremeño completamente destrozado por ello.
Curiosamente "La Luisa" no acaba bien, ya que siempre preferimos que la protagonista de la zarzuela se quede con Vidal, sin duda mucho más merecedor de su cariño que Javier... pero amigos, en ese final agridulce se encuentra precisamente una de las virtudes de la obra.
El libreto bien tramado, peca un tanto de ripioso, pero se ve con interés, y en él se mezcla lo épico con lo íntimo de forma muy equilibrada, y muy entretenida. Nos encontramos ante un melodrama histórico en el que los buenos son las gentes del pueblo, auténticos héroes de la función, algo que creo que también influyó en su éxito arrollador.
Si "El Manojo" era la modernidad, "La Luisa" era el clasicismo. Torroba tuvo su primer gran éxito con esta obra, en la que supo fundir los aires de la opereta con el folclorismo de manera muy inteligente, y en la que prima la elegancia en sus melodías, así como unos números de indudable interés escénico, que apoyan a la perfección la acción dramática. Casi toda la obra es un festival de "hits" con números profundamente incrustados en la memoria colectiva. La famosa Habanera de El Saboyano, que incluso tuvo versión pop en los años 70, la Mazurca de Las Sombrillas, y el famoso "Morena Clara" de Vidal son quizás los tres números más reconocibles de la obra, pero que no dejan atrás al resto de la partitura, de altos vuelos líricos, y de una belleza inconmensurable. Tal fue el calado de la función, que una frase de la obra pasó a formar parte de la calle, "Cuanto tiempo sin verte... Luisa Fernanda" que todavía se utiliza en los ámbitos líricos cuando alguien se encuentra con una vieja amistad, y seguramente los más viejos del lugar la siguen utilizando.
"Luisa Fernanda" es una de mis obras favoritas, por su elegancia musical, su cuidado libreto, y la sensibilidad con la que Torroba plasmó los inolvidables personajes que pululan por escena en una lejana España de 1868, y que en 1932 estaban de rabiosísima actualidad.
Hay que decir que aunque se trataba de una obra de fuertes aspiraciones republicanas, y un claro mensaje político, curiosamente pasó la criba de la censura franquista, dicen que por su alto valor artístico, y porque "en El Pardo gustaba mucho". No tengo yo muy claro que esto fuera así, y que más bien se tratara de un caso más de miopía galopante de los censores, felicísimo en este caso, y que no permitió que tan importante título cayera en el olvido.



Vayamos con el elenco:
Irregulares los partiquinos, especialmente una perdida Nuria Garcia-Arrés como Rosita, que no cuadró con la orquesta en el inicio de obra ni a la de tres, y un insuficiente Saboyano de Francisco García Pardo, con problemas serios en la zona aguda, que no logró llevar a buen puerto la famosa Habanera, de tanto raigambre tiene entre el aficionado.

Entre los papeles hablados, la escabechina por culpa de los cortes, fue importante, salvándose relativamente de la quema Mariana, Luis Nogales y Aníbal, los tres realizados con solvencia, especialmente en el caso de Antonio Torres como Nogales, de gran presencia y templadísimo en su famosa arenga. María José Suárez, ya asentada como característica en el teatro, ofreció la dosis justa de comicidad en un personaje mal enfocado desde la dirección, y que nuestra actriz defiende con uñas y dientes. Algo parecido le ocurre a Didier Otaola, en una Aníbal que no sabemos muy bien que pinta en toda la historia, pero que gracias al gracejo de nuestro actor no pasa desapercibido, desaciertos de dirección aparte.

Rocío Ignacio, soprano, como Carolina.
Ignacio fue de más a menos, y si bien es cierto sirvió un espléndido dúo con Jorge de León cargado de lirismo, en el que primó el buen gusto, el uso de los filados y el empaste de las voces, a medida que fue avanzando la función la cosa cambió, y en la Mazurca se empezaron a notar los problemas, en una voz que aunque suena poderosa, empieza a acusar desgaste, y que no se vislumbra todo lo sana que sería deseable. Brilla más en la zona aguda que en la central, donde aparece el aire, y no de expresión precisamente, así como un color notoriamente diferente que afea el sonido.
Imposible en lo actoral, solo se queda en la pintura exterior de la duquesa, que me hizo recordar al "ala aleve de el leve abanico" de la princesa del poema, pareciendo que su trabajo se limita a lucir los suntuosos modelos que le han tocado en suerte.

Jorge de León, tenor, como Javier Moreno.
De León, importante cantante sin ninguna duda, estuvo un tanto irregular empezando la noche francamente destemplado, y sirviendo una función en la que la frialdad fue la tónica, aunque es de justicia decir que el agudo es poderosísimo y el instrumento de gran belleza y volumen. Ciertos problemas de colocación ya comentados en anteriores crónicas se mantienen y se han visto agudizados en esta Luisa Fernanda de indudable complicación para el tenor, ya que como si de nuestra Traviata particular se tratara, parece precisar de tres cantantes diferentes según el acto que se esté representando. Jorge de León abusa de la nasalidad, y parece solo brillar en los momentos más heroicos del espectáculo faltándome refinamiento en el resto de la partitura.
Actoralmente correcto en lo exterior, aporta un Javier con aires de galán clásico, así como cierto toque chulesco que definen muy bien al personaje. Lástima la poca implicación emocional desde el primer número, emborrone su trabajo desde la primera escena.

Juan Jesús Rodríguez, barítono, como Vidal Hernando.
Resulta casi imposible valorar el trabajo de Rodríguez ya que una tremenda faringitis mermó significativamente sus facultades. Nuestro barítono no debió hacer la función de ayer, no estaba en condiciones de hacerla, varios final de número fueron cantados en octava baja, y el riesgo de hacerse daño, si es que no se lo hizo, sin duda estaba ahí. Valoro el esfuerzo y la profesionalidad, pero alguien debería haber dicho que otro barítono debería estrenar. No entiendo por qué no se cambió al titular dejándolo descansar, para una vez recuperado, poder dar el cien por cien en el resto de las funciones.


Yolanda Auyanet, soprano, como Luisa Fernanda.
La protagonista de la obra, es un papel ingrato, no tiene romanza, lo que canta es difícil y desagradecido, y encima habla mucho, siendo siempre el que se lleva la función Vidal Hernando. Para que Luisa Fernanda brille como debe hacerlo, debe ser lo primero buena actriz, lo segundo aportar la sensibilidad que el papel requiere, y lo tercero saber estar siempre en su lugar dentro de cada situación escénica. Todo esto que planteo, nuestra soprano lo aprovecha al máximo, siendo el resultado francamente satisfactorio. La voz de gran belleza, cristalino timbre, y gran proyección, resulta adecuadísima para el personaje siendo como resultado de ello que Auyanet se hiciera con la mejor interpretación de la noche a todos los niveles. Resultó esplendida en el dúo con Vidal, así como en el dúo final con Jorge de León, ofreciendo calidez al personaje y mucha delicadeza en lo musical. Actoralmente también correcta, teniendo en cuenta que el papel también ha sido sensiblemente recortado en los parlamentos, aprovecha al máximo la única escena de verdadero lucimiento que le han dejado, que es su famoso monólogo del segundo acto, bien matizado y muy templado.



Coro titular con Antonio Fauró a la cabeza, notablemente mermado por motivos pandémicos, dio lo mejor de si mismo, en un trabajo notablemente matizado, exquisitos en la Mazurca, afinadísimos en todo momento, y espléndidos a todas luces en el Cerandero, bien empastado e igualmente de matizado que durante el resto de la función. Muy desaprovechados en lo escénico ya que solo los han limitado a salir a escena, cantar, y poco más, algo de lo que indudablemente no tienen culpa.

La Orquesta de la Comunidad de Madrid con Karel Mark Chichon al frente estuvo a la altura de las circunstancias dada la merma de integrantes que nos encontramos. Chichon supo destilar la elegancia de la partitura de Torroba hasta sus últimas consecuencias en los momentos requeridos, así como el sabor teatral necesario en algunos pasajes, si bien es cierto que la función fue de menos a más según iba avanzando el espectáculo, y que los números más chispeantes resultaron un tanto apagados. Correcto en dinámicas y volúmenes, la lectura del director de orquesta inglés resultó eficiente y aseada en la mayoría de las ocasiones, con pulso y cuidando a los cantantes.



Vayamos con la propuesta escénica.
Davide Livermore firma el espectáculo, y patina notablemente en varios aspectos. El más notorio de todos ellos es la falta de cohesión entre la propuesta estética y la parte actoral, que se dan de tortas en el escenario, pareciendo que estamos viendo dos espectáculos diferentes, que no comulgan en ningún momento. La faraónica escenografía de Giò Forma, de indudable belleza, se me antoja absolutamente gratuita e innecesaria, ya que no aporta nada, más allá de cierto empaque visual que al principio gusta y al rato cansa. Resulta absurdo todo el primer acto en el que nada se entiende, y donde los personajes de Luisa Fernanda ponen en pie la función en el patio de butacas del Cine Doré, sin aparente sentido. La idea de ir entrando en la película que se está proyectando a medida que avanzan los actos podría comprarla, siempre y cuando estuviera bien desarrollada, algo que a todas luces aquí no ocurre, pareciendo ir a trompicones, sin una línea coherente, en un espectáculo que parece que no va más allá de un refinamiento estético muy rebuscado, pero absolutamente vacío de contenido. Livermore no es capaz de dotar a la obra de pulso dramático alguno siendo el resultado acartonado y carente de toda emoción, dándome la sensación que dentro de la propuesta es más importante que la Duquesa Carolina luzca bien sus modelos, que los objetivos y conflictos de los personajes.
Lo más llamativo del espectáculo es que si quitamos el giratorio central, nos encontramos con una Luisa de las "de toda la vida", en la que todos los tópicos actorales y escénicos se encuentran, pero que encima están mal explicados por culpa del entorno en el que se desarrollan. Para la posteridad, un tercer acto más acorde con "La Rosa del Azafrán" que con Luisa Fernanda, ya que si se ha buscado cierta ortodoxia en lo visual, lo que marca la hacienda de Vidal Hernando son las encinas, no esas espigas manchegas, tan mal integradas en la escenografía. Si empezamos rompiendo todo lo establecido con un espacio escénico discutible, pero que puede funcionar y no lo hace, y la función va avanzando hacia el clasicismo más puro, pero tampoco consigue lograr que esa apuesta funcione, nos encontramos ante una apuesta fallida a todas luces que naufraga notoriamente a medida que se van desarrollando las escenas.
No entendí que pinta Groucho Marx en todo esto, no entendí que el Saboyano cante la Habanera en medio del patio de butacas del cine Doré, si al menos saliera cargado de bombón helado y cacahuetes al menos se justificaría, y no entendí lo gratuito de algunos momentos en lo que parece no haber absolutamente nada detrás más que el hecho de tener una escenografía hecha, que debe ser metida a capón dentro de la función.
Resulta igual de inapropiado el vestuario de Mariana Fracasso, con personajes vestidos como si se fueran a un cóctel en pleno bombardeo, y unas bailarinas que en el cuadro extremeño lucen como hippies setenteras transitando por Cecilia Valdés, todo ello muy suntuoso, es cierto. La sensación general es como si alguien se presentase en una excursión de montaña vestido de etiqueta, algo además de surrealista nada práctico.
Mención especial a las coreografías de Nuria Castejón, que intenta salvar con elegancia visual y gran belleza, lo que Livermore pretende, y que en algunos momentos, recuerda a las producciones de cierto empresario televisivo y teatral tan denostado en los ámbitos líricos, y que al tenor de lo visto el viernes, ahora parece tornarse en un auténtico visionario.



En resumen, una propuesta que no acaba de encontrar su sitio, ya que ni rompe con todo, ni tira por lo clásico, quedándose a medio gas de principio a fin, y que no consigue conmover al espectador en ningún momento, siendo el resultado lo más parecido a un elefante que camina a trompicones, con estrépito a ratos, y pasando de puntillas por todo, durante la mayor parte del tiempo.