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lunes, 9 de octubre de 2023

El Caballero De Olmedo, Que De Noche Lo Mataron...

 


El viernes dio comienzo la temporada 23-24 de La Zarzuela, temporada un tanto extraña y que debemos entender como de transición, ya que Daniel Bianco se va y entra Isamay Benavente como flamante nueva directora artística, del mismo modo el director titular también se va tomando el relevo José Miguel Pérez-Sierra. Aires nuevos por tanto en Jovellanos 4, que no se verán realmente en su extensión a partir de la próxima temporada. Finalizamos pues la Era Bianco y empezamos la Era Benavente. Poco se puede decir de estos años, en los que ha habido sus aciertos y sus desaciertos, entendiendo como aciertos el indudable aumento de afluencia de público al teatro, y el esfuerzo realmente notable por acercar la zarzuela a nuestros jóvenes. Otras decisiones más discutibles han sido suficientemente ventiladas, y si es cierto que se puede entender que entre lo más notorio se encuentra las escabechinas en los libretos, cierta tendencia a repetir elencos, y alguna que otra propuesta discutible a nivel artístico, que no estuvieron exentas de polémica. Bianco ha tenido furibundos detractores y amantísimos defensores, un servidor se encuentra en la mediana en cuanto a su opinión, y entiendo el balance con más tendencia a lo positivo que a lo negativo, pero si es cierto que ya era el momento de un cambio de rumbo para seguir adelante con la defensa del nuestro género lírico. Toca buscar nuevos rumbos, mantener la afluencia de público, y lo más importante, seguir tocando teclas para ver si se consigue una nueva vía que sea capaz de conseguir el favor del público y sacar a la zarzuela del sarcófago en el que parece estar enterrada. Difícil tarea la de Isamay Benavente, cuyo buen hacer en el Villamarta de Jerez la avala, y en la que tengo puestas muchas esperanzas. 

Dicho esto vayamos con la obra que inauguró la temporada y que se trata de El Caballero de Olmedo, toda una sorpresa como iré narrando.



 

El Caballero de Olmedo, ópera con musica de Arturo Díez Boscovich, y libreto basado en la obra de Lope De Vega en adaptación de Lluis Pasqual, tuvo su estreno absoluto el pasado viernes seis de octubre, función de la que esta crítica habla. 

La música de Díez Boscovich, sin duda inspiradísima, tiene varias cosas destacables en su haber. La primera y más notable facilidad a la hora de ser escuchada. Creo que es la primera vez que asisto a un estreno absoluto, y a la salida tengo ganas de volver a escuchar la obra. Otra cosa a destacar es que nos encontramos ante una obra de indudable inspiración clásica en su acabado formal, donde la melodía es una de las marcas de la partitura, en líneas generales tonal, excepto cuando por necesidades escénicas se recurre a los recursos estilísticos necesarios para siempre favorecer el drama, siendo a este respecto especialmente interesante la escena de la aparición de el fantasma, donde lo atonal se encuentra perfectamente integrado para generar la necesaria sensación de desasosiego. Es muy interesante el excepcional talento de nuestro compositor en la obra a la hora de plantear una obra escrita para ser representada. El uso de la música de manera efectista y efectiva a nivel del drama es notable, así como el mimo puesto en definir los carácteres de los personajes principales, que todos cuentan con su leit motiv, así como la enorme coherencia de una obra que de principio a fin tiene una estructura perfectamente hilada, que continuamente nos está remitiendo a lo que define a sus personajes, acierto sin duda por esta parte. De una densidad orquestal considerable, atmosférica en grado sumo, y de espectacular acabado, nos encontramos ante una obra que entiendo que tiene muchas posibilidades de seguir representándose en varios teatros, ya que  la obra ha gustado al respetable, y mucho. Se debe poner en valor muy especialmente esto último que planteo, ya que no es habitual que las obras de nueva creación obtengan de una manera tan directa ovaciones tan rotundas, y sensación de satisfacción generalizada. Resulta muy interesante también el cuidado de las tesituras, que Díez Boscovich controla a la perfección, siendo una obra impecablemente escrita para las voces, que se encuentran muy bien definidas en la obra. A nivel musical destaca la espectacular Obertura, de grandiosidad indudable, así como todas las arias de salida de cada uno de los personajes. Muy interesante a nivel dramático el personaje de Don Rodrigo, y uno de los que más chicha tiene en lo musical. Del mismo modo los bellos dúos de amor redondearon de manera magnífica las partes principales, para rematar de manera espectacular la función con un Réquiem que nos puso los pelos de punta. La ópera se puede concebir como un apasionado intento, y logro, de restaurar una manera de entender la ópera que ya se había perdido y que es muy de agradecer, donde prima la belleza, la representación más clara a traves de la música de los vericuetos del alma humana, y una concepción de la ópera como gran espectáculo teatral muy marcada. Quiero añadir que se me antoja La Zarzuela como el recinto idóneo para estrenar este tipo de ópera, muy en consonancia con las óperas de intenciones populares, que no populacheras, que tan cercanas son a nuestro género lírico, El Gato Montés de Penella es un ejemplo paradigmático de lo que planteo, es decir, se auna en la partitura interés para el gran público, asequibilidad en lo musical, y una elevada calidad en la composición. 

La adaptación de Pasqual funciona, tanto en cuanto a esquematización de la obra original, por el camino se han quedado los cómicos, y se ha ido al argumento principal, que hay que decir que se encuentra bien explicado, convenientemente clarificado, de lenguaje asequible, y perfectamente ensamblado con la partitura. Aunque si es cierto que el conflicto se queda un tanto pobre, algo que por otra parte en las óperas es bastante habitual. El resultado es el de una obra amena en lo literario, y que funciona como adaptación operística de uno de nuestro clásicos más importantes. El que vea la ópera, verá la obra de Lope, no en toda su magnitud, pero si se hará una idea del texto original.



  


Vayamos con el elenco: 

Escrita para tres sopranos, dos barítonos, un tenor y un bajo en sus roles principales, en este caso muy bien elegidos y realmente equilibrados. 


Gerardo Bullón, barítono, y Ruben Amoretti, bajo, dieron vida a Don Fernando y Tello respectivamente, ambos con un gran nivel vocal, canto noble, de imponente volumen, y muy matizados. Ambos papeles de similar extensión y composición actoral parecida estuvieron a la altura de las exigencias de la partitura, muy acertados en todas las partes cantadas y bien templados en lo actoral. Quizás Amoretti brille un poco más al final de la función, por motivos dramáticos y musicales, ya que su papel tiene un momento de gran lucimiento justo al final de la ópera. 


Berna Perles, soprano, como Doña Leonor, lució timbre carnoso y adecuado volumen en todas sus intervenciones, pareciendo encontrarse especialmente cómoda en la tesitura del papel. Sirvió momentos de gran sensibilidad  junto a su hermana en la obra, Doña Inés, con un perfecto ensamblaje de las voces, no pasa desapercibida en un papel un tanto desagradecido en lo musical, y que dadas las características de nuestra cantante se puede considerar "un paseo", ya que el instrumento va sobrado de recurso, como ya ha demostrado en otras ocasiones. 


Nicola Beller Carbone, soprano, como Fabia. Conocidísima en La Zarzuela ya que ha llevado a cabo varios títulos de diferente índole y dificultad, se me antoja ideal para el personaje, difícil de tesitura y métrica, así como comprometido en lo actoral en grado sumo. Beller Carbone sale airosa del desafío con mucho oficio, un instrumento interesantísimo de lírica pura, que brilló mucho en sus escenas mas "sobrenaturales" ya que Fabia es una mezcla de alcahueta y nigromante la mar de interesante. Muy expresiva, contundente en sus intervenciones, cargada de prestancia en lo musical, y especialmente afortunada en el fraseo, redondeó de manera impecable uno de los bombones de la obra.

Germán Olvera, barítono, como Don Rodrigo. Una de las estrellas de la noche, con una poderosa composición, que si bien es cierto viene de serie en la partitura se vio muy bien reflejada en la actuación de nuestro barítono. Rotundo en lo vocal, con un instrumento bien timbrado y de enorme volumen, atronador en sus momentos más dramáticos, y dotando al personaje de toda la maldad que lo caracteriza sirviéndose para ello de una voz a veces dura, imponente, y de gran expresividad. Igual de rotundo en lo actoral, con buena presencia escénica, su interpretación del personaje acompañó a la perfección a su creación musical, siendo el acabado redondo e impactante. 


Rocío Pérez, soprano, como Doña Inés. De timbre cristalino, limpios agudos, perfecta dicción, y más ligera que sus compañeras de reparto, también se adecúa a la perfección al carácter melífluo del personaje. Si algo caracterizó a sus intervenciones fue la sensibilidad, y el lirismo con el que son planteados los dúos amorosos. Muy adecuada también en lo actoral, ofrece a la perfección el rol de dama joven abocada a la tragedia, y que está dispuesta a enfrentarse a su propio destino por un amor tan puro como el que siento por Don Alonso. 


Joel Prieto, tenor, como Don Alonso. Con bello y juvenil timbre, funciona mejor en los pasajes más líricos que en los heroicos, con la voz todavía un tanto inmadura, especialmente en el agudo, y que irá tomando peso a medida que vaya avanzando su carrera. Es cierto que esto que planteo no fue obstáculo para que la velada fuese disfrutable, y que su exquisito gusto cantando, así como la expresividad que posee consiguieron que salvara los trastos, siendo el resultado de nivel, aunque con matices. Correcto en lo actoral, muy galán, y sin atisbo de envaramiento "tenoril", consiguió una buena creación de este Don Alonso tan apasionado como de trágico final. 



Coro Titular a un excelente nivel, aunque muy desaprovechado en lo escénico como luego contaré. De gran impacto en el Réquiem final, y número en el que más se lucen, ya que durante el resto de la función no tienen gran número de intervenciones.


Guillermo García Calvo al frente de la Orquesta de la Comunidad de Madrid, supo imprimir a la obra de la suficiente teatralidad que precisa, así como un adecuado trabajo en las dinámicas. Me faltó un poco de trabajo de concertación, algo que por otra parte suele ser habitual en García Calvo, con algunos pequeños desajustes foso-escena, no importantes pero si significativos. Un tanto excesivo en los volúmenes, cuidó a los cantantes menos de lo deseado, algo que dado la tremenda orquestación de la opera me parece primordial. Menos mal que elenco vocal era de altura... si la cosa hubiera ido por otros derroteros no los hubiéramos escuchado. 





Vayamos con la propuesta escénica.

Lluis Pasqual firma la dirección, y me parece que en ella se nota cierta desgana, siendo el resultado un tanto insípido y que se da de tortas con la espectacularidad de la partitura. El Caballero de Olmedo dadas sus características musicales está pidiendo a gritos una propuesta grande en lo escénico, en la que se aprovechen al máximo los momentos de impacto que la obra ofrece... nada de eso se ve aquí. La labor de Pasqual parece remitirse más a dirigir el tráfico, con unas entradas y salidas de los personajes antiguas, desvaídas y de poca efectividad teatral, que de reforzar las virtudes de la partitura, llegando esto que planteo al paroxismo al final de la ópera, donde Pasqual, sin complicarse lo más mínimo, planta en escena a la masa coral en traje de concierto como si de el Orfeón Donostiarra se tratara. No pido una elaboradísima coreografía para un momento tan solemne, bendita partitura, pero si al menos un mínimo de chispa a la hora plantear un momento de una intensidad musical y dramática realmente insuperable. Parece ser que no, y aquello me recordó más a la gala del 150 aniversario de La Zarzuela que a una representación operística. Siento una vez más, cierto menosprecio por el material que Pasqual tiene entre manos, como ya ocurrió en Doña Francisquita, algo que resiente el acabado del espectáculo. Sobadísimo en su planteamiento, bajo de tono actoral, y que si no llega a ser por la partitura no tiene salvación. Tampoco la propuesta estética se libra de la quema, en la que tres pantallas, creación de Daniel Bianco, con el ya más que visto recurso de las proyecciones, resumen la escenografía, que deslucen el espectáculo todavía más. No me sorprendió nada de lo que vi, y me pareción envuelto en un falso aire de modernidad, que se sirve de un supuesto minimalismo para ocultar lo que me pareció más bien improvisación y poco presupuesto, que en caso de haberlo no luce. Propuesta escénica por tanto tramposa y fallida que no está a la altura del material que Arturo Díez Boscovich ofrece, ni a la del plantel de cantantes que tenemos. Mención especial a las coreografías de Nuria Castejón, bien ejecutadas y bien pensadas, que me imagino que se tuvo que ver en serias dificultades para poder encajarlas en la propuesta de Lluis Pasqual, y mención también para los figurines de la oscarizada Franca Squarciapino, de corte historicista y bello acabado. 


En resumen, un acierto por parte de Daniel Bianco el encargo de esta ópera que cuadra muy bien con nuestra tradición lírica, en un tema nunca antes tratadado a nivel operístico, altamente disfrutable, y en la que la desafortunada propuesta escénica no logra empañar el elevado nivel musical de la obra. 



miércoles, 4 de octubre de 2023

Chicago, La Elegancia De Los Clásicos.


Antes de hablar del excelente Chicago que se está representando en el Nuevo Apolo, quisiera hacer una pequeña reflexión sobre los musicales en nuestro país, y el aluvión de estrenos que se nos avecina. Se ha iniciado por fin la temporada teatral 23-24 teniendo una vez más este año gran importancia el género musical. Hay estrenos de todo tipo y para todo tipo de público, clásicos, familiares, icónicos, gamberros, de pequeño y gran formato, y todos tienen un denominador común, el asentamiento de los musicales en la cartelera madrileña, y la confirmación del agrado del público por este tipo de espectáculos. Nunca me cansaré de repetir lo mismo, cantidad no es igual a calidad, y se debe pensar bien lo que realmente nos apetece ver, informarse antes y sobre todo saber si la producción se encuentra dentro de los estándares mínimos que un espectáculo de estas características debe tener. Las entradas tienen su precio, y deben ser los productores los que le ofrezcan al respetable lo que está pagando, el resto no vale. Es muy dañino para el género, para el teatro y para el negocio que general. Por tanto queridos lectores míos ser selectivos, y sobre todo no juzguéis a todos por igual tras una mala experiencia, al final esto es una carrera de fondo y las cosas caen por su propio peso, el que da gato por liebre, da la primera vez, la segunda posiblemente no. Trucos para no caer en fiascos... muy sencillo, investigar quien está detrás de la producción, guiarse por lo que dicen otros espectadores, y revisar el mayor número posible de material gráfico de la obra y sus elencos. Con estos pequeños tips, no fallaréis estoy seguro. Y ahora si... hablaré de Chicago.

 


Chicago, musical con partitura de John Kander, letras de Fred Ebb, y libreto de Bob Fosse y Fred Ebb, tuvo su estreno en Broadway en junio de 1975, y la verdad que en su estreno no tuvo el éxito esperado a pesar de contar con unos mimbres estupendos para que así fuera, amén de su magnífico equipo creativo, el protagonismo de Chita Rivera y Gwen Verdon, posteriormente sustituida por Liza Minelli tras una lesión de Verdon, no consiguieron que la obra pasara de un éxito más bien discreto y dos años en cartel, algo que en Broadway se puede considerar un éxito más bien mediano. La obra yo creo que no se entendió en su momento, y su estilo demasiado moderno en su concepción dramática, para los parámetros de la época, chocó con un público acostumbrado a platos quizás menos exquisitos, pero si de más fácil digestión. Además el mismo año que se estrenó Chicago un torbellino llamado A Chorus Line arrasó en Broadway, y sin ninguna duda le hizo sombra, algo que no se subsanó hasta 1997, cuando el exitoso revival, hoy considerado canónico, si consiguió el favor de crítica y público, convirtiéndose en un éxito arrollador que todavía perdura, siguiendo en cartel en Broadway desde se reposición hace casi treinta años. El público sin duda era otro, y la sociedad también, y Chicago dio de lleno en la diana con su crítica mordaz, su negrísimo humor, y sobre todo su lúcida mirada sobre nuestra sociedad.



 

La obra de indudable calidad, tanto musical como literaria, tiene sin duda varias cosas que lo hacen atemporal, universal, y decididamente una obra maestra del género. La partitura de Kander, de estilo ecléctico supo plasmar a la perfección el estilo musical de los Años 20 del siglo pasado en los que se desarrolla la trama, el jazz se encuentra muy presente, así como la música más relacionada con el vodevil, género estrella por aquellos tiempos. También se puede encontrar en la partitura un delicioso tango, no se nos olvide que causaba furor en aquella década, el sempiterno charlestón, así como un delicioso homenaje a la opereta, también en pleno esplendor por aquellos días. Lo más representativo de esta partitura es lo definitoria que resulta en cuanto a la psicología de cada personaje, que siempre sirve como catalizador de la acción dramática, y que se encuentra integrada dentro de la historia de manera magistral, completamente naturalizada y fluída, sin que nos sobre ni falte ni una sola coma en la partitura. Todos los solistas de la función tienen su momento de lucimiento, su gran escena, y sobre todo aquello que en la ópera llamamos aria, y que tan revelador resulta sobre los anhelos e inquietudes de los personajes. No se me malinterprete, no estoy diciendo que Chicago sea una ópera, pero si que la efectividad de su música, y el planteamiento de la partitura si se le acerca, muy especialmente a las óperas populares de Kurt Weill que casualmente, tuvieron su esplendor en los Años 20 del siglo pasado. 

Esto que planteo, en absoluto gratuito, entronca directamente con su libreto, de estilo Brechtiano, es sabido Brecht fue un excelso colaborado de Weill en algunas de sus composiciones más destacadas. La propuesta Brechtiana posiblemente fuera una de las cosas que más chocase en su estreno, su tono aparentemente frío, aséptico, con personajes de ambigua moral, increpador hacia el público, y dejando que sea el respetable el que juzgue lo que está visualizando, son algunas de las insignias del musical, y uno de los grandes aciertos, ya que la inteligencia con la que el conflicto está planteado sin ninguna duda es notable. La historia, lo suficientemente conocida como para ser narrada, se basa en una obra de teatro que se estrenó con notable éxito en la época que sucedieron los hechos que se nos cuentan, y si, digo sucedieron, ya que las dos adorables asesinas que se nos muestran en la obra fueron dos personajes reales, que tuvieron una historia muy parecida a la de Roxie Hart y Velma Kelly. Lo que se nos cuenta es el auge, caída y resurgir de dos mujeres capaces de matar a sangre fría es cierto, pero esa es la excusa para mostrarnos todos los vicios de la sociedad contemporánea, adocenamiento, manipulación de la opinión pública, oportunismo y amarillismo de la prensa, falta de escrúpulos en la abogacía, y corrupción carcelaria, y que tan bien se plasmó en el que para mí es el número más importante de la obra, "Class", que además de bellísimo sirve de catártico para el público, tanto en cuanto el mensaje se nos deja cristalino y descarnado a partes iguales. Lo cutre gana, lo zafio campa a sus anchas, lo vulgar se alaba, y la ausencia de valores se considera una virtud... volvemos a Brecht y Weill ¿verdad?. Chicago es una farsa inteligente, ácida, y sin ninguna duda inspiradísima a todos los niveles, y que intuyo yo que seguirá vigente durante muchos años, aquí, en Broadway y en Pekín, porque lo que se ve en la obra es pura esencia del ser humano en su peor vertiente, eso si, rabiosamente divertida y con un indudable interés teatral. 



Vayamos con el elenco, acertadísimo, y muy bien ensamblado de principio a fin. 

Chicago precisa de unos artistas con un elevado nivel en todas las disciplinas, y muy especialmente un conjunto multidisciplinar, en el que la danza es crucial para el buen desarrollo del espectáculo. El conjunto de esta producción es uno de los mejores que se han visto en años en Madrid. Funcionan perfectamente como un solo personaje, respirando, moviéndose y disfrutando todos a la vez, resultan vibrantes, elegantes y muy precisos en las coreografías, algo importantísimo cuando del "estilo Fosse" estamos hablando. Simplemente perfectos no hay más que añadir. Bueno si, que todos se adecúan a cada uno de los pequeños roles a la perfección, siendo las pequeñas partes un buen apoyo de los personajes principales.

Los secunadarios igual de bien elegidos, pasan por la calidad de los intérpretes, el conocimiento del género, y la precisión en la composición de los personajes, amén de un altísimo nivel en la disciplina de canto. 

A. Bolea como Mary Sunshine, impecable en el código lírico que el papel requiere, de poderoso agudo y muy buen fiato, responde sin problemas en su comprometido número principal, muy al estilo de Julie Andrews, siempre des un punto de vista paródico, por supuesto. Bolea pasa por la interpretación poderosa, medida en lo musical, contenida en lo físico y actoral, y su papel resulta uno de los bombones de la obra... aunque en esta obra todos son bombones, ja ja ja. 

Alejandro Vera como Amos Hart, adecuadísimo en un personaje de dificultad indudable, y que a mi personalmente me resulta profundamente entrañable. Amos Hart puede parecer como papel desagradecido pero tiene una serie de características que lo hacen especialmente difícil, y que Vera literalmente borda. Con cierto aire a Buster Keaton, su aparente inexpresividad cuadra perfectamente con este "Míster Celofán" de el que todo el mundo pasa olimpicamente. Espectacular en su número principal, con un acabado impecable, bella voz, y un recorrido interior muy interesante. 

Inma Cuevas como Mama Morton. Cuevas de gran popularidad por sus trabajos televisivos, reconozco que para mi ha sido un gran descubrimiento en su faceta como cantante. Poderosísimo instrumento, voz enorme, de atractivo y peculiar timbre, consigue uno de los momentos más importantes del espectáculo en su primera salida, dotando al número de un empaque considerable, por bien cantado, bravura y elegancia musical. También brilla mucho en "Class" mi tema favorito de la obra, en el que la sensibilidad y el buen gusto cantanto fueron la tónica. Actoralmente da exactamente lo que el papel pide, rotundidad, imponente presencia escénica, frases lapidarias, y mucha socarronería. 

Ivan Labanda, como Billy Flynn. Labanda avezadísimo actor de musicales, sabe controlar muy bien los tiempos escénicos y cargar las tintas cuando se debe hacer. Domina a la perfección el personaje y su particular estilo como intérprete se adecúa muy bien al papel, cínico, y siempre con una sonrisa tensa que nos deja entrever lo que hay detras de ese atractivo fantoche que lleva a cabo. Resuelve muy bien las partes cantadas, incluso las más comprometidas, sus agudos largos y bien timbrados fueron la marca de la noche, siendo el acabado de su trabajo elegante y efectivo a partes iguales. 

Ela Ruiz, como Velma Kelly. Velma muerde, se nos puede ir de las manos en cualquier momento y resultar excesiva en su interpretación. En este caso Ruiz controla bien el personaje en lo actoral funcionando como elemento más explosivo al lado de la más contenida Roxie. Espléndida en lo vocal, la voz bella y poderosa, resulta adecuadísima en el icónico "All that jazz", y de gran sensibilidad en "Class". Impecable en sus dúos con Roxie, consigue ensamblar muy bien el instrumento con el de su compañera en escena. Hay un pequeño pero, la parte corporal no acaba de estar rematada del todo, y en algunos momentos se encuentra ligeramente desfondada, especialmente en "I can´t do it alone", me faltó más precisión en cuanto al gesto y al control del cuerpo. Todo esto que planteo es hilar muy fino, y dado el altísimo nivel del espectáculo y la dificultad de los personajes, hay que entender que Ela Ruiz cumple con el papel, pero todavía hay algunas cosas que debe pulir, fluidez en los movimientos especialmente. 

Silvia Álvarez, como Roxie Hart. Sin lugar a dudas la estrella de la noche. Álvarez que ya sirvió una espléndida Anita en West Side Story, entiendo que se encuentra en un momento de madurez artística indudable. Nuestra actriz se me antoja la Roxie perfecta, actoral, musical y fisicamente. El perfil Fosse es perfecto, el acabado de los números y el aire del papel también. Contenida, matizada, pulcra y con un planteamiento del personaje muy inteligente, es en mi humilde opinión la mejor Roxie que hemos tenido en este país, y ya he visto cuatro... Es destacable su enorme elegancia a la hora de afrontar los números y el acabado del personaje, la plasticidad en los movimientos, la aparente facilidad con la que afronta cada uno de los desafíos de la obra, que no son pocos, así como un profundo conocimiento de la obra y del rol que lleva a cabo. Todo resulta impecable desde el inicio de la función, en una interpretación coherente, bien medida, y de perfecto desarrollo. Todas las aristas de Roxie se ven perfectamente perfiladas, siendo el resultado una interpretacion deliciosa, compleja y absolutamente redonda. De atractiva presencia, con mucha luz en el escenario, magnífico desplante y tecnicamente perfecta, me atrevo a afirmar que nos encontramos ante una actriz en su plenitud artística, y ante una de las más importantes intérpretes del género de nuestro país. Silvia Álvarez ya es una grande y su trabajo es de premio... creo que no hay discusión. 

Hay que hacer una mención especial a la insuperable banda que acompaña al espectáculo con Andreu Gallén al frente, que es arte y parte en el espectáculo, siendo la lectura de gran dinamismo, espectacular en su acabado y que funciona a las mil maravillas en cuanto a integración en el espectáculo y por supuesto las acciones dramáticas que en él se plantean. Resulta enormemente placentero escuchar la gloriosa música del musical tan bien ejecutada... y un apunte muy definitorio, el público se queda sentado en sus butacas escuchando la "exit music" ya que no quiere perderse ni una nota de lo que están tocando. Pocas veces un servidor ha presenciado algo así...



Vayamos con la propuesta escénica:

La función es réplica del icónico montaje de 1997, y poco se puede decir de él que no se hay dicho ya, la elegancia de un escenario sin apenas escenografía, con la banda en el centro, el mítico marco dorado... y magia, mucha magia.Todo se sustenta en una luces maravillosas de Ken Bellington que envuelven de una especial atmófera a todo lo que transcurre en escena, lográndose unos cuadros de sugestiva belleza e indudable fuerza visual, y por supuesto el inspirado y minimalista vestuario de William Ivey Long, ya asociado a perpetuidad al musical, y al estilo Fosse, tan marcado y que tan bien se plasmó en esta producción. Las coreografías, ejecutadas a la perfección, de la desaparecida Ann Reinking son una maravilla de expresividad y funcionalidad teatral, así como todos los efectos que estaban en el montaje original, y que en esta producción se ven reproducidos de manera exacta, fluída y tecnicamente perfectos. Hay que destacar la labor de dirección actoral, entiendo que recaída en Víctor Conde como director residente, al menos en el tratamiento del texto en castellano, que se encuentra en su punto perfecto tanto a nivel dramático como de ritmo, siendo el resultado el de un espectáculo de altísimo voltaje teatral, inspirado acabado, y de indudable calidad. 

Entiendo y después de ver ya tres producciones de la obra en nuestro país, y cuatro elencos diferentes, que esta es la mejor a nivel artístico de todas las que se han hecho, y eso sin duda es un claro síntoma de la buena salud del género y especialmente de la cantera de artistas con formación multidisciplinar que tenemos en nuestro país. IM-PRES-CIN-DI-BLE




*La mayoría de las fotos de este artículo no se corresponden al elenco de Madrid, intentaré actualizarlas a medida que vaya publicándose material gráfico del espectáculo. 





miércoles, 24 de mayo de 2023

Los Sombrereros Olvidados, Arropando A Mihura.

Hay en nuestro teatro una tradición que ya casi se ha perdido, y es la de la comedia inteligente, siempre con la palabra como centro del gag, y en la que el nivel literario de la misma era altísimo. Ahora quizás sea la comedia física la que triunfa, y puede tener mucho que ver con la inmediatez a la que estamos acostumbrados y al cambio del lenguaje teatral, y en general del mundo de las artes. Todo nos entra por los ojos, y cierto "esfuerzo" en el espectador se ha perdido a la hora de afrontar un espectáculo. No estoy denostando la comedia física, ojo, me parece un cámino perfectamente válido, pero a mi me gusta ese humor que te hace reaccionar al gag unos segundos más tarde y que te deja admirado ante el ingenio del autor a la hora de escribir frases brillantes y con más calado del que en un principio pueda parecer. A este respecto tenemos varios ejemplos paradigmáticos de autores que son sin duda clásicos del género, maestros de la palabra y que supieron combinar diferentes géneros dentro de la propia comedia, sin que el espectador se diera cuenta que eso de que "el humor es algo muy serio" era una máxima que seguían al dedillo. Mihura, Jardiel, Neville y tantos otros supieron cultivar al respetable haciendo que se lo pasaran muy bien, sin estar una cosa reñida con la otra, porque la inteligencia y el buen humor si van unidos de la mano son una de las mejores expresiones teatrales que existen. Centrémonos en Mihura ya que "Los sombrereros olvidados" nos habla de él. Miguel Mihura fue todo un pionero en aquello del humor absurdo, y que inventó una comedia muy particular, cargada de nostalgia, de trasfondo triste, surrealista y con un punto de ternura tremendamente conseguido, siendo el exponenente más claro de esto que planteo su icónica "Tres sombreros de copa". Obra maestra absoluta del género, adelantadísima para su época, y posiblemente la comedia más afamada de todo el repertorio patrio. De eso va "Los sombrereros olvidados" inteligente tributo a Mihura que he tenido la suerte de ver en el Lara hace unos días y que me dejó con un muy buen sabor de boca. 




"Los sombrereros olvidados" de Fernando de Las Heras se puede entender como una continuación de "Tres sombreros de copa", en la que se nos cuenta lo que ha sido de Dionisio, protagonista de la obra de Mihura tras aquella noche tan particular que vivió en un hotelito del norte de España, la noche antes de casarse con su novia de toda la vida. De Las Heras ha escrito una pieza de cámara, para dos personajes, que tiene un efecto asombroso, el espíritu de Mihura parece haberse encarnado en él, consiguiendo una ilusión perfecta, como si el propio Mihura hubiera escrito la obra en la actualidad. El manejo del universo de Mihura por parte de Fernando de Las Heras, es encomiable, así como la admiración por el autor madrileño y el amor hacia "Tres sombreros de copa" que se destilan del texto muy notorios.  En el texto hay varios detalles que me resultan muy interesantes y que deben ser remarcados, el primero de todos es lo creíble que nos resulta la evolución de los personajes, que aquí se nos plantean veinte años después de que se escribiera de Tres sombreros, y que fue exactamente el momento en el que se estrenó la obra. Dionisio mantiene intacta su incencia a pesar de todo lo vívido, todas las características troncales del personaje se encuentran lo suficientemente bien plasmadas como para que nos parezca la continuación natural del personaje, que vive del recuerdo de una noche gloriosa en la que se nos antoja una vida gris y anodina que no lo ha hecho avanzar mucho en estos veinte años. El otro personaje que se nos plantea es Don Rosario, el entrañable dueños del hotelito de Santander, revivido esta vez en su sobrino, y que es el dueño de otro hotelito, esta vez en Madrid. Don Rosario "sobrino" es la réplica exacta de su tío, es decir De Las Heras resucita a un personaje que por motivos obvios ya no podría estar en la obra, para con un recurso mágico hacer que nos parezca natural su presencia de nuevo en la vida de Dionisio. La Posguerra gris y triste se encuentra muy patente en la función, y la sensación de que la Guerra arrasó con todas las ilusiones que nuestro país tenía antes de producirse el conflicto, siendo el resultado el de una obra cargada de nostalgia en la que se nos retrata una época de nuestra historia con mucha ternura y un poso amargo y triste, aunque eso si, rabiosamente divertida. Algo que sin duda a Mihura le hubiese encantado. En Los sombrereros se nos habla del tiempo perdido, de la dulzificación de los recuerdos, de la decepción que nos supone el entender que nada va a volver a ser lo mismo que fue, y sobre todo de la soledad, ya que los dos personajes de la función están muy solos, Dionisio ya viudo, y Don Rosario volcado en su huéspedes con la misma solícita y amorosa dedicación de antaño. Ambos personajes se nos presentan faltos de cariño, incomprendido, y si bien a Dionisio el paso del tiempo le ha amargado un tanto el carácter, Don Rosario se mantiene igual de vitalista y deliciosamente tierno que su difunto tío. "Los sombreros olvidados" no solo es una digna continuación de "Tres sombreros de copa"es una obra con personalidad propia, una deliciosa comedia "seria" desopilante a ratos, mágica por momentos y sobre todo un enorme canto de amor a Mihura y a nuestra comedia más representativa, envuelta en gran lirismo en algunas escenas, evovadora, enternecedora y tremendamente entretenida. Resulta notable el dominio por parte de De Las Heras de la carpintería teatral, siendo el acabado final de la función sólido, coherente con respecto al material original, y sorprendente como continuación del legado de Mihura. Don Rosario arropa amorosamente a Dionisio y Fernando de Las Heras arropa más amorosamente a Mihura en su texto, mimándolo, reivindicándolo, y admirándolo hasta las últimas consecuencias. 

    



El espectáculo consta de dos actores que se mueven como pez en el agua por los vericuetos del texto, y que se adecúan muy bien a las características de sus personajes. No se puede plantear las interpretaciones de otra manera que conjunta, ya que Roger Álvarez como Don Rosario y Javier Arriero ejecutan un trabajo de compenetración y química entre ellos realmente superlativo.  Se nota mucho lo bien pensadas que están ambas interpretaciones, y que se complementan la una a la otra, siendo Dionisio el más apocado de los dos, mientra que Don Rosario se nos presenta como más explosivo, carismático y cargado de humanidad. Javier Arriero dota de gran bonhomía a un personaje que matiza muy bien, estando muy conseguido el aire de hombre gris que Dionisio posee, muy bueno en el gesto, seguro con el texto, energético y bien templado. Sus monólogos se encuentran muy bien perfilados, y todo está dicho con gran sentido y gran verdad, y dentro del surrealismo que se nos plantea en el texto y la peculiar relación que mantienen los personajes, casi podemos hablar de naturalismo en el trabajo de Arriero por lo reconocible que nos resulta Dionisio, y las múltiples facetas de su personalidad que nos pueden parecer muy familiares, ya que todos hemos conocido a algún Dionisio en nuestra vida. Roger Álvarez prolonga el espléndido Don Rosario que llevó a cabo en el María Guerrero hace unos años, y acierta de pleno con su peculiar composición, el personaje más surrealista, delicioso, rabiosamente difícil y creíble de todo el texto. La dificultad estriba precisamente en conseguir que una persona tan estrambótica nos parezca absolutamente normal, algo que Álvarez consigue sin aparente esfuerzo y pasmosa naturalidad. Tierno, explósivo, cargado de humanidad, absurdo a ratos, nuestro actor insufla de una peculiar personalidad a un personaje peculiar per se, y que nuestro actor engrandece con su forma de hacer. No solo se remite a actuar, ya que canta, toca el acordeón divinamente, toca el ukelele y además lleva a cabo varios personajes más con las voces de Loles León, Millán Salcedo y Marta Fernández Muro, ofreciendo una gama de tipos muy interesante y de divertidos resultados. 

El nivel actoral de la función es muy elevado en líneas generales, y la gama interpretativa brillante, siendo la tónica la verdad, naturalidad, el profundo conocimiento del texto, y un vínculo perfectamente definido entre los dos personajes, pudiendo entender como el trabajo de los dos actores brillante, de interés y profundamente inspirado.



 


Luis Flor se estrena en las labores de dirección, ya lo conocemos como actor, y la verdad es que se ha lucido llevando a cabo un espectáculo de gran sensibilidad, mucha magia teatral, y en el que el espíritu de Mihura parece estar pululando de principio a fin. Flor se sirve del estupendo material de base que tiene para llevar a cabo una propuesta ortodoxa, imaginativa, elegante y que demuestra el profundo conocimiento que posee sobre este repertorio y la comedia como género. Para ello ofrece una serie de situaciones escénicas perfectamente apoyadas en las acciones actorales, que sirven como instrumento perfecto para remarcar el texto, así como de ayuda en las interpretaciones que fluyen armoniosamente en escena gracias a las diferentes propuestas de nuestro director. Luis Flor juega con sus actores y se ve que los ha dejado hacer, pero también denota que las directrices sobre cada psicología han sido clara y muy bien marcadas, algo que el disciplinado elenco parece haber seguido y entendido al dedillo, mientras trufan sus interpretaciones con pinceladas personales que enriquecen el acabado final. La obra, divertidísima, se encuentra en el punto justo de comicidad que el texto pide, con un ritmo fluído y que varía dependiendo de la escena que se nos esté contando, y que además consigue mantenernos el interés gracias a un suspense muy bien dosificado que se nos va planteando según se va desgranando la obra. Por cierto... encontré deliciosos los diferentes guiños a Hitchcock que se hacen durante la función, ya que se pueden vislumbrar en ella ecos de Recuerda, La ventana indiscreta y el célebre vaso de leche de Sospecha, guiños cinematográficos acertadísimos y que acentúan todavía más el mimo que se ha puesto en el espectáculo. La obra está plagada de pequeños detalles que dejan muy claro el gran trabajo, concienzudo en extremo, que Luis Flor ha llevado a cabo, y ciertos toques visuales consiguen que además de todo lo que planteo la obra esté plagada de magia teatral. A este respecto destacan dos detalles especialmente, el carrusel minúsculo que evoca una verbena que se ve a traves de una ventana, y esa cama de la que salen todas las cosas habidas y por haber, y en la que solo me faltó parafraseando al propio Mihura, "Un señor cantando Marcial tu eres el más grande", mi acotación favorita de Tres sombreros... 




En resumen, "Los sombrereros olvidados" es una propuesta sólida, enternecedora, realizada con un mimo y un respeto hacia la figura de Mihura y su insigne obra realmente notable, que deja un poso de nostalgia y tristeza, a la vez que nos hace sentir a la salida que el mundo es un lugar un poquito mejor, ya que la inocencia que destilan sus personajes nos hace pensar que en el fondo el ser humano es como el perro de Dionisio... muy buena persona. Solo quier poner un pero... Dionisio y Rosario deberían acabar juntos, esa peculiar historia de amor que se vislumbra no se nos plantea como lo que parece ser, pero eso como diría el camarero de Irma La Dulce... es otra historia. 

jueves, 18 de mayo de 2023

Trato De Favor. De Zarzuelas, Mocatrices Y La Cofradía De La Perpetua Indignación.


Por fin se estrenó "Trato de Favor", y por supuesto un servidor no podía perderse una de las propuestas que más mor
bo e interés ha suscitado de la temporada actual del Teatro de La Zarzuela. Antes de comenzar la crítica me gustaría hacer una reflexión, la zarzuela como género no pertenece a nadie, ni nadie tiene la potestad para apropiársela. Desde los inicios de la zarzuela, como la conocemos actualmente, siempre fue puesta en entredicho por muchos intelectuales más asiduos a otros círculos musicales, tildándola de vulgar, populachera, comercial, de música facilona, argumentos imposibles, y demás exabruptos que toman una curiosa perspectiva con el paso de los años. Ahora cierto sector de la afición, nos quiere vender la zarzuela como un género serio, elevado, y con unas aspiraciones que en la mayoría de los casos nunca tuvo, especialmente en los años que se componían zarzuelas como churros. La zarzuela SIEMPRE se ha escrito para el pueblo, y tuvo o tiene, un efecto maravilloso, juntar todas las clases sociales en un mismo teatro, siempre con un fin común... pasar un buen rato. Aquello que caracteriza a la zarzuela, en la mayoría de los casos y si hablamos de género chico, todavía más, es el plasmar una serie de situaciones y personajes muy reconocibles para el respetable, en la mayoría de los casos con alusiones clarísimas a la actualidad, su pizca de crítica social, y en muchas ocasiones la retranca, eso que tan bien se nos da a los españoles, y que algunos no acaban de digerir.



 Curiosamente algunos sectores amantísimos de la pureza del género, critican exactamente lo mismo que criticaban aquellos pedantes de antaño, creando una falsa entelequia sobre una supuesta zarzuela que jamás existió. La música de las obras puntales de nuestro repertorio se bailaban en verbenas, se cantaban en las calles, y las costureras y planchadoras repetían estribillos mientras hacían su trabajo, y sonaba y se representaba en los teatros privados de Madrid, no en los grandes templos de la ópera, con medios desde escasos hasta fastuosos, pero siempre con dos sentidos, agradar al público y ganar dinero, ambas cosas muy loables por cierto. Pero amigos, de un tiempo a esta parte ha surgido una especie de inquisición zarzuelera,  "La cofradía de la perpetua indignación", que amén de intentar imponer unos criterios más que discutibles sobre las aspiraciones de la zarzuela, no son capaces de disfrutar nunca de lo que se hace o se intenta hacer, bueno o malo, que de todo hay en la viña del Señor. Si queremos que la zarzuela salga de la muerte cerebral en que se encuentra hay que buscar caminos, arriesgarse, equivocarse, aprender de los errores, pero ante todo hay que buscar, y eso siempre se debe valorar. 

Entiendo que sea bastante difícil plantearse esto sin quitarse las telarañas, los prejuicios, superar la "viudedad" de intérpretes que ya no se encuentran entre nosotros, y mirar hacia adelante, sin olvidar el pasado. No queda otra, el género se lo merece, y el público también, que somos TODOS, que no se nos olvide, y no un sector cada vez más minoritario por cierto, que cuando se representa un clásico no es de su agrado porque no se representa como la versión que hizo Tamayo en 1958, y que cuando se plantean obras de nueva creación, tampoco permiten que se experimente, porque los "sacrosantos principios de la zarzuela" vaya usted a saber que es eso, no se respetan. Mientras sigamos en esta disposición el género no saldrá del coma, y mientras tengamos ciertos lastres del pasado que no permitan avanzar la crisis, ya practicamente extinción, llegará el siguiente paso, que es el meter a la zarzuela en una urna, encerrarla con siete llaves hasta que a alguien dentro de 100 años se le ocurra desempolvarla... o no.



 


Y ahora si, voy con la crítica, que adelanto que es una opinión más, de las muchas vertidas sobre la obra, y que quizás no siente del todo bien a quien tenga la paciencia de leerla... Y adelanto, "Trato de favor" si, es una zarzuela, por mucho que algunos digan que no. 


"Trato de favor" "Zarzuela Contemporánea" con música de Lucas Vidal y libro de Boris Izaguirre, tuvo su estreno mundial en el Teatro de La Zarzuela el pasado 29 de abril. 

La partitura de Vidal, de corte ecléctico e indudable inspiración en algunos números, bebe directamente de lo que se le supone a la zarzuela en cuento a melodías sencillas, pegadizas, gratas al oído, y fáciles de escuchar, mezclando estilizaciones de la música popular española, en la partitura a este respecto se puede escuchar un chotis, un pasodoble y hasta una saeta, para fusionarlo con ritmos más propios de estos días, las melodías cinematográficas, y por supuesto el musical,  cita ineludible como género popular por antonomasia en estos días. ¡Oh! sorpresa, nuestros clásicos del repertorio, en su mayor parte hacían lo mismo, pero claro los ritmos punteros de moda en aquellos tiempos eran el vals, la polca, el fox-trot y hasta el cuplé, que también se veían fundidos en la partitura con los aires típicos de nuestro folclore convenientemente estilizados y pasados por el tamiz de una gran orquesta... o no, dependiendo del caso. Primer apunte por el cual indudablemente "Trato de favor" es una zarzuela. Hay que destacar varios números en la partitura como especialmente inspirados, el dúo de Mayka y Ana Mía delicado y melodioso, la plegaria de Mayka quizás el pasaje más lírico del espectáculo, la Romanza de Chelo la más zarzuelera y posiblemente la página más inspirada de toda la partitura, el bellísimo intermedio, y el dueto cómico entre La Venenosa y La Colombiana pura zarzuela en su concepción y en la línea de los números cómicos tan característicos de la zarzuela. Hay que destacar unos coros realmente impactantes, y un número dedicado unicamente a la masa coral que si Chueca o Fernández Caballero lo escucharan lo compraban al instante. Ahora viene el pero... a la partitura le falta coherencia y continuidad, cada número paraece ser independiente absolutamente del resto, algo que cuando de música escénica hablamos lastra el acabado, perdiendo consistencia y quizás añadiendo un matiz de superficialidad que podría haberse subsanado. 

En cuanto al libreto, hay sus más y sus menos, Izaguirre es un buen escritor de novelas, he leído varias, pero no es dramaturgo y se nota. Más allá del delirante argumento, que lo compro como astracanada, con retranca, y ¡oh! sorpresa, alusiones a situaciones y personajes actuales, crítica social, y cierto costumbrismo en algunos momentos ¿de que me sonará a mi esto?si, eso... pura zarzuela, si es cierto que peca de inconsistente y con poco conflicto. Hay personajes muy mal desarrollados especialmente Juan Miguel, que parece que va a tener mucho protagonismo y de repente... nunca más se sabe de él, se nos anticipan algunos efectos sorpresa de manera bastante ramplona, y el fallo que podemos decir como más notorio, lo ripioso de los cantables, pero amigos, una vez más nos encontramos con otra característica de nuestra zarzuela, cuyos textos en verso muchas veces pecan precisamente de ripiosos. Dónde más se acusan las carencias de Boris en estas lides es en los cantables, las letras en algunos casos metidas con calzador, y en las que no se dice nada por aquello de mantener una rima que a veces se da de tortas con la música. Pero eso si, si algo hay que agradecerle al texto es lo divertido que resulta, los giros tan estrafalarios que posee, y el aire autoparódico que me resultó refrescante y entretenido a partes iguales. Esta inconsistencia en el libreto también es muy cercan a nuestra zarzuela, pudiendo poner muchos ejemplos al respecto, aunque me quedaré con dos. En casi 25 años metido en el mundo de la zarzuela nadie ha sido capaz de explicarme por qué Miska en Katiuska no delata a Pedro Stakoff cuando lo descubre en la habitación de la protagonista de la opereta, y por supuesto nadie me ha puesto en tela de juicio un libreto tan "lisérgico" como puede ser el de "El año pasado por agua". Izaguirre se sirve de un hecho ocurrido a Sophia Loren en los años 80, y que a nosotros nos trae recuerdos de cierta folclórica patria, para llevar a cabo una sátira atroz a ratos, profundamente kitsch de principio a fin, y en el que concepto "mocatriz", tan en boga, parece ser el referente de una sociedad vulgar, adocenada y de valores más que dudosos... y una vez más me remito a nuestra zarzuela, porque esto "Son coses de estos tiempos" que ya dijo don Ricardo de La Vega en boca de dos guardias en una obrita titulada La Verbena de La Paloma... casi ná.

 

      

 


Vayamos con el elenco, amplísimo y en líneas generales muy acertado. 

María José Suárez, Amelia Font y Lara Chaves, como La Venenosa, La Colombiana y Cuca respectivamente, más que correctas, especialmente las dos primeras, por extensión del papel, en un código de característica pura de zarzuela. Su número fue uno de los más celebrados del respetable, y no pasan desapercibidas, cargadas de gracejo y comicidad, lapidarias y frescachonas, como mandan los cánones. 

Espléndida Gurutze Beitia, como Mercedes, en un papel que recuerda a Rita Barberá en la estética y alguna cosa más que no desvelaré, y en el que se mueve como pez en el agua. Rotunda en su presencia, perfecta de energía, impecable de tono, y sólida como es habitual en ella. 

Amparo Navarro, soprano, como Chelo una de las mejores voces de la noche, impecable cantando, de hermosa voz, gran gusto y fraseo, sonido redondo, y muy expresiva, saca el mayor de los partidos a su chotis, cantado al final de la obra, con un manejo admirable del doble sentido, una ironía perfecta, y un canto de indudable calidad. Hacía tiempo que no la veíamos en La Zarzuela, y la verdad es que se la ha echado de menos este tiempo. Su trabajo en "Trato de favor" pasa por sobresaliente y así debe de ser tenido en cuenta. 

Enrique Ferrer, tenor, como Juan Miguel, perfecto en lo musical y en lo actoral, aunque tristemente su personaje no tiene el recorrido que se merece, pidiendo a gritos un dúo o un terceto que lo perfile mejor, y que nos permita disfrutar más de su voz. Su intervención principal fue servida con bravura, agudos bien colocados, potencia en el instrumento, y esa seguridad cantando que lo caracteriza y que tan gratificante le resulta al espectador. Rotundo, y con una estupenda presencia, dota a su personaje de cierto aire de chulángano muy conseguido, pero que también tiene su corazoncito. Exprime el papel hasta las últimas consecuencias, a pesar de lo poco que lo ha mimado Boris Izaguirre en el ibreto, algo que sin duda es muy meritorio. 

Nancy Fabiola Herrera, mezzosoprano, como Mayka, en su línea habitual de calidad. La voz aterciopelada, con la carnosidad y sensualidad que se le presupone a su cuerda, sirvió una elegante velada en lo vocal, en una interpretación cargada de sensibilidad y empaque musical. Refinadísima cantante, que sabe sortear los desafíos de una partitura con indudables complicaciones en sus intervenciones, y que Herrera sortea sin problemas y con excelentes resultados. 

Ainhoa Arteta, soprano, como Ana Mía, en un momento vocal complicado, en un papel que entiendo que le está sirviendo para medir el instrumento tras los problemas de salud que todos conocemos. La voz sigue sonando potente, el instrumento sin duda es grande, aunque no se encuentra tan bien manejado como antaño, y la sensación que se tiene es la de sentirse insegura en algunos de los pasajes. Excesivos cambios de color, así como algún problema en el agudo, pero que entiendo que son solventables a corto plazo. Hay que decir que sus legendarios filados se encuentran intactos, el gusto cantando es indudable, y las hechuras de cantante clásica siguen presentes. En lo actoral un tanto incómoda, pero cumplidora, y esforzadísima, algo que sin duda es de agradecer.  



 


Coro titular absolutamente inconmensurable, en una obra en la que tienen gran presencia, y de indudable dificultad. Las intervenciones del coro son importantísimas en el desarrollo de la función, especialmente el femenino, que está en escena durante la mayor parte del espectáculo, o cantando internos, siempre al máximo nivel de empaste y volumen dotando de enorme empaque a la partitura, y de espectaculares resultados. Impagables como Espigadoras de La Rosa del Azafrán, mal cantadas a propósito, las féminas de la masa coral hicieron las delicias del respetable, así como en el número titulado "La nueva sociedad" en el que el coro es la estrella, ejecutándolo con fineza, exquisita dicción, y bello acabado. Disfrutones en escena, bien movidos, y muy disciplinados, sin duda son uno de los mayores activos del espectáculo.   



 


Andrés Salado al frente de la Orquesta de la Comunidad, acierta en la lectura de una partitura nada fácil de dirigir, en la que los diferentes estilos son la tónica, dando a cada tema el aire acertado. La lectura de Salado pasa por la teatralidad y el cuidado hacia los cantantes, siendo el resultado el de una función tremendamente dinámica, espectacular en el sonido, algo que viene de serie en la partitura, y un estudio profundo del material que tiene entre manos. Buen trabajo en las dinámicas, espléndido en la concertación, y muy pendiente de lo que ocurre en escena, sacó todo el jugo a la partitura sin el menor problema. Buena lectura y feliz remate a nivel musical de espectáculo.  



 


Emilio Sagi firma la producción y la verdad es que acierta, dejando atrás excesos esteticistas que lastraban la parte actoral, pecando ultimamente sus espectáculos de demasiado superficiales. En este caso el elenco que tiene también ayuda, ya que en líeneas generales saben actuar, y Sagi apuesta por el exceso y el desmelene, en total consonancia con lo que Izaguirre ha escrito, siendo sin ninguna duda la única apuesta válida con el material que tiene entre manos. Algunas escenas se encuentran muy bien perfiladas, especialmente la primera de Chelo y Ana Mía, de corte totalmente almodovariano, y con unas transiciones bien ejecutadas y muy dinámicas, siendo el resultado el de un espectáculo ágil, divertido, liviano y que se nos pasa en un suspiro. La función esteticamente es de relumbrón, excesiva, no es para menos, con imponente escenografía de Daniel Bianco, milimétrica y funcional, y con momentos de una espectacularidad innegable. Han tirado la casa por la ventana en La Zarzuela, y la verdad es que un servidor la ha agradecido, ya que el regusto de gran producción que queda una vez visto el espectáculo es muy gratificante. Nuria Castejón en las coreografías una vez más demuestra su maestría en las danzas típicas españolas, preciosa la coreografía de los abanicos, y arriesga en los temas más modernos o cercanos al musical, incluso atreviéndose con el "Vogue" en algún número, reminiscencia deliciosamente "queer" y que en una función de estas características se me antoja acertadísimo. Mención especial para el vestuario de Jesús Ruiz, un delirio de color y lentejuelas especialmente en el último tercio de la función, que nos lleva a los años 80 mas estrepitosos y descarados, así como también se deben tener en cuenta las imponentes luces de Albert Faura, que sirven de apoyo perfecto a esta explosión visual que es "Trato de favor". 


En resumen, "Trato de favor", es una digna sucesora de lo que representa nuestra zarzuela, realizada con respeto al género, la canción eurovisiva es sin duda toda una declaración de principios a este respecto, y que con sus más y sus menos abre una vía a seguir, por mucho que a algunos les moleste, sobre el futuro de la zarzuela como género, y la obra excesos e irregularidades aparte, deja en mantillas a otros productos de nueva creación cargados de ínfulas, sin gracejo, y que posiblemente sean más del gusto de cierto sector snob de la afición, pero que al final no tienen la respuesta del público, y esto señores, al tenor de la ovación de ayer, en un Teatro de La Zarzuela lleno de personas mayores, este "Trato de favor" si que lo tiene. Al final lo que digan los sesudos intelectuales, los críticos como un servidor casi siempre equivocado, o los de "La Cofradía de la Perpetua Indignación" no vale, porque por suerte... el público sigue siendo soberano, y es el que durante todos estos años de existencia del género, le ha dado mayor gloria y esplendor, que no se nos olvide.  








martes, 21 de marzo de 2023

Los Chicos del Coro, El Musical, Sensibilidad A Flor De Piel.


"Los chicos del coro" fue la sorpresa cinematográfica del año 2004, y se convirtió casi en un fenómeno sociológico en su momento, arrastrando a los espectadores de todo el mundo a las taquillas de los cines, para emocionarse con una historia intimista, que a priori, no parecía que iba a tener la enorme repercusión que tuvo, y que todavía 19 años después tiene una legión de seguidores que la aman y revisan cada dos por tres. El éxito de la película tiene dos factores que nunca fallan, el primero los niños, y luego la maravillosa banda sonora de Bruno Coulais y Christophe Barratier, de enorme calado en la cultura popular y que batió récords de ventas, cuando los discos todavía se vendían, y no se almacenaban en dispositivos electrónicos. Barratier también dirigió el filme, dotándolo de una sensibilidad extrema y una humanidad que puede considerarse universal, ya que creo que todos podemos sentirnos identificados con los sentimientos que se muestran en la película, y que sin duda nos resultan muy familiares. Nunca se me había pasado por la cabeza que esta historia de personajes introspectivos, en un microcosmos cerrado y opresor pudiera dar lugar a un musical, por tanto cuando se planteó el estreno de la obra basada en la película en La Latina torcí el morro. Para variar me equivoqué, pero como suelo ser prudente, no hablo nunca de un espectáculo antes de su estreno, y rara vez sin verlo, así que no metí la pata en público, aunque en mi fuero interno sé positivamente que me equivoqué. El estreno de la obra el pasado otoño, las críticas positivas que suscitó, y muy especialmente su insuperable elenco me animaron a asistir al espectáculo, algo que este puente pasado, sin nada que hacer y en Madrid, me pareció la ocasión perfecta para hacerlo. La velada fue fantástica como iré narrando, y tremendamente emotiva. 




"Los chicos del coro, el musical", está basado en la película homónima que a su vez está basada en otra película, esta vez de 1945 "La jaula de los ruiseñores", con la Segunda Guerra Mundial recién terminada, y que se entiende como un reflejo perfecto de lo que le ocurría en esos momentos a los huérfanos de guerra. El musical adaptado y traducido, espléndidamente, a nuestro idioma por Pedro Víllora, tiene alguna diferencia sustancial con la película, algo que no molesta, y que se entiende tanto en cuanto, que el cine y el teatro son lenguajes diferentes, y que la película no se puede considerar un musical como tal. Los cambios con respecto al film se ven fluídos y sin molestar en absoluto, el lenguaje utilizado poderoso e intimista, y sobre todo muy de verdad, cantables incluídos, ayudan a sumar verosimilitud a la historia, y algo muy importante no lastran el material original, algo que a veces ocurre cuando una obra no musical pasa a montarse dentro de este género, por tanto un diez para nuestro adaptador que lleva a cabo una labor impecable, asequible, y de gran eficacia teatral. La historia aligerada con alguna pincelada cómica, nos cuenta basicamente lo mismo que la película, con algunas canciones añadidas que nos ayudan a entender un poco más las psicologías de los personajes, siempre haciendo avanzar la acción, y sin que nos sobre ningún número musical en ningún momento. De hecho podemos hablar más de una obra de teatro con canciones, que de un musical al uso, porque casi me atrevo a decir que prima el texto sobre la música, en justo y acertado equilibrio, siendo el resultado el de una función en la que brilla lo dramático, los actores se lucen mucho, y además nos deja un poso gozosamente hermoso, de belleza y ternura, realmente inolvidable.


 

Vayamos con el elenco. Se ha optado por un ramillete de artistas de gran experiencia en el género y el suficiente bagaje actoral como para poder afrontar los desafíos de un texto francamente difícil, y que se encuentra perfectamente expuesto por este grupo de actores-cantantes, que figura tan bonita de nuestros escenarios cada vez más desaparecida, absolutamente adecuados a cada personaje. 

Antonio M M, como Maxence, pura bonhomía y naturalidad en un personaje de tintes amables, y con un recorrido diferente al de la película, que M M hace suyo sin problema, llevando a cabo una creación que podríamos entender como costumbrista y cercana. Los dos números cantados se encuentran impecablemete servidos, y sus características físicas y actorales se me hacen perfectas para el personaje, bonachón y directo a partes iguales. 

Eva Diago, como Langlois, en un personaje que le va como anillo al dedo. Diago de gran presencia, resulta perfecta para estos papeles de "actriz de carácter", deliciosamente divertida, mutis de infarto, y enorme credibilidad en un personaje de aire matronil y lapidario, que literalmente borda. Mención aparte para su poderosa voz, muy conocida en los aficionados del género, como olvidar su tremenda Aldonza en "El hombre de La Mancha, que brilla mucho en su tema principal, dónde deja clara su enorme facilidad para cantar, con la fuerza que la caracteriza, y el enorme instrumento que posee. Ver a Eva Diago siempre es una delicia, en "Los chicos del coro" es un lujo, no hay discusión, engrandece un personaje que podría pasar desapercibido y que en cuerpo de nuestra artista se torna carismático y efectivo en grado sumo. 

Iván Clemente, como Pascal Mondain, también muy adecuado en el físico, quizás se encuentra un tanto forzado en el papel, encontrándose un poco pasado de vueltas, me faltó un poco más de trabajo interior y me sobró un poco de energía. Cierto que debe ser temible, pero tal y como tiene el personaje concebido se nos queda un poco plano, algo que se acusa más dado el elevado nivel actoral de su compañeros. La voz grande y poderosa, necesita algún pulido en el fraseo y resolución, algo que se puede corregir sin problema, ya que los mimbres para afrontar el papel están, solo se trata de una pequeña revisión que matice el acabado final. 

Natalia Millán, como Violette Morhange, en su sólida línea habitual. Contenídisima en lo actoral, lleva a cabo una creación elegante, y muy sensible de un personaje un tanto desagradecido, pero que Millán aprovecha hasta las últimas consecuencias, con oficio y entrega. De estupenda presencia, gran química con Jesús Castejón, dota de gran peso a sus escenas, algo que sin duda siempre se agradece. Impecable en lo vocal, afinada y bien timbrada, sirvió de manera perfecta su intervención musical, muy agradecida por el público. 

Enrique Del Portal, como Rachin, espléndido a todas luces. Del Portal se pone en la piel del malvado de la función con gran efecto dramático y actoral, consiguiendo una cosa muy importante y es que un personaje marcadamente antipático como es Rachin, no se quede en un malo sin aristas, se vislumbra perfectamente todo aquello que define su amargura, y llena de matices la psicología del papel dándonos pistas sobre lo que hay detrás de tan compleja personalidad. Muy templado en lo actoral, con un dominio del texto realmente notable, estratosférico en su monólogo final, durísimo y muy contenido, ofrece una interpretación tensa y de gran empaque escénico. En lo musical poco se puede decir, ya que sin duda un papel de estas características es un paseo para un artista con su rodaje, ya que va sobrado en los números que le ha tocado en suerte. Muy expresivo, bien timbrado y con gran implicación, algo que redondea su trabajo de manera perfecta. Siendo el resultado completísimo, de gran efecto, e indudable sabiduría teatral. 

Jesús Castejón, como Clément Mathieu, inconmensurable, creo que no hay otra palabra que lo defina. Castejón literalmente borda el personaje, con una enorme carga de sensibilidad. Maestro del gesto pequeño, apabullante en la escucha, conmovedor en lo corporal, y tremendamente creíble, en una creación mayúscula, que deja bien claro, como desde la verdad y sin grandes aspavientos se consigue la magia. Jesús Castejón me dejó literalmente pasmado ante su poderío actoral, ya de sobra conocido, pero que en "Los chicos del coro" se me antoja especialmente notorio. Todo funciona en su creación, donde el mundo interior de Mathieu se nos muestra en todo su esplendor, abriéndose en canal nuestro actor desde el lugar exacto que el personaje pide. Podría hablar de lo mucho que me conmovió su última escena con Natalia Millán, del tremendo final de la función con una salida de escena que rompe el alma, así como de su peculiar y enternecedora manera de andar, pero eso amigos os lo dejo para vosotros cuando vayáis a ver la función. Lo que hace Jesús Castejón en La Latina, es muy grande señores, un personaje "más grande que la vida", planteado desde la instrospección, la verdad, y el profundo conocimiento del alma humana. No hay más que decir. Musicalmente igual de acertado que en lo actoral, con su característica voz, inconfundible, y clarificando al máximo lo que se nos quiere decir en los cantables. Quiero añadir una pequeña nota sentimental, conocí mucho a sus padres, los adoraba, y fueron unos grandes compañeros de los que aprendí mucho trabajando con ellos. En la primera salida de Jesús Castejón, con su bastón y la boina me pareció revivir la imagen de Don Rafael Castejón en "La Rosa del Azafrán". Ya sabéis lo que dice el refrán "Honra merece quien a los suyos se parece"... en toda la extensión de la palabra.


 

Hay que hacer una mención especial al elenco infantil, acertadísimo en su totalidad, que resulta absolutamente delicioso en sus intervenciones musicales, niños y niñas dan vida a la escolanía de manera impecable, y con gran emotividad. Escuchar ese conjunto de voces blancas, tan empastadas, afinadas y lo que es más importante, tan disciplinados, tiene un efecto maravilloso en el respetable, y nos transmiten una enorme ternura en sus intervenciones. Actoralmente muy implicados, energéticos, y con sus personalidades perfectamente definidas dentro del desarrollo del espectáculo. Es de justicia remarcar el trabajo de dos de los pequeños, Lukas Ljunggren como Pierre, con unos espléndidos solos en los números del coro infantil, y muy especialmente el Pepin de Noa Lucía Álvarez... no hay palabras para definir la soltura como artista, y la ternura que destila el personaje. 

Rodrigo Álvarez en las labores de director musical, insufla de la suficiente sensibilidad a la partitura, consiguiendo sacar lo mejor de la pequeña orquesta que acompaña a los artistas en escena, con tiempos bien medidos, y lectura de sabor deliciosamente teatral, desde que comienza la función.


 

Juan Luis Iborra firma el espectáculo, acertando de pleno en su concepción actoral y visual, siendo el trabajo de altura a todos los niveles. Hay que detacar el estupendo trabajo con el texto que se ha llevado a cabo, en una función que tiene dos peligros, si no se encuentra el ritmo adecuado puede caer en lo moroso, y si el tono no es el correcto puede derivar por los derroteros de la cursilería. Afortunadamente nada de esto ocurre, y para ello hay que remarcar el acertadísimo crescendo dramático del espectáculo, la intensidad de las escenas más comprometidas, y el tono fuertemente realista que todos los personajes destilan. Con estos parámetros, el resultado es el de una función de altísimo voltaje actoral, de gran capacidad para emocionarnos, y que no decae en ningún momento. Iborra empieza despacito, para ir atrapándonos poco a poco, hasta el momento preciso en el que la función nos absorbe para mantenernos absortos hasta su emocionante final. Todo fluye, todo nos lleva al lugar deseado, e incluso los detalles melífluos que el material de base tiene, se presentan espléndidamente servidos de manera natural, sin que nada nos parezca gratuito, o buscando la lágrima fácil. Todo está encarrilado de la manera perfecta para que el espectáculo se encuentre en el punto justo de equilibrio entre lo cómico y lo dramático, sin que en ningún momento se caiga en el melodrama fácil, ya que todo está resuelto con inteligencia, intensidad teatral, y marcadísimo acento entre la tensión lógica de algunos momentos y la sensibilidad a flor de piel que tan tierna historia desprende. 
En lo visual, podemos hablar de una propuesta deslumbrante, plagada de pequeños detalles que cuecen y enriquecen la acción dramática, y que aunque de una historia intimista se trata, no deja de lado la espectacularidad que se le presupone al musical como género. Muy interesante trabajo el de David Pizarro con la escenografía, que aprovecha al máximo una caja escénica con problemas de espacio como es la de La Latina, consiguiendo un espectáculo visualmente sugestivo, elegante y de impactante acabado. Mención especial para las luces, de premio una vez más, de Juanjo Llorens, posiblemente el mejor diseñador de luces que tenemos en este país, así como las adecuadas coreografías de Xenia Sevillano, perfectas para mover el elenco infantil y adulto, en un espectáculo en el que se tiene muy claro que no hay que apostar por los fuegos de artificio, si no por la funcionalidad y la verdad. 

"Los chicos del coro" es un musical, que duda cabe, pero es ante todo teatro de primer nivel, sólido, mágico y emocionante. Salí profundamente conmovido, creo que no hay mucho más que añadir... bueno si, una cosa, IM-PRES-CIN-DI-BLE.