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jueves, 7 de marzo de 2024

The Producers. Festival Llàcer En El Nuevo Teatro Alcalá.

 


Hemos tenido un estreno tardío y esperadísimo, que nos ha animado la cartelera madrileña en la mitad de su andadura 2023-2024, The Producers, Los Productores como se ha conocido hasta ahora el musical en nuestro país. Tenía muchas ganas de disfrutar de este espectáculo, el éxito en Barcelona, el equipo creativo, y su elenco eran sus bazas más importantes, y por supuesto el título, que no se prodiga mucho por estos lares, y de el que guardaba un gratísimo recuerdo dada la estupenda producción que se presentó en la temporada 2006, con escaso éxito, algo injusto, y que sería interesante el dilucidar por qué aquella producción se estrelló en taquilla, pero eso amigos... es otra historia. 

Reconozco cierta debilidad por The Producers, me parece el mejor musical de Mel Brooks, como luego explicaré, y un título sin duda atractivo, para los aficionados al género. En cuanto me surgió la ocasión acudí a verlo, es decir la primera función, ya que la paciencia no se encuentra entre mis escasas virtudes, y el martes pasado en el Nuevo Alcalá que me presenté con ganas de disfrutar, como así hice. Resulta estimable más allá de las virtudes del espectáculo que se represente este repertorio, un tanto inusual en nuestra cartelera, porque Los Productores es un producto netamente "Broadway" en su planteamiento, y que creo que ha vuelto en el momento exacto para que se pueda disfrutar, con la madurez suficiente en cuanto al género en nuestro país, y en la cultura en cuanto a musicales de el público patrio, que aunque parezca que no, ya tiene un bagaje interesante como para apreciar lo suficiente el género en su vertiente más pura, como de este caso se trata. Así que después de esta disertación sobre uno de mis géneros más amados, hablaré de The Producers, que es de lo que se trata.



 

The Producers, musical con libro, letra y música de Mel Brooks en colaboración con Thomas Meehan, tuvo su estreno en Chicago en febrero de 2001, pasando posteriormente a Broadway al poco tiempo después. El éxito de la obra fue arrollador, arrasando en los Tony de ese año, consiguiendo la cifra récord de doce premios, estando en cartel en Nueva York durante seis años ininterrumpidos, y siendo llevada al cine, con sus dos protagonistas de Broadway como reclamo principal. Hay que decir que el musical está basado en a película homónima de Brooks de 1967, protagoniza por Gene Wilder y Zero Mostel, no siendo la primera versión un musical. Brooks es un maestro en el trazo grueso, no apto para todos los estómagos, todo hay que decirlo, pero el éxito de el musical creo que se justifica por varios motivos. El primero y más importante la atroz crítica al mundo del teatro neoyorquino y a los empresarios de dudosa reputación, luego sin duda hay que hablar de una inspiradísima partitura, y por supuesto el desopilante libreto, puro Mel Brooks de principio a fin, con sus virtudes y sus defectos, que funciona como el mecanismo de un reloj, como sátira atroz, despiadada en su planteamiento, y sobre todo alejada de cualquier tipo de corrección política. La historia es simple, un productor arruinado, con la ayuda de un apocado contable, trama un plan para hacer el peor espectáculo de Broadway y forrarse con una especie de estafa piramidal... y hasta aquí puedo leer. Esta premisa nos sirve para que por el escenario desfile toda una caterva de estereotipos del mundillo teatral en su vertiente más grotesca, con la que se denuncia todos los vicios del noble arte de Talía, desde un prisma despiadado y divertidísimo.



 

Mención aparte merece la partitura, hay que reconocer que Mel Brooks se lució con la música, el más puro estilo del Broadway más clásico, que va en total consonancia con el tono de la obra, que por muy descarnada que sea, no deja de ser un enorme canto de amor a Broadway y al mundo del teatro, y sobre todo a sus miserias. La obra de corte ecléctico, recuerda a Herman, algo que no es en absoluto gratuíto ya que Brooks pensó en él como compositor en un principio, los "gallops" tan caracteríticos de Herman se encuentran por doquier, las melodías pegadizas, los números "á grand spectacle" y una arrolladora vitalidad, son las principales carácterísticas de una partitura arrolladora de las que uno se lleva puesta a casa. Varios números son destacables, amén de su tremenda Obertura, es importante reseñar "Ser productor es mi sueño" ya un clásico indiscutible del género, así como el descacharrante "Hazlo gay", y por supuesto el dificilísimo soliloquio de Max en el último cuarto de la función, auténtico tour de force para el actor que le toque en suerte, Armando Pita en este caso. La obra de enorme exigencia para todo el elenco, requiere un alto nivel de canto así como de baile, y de interpretación. Nos encontramos ante un caso clarísimo de triple amenaza por la dificultad que entraña y un elenco de gran solvencia para que pueda ser llevado a buen puerto. 




Vayamos con el elenco.

Todas las pequeñas partes funcionan a la perfección, destacando por extensión Bittor Fernández como Carmen Age-Á-Trois, un todoterreno, espléndido en lo corporal, de indudable comicidad, y muy bien timbrado en lo musical, con peculiar presencia e indudable magnetismo escénico, en un personaje bombón y de gran dificultad. También hay que destacar a José Luis Mosquera, muy conocido entre los aficionados, como Franz Liebkind, que dotó de oficio y enorme comicidad a uno de los papeles más recordados de la función, como nazi recalcitrante.

Oriol Burés, como Roger De Bacle, inconmensurable como es habitual, en un papel con ecos de la Zsa Zsa de La Jaula de Las Locas, que le va como anillo al dedo. Extremado, energético en grado sumo, atronador cantando, apabullante, se merienda a todo el mundo cuando aparece en escena. Manda en todos los momentos sin problema, afrontando el papel desde la bravura y sobre todo con un conocimiento de los resortes de la comedia milimétrico. Burés me parece uno de los actores más notables del género en nuestro país, tremendamente disciplinado y con un carisma indudable. Para la posteridad el final de el primer acto, antológico a todas luces, y por supuesto su número principal, "Flores para Hitler" realmente impactante, pero sobre todo lo que hay que destacar es la manera tan magistral con la que Burés controla al público que literalmente come de su mano en todas sus intervenciones. 

Mireia Portas, como Ulla. Ya vista anteriormente en Cantando Bajo La Lluvia, Portas de personalísimo estilo borda el papel, en una concepción diferente al original, y que nuestra actriz hace suya de manera impecable. Rapidísima en las respuestas, siempre implicada, generosa con sus compañeros, y con esa peculiar manera de entender la comedia, que a mi personalmente me resulta irresistible. Portas más allá de la obvia comicidad del papel, hila muy fino con pequeños detalles que enriquecen muchísimo la personalidad de Ulla, que perfilan perfectamente un personaje con más aristas que las que el material original ofrece. Hay una cosa que me resulta muy definitoria de su manera de hacer, todo lo que va ocurriendo de manera soterrada, que precisa de estar muy atento para no perderse ni una coma de una creación tan rica y matizada como la que lleva a cabo. Todo está medido, todo está encajado, todo asimilado con organicidad, y por tanto todo funciona a la perfección, siendo el resultado sólido y de una pieza. Como artista de musicales, me parece muy completa, canta bien, actúa de maravilla, y baila que da gusto verla... no se puede pedir más. 

Ricky Mata, como Leopoldo Bloom. Mata entiendo que ya consagrado como uno de los grandes activos de la profesión, muestra su ductilidad en un papel alejado de la explosiva comicidad de otros trabajos suyos, siendo el resultado el de una creación más profunda y matizada, de un personaje con unas exigencias actorales que quizás en otras ocasiones no eran tan elevadas. Comedido, sobrio, rezumando ternura y verdad, nos presenta un tipo gris, un tanto neurótico, pusilánime y de rasgos infantiloides, realmente delicioso. El detalle de la mantita azul es una verdadera genialidad. Los tics y reacciones a ciertos momentos, y por supuesto su control de la disciplina gestual son sin duda notabilísimos. Resulta muy interesante ver su evolución como artista, yo lo descubrí en Los Quintana y no me pasó desapercibido, pero es que el nivel en el que se encuentra es literalmente estratosférico. Musicalmente nos encontramos al mismo nivel de excelencia que en el actoral, su número principal, el icónico "Ser productor es mi sueño" está impecablemente servido, su desplante escénico espectacular, y esa bajada de escalera se queda grabada en la retina por mucho tiempo. Larga vida a Ricky Mata en nuestros escenarios... intuyo que nos va a dar muchas noches de gloria. 

Armando Pita como Max Byalystock. Rotundo y contrapeso perfecto al apocado Leo de Ricky Mata. La química entre los dos en indudable, y su trabajo se encuentra enormemente compensado. Pita de carácter más explosivo que su coprotagonista, resulta solidísimo en el personaje más difícil de la función. Desde un tipismo muy marcado, Pita lleva al personaje desde el exterior para definirlo, manteniendo cristalina su psicología, muy reconocible en sus actitudes, y con una carga de mala baba notable. El tono paródico del papel está muy conseguido, y su extremado acabado va en total consonancia con lo que Max pide y ofrece. Como artista avezado del género controla perfectamente los desafíos del papel, desde su difícil escena de salida, hasta el intrincado soliloquio de la cárcel, que desmenuza de manera magistral siendo el resultado realmente asombroso y de una riqueza artística indudable. Hay que destacar también la inteligencia con la que aborda el papel, sabiendo dónde y como cargar las tintas, y dónde replegar velas para luego volver con la artillería pesada. Interpretación bien pensada, pulcra, de enorme implicación, y esforzada, que sin duda debe ser reconocida en su totalidad. 

Hay que destacar sin duda la labor del conjunto, que están al nivel de un musical que muerde, agotador, difícil, en el que las coreografías son de gran dificultad, y que se encuentran ejecutadas de manera impecable. También es destacable el buen nivel musical que poseen, en una partitura con momentos comprometidos para el conjunto, que se encuentran perfectamente interpretados. Nos encontramos ante un conjunto disciplinado, que se nota que disfruta enormemente de su trabajo, y que redondea de manera ideal el elevado nivel artístico del espectáculo. 

Gerard Alonso al frente de la orquesta saca un sonido de gran espectacularidad, con unas dinámicas muy conseguidas, y con un delicioso regusto a Broadway, que acompaña a la perfección todo lo que ocurre en escena. Hay que reconocer que se agradece muchísimo una orquesta de estas características en una partitura de acabado tan clásico como es el de la función, que resuelve de manera muy brillante una música deslumbrante y vitalista.



 


Àngel Llàcer al frente del espectáculo lleva a su terreno "The Producers" y a su particular universo, hay que dejar claro que estos Productores están alejados de la producción original, teniendo una impronta muy marcada del director de escena, con algunos cambios con respecto al original en cuanto a estructura de la obra (inicio del segundo acto), la visión de "Flores para Hitler" y el enfoque de algún personaje, especialmente Ulla, algo entendible, ya que el original y su estereotipo machista creo yo que no se sostiene en la actualidad, por tanto si se espera ver una producción ortodoxa se puede salir decepcionado, aunque a mi particularmente no me molestó en absoluto, y me pareció que en algunos momentos la función roza la genialidad. A pesar de esto que cuento hay que decir que algunos momentos son puro Mel Brooks, especialmente el número que se dearrolla en "Reumalandia", y un juego escénico con ciertos besos voladores, que me parecieron un claro homenaje a "El jovencito Frankenstein". Me gustó la apuesta de Llàcer, excesiva y barroca como su personalidad, y con varias cosas destacables. Lo más importante es la energía tan buena que desprende el espectáculo. Llàcer lleva a su elenco al límite, actoral, musical y escénico, en un espectáculo frenético, de vertiginosos cambios y ritmo, de aparente, solo aparente, caótico acabado, y con cierto regusto a La Cubana en algunos momentos, aunando de manera acertada momentos del Broadway más clásico, con otros del más delirante vodevil, pasando por un regusto arrevistado que a los que amamos el género nos sabe a gloria, sin darnos un momento de respiro al respetable desde que empieza la función hasta que acaba. Llàcer es muy consciente del material que tiene entre manos, sabiendo que The Producers es una comedia bruta, muy física, y muy dura también, de ahí el enfoque y las licencias que se toma, para acercarlo al público actual, cargando las tintas en ciertos aspectos quizás menos evidentes en la obra original. El tono pretendidamente queer, desprejuiciado e irreverente están en el material original, y Llàcer los potencia acercándolos a nuestros tiempos, en un libreto que quizás no ha resistido el paso de los años tan bien como el de otras obras, y en el que se me antoja necesaria una revisión, no sé si esta es la mejor, pero si que me pareció válida, y coherente, manteniendo a todas luces la esencia de lo que Mel Brooks quiso contar. Nuestro director, lleva el espectáculo exactamente al lugar en el que lo quiere posicionar, sirviéndose para ello de un aire de astracanada en todas las interpretaciones, a excepción del personaje de Leo, más comedida y en un código más interiorizado, que sirve muy bien como contrapunto ante tanta locura, y que se encuentra muy bien integrado en el estilo interpretativo de la función. A nivel técnico mantiene los estándares de calidad habitual de la compañía, creo que podemos hablar de compañía pues el equipo habitual se encuentra en esta producción, con unos cambios bien medidos, limpios, siempre elegantes y de una sabiduría teatral realmente encomiable, que marcan la estética de todo lo que Llàcer toca, que si algo caracteriza a sus producciones es el siempre inteligente uso del espacio escénico, y el conseguir que todo luzca con momentos de enorme empaque visual. Solo se puede achacar una cosa, y es que resulta un poco previsible en algunos momentos si se han visto los anteriores espectáculos de Àngel Llàcer, pero hay que reconocer, que los resortes ya familiares, funcionan y hacen las delicias del respetable. Mención especial para las inteligentes y paródicas coreografías de Miryam Benedited, el grandísimo diseño de luces de Albert Faura, y el delirante trabajo en los figurines de Marc Udina Durán, una fantasía en la mayoría de los casos, salchichones incluidos... 

Estos Productores son una fiesta, un chute de energía brutal, y sobre todo un ejercicio de "buenrrollismo" tremendo, que nos pone las pilas, por su intensidad cómica y su vertiginoso acabado, que denotan un enorme conocimiento no solo del musical como género, si no de la comedia y de la carpintería teatral, con sus trucos y sus golpes de efecto, que tanto gustan y que tan bien funcionan, siendo el resultado fresco, y sobre todo en los que parece que hay mucho de improvisación, cuando realmente todo absolutamente, está medido y calculado hasta la extenuación, todo un "festival Llàcer" sin discusión. Están solo diez semanas...avisados estáis.



 


martes, 5 de octubre de 2021

"Grease" Revisando El Clásico.

 

"Grease" ha vuelto a nuestras carteleras, es quizás el título más recurrente de todos del repertorio de musicales en nuestro país, y posiblemente el que más veces se ha representado. La primera vez que vi "Grease" en teatro fue en la producción de Luis Ramírez del 98 (aparatosa, carísima y aburridísima), y a pesar del enorme fracaso que supuso aquel proyecto, los empresarios teatrales siempre han tenido fe en la obra y sobre todo sus posibilidades comerciales, poniéndose en pie tantas veces después de aquel fiasco, que un servidor ya ha perdido la cuenta del número de veces que he visto este musical. "Grease" forma parte de nuestra vida, los que la vieron en su momento porque los llevaba directamente a su adolescencia, y los que posteriormente la volvimos a ver, que si bien en los años 50 no habíamos nacido, si que en los 90 tuvimos la oportunidad de introducirla en nuestra nostalgia colectiva. 

El público cuando ve este musical se sabe las canciones de memoria, se sabe los diálogos de memoria, y lleva a sus hijos a verlo para que descubran una obra que para ellos (nosotros) fue mítica, esperando que también lo sea para las futuras generaciones, algo que posiblemente ocurra, ya que sus canciones siguen sonando y me da a mi que lo seguirán haciendo. 

Cuando se planteó que se iba a hacer de nuevo, reconozco que me dio pereza, por la de veces que la he visto y la de veces que se ha hecho, pero a medida que se fueron avanzando detalles de la producción me fue picando la curiosidad. Lo primero que se planteó es que iba a ser la primera vez que se iba a representar con actores en la edad que se les supone a los protagonistas, después una revisión estética completa en la que se huiría del referente principal que es la película, y por último el volver a hacerla en gran producción ya que después de la del 98, siempre se había puesto en pie en medio formato, sin grandes alardes escénicos, a esto hay que añadir una revisión del texto original en la que se pondera la figura de la mujer, de forma más acorde con los tiempos que corren. Visto todo esto y vistas las primeras imágenes del montaje, decidí que no me la podía perder, así que ayer me acerqué al Nuevo Alcalá dispuesto a pasármelo bien y sobre todo dejarme sorprender... la cosa funciona a medias como iré desgranando en la siguiente crítica.



 

El caso de "Grease" es curioso, el musical se ha visto fagocitado de manera inclemente por la icónica película de Randall Kleiser, que difiere bastante de la obra original de 1971, manteniéndose como versión standard la del film, con sus canciones añadidas, sus cambios con respecto al libreto original, y con su estética tan marcada como referencial. La versión original de "Grease" se estrenó en Chicago, y fue producto de una compañía de teatro independiente, para llevar a cabo el musical, Jim Jacobs y Warren Casey se basaron en sus experiencias de juventud en un instituto de Chicago durante los años 50 del siglo pasado. El éxito de la obra fue brutal, y de ahí el salto a Broadway era solo cuestión de tiempo, donde se mantuvo en cartel durante ocho años, llevándose varios premios en su momento. Después vino la película... y el resto es historia.



 

La adaptación que se está representando viene firmada por David Serrano, y aquí es donde empiezan los problemas. El secreto de "Grease" no está en su libreto, no es "El rey Lear" precisamente, ni en una partitura de altos vuelos, el secreto es el tono paródico que destila, la mala baba nada soterrada que se vislumbra, la burla a los estereotipos de los años 50 en cuanto a roles sexuales se refiere, y a la forma de ver la vida en aquella época. Todo eso se ha esfumado, o sacrificado por dar valor a los personajes femeninos, y por aquello de lo politicamente correcto, yendo completamente a la contra de la esencia de la obra. Cierto es que hay conductas en el material original que nos pueden chocar, el baboseo continuo de Vince Fontaine, la aparente falta de carácter de Sandy, el machismo tan exacerbado de los T-Birds, o la frivolidad de las Pink Ladies, pero amigos, la forma de cambiar eso no está en quitarlo del texto, está en mostrarlo de forma que se vea que aunque antes era así, no está bien, y que los tiempos que corren condenan esas conductas. Hay una cosa que no se nos debe olvidar, en el "Grease" original, al final la que se sale con la suya es Sandy, Rizzo se muestra como una mujer fuerte y valiente y los personajes masculinos son caricaturizados hasta el ridículo. Todo eso ha desaparecido, el recorrido de Sandy se pierde por el camino, ya que desde el principio se nos presenta como una chica de carácter y en general toda la mala baba se ha suavizado, siendo el resultado una función ambientada en los años 50 con unos adolescentes que se comportan como lo hacen los de 2021. Por tanto se ha empobrecido el material original, en aquello que precisamente destacaba, y se ha convertido en una mera historia de amor con pinceladas de humor, que no acaban de cuajar, perdiendo gran parte del encanto de la obra original. La infantilización de "Grease" con el paso de los años es un hecho, llegando al paroxismo en esta nueva versión, algo que yo entiendo desde el punto de vista comercial por aquello de ampliar el espectro de público potencial, pero que a mi personalmente me apenó bastante ya que se han limitado mucho las posibilidades de la obra tanto a nivel dramático como actoral. "Grease" nunca se planteó como una comedia de humor blanco, y si como una revisión adulta de los tics de una época y sus convenciones sociales, desde un punto de vista ligero, que duda cabe, pero con sus retazos de ironía que sin duda es lo que le dan chicha a la función. Así que si vais a ver este "Grease" pensad que es otro punto de vista de la función, a mi entender descafeinado, y eso si... para todos los públicos.



 

El elenco, numerosísimo se sostiene en su mayor parte por alumnos de la escuela de musicales que SOM Produce ha puesto en pie el año pasado y que apunta maneras en cuanto a cantera de nuevos artistas del género se refiere. Hay que destacar la juventud y entusiasmo de todo el reparto, que si bien es cierto, se entrega a tope en el espectáculo, en algunos casos todavía se encuentran un tanto verde a la hora de afrontar un musical de esta envergadura. Todo el elenco tiene un elevadísimo nivel en la disciplina de danza, y aportan un tremendo empaque al espectáculo, que llenan con su energía el escenario del Nuevo Alcalá, muy especialmente en la escena del concurso de baile. 

Dentro del gran número de pequeños personajes que tiene la función destaca la Marty de Mia Lander, impagable en sus momentos con Vince Fontaine, repitiendo todo lo que su ídolo dice, fue una de las actrices que más gracia me hizo, así como por su número musical, bien servido y muy bien movido. También destaca Sonia Vall como Frenchy, muy alejada del estereotipo del personaje pero sin duda le funciona, con grandes dosis de verdad y ternura. Entre los chicos se desdibuja un poco la cosa, ya que no se encuentra bien definida la personalidad de cada uno, aunque el Doodye de Lucas Miramón me gustó con algunas frases muy bien encajadas entre las escenas de conjunto. 

La pareja formada por Ana de Alva y Jan Buxaderas, como Rizzo y Kenickie respectivamente, funciona, aunque a de Alva le falta todavía peso escénico para llegar al carácter de Rizzo. Donde mejor se aprecia el personaje es en su número musical, y posterior escena con Sandy, ya que logra crear una atmósfera muy particular y acertada de ese momento. La voz de especial timbre, resulta adecuada para el papel, y no está mal manejada. Jan Buxaderas si que brilla y mucho en todas las disciplinas, cantando su número principal cargado de energía y gran control del instrumento. Buxaderas me pareció el más sólido del elenco joven, y reconozco que me encantaría verlo como Danny, sin duda está preparado para el papel. 

Victor Massan como Vince Fontaine, me resultó irregular en lo actoral, y estupendo en lo vocal. No parece cogerle el aire al papel, que debe mandar en sus escenas, faltándome presencia y carisma, aunque si es cierto que en momentos puntuales, especialmente cuando apela a la nostalgia y al amor de juventud, si que hay cierto peso actoral. Pasa bastante desapercibido durante la función, cuando debe de ser una de las estrellas, y su número, deslucido en los escénico no salva las carencias de su trabajo, que yo creo que se encuentra mal enfocado desde la dirección. Posiblemente unas directrices más claras sobre el personaje le hubiesen ayudado a encontrar su sitio, ya que en general parece descolgado del resto del elenco, sin encontrar su sitio en la función. La voz bien timbrada, resolutiva en el agudo y con buenos final de frase si que se adecúa al personaje sin el menor problema.

Lucía Pemán y Quique González, como Sandy y Danny respectivamente, también acusan cierta falta de carácter, no tan marcada como en otros personajes, pero si que me faltó peso escénico, algo que es una tónica en la función. Pemán convincente y menos sosa de lo que suele presentarse el personaje, tiene una voz muy bonita que se ajusta a la vocalidad de Sandy, donde más flojea es en el número final, ya que no vi a la Sandy "dura" que cambia para sorprender a su chico, es la misma Sandy de toda la función, solo que vestida de manera diferente. González, con buena presencia salva los trastos en lo actoral, aunque un poco más de comicidad no le vendría mal, en un personaje muy bien controlado en lo corporal, quizás un poco justo de carisma, y que funciona más como héroe romántico que como parodia de chuleta de tres al cuarto, algo que quizás no sea culpa suya, si no del tratamiento actoral de todos los personajes. En lo vocal un tanto irregular, no acabó de rematar satisfactoriamente su famoso Sandy, si bien es cierto que la voz apunta maneras, todavía no está madura para afrontar según que momentos. Me gustaría remarcar una cosa que se extiende a la mayoría del elenco joven con números en solitario, el manejo de la voz en general no es el adecuado, y creo necesaria una revisión con un coach que les marque las directrices vocales de cada número, ya que ninguno acaba de ser rematado del todo por cierto descontrol de los instrumentos de cada artista.



 Hay que destacar la estupenda lectura musical por parte de Joan Miquel Pérez, que dirige la orquesta con gran pulso, un sonido espectacular, de gran impacto teatral, y que acompaña perfectamente no solo los números musicales, si no también la acción dramática. Muy pendiente de los artistas durante toda la función, sin duda, su trabajo pasa por un mimo y un cuidado exquisito del material original. 




El espectáculo viene firmado por David Serrano, y hay que diferenciar muy claramente la propuesta escénica y visual, con el tratamiento actoral, ya que nos encontramos ante un espectáculo de impactante acabado, gran formato, sorpresiva resolución de cada escena (en casi todos los casos), y una función con un pobre planteamiento actoral que no acaba de pillarle el punto al material original.

El mayor acierto de este "Grease", recae sin duda en el concepto visual, completamente alejado de la película, responsabilidad en parte de la monumental e inspirada, aunque un tanto limitadora, escenografía de Ricardo Sánchez Cuerda. A este respecto destaca la escena del baile, muy imaginativa y de espectacular acabado. También resulta acertado el vestuario de Ana Llena colorido y bien adaptado para las múltiples coreografías que trufan el espectáculo. Los problemas surgen en el enfoque que se le ha dado a la función, se han limado, en exceso para mi gusto, los estereotipos que "Grease" plantea, quedando en general todas las interpretaciones un tanto planas. Me faltó chulería en líneas generales, y ciertos personajes que en la trama se deben plantear como más extremados pasan muy desapercibidos diluyéndose el carácter de los mismos. Los chistes no acaban de funcionar, y en las escenas en las que muchos personajes hablan juntos, hay cierta tendencia a ralentizar el texto, con pausas entre los bocadillos que lastran el ritmo de la función. El resultado el de un espectáculo un tanto apagado, que si es cierto, se suple con la entrega y energía del elenco, pero falta chicha actoral en general. Otro problema que nos encontramos son las transiciones, sorprendentemente torpes para un espectáculo de esta envergadura, ya que no parecen fluir lo suficiente, restándole agilidad a la función. Se abusa del oscuro en los cambios, y quizás las mutaciones vistas hubiesen sido un mejor recurso para aligerar la función. Hay dos momentos en la función que me sorprendieron por su falta de fuerza, el número del Ángel, a mi entender un "Viva Cartagena" en toda regla, no llega a la expectativas, y no se encuentra arropado ni en el aparataje escénico ni en la coreografía, así como el mítico "You´re the one what I want", sorprendentemente desangelado, y poco espectacular como final de obra. Mejor resuelto a todas luces se encuentra el número principal de Rizzo y la escena posterior, así como toda la escena de la fiesta de pijamas. Otro de los aciertos se encuentra en el entrenamiento de Danny Zuko, único momento de la función en el que se sentí que el espíritu de "Grease" se encontraba muy presente. David Serrano no le pilla el punto a la función, y su intento de actualizar el humor de la función no acaba de cuajar, y los chistes parecen lavados, blanqueados y centrifugados, quedándose en una bonita dosis de chapa y pintura, aséptica e inmaculada, y con poquísima chicha teatral. Quizás "Grease" no necesita que se la tome tan en serio, y en vez de envolverla en cierta pátina de didáctica moralina, debería dejarse como lo que es, una comedieta con su puntita de mala baba, mucha retranca, y ligereza festiva. El resto del trabajo ya lo puede hacer el espectador por su cuenta, que sin duda es capaz de discernir que los comportamientos no son los mismos ahora que en los años 50. Si esto se hubiera planteado así, la función hubiera ganado unos cuantos enteros, y teniendo en cuenta la infraestructura del espectáculo, quizás nos podríamos haber encontrado con la producción definitiva del musical en nuestro de país. Dado el enfoque nos hemos quedado en un espectáculo monumental en lo visual, y un tanto olvidable en lo demás, que no deja huella, aunque se disfruta de forma agradable, leve y más intranscendental de lo que la obra en si ya lo es. 

Mención especial para la coreografías de Toni Espinosa, que si bien es cierto pecan de repetitivas, están tan bien resueltas, y desprenden tanta fuerza que son uno de los grandes activos de la función, así como para las luces de Juanjo Llorens, que visten a la perfección el espectáculo en todos los cuadros que se presentan.



Este "Grease" de impecable factura, se puede disfrutar como la gran producción que es, la verdad es que da gusto ver ese escenario tan lleno de artistas, después de este periplo de espectáculos de medio o pequeño formato, y si de pasar la tarde se trata, sin duda el cometido está logrado. Pero... se ha perdido la oportunidad de realizar el "Grease" definitivo, o aquel que deje una huella indeleble en el que lo vea, una pena, porque esto que planteo se puede subsanar con un par de retoques que refuercen y sobre todo carguen de chicha al espectáculo.  


*Si alguien considera que alguna de las imágenes utilizadas en este blog, está protegida por copyright, ruego me lo comunique para retirarlas a la mayor brevedad posible.




sábado, 26 de diciembre de 2020

"Un Día Cualquiera", Un Trocito de Nueva York En Madrid.


Hay obras que consiguen transmitirnos de forma muy patente la esencia, o el espíritu de aquello que se nos quiso plasmar, cuando esto ocurre la magia surge, y en un efecto asombroso la obra en cuestión consigue transportarnos exactamente al lugar físico o emocional pretendido, convirtiéndose en una experiencia que trasciende lo teatral para pasar a ser algo más profundo, enriquecedor y placentero que en otros espectáculos menos inspirados. Esto que puede parecer una obviedad, es difícil de conseguir, y se deben dar una serie de felices coincidencias para que esto ocurra. Sin ninguna duda la música, catalizadora universal de las emociones humanas y reflejo de nuestra memoria sensitiva, es la herramienta perfecta para que esto ocurra, ya que su capacidad descriptiva es superior a la de otras artes, por un motivo claro, nos llega directamente al subconsciente, y nos permite sumergirnos de forma casi subliminal en aquello que se nos quiere contar. Sostengo que el teatro musical, entendiendo como teatro musical todo aquel en el que se canta independientemente de su estilo, es el más completo y el que mejor funciona como reflejo del alma humana, siempre y cuando el material esté a la altura de lo que se nos quiere contar, siendo esto que planteo más que evidente en "Un día cualquiera" musical de pequeño formato, que se está representando los lunes en la sala pequeña del Nuevo Alcalá, que tuve oportunidad de ver hace unos días, y que ha sido una sorpresa mayúscula, atreviéndome a afirmar que nos encontramos ante el musical más interesante de este extraño año, parco en teatro, y en el que dicho género se encuentra en un inpasse que por el momento parece difícil de solucionar. Hay que entender que por ahora no es el momento de producciones fastuosas de elencos grandes y enorme aparato escénico, por tanto lo correcto es apostar por obras de pequeño formato, de calidad y cuidado acabado. Ya vendrán momentos mejores en los que se podrá afrontar grandes producciones, que no siempre son sinónimo de calidad, ojo, pero que si que funcionan como ejemplos de la grandiosidad que se le presupone al género. Para consolidar el género, y que siga en la memoria del espectador se me antoja imprescindible, en estos momentos, apostar por la calidad más que por la cantidad, si se sigue esta línea, se va por el buen camino. Y lo que vi el lunes, sin duda apuesta de forma inteligente por el género, sin prescindir de sus señas de identidad, y contándonos cosas que nos llegan muy dentro. Vivimos tiempos de introspección, en los que las historias pequeñas son las que nos llegan de forma directa, y precisamente ese es el acierto de "Un día cualquiera". Historias sencillas, de gentes sencillas, como todos, y que tan importantes son cuando solo nos queda eso. 


"Ordinary Days" con música y letras de Adam Gwon estrenado en el "Off Broadway" en 2008, lleva varios años dando guerra por diferentes países, en distintos idiomas, siempre representado con gran éxito en el que varios factores son a tener en cuenta para entender el éxito de la obra. Nos encontramos claramente ante una pieza camerística, de inspiraciones intimistas, en la que la que la partitura ocupa la mayor parte de la función, ya que nos encontramos ante un musical practicamente cantado en su totalidad. La historia es sencilla, cuatro personajes con dos historias aparentemente separadas, una de amor y la otra de amistad, cuyas vidas se cruzan, aunque ellos nunca lo sepan, en un momento puntual e importantísimo en su desarrollo personal. Prefiero no profundizar en exceso en lo que se nos cuenta, ya que me parece muy importante el factor sorpresa para disfrutar la obra en toda su extensión. No nos engañemos, no hablamos de unos personajes cargados de épica, o con una historia personal ejemplar, o que vayan a pasar a la posteridad por algo que hayan hecho, no. Son personas normales, adorables, completamente humanas, y muy reconocibles para el espectador,  que asiste a su día a día, enternecido, divertido, y en no pocos momentos emocionado, ante un ejercicio de cotidiano costumbrismo cargado de humanidad y "buenrollismo" de marcado interés teatral y musical, en el que brilla la partitura y la historia a partes iguales, dándose uno de esos felices encuentros en los que todo fluye de maravilla.



La música, netamente urbana, como el musical en si mismo, tiene indudables influencias de Stephen Sondheim en su concepción melódica, de gran dificultad para todo el elenco, y que por un lado sirve a la perfección para definir la psicología de cada personaje, y sobre todo para exponer de forma muy clara cada situación escénica, y las emociones de cada rol. Nos encontramos ante una obra de carácter intimista en la que los solos tienen vital importancia, y que precisamente sirven para definir la burbuja en la que cada rol se encuentra, siempre con un trasfondo amable, y con el sempiterno Nueva York como escenario, que se ve reflejado en la partitura de forma magistral desde la primera nota hasta la última. La obra en lo musical se encuentra perfectamente hilada, con gran coherencia, siendo todos los números una especie de prolongación del anterior, en los que se va desgranando la historia de forma impecable, cargada de profundidad, comicidad en no pocos momentos, y sobre todo una extrema sensibilidad que no hace más que reafirmar el hecho de que la música es el recurso ideal para plasmar el alma humana.



 

Vayamos con el elenco:

La obra se sustenta en cuatro actores, adecuadísimos para cada rol, y de un elevado nivel tanto actoral como musical, siendo un acierto la elección del elenco a todas luces, que enriquece todavía más el estupendo material de base del que se parte. 

Lydia Fairén, como Claire.

Espléndida, en el que quizás sea el personaje con mayor complicación a todos los niveles en la función, tanto musical como actoral. Fairén elegantísima y dotada de un magnífico desplante escénico, consigue que afloren todas las capas de un personaje de complicada vida interior, y que acusa una falta de comunicación muy notoria, en el que el pasado pesa mucho a la hora de afrontar su relación sentimental actual. Resulta deliciosa en sus momentos más cómicos, impagable la escena del taxi, y profundamente conmovedora en el giro final de la obra. El arco del personaje está perfectamente delimitado, y poco a poco vamos entendiendo lo que le ocurre, de forma clarísima y bien planteada, sin llegar al desmelene en ningún momento, en un ejercicio de contención encomiable y cargado de verdad. La voz resulta perfecta, muy matizada, y describe de forma adecuadísima el carácter sensible e introspectivo de Claire, bonito timbre, afinadísima, y supliendo los desafíos de la partitura, que no son pocos, de manera admirable. 

Nacho Brande, como Jason.

Brande plantea su personaje desde la bonhomía y la sensibilidad, en un personaje profundamente enamorado, tierno, y de gran nobleza, de aquellos que nos queremos llevar a casa desde que sale a escena. En un código muy marcado de galán contemporáneo, y con momentos de gran lucimiento durante la función. Brande brilla mucho en los gestos pequeños, definiendo muy bien su relación con Claire, cuando le huele el pelo mientras está hablando con ella es uno de esos gestos que nos dicen tantas cosas sin necesidad de hacer nada más, la verdad está ahí, así como las miradas que pone sobre su amada, que son oro molido. Sentimos mucha empatía hacia su personaje, que nos inspira ternura y algo de piedad, ya que nos parece que no se merece la frialdad de Claire, aunque luego entendemos todo, y por supuesto sabemos que él la va a entender, va en su carácter, tan bien definido por nuestro actor. En lo musical, más que correcto, con una bonita voz de tintes atenorados, y que en su tema principal resulta emotivo y cercano a partes iguales. Igual de matizado que el resto de sus compañeros, apuesta por la verdad, con sentido de la musicalidad, y huye de los fuegos artificiales gratuitos, primando siempre la intención al lucimiento, algo que consigue precisamente que se luzca más, ya que la interpretación se ve enriquecida de manera exponencial a lo largo del espectáculo. 



Laura Enrech, como Deb.

Un torbellino, en el personaje de más connotaciones cómicas del espectáculo, y cuyo desarrollo junto con Claire es el más interesante a nivel actoral en el texto. Enrech consigue que un personaje que en un principio puede caernos antipático, con valores como el individualismo muy marcado, la ambición, y el tener una vida perfectamente planeada, de repente cambian para aflorar en ella, una serie de sentimientos que no se veía capaz de sacar a relucir. Impagable en sus escenas ante el ordenador, consigue sacarnos más de una carcajada durante la función, en un personaje que dice las cosas como si tal cosa, pero que sin duda encuentran el efecto buscado. Corporalmente magnífica, con cierta tensión que define al personaje a la perfección, sirve una interpretación inteligente, medida, y muy bien planteada desde su primera escena. Vocalmente impoluta, espléndida en el fraseo, afinadísima y muy ajustada al acompañamiento musical, sirvió una velada de calidad a todos los niveles, en un personaje quizás un poco más extremado que los de sus compañeros, y que sirve de contrapunto perfecto al resto del elenco. 

Oriol Burés, como Warren.

Burés ya tuvo un notable triunfo como alternante de Zaza en la estupenda "La jaula de las locas", y en "Un día cualquiera" demuestra de nuevo su solidez y grandes aptitudes para el musical, en una obra que le permite un gran lucimiento a todos los niveles, y en el que su poderoso instrumento de corte baritonal, se ajusta a la perfección a la vocalidad de Warren. Nuestro actor lleva a cabo a una interpretación vitalista, de un personaje bonachón, puro optimismo en su concepción de la vida, y que sirve de catalizador para cambiarle la vida a sus compañeros de función. Dotado para la comedia, enternecedor, y transmitiendo bondad, ofrece una sólida interpretación actoral, alejada de estridencias y muy creíble en toda su amplitud. En lo musical destaca en todos sus números, aunque reconozco que ya me ganó en su primera intervención, que resulta muy definitoria sobre el tono de su trabajo y del musical en general.

Hay que hacer una mención especial a  Carlos Calvo en la labor de pianista del espectáculo, que no solo se remite a acompañar a los cantantes, si no a infundir a la partitura de unos matices interesantísimos en el apartado meramente musical, dotando de gran empaque a la lectura de la obra. 

La dirección musical corre a cargo de Gonzalo Fernández, resultando acertadísima, en la que priman los matices en los cantantes, y una cuidadosa lectura, en la que se resalta lo mejor de la partitura y cada momento tiene el aire requerido para que todo funcione a la perfección, siendo el resultado el de una lectura dinámica, sensible y llena de teatralidad. Hay que hacer mención a la estupenda traducción de Marc Gómez, cuidadísima y cargada de musicalidad, que no cae en los habituales extraños lingüísticos que a veces nos encontramos cuando se traducen los musicales a nuestro idioma.




Vayamos con la dirección escénica. 

Meritxell Duró y Ferrán Guiu firman el espectáculo, siendo un acierto la visión de ambos directores, que ofrecen una función elegante en lo visual, bien estructurada, limpia y muy bien explicada. Es importante entender que pequeño formato no debe ser sinónimo de pobretón, en este caso sin duda los elementos con los que se cuenta son suficientes para armar la función con el necesario empaque visual como para considerar que nos encontramos ante un espectáculo de cuidado acabado, inteligente factura y muy bien resuelto. En la parte actoral prima la naturalidad, en unas interpretaciones muy conseguidas, siempre a favor de la historia, y siempre en su punto justo, para no pasarse de rosca. No nos encontramos ante una función de recursos facilones en lo cómico, o falsa impostación en lo dramático, pero... nos reímos durante gran parte del espectáculo, sonreímos de principio a fin, y se nos escapa la lagrimilla en un par de momentos perfectamente medidos e integrados en la historia. Todo se presenta con la sencillez que el texto plantea, siendo esa una de las principales virtudes de "Un día cualquiera", su ausencia absoluta de pretensiones, apostando por la verdad como arma principal, y unas acciones escénicas muy bien planteadas, que justifican absolutamente todo lo que ocurre en escena. Los vínculos entre los personajes, en este espectáculo se me antojan cruciales para el buen funcionamiento del mismo, se plantean de manera impecable y francamente inspirada. La función está tratada con enorme sensibilidad, dando la sensación de estar viendo una pequeña joyita, cuidada hasta el más mínimo detalle, en la que brilla todo aquello que debe brillar, es decir, unos personajes deliciosos, una música excelente, y una historia lo suficientemente potente como para mantenernos pegados a la butaca desde que comienza el espectáculo. Pero, sobre todo lo que hay que destacar más allá de cualquier disquisición técnica es que la función desprende un amor, una frescura, y sobre todo una forma conmovedora de entender y engrandecer "aquellas pequeñas cosas", que diría Serrat, que son las que nos engrandecen como personas. "Un día cualquiera" es ese tipo de función tan especial, que a la salida consigue que nos sintamos mejores personas, en estos tiempos de mezquindad y de un gris marengo que todo lo impregna, me parece una labor absolutamente maravillosa, y cargada de mérito. 

"Un día cualquiera", es un musical excelente, tanto a nivel artístico como en lo que en él se nos cuenta, y en el que una comedia con tintes dramáticos sirve como espejo de todos nosotros, siempre con una gran protagonista de fondo, la colosal, inigualable, y amadísima por un servidor... Nueva York. 



martes, 8 de mayo de 2018

Las Chicas Del Zapping, Las Que Tienen Que Servir.

Fonomímica. (De fono- y mímica). 1. f. El Salv. Arte que consiste en fingir que se habla o se canta, mientras suena un sonido previamente grabado.
Esta es la definición del DRAE de la palabra fonomímica  que creo que no es muy conocida aunque si que hayamos disfrutado de este curioso arte en múltiples ocasiones. La fonomímica es lo que conocemos como playback, anglicismo un tanto añejo, que solemos asociar a la interpretación de números musicales pero que también se puede aplicar a escenas habladas, y que en algunas ocasiones da lugar a espectáculos enteros basados en esta difícil técnica que precisa de gran número de ensayos, pulcritud extrema en el trabajo y poco margen a la improvisación.
Los Quintana son expertos en fonomímica, y quizás sean la compañía mas famosa dedicada a ella, mezclando transformismo con sincronía de labios en sus espectáculos siempre desde un punto de vista cómico, y con cierto aire cabaretero muy particular, lo que hace que sus shows tengan una impronta muy personal y reconocible para el espectador. De reconocido éxito en Madrid, han vuelto con "Las chicas del zapping" al Nuevo Alcalá, y no me quería perder su nueva función, ya que reconozco que soy muy fan de su trabajo con el que me suelo reír a mandíbula batiente a la vez que no dejo de admirar profundamente lo que acontece en escena.





"Las chicas del zapping" es un show al mas puro estilo de Los Quintana, en el que el hecho de que cuatro criadas se quedan solas viendo la televisión, es el pretexto para que transcurran en escena momentos televisivos y musicales muy reconocibles para el espectador, siendo reproducidos por los cuatro actores que forman el elenco. No hay que buscar mas, tampoco es necesario. Se entra sin el mas mínimo problema en la premisa de humor surrealista del espectáculo, que no tiene mas intención que hacernos reír al respetable, todo ello con un punto canalla, vodevilesco, cargado de dinamismo y una comicidad fresca y desopilante por momentos que resulta mas que satisfactoria para el espectador.



La función se sustenta con cuatro actores que realizan múltiples papeles dado el formato del espectáculo, y que nos dejan realmente impresionados por la ductilidad que ofrecen, la asombrosa coordinación existente entre ellos, y el enorme trabajo de ensayos que se vislumbra en el espectáculo, en el que no solo hablamos de sincronizar los audios con la boca, que ya es bastante complicado en si mismo, sino que eso se debe incorporar a cada personaje y reflejar lo que se desea con el cuerpo y el gesto. No es fácil decantarse por una interpretación ya que el elenco se encuentra muy equilibrado y muy ajustado a todos los niveles. Brilla y mucho un entregadísimo Ricardo Mata en sus intervenciones, cargadas de energía y con una plasticidad de movimientos mas que estimable, destacando como un estupendo bailarín, y de arrolladora comicidad. José Cobrana resulta impagable como la mas matronil de las sirvientas graciosísimo y con momentos de gran lucimiento. Cobrana parece tremendamente convincente en su personalísima creación, llevando a cabo un trabajo en el que muchas de sus reacciones nos resultan muy familiares y reconocibles, todo ello en un código de "tía solterona" que encontré francamente delicioso. Un lacónico Joan Salas lleva a cabo una completa interpretación en la que se funden a la perfección el trabajo actoral con el de bailarín, y en el que una imponente presencia escénica dotan de gran personalidad a todas sus interpretaciones siendo el resultado cómico en grado sumo y muy sólido. Y por último Carlos Chacón igual de solvente que sus compañeros, llevando a sus espaldas la mayoría de los personajes masculinos del espectáculo, especialmente atinado en la graciosísima y agotadora escena final donde hace sufrir de lo lindo a Ricardo Mata para regocijo del respetable.





David Quintana firma el espectáculo y acierta de plano, logrando un espectáculo muy bien medido, limpísimo en su ejecución y de no pocas dificultades técnicas, que se ve perfectamente reforzado en un exhaustivo trabajo con sus actores que parecen moverse como pez en el agua dentro del código que Quintana ofrece. La obra deliciosamente queer y con cierto punto canallesco es un festival de buen hacer y conocimiento de la técnica de la fonomímica y sus resortes, sabiendo nuestro director tocar las teclas exactas para que nos pasemos toda la función entre carcajada y carcajada. Máximas como la de la repetición, el volver a gags aparentemente ya dejados atrás para buscar la complicidad del público, y un toque de mala leche, son la marca de la casa en un espectáculo pensado para evadirse y pasar un rato sin complicaciones. A todo esto debemos añadir algún momento en el que se rompe la cuarta pared de forma adecuada y perfectamente integrada en el espectáculo algo que consigue atraer, mas si cabe, la atención del respetable que desde que empieza la función se ve fascinado por la cantidad de cosas que pasan en escena. No se deben pasar por alto las estupendas coreografías que dotan de empaque a una producción de modesta factura, pero de mas que elegante acabado, cuya estética pretendidamente kitsch se encuentra mas que justificada dentro del tono de una función servida con un ritmo frenético, que no decae en ningún momento, y de una dureza considerable para sus intérpretes.
Nos encontramos ante un espectáculo absolutamente recomendable desde todo ángulo, solidamente construido, y que funciona de principio a fin con la precisión del mecanismo de un reloj, de resultados altamente satisfactorios, y lo que es mas importante terriblemente divertido.




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jueves, 5 de octubre de 2017

Billy Elliot, Un Gran Paso Adelante En La Historia Del Musical Patrio

Hace casi dos años que se empezó a escuchar en los corrillos teatrales de Madrid, que la producción de Billy Elliot en España era un hecho, algo que me sorprendió y alegró muchísimo, pero que también me dio un poco de miedo. Me explico, Billy es un título muy grande, de gran riesgo económico, de enormes dificultades de diversa índole, y con un problema añadido que no es ninguna tontería, el peso de la función recae sobre un niño que necesita unas mas que notables condiciones para las diferentes disciplinas que el género musical requiere. 
Que Billy llegase a buen puerto dependía de muchos factores que tienen que ver con la forma de entender los musicales en nuestro país, la formación de las nuevas generaciones, y sobre todo el tomarse en serio un género, que aquí se sigue considerando menor, y cuyo tratamiento actoral, cuando de grandes producciones se trata, suele quedar eclipsado por el envoltorio, siendo difícil quitarle el sambenito de superficialidad y poco interés teatral del género musical.
A medida que se iban contando cosas de la producción de Billy, se iba vislumbrando que el empeño iba en serio, y que se había apostado fuerte por la calidad. La elección de un elenco adulto de campanillas, y el hecho de la enorme preparación a la que se sometió  a los intérpretes para llevar a cabo el complicado papel principal de la función, consiguieron que mis expectativas hacia la función se fueran disparando a velocidad de vértigo.
Otra cosa que me llamó mucho la atención es la ausencia de franquicia, se han mantenido las coreografías originales, y toda la propuesta escénica ha sido creada en nuestro país, acierto total, y señal de fortaleza del género, que demuestra que tenemos grandes creativos capaces de afrontar proyectos de esta envergadura. No soy muy amigo de franquicias, me parece que tienen poca vida y les falta frescura, ya que el corsé impuesto por la producción original resta espontaneidad al resultado final. Algo que en este Billy Elliot es una realidad palpable y disfrutable a partes iguales.
Ayer asistí en el Nuevo Alcalá al pase de prensa del que parece ser el estreno de la temporada, y la verdad es que todavía estoy saboreando la soberbia función que disfruté, y que estoy convencido de que va a ser un bombazo.


Billy Elliot, se estrenó en versión musical en Londres en Mayo de 2005 con partitura de Elton John y libreto a cargo de Lee Hall, estando basado en la celebrada película homónima del año 2000 dirigida por Stephen Daldry. Se mantuvo en cartel durante once años, se ha representado en gran cantidad de países, y es ya un clásico moderno de los musicales, plagado de premios y éxitos allá donde se ha representado.
Billy Elliot es un musical soberbio a todos los niveles, y todo funciona a la perfección en música y texto. Con el trasfondo de la durísimas huelga de mineros acontecida en la Inglaterra de 1984 donde Margareth Thatcher impartía estopa ultraliberal a diestro siniestro, con poco corazón y escasa sensibilidad social. En la función se nos cuenta una fábula sobre la superación personal, la grandeza de la diversidad del ser humano, y el respeto hacia los demás, todo ello desde el prisma de una sensibilidad abrumadora, y grandes dosis de humanidad que conmueven al mas pintado. El texto contiene la suficiente enjundia como para considerarlo por si mismo un puntal en la función, ya que la profundidad de los personajes tal y como se describe en la obra,  no es habitual en el género musical. A esto hay que añadir la magnífica partitura de John, que suma muchísimo, y que refleja a la perfección lo que ocurre en escena. Elton John se apoya en unos soberbios coros, de gran fuerza, una orquestación presente durante practicamente toda la función, y lo que es mas importante, consigue una descripción impresionante de cada personaje principal dándonos una lección de lo que significa la música escénica.
El resultado de Billy Elliot es una obra profundamente emotiva, donde los pequeños detalles son igual de importantes que los grandes, y donde prima un sensible intimismo en la mayoría de sus escenas, de brutal cotidianidad, denuncia social, delicadeza abrumadora, y desgarrado dramatismo en algunos momentos.
Billy Elliot es TEATRO, mas allá del género en el que se encuentra, de rotundo mensaje y gran calado, donde lo que prima es la perfecta conjunción de todas las disciplinas escénicas, de una forma brillante y acertadísima.


Vayamos con elenco.
Mayúsculo de principio a fin, sólido como una roca, y sin fisuras. Algo que es todo un logro dada la enorme dificultad de la pieza a todos los niveles.

Juan Carlos Martín, como George.
Martín, figura indiscutible de nuestro teatro lleva a cabo uno de esos papeles que tan bien se le dan, de hombre tierno y simple, y cargado de bonhomía . Martín consigue que nos creamos a su George sin el mas mínimo problema, siendo una pinceladita tierna y suavemente humorística que enriquece muchísimo el resultado de la función. Por cierto... como se parece a Margareth Thatcher este chico!

Mamen García, como Abuela.
Me cautivó desde que la vi en escena dadas las dosis de verdad que su personaje rezuma, en el que el retrato de esta anciana deslenguada y senil (cuando le interesa) queda perfectamente dibujado por nuestra actriz tanto en las partes habladas como las cantadas. Su número musical, perfectamente medido en las dosis de emotividad y cercanía, resulta uno de los mejores momentos de la función. García, actriz de peculiar forma de hacer me resulta entrañable siempre que la veo, siendo en esta producción indispensable para que su creación llegue a buen puerto con la contundencia que lo hace. 

Adrián Lastra, como Tony.
Gran acierto de elenco, ya que las características físicas y vocales de Lastra son perfectas para su rudo personaje. De rotundísima presencia escénica y gran intensidad en sus momentos mas importantes, Lastra sirvió una función de altura, especialmente en un tremendo dúo con Carlos Hipólito que impresiona por la carga emocional que deja entrever y que llega de forma muy directa al espectador. Tony parece una mala bestia, pero Lastra consigue que entendamos su forma de actuar y las motivaciones que le hacen ser así. Nuestro actor ofrece un trabajo de poderoso acabado y brillantísima resolución.

Beltrán Remiro, como Michael.
Michael es uno de los bombones de la producción, y también uno de los personajes mas difíciles, partiendo de la base que debe ser interpretado por un niño. El peculiar amigo de Billy es ejecutado por nuestro pequeño actor a la perfección, todo un talento que se lleva al público de calle de forma arrolladora, haciendo con el lo que le da la real gana. Desinhibidísimo y cargado de unas dotes naturales para la comedia realmente muy notables. Nos encontramos con un artista que se encuentra en escena como pez en el agua. A esto hay que añadir el elevado nivel tanto de canto como de claqué que resultan imprescindibles para dar vida a Michael. Remiro es carne de musicales, y carne de teatro, disfrutar como el disfruta en la función es un signo inequívoco de ello. Recibió una de las mayores ovaciones de la noche, y con gran justicia por cierto.

Carlos Hipólito, como Padre.
Creo que muchos tenían ciertas reservas con la elección de Hipólito como padre, dadas las características del personaje, un tanto alejado de Hipólito en la imagen que se tiene en la cabeza del rudo minero con un corazón de oro. A mi precisamente esto es lo que me parecía mas interesante, ya que el desafío era grande, pero Hipólito, actor de soberbia técnica, tal y como esperaba ha llevado a buen puerto de forma impecable. Nuestro actor dota a su personaje de una tremebunda humanidad que a partir del segundo acto de la función va saliendo a relucir cada vez de forma mas notoria y por ende dibujándose el personaje en su enormidad. El recorrido emocional es asombroso, y el arco del personaje está perfectamente definido, quedando demostrada una vez mas la solvencia de Hipólito, que dota a su rol de muchas aristas y fabulosa credibilidad.

Natalia Millán, como Señorita Wilkinson.
Perfecta a todos los niveles. No me imaginaba a otra artista en este papel que no fuera Natalia Millán, y como era de esperar triunfa de largo. Insuperable en tono físico y actoral, Millán dota de gran entidad a su personaje, donde las diferentes características de la Srta. Wilkinson son plasmadas de forma impecable por nuestra actriz que le tiene muy pillado el punto al rol. Millán sabe lo que nos quiere contar, con gran inteligencia, y con aires de gran diva como mandan los cánones, en sus números musicales, que resultan de una robustez a prueba de bombas, y de elevadísimo nivel. Millán atrapa al espectador, y demuestra una vez mas que es una estrella del musical.

Pau Gimeno, como Billy.
Gimeno me impresionó profundamente, y me dejó tocado por momentos. Templadísimo y de una madurez escénica increíble, Gimeno nos llega por varios motivos, quizás el mas directo sea su increíble expresividad cuando baila, que el final del primer acto llega al paroxismo, donde Gimeno literalmente nos pone los pelos de punta por la tremebunda implicación emocional, y la entrega de su trabajo. Resulta enternecedor verlo actuar, y transmite a la perfección todos los estados de ánimo por los que Billy pasa ya que se encuentra dotado de grandes recursos a todos los niveles. Billy debe cantar, bailar clásico y claqué, y encima ser actor y todo ello sin tener mas de catorce años, casi nada... Gimeno sale airoso del papel, y encima nos pone el corazón a mil por hora en sus intervenciones dada su capacidad de emocionarse y de emocionarnos. Gimeno puso el teatro patas arriba al menos en tres ocasiones durante la función, eso lo he visto pocas veces, en un artista de su edad, jamás. Habrá que volver a ver a alguno de los otros seis artistas que dan vida a Billy, dado el nivel de Gimeno 

No quisiera cerrar el elenco principal sin cuatro menciones especiales. La primera a la sensible creación de Noemí Gallego como madre de Billy, de exquisita musicalidad. La segunda el estupendo bailarín Axel Amores como Billy adulto que se complementa a la perfección con Pau Gimeno en una de las escenas mas líricas del musical. La tercera el impagable pianista de Alberto Velasco deliciosamente queer. Y por último a Bruno España, el pequeñín robaescenas mas divertido y enternecedor que he visto nunca sobre un escenario.


La función se sostiene en un conjunto de altísimo nivel, que cumple con todas las disciplinas de forma mas que solvente, y que resulta especialmente atinado en las intervenciones corales, realmente impactantes y de un valor musical elevadísimo. La mayoría de los componentes del conjunto son sobradamente conocidos por parte de los aficionados al musical, ya que en mayor o menor medida son profesionales curtidos en el género, y que saben muy bien lo que hacen, como se demuestra en la prestancia que sus intervenciones aportan al espectáculo.

Gaby Goldman lleva la batuta de una orquesta compuesta por 9 músicos de mas que estimables resultados. Goldman sirve una dramática lectura de la partitura de gran efecto teatral, y muy matizada en los momentos mas sensibles. Estuvo muy pendiente de los interpretes sobre las tablas durante toda la representación, poniendo mucho énfasis en las entradas y los volúmenes. Billy no es una obra fácil de dirigir, y Goldman sin duda conoce el material que tiene entre manos, redondeando el espectáculo de forma brillante.



Vayamos con la producción en si:
David Serrano dirige y firma la adaptación. Encontré muy acertada la traducción nada chirriante, y en la que cada sílaba cae perfectamente en cada nota, sin resultar forzado el texto, ni excesivamente rebuscado o ripioso, algo que en las adaptaciones a nuestro idioma es habitual, por tanto por ese lado magnífico trabajo.
Serrano se ha propuesto llevar a cabo un gran trabajo a nivel interpretativo, al tenor de lo que se vislumbra en el escenario, y lo consigue. La impostación actoral de la que se acusa al musical, aquí se encuentra brillantemente eliminada, y cada personaje parte de un profundo análisis de su carácter, de lo que dice, y de como se dice. Aquí se va mas allá de decir los parlamentos, se está haciendo Teatro, y eso está muy patente en la producción. Nuestro director imprime grandes dosis de verdad en cada personaje, y consigue que todos sean carismáticos e interesantes, y sobre todo muy ricos. Los tiempos de lavar los textos y que el actor espere su gran número musical para recibir la ovación, se han acabado después de este Billy Elliot. Cada número musical está perfectamente justificado y el personaje reconducido al mismo, y cada acción escénica argumentada y explicada, con solo aparente sencillez. Es decir David Serrano en un alarde de honestidad encomiable, limpia de vicios al género, y hace de carne y hueso unos personajes tremendamente humanos y reconocibles. 
A nivel producción SOM Produce, ha tirado literalmente la casa por la ventana, sirviéndonos uno de los musicales con mas medios de los últimos años. Esto no resta a la producción, y no la oculta tras un vacío y acartonado sentido de la espectacularidad, no señores. La apabullante escenografía de Ricardo Sánchez, nos está contando y envolviendo la historia a la perfección. Los hallazgos escenográficos son continuos y a cada cual mas interesante, desde la casa de Billy de una precisión viscontiniana, hasta la sorpresiva vuelta con respecto al original que se da a "Merry Christmas Maggie Thatcher" todo funciona a nivel estético con gran magia teatral, perfectas transiciones, y un sentido de la espectacularidad medidísimo y muy impactante. Las soberbias luces, literalmente de premio, de Juan Gómez-Cornejo y Carlos Torrijos tienen muchísimo que ver en esto que planteo, que sin duda dotan de sorprendente entidad atmosférica, a una producción notabilísima desde todo punto de vista.
Hay que abstraerse completamente de la producción original, y dejarse llevar por este Billy Elliot completamente español, que subyuga, maravilla y emociona como solo los buenos espectáculos saben hacer, algo que sin duda Billy Elliot lo es. 
En resumen. Por fin vamos entendiendo en este país que se pueden contar historias en los musicales, que el texto tiene importancia, que el envoltorio cuenta, pero para sumar, no para que sea lo único, y que gran producción no está reñido con enjundia teatral. En los musicales TODAS las disciplinas se deben mimar de igual manera, y sobre todo los fuegos de artificio no pueden eclipsar lo realmente importante, es decir aquello que hace que el teatro esté vivo, EL CORAZÓN. Hoy Madrid está un paso mas cerca de Broadway que ayer, Billy Elliot es el culpable, que tome nota quien corresponda, ya que sin duda esta producción supone un gran paso adelante en la lectura de musicales de gran formato en nuestro país.



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