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domingo, 24 de marzo de 2024

El Fantasma De La Ópera, Revisión De Un Musical Icónico.


Si hay un musical icónico ese es El Fantasma de la Ópera, no hablo de si es mejor o peor que 
otros, pero sí que sin duda es el más popular y posiblemente el que mayor número de espectadores ha tenido a lo largo de su historia. Ciento cincuenta millones de personas han visto la función desde su estreno, por tanto se me antoja muy apropiada aquella máxima que dice “Algo tendrá el agua cuando la bendicen”. Esta temporada venía con premio, ya que después de veinte años sin representarse en España, se anunció a bombo y platillo la vuelta de El Fantasma a nuestras carteleras con el aval de Antonio Banderas y del propio Webber, con una premisa interesante y peligrosa a la vez… este Fantasma viene completamente renovado, y la producción canónica que todos conocemos ya vista en 2004, no vendría a Madrid. Todo lo que sea nuevas propuestas me interesa por aquello de ventilar los clásicos, y porque siempre se pueden sacar nuevas lecturas del material original. El peligro viene cuando una producción tan incrustada en la memoria colectiva como la original se ve revisada, ya que es difícil luchar contra el prejuicio del espectador ante un musical con una serie de momentos muy queridos y unos cuantos momentos míticos dentro de la historia del teatro musical. Sentía curiosidad por ver la nueva producción y también un poco de miedo ante lo que me iba a encontrar por tanto iba retrasando el visionado de la nueva producción, y finalmente el pasado sábado me animé a acercarme al Albéniz para ver por dónde iban los tiros y que sabor de boca me dejaba este Fantasma de la Ópera.



El Fantasma de la Ópera, musical con música de Andrew Lloyd Webber, letras de Charles Hart y Richard Stilgoe, y libreto de Andrew Lloyd Webber y Richard Stilgoe, tuvo su estreno en Octubre de 1986 en Londres, considerándose esa fecha histórica dada la trascendencia que tuvo y lo que supuso la obra posteriormente. El salto a Broadway era inevitable, repitiéndose el éxito de Londres, siendo la obra que ostenta el récord a la permanencia en cartel en Nueva York, treinta y cinco años nada menos. El Fantasma de la Ópera es uno de los musicales más astutos compuestos jamás, y creo que más allá de sus virtudes y sus defectos sería interesante analizar la clave de su éxito. Tres factores son determinantes a mi entender, el primero su atractiva premisa, el terror siempre llama la atención, y sobre todo la espectacularidad escénica que se le presupone a una historia representada en diferentes formatos infinidad de veces. Por tanto el aparataje escénico en esta función es indispensable como reclamo, y por supuesto como apoyo al drama. Después nos encontramos con una partitura, es justo decirlo, que consigue que se nos incruste en el cerebro y que ya no se nos vaya jamás. ¿Cuál es el secreto? La repetición y diferentes variaciones de cuatro o cinco temas principales, que son los que arman el musical, y por último lo bien que representa los Años 80 y su cultura musical, de ahí su éxito en su fecha de estreno y su perdurabilidad como ejercicio nostálgico en el espectador. La partitura de Webber, de gran espectacularidad, bebe de diferentes estilos operísticos, pasando por Verdi y Puccini, mucho más el segundo que el primero, fusionando la lírica más pura con el New Age y el Rock en algunos momentos, y unas más que notables gotas de opereta. Si hay algo que caracteriza a la obra es el uso de la melodía, inspirada y bella en la mayoría de los casos, así como un gran uso del efecto teatral en la partitura, impactante y con gran carga dramática, ya que si bien es cierto, nos encontramos ante una historia de terror, El Fantasma es un gran melodrama de tintes operísticos, y no solo en lo musical, que se ve muy bien reflejado en una partitura inteligente y de gran lirismo.

El libreto igual de efectista que la partitura, maneja al espectador a su antojo, con giros y efectos dramáticos de interés, y que además consigue mantener la intriga hasta prácticamente el último cuarto de la función, en el que ya tenemos todos los datos sobre la misteriosa figura de el fantasma. Es también interesante la progresión dramática de los dos personajes principales, muy bien perfilados en el libreto. No me puedo aventurar a decir que El Fantasma sea una obra maestra del género, pero de lo que si que lo es, es de la carpintería teatral, de el sentido de la espectacularidad, y del uso de la música como catártico a la hora de plantear un drama.



 

Vayamos con el elenco, muy numeroso y acertado en las pequeñas partes, desde un energético Alejandro Rull, hasta Laura Martín, como Meg sólida y sensible en todas las disciplinas, se puede entender que hablamos de un elenco solvente, implicado, y de extraordinaria calidad musical, en una partitura comprometida para el coro, brillantísimos en el final de el Carnaval, donde el volumen fue realmente imponente y el sonido de gran espectacularidad. 

Silvia Luchetti, como Madame Giry, perfecta en su papel, sobria y sabiendo estar, que es lo que más precisa un personaje difícil y desagradecido, que siempre parece que va a ir a más, y acaba un poco diluído en la trama. Correctísima en los cantables, de perfecto agudo, voz grande de técnica mixta, sin pasar desapercibida en los números de conjunto. Luchetti ofreció solidez y oficio, llevando a cabo su labor con aparente facilidad y buen desplante escénico. 

Enrique R. Del Portal y Omar Calicchio, como André y Firmin respectivamente. Los dos empresarios de la ficticia Ópera Populaire de París, son dos de los personajes más queridos del musical, ya que sirven para aligerar la obra, que a ratos se vuelve densa, por eso siempre funcionan como un respiro al respetable entre momentos intensos varios. Encontre muy acertados a los dos intérpretes con un enfoque ligeramente queer de los personajes, elegante y discreto que los enriquece mucho. A este respecto hay cierto momento en una escalera de caracol, que Del Portal parece disfrutar mucho y que es oro molido por los matices que en ese momento subyacen. Muy compenetrados, con gran química en escena, y enormemente sólidos en todas las disciplinas, estuvieron a la altura de la obra sin el menor problema. En lo musical brillan mucho, pero es quizás en el célebre "Prima Donna", donde más se pudo disfrutar de sus facultades canoras, en un número que me supo a gloria, por su espléndido remate vocal, y espectacular acabado. 

Francisco Ortiz como Piangi y Marta Pineda como Carlotta, un tanto descompensados, aunque es cierto que es así en el material original, siendo uno de los bombones de la fución La Carlotta, y pareciendo Piangi un simple acompañante suyo. Ortiz sirvió una buena velada en lo musical, con voz de tenor bien trabajada, agudo correcto y notas interesantes, estando en la actoral un poco por detrás de su interpretación musical, ya que pasa muy desapercibido. Caso aparte es Marta Pineda, absolutamente inconmensurable en su papel, deliciosa en su mezquindad, con sus vicios de diva operística antigua, manera ridícula de actuar en una ópera basándose en los clichés que todos conocemos, y de rotunda e imponente presencia escénica. La Carlotta de Marta Pineda se me antojó uno de los mejores trabajos de la noche, de comicidad indudable, gran efecto teatral, sólida, y en el perfecto sitio que el papel pide. 

Guido Balzaretti como Raoul de Chagny, perfecto para el personaje, tanto por el tipo de voz como por sus carácterísticas físicas. Balzaretti tenor con facilidad en la zona aguda y buen uso de los recursos estilísticos, luce mucho en las partes más sentimentales de la partitura, especialmente en el gran dúo con su enamorada que finaliza el primer acto, sin caer nunca en lo melífluo pero sí dando el toque exacto de héroe romántico que el personaje pide. Nuestro actor sirvió una interpretación sensible y entregada del enamorado de Christine que casa a la perfección con lo que Raoul representa, siendo el resultado de su trabajo equilibrado y eficaz. 

Laura Enrech, como Christine Daaé, sirvió una gran velada a todos los niveles, siendo la voz muy adecuada para la a veces farragosa vocalidad del personaje, y que no se adecúa siempre a cualquier cantante aunque se encuentre en la tesitura correcta. Buen uso del filado, muy bien servidos los agudos, timbre grato y homogéneo, quizás flaquee un poco en el paso, pero sin molestar en ningún momento, su trabajo resultó muy placentero al oído y dio momentos de indudable intensidad lírica. Quizás su mejor momento fue en su gran canción del segundo acto "Wishing you were somehow here again", de gran capacidad emotiva, y enorme calidad musical. Actoralmente perfecta, da la perfecta nota de ingeniudad que el personaje desprende, así como todos los resortes dramáticos que ofrece. 

Gerónimo Rauch como El Fantasma. Inconmensurable, no hay discusión. Rauch ofrece un Fantasma canónico en el que cada inflexión musical está perfectamente medida, y refleja la partitura de Webber con precisión milimétrica. De ecos clásicos en su composición del personaje, resulta apasionado, temible o nos compadecemos de él cuando el papel lo requiere, todo gracias a una enorme expresividad, un inteligentísimo uso del instrumento y por supuesto unas insuperables facultades. Escuchar y ver a Gerónimo Rauch como Fantasma es disfrutar de un artista en la plenitud de su arte, una interpretación imprescindible y realmente notable de uno de los personajes más míticos de todo el repertorio de el género musical y un auténtico gustazo, que a fin de cuentas es de lo que se trata.



 Julio Awad al frente de la orquesta, realmente se luce, en una lectura opulenta, de dramático y espectacular acabado, cargada de matices, y gran espectacularidad en el sonido. Awad sabe muy bien el material con el que cuenta aprovechando cada nota hasta la extenuación, sacando un sonido compacto y muy operístico desde el foso y que refleja de maravilla lo que ocurre en escena, algo absolutamente indispensable en un obra de características tan descriptivas como es El Fantasma de la Ópera. Hay que remarcar que no se escatiman medios en cuanto a músicos, y que se agradece enormemente ya que engrandece la propuesta, gracias al inestimable acompañamiento musical.



 

Vayamos con la propuesta escénica.

Federico Bellone firma la producción que viene de Italia, y varias cosas son remarcables en ella. Esta es la quinta vez que veo El Fantasma de La Ópera, dos en Londres y tres en Madrid, y ya la última vez que la vi en la capital de Reino Unido, reconozco que me pareció que olía un poco a naftalina, por tanto concuerdo en la idea de que había que darle una vuelta al concepto original, adaptándolo a los medios escénicos actuales y al público de ahora, no se nos olvide que la producción original se estrenó hace casi cuarenta años, y la verdad es que eso pesa. La versión de Bellone tiene múltiples virtudes, y algún defecto, siendo el resultado global altamente positivo, y acertado, especialmente tanto en cuanto al respeto hacia la obra original que así como a la presencia de casi todos los momentos icónicos de la producción original. Si bien es cierto estamos ante una producción más modesta en líneas generales, nos encontramos ante un espectáculo cuidado que sortea con soltura los desafíos escénicos que la obra ofrece, siendo el resultado impactante e inteligente a partes iguales. Solamente dos momentos de la función quedan un tanto deslucidos por la relativa parquedad de medios. La escena inicial con la representación de la ópera ficticia Aníbal, que se ve un tanto pobretona en su acabado, y sobre todo el Carnaval, que si bien se concluye de manera brillante, unos desafortunados maniquíes no redondean la escena de la manera más idónea. Vayamos con lo positivo que es mucho. Lo primero que hay que decir es el enorme encanto teatral que tiene la función, con unos preciosos telones pintados de regusto decimonónico que dotan al espectáculo de un gran poder evocador y nostálgico. Otro punto a tener en cuenta es el inteligente uso del giratorio, parte principal de la escenografía, muy bien pensada, práctica y funcional, firmada por el propio Bellone y que sirve de manera ejemplar para plasmar diferentes planos escénicos así como para dotar de un empaque considerable a la famosísima obertura de la obra. Otra cosa a tener en cuenta son las espléndidas luces de Valerio Tiberi, que consiguen momentos de una insuperable plasticidad, así como un atmosférico acabado en total consonancia con el gótico transfondo de la historia. Es destacable también el cuidado tratamiento actoral de la función, con un elenco que Bellone mima y lleva por unos interesantes vericuetos de verdad actoral y sobre todo una re-lectura que enriquece algunospersonajes, especialmente en el enfoque queer de André y Firmin como ya comenté más arriba, así como las aristas de el propio fantasma, que adquiere mayor profundidad dramática en esta producción, alejándolode cualquier acartonamiento. Buen trabajo en las coreografías por parte de Gillian Bruce, inspiradas y en total consonancia con el espíritu de la obra original. 

En resumen, este Fantasma es una buena revisión de un clásico, que suple su a veces, parquedad de medios con ingenio y buen gusto, siendo el acabado el de una producción esmerada y realizada con un gran cariño y respeto por la obra de Webber. ALTAMENTE RECOMENDABLE. 



lunes, 20 de enero de 2020

A Chorus Line, Todo Un Clásico En Todo Su Esplendor.

Hace un año más o menos, un bombazo teatral saltó a los medios de información.El musical "A chorus line" se representaría en Málaga con Antonio Banderas a la cabeza, en el Teatro Soho de dicha ciudad, Banderas produciría y protagonizaría el espectáculo en las navidades de 2019.

Automaticamente en el mundillo teatral se empezó a hablar de la curiosidad que suscitaría ver a una de nuestras estrellas más internacionales en directo, especialmente en una obra musical, género que Banderas ya había tocado en Broadway, y por supuesto en la celebrada versión cinematográfica de "Evita" dirigida por Alan Parker, así como en la primera ocasión que pudimos disfrutar de las dotes canoras del malagueño, en la versión de José Luis García Sánchez de la opereta de Lleó "La corte de faraón".

Con esto, creo que nos queda más o menos claro, que el género no le es ajeno al astro malagueño, pero... si es cierto que disfrutar de una interpretación suya en un teatro en nuestro país era algo que creo que no se nos pasó por la cabeza a nadie, hasta que el proyecto empezó a sonar cada vez con más fuerza.

No podía dejar pasar la oportunidad de ver a Banderas, especialmente sabiendo que la gira del espectáculo no la va a hacer él, así que con dos meses de antelación, en un arrebato musicalero saqué entradas y billetes de AVE para escaparme un fin de semana a mi querida Málaga. Reconozco que me podía la curiosidad, y además reconozco también cierta debilidad por "A chorus line" dado mi pasado como corista, durante tanto tiempo.

Las entradas se han vendido como pan caliente, de hecho en noviembre ya no quedaba absolutamente nada por vender, añadiendo funciones, siendo la tónica el lleno absoluto, y la máxima expectación ante el inminente estreno del espectáculo.

El pasado sábado por fin llegó el gran día, y con un cosquilleo en el estómago me acerqué al teatro, para disfrutar de una velada, que saliera como saliera, sin duda pasaría a mi historia como espectador... por suerte todo estuvo a la altura como iré desgranando en esta crónica, siendo el resultado una experiencia teatral y musical de alto voltaje e indudable calidad.






"A chorus line" fue Estrenada en el Off Broadway en 1975, pasando al circuito principal casi de forma instantánea, estando en cartel doce años, siendo todo un récord para su época. El musical escrito por James Kirkwood Jr. y Nicholas Dante, la letra por Edward Kleban y la música compuesta por Marvin Hamlisch tiene una gestación interesante. Durante una especie de terapia de grupo realizada a coristas de Broadway, salieron varios testimonios sobre la vida privada de los artistas, siendo ese el germen del musical, la experiencia personal de varios de los artistas anónimos de las grandes musicales, y en los que no se ve al conjunto como nada más que una disciplinada línea del coro que se sabe todo al dedillo, y resulta muy espectacular cuando le dan el necesario empaque al espectáculo.

Basándose en esas vivencias personales, algunas muy duras, se escribió la obra, en la que el proceso de selección de una comedia musical y los posteriores ensayos, sirven para contarnos todo lo que hay detrás de una gran producción, en la que el factor humano, como todo en esta vida, tiene vital importancia.
El musical es considerado un pionero, y muy revolucionario, siendo practicamente un clásico instantáneo, y que todavía sigue siendo referencia e inspiración, para futuros artistas que se ven reflejados de forma casi caligráfica en lo que se desarrolla en escena.
La obra es de una complicación altísima, ya que todas las disciplinas deben ser dominadas a gran nivel, canto, danza e interpretación. Sinceramente, no me imagino un musical más multidisciplinar que "A chorus line".
La obra agridulce, en su final plantea una paradoja inteligente, y muy comentada, después de dos horas buceando en los entresijos de nuestro elenco, se nos presentan como lo que son, comparsa de la obra que están montando, en un número imitado hasta la saciedad, icónico, y reconocible por todo el mundo, incluso al que no le gustan los musicales. En dicho número, nuestros protagonistas se difuminan en la línea del coro para volver al anonimato que les ha tocado en suerte, siendo uno más de una inmensa " A chorus line" sin cara reconocible y de movimiento uniforme.


Vayamos con el elenco, amplio, y acertadísimo en líneas generales, y de un gran nivel en todas las disciplinas tal y como el musical requiere.

Todos los componentes de la función tienen su momento de lucimiento, aunque no todos los personajes tienen la misma extensión, por tanto intentaré abreviar dado lo extenso del reparto.

Fran del Pino como Don, destaca más en las facetas de bailarín y actor que en la de cantante, aunque cumple sin problemas en un papel no muy desarrollado en la trama. Así como Angie Alcázar como Bebe, de buena presencia escénica y muy bien empastada en su número musical, de voz bonita y bien timbrada. Entre las pequeñas partes también nos encontramos a un estupendo Daniel Délyon como Richie, estupendo de voz, y muy energético en las coreografías, resultando un torbellino en sus intervenciones. Muy a destacar el magnífico Mark de Roberto Facchin, que desprende ternura a raudales, y que posee una maravillosa técnica de bailarín de hechuras clásicas que he de reconocer que me cautivó. Ivo Pareja Obregón como Greg, quizás un poco extremado, pero también correcto en un papel que nos chirría un poco, y que como más tarde comentaré, quizás se ha quedado algo desfasado dentro de la historia, ya que creo que "A chorus line" merece una revisión más acorde con los tiempos actuales. Mención especial para la Connie de Cassandra Hlong, divertidísima en los bocadillos, y de impagable presencia escénica.

Pablo Puyol y Diana Girbau, muy compenetrados, en el único matrimonio que nos encontramos en nuestro peculiar casting, llevan a cabo un difícil número con un interesante juego escénico que no desvelaré, y que resulta delicioso. Encontré a Puyol en un momento vocal dulce, donde su voz, mas atenorada que nunca suena potente, y con una notable mejoría en cuanto a la colocación con respecto a otras ocasiones. Puyol las da todas en lo musical, en un papel difícil y de aguda tesitura, sonando como un cañón, y de forma muy efectiva. Girbau no canta, ya que su papel tiene el hándicap de no "saber cantar", algo que no resta ni un ápice de calidad a su trabajo, cargado de gracejo y naturalidad.

Kristina Alonso como Sheyla, me pareció muy templada y cargada de empaque, tal y como el personaje requiere, sacando el máximo jugo a toda las frases lapidarias que aporta el papel, y cargada de matices cuando se deja ver en su intimidad. Dotada de un buen desplante escénico, y muy en consonancia con el aire de "rompe y rasga" que se le presupone a Sheyla.

Graciela Monterde como Val, impagable en todas sus intervenciones, cargada de frescachonería, en una interpretación que se me antojó arriesgada, y muy de verdad. Su papel no es nada fácil, y lo pelea hasta las últimas consecuencias, con gran sentido de la comicidad, y con un control de los tiempos escénicos muy a tener en cuenta, me pareció solidísima en sus intervenciones, y muy adecuada para el papel. 

Anna Coll, como Diana, quizás la más floja del elenco, un tanto impostada en lo actoral, y con una interpretación musical que no acabó de convencerme con algunos problemas de afinación. Es cierto que Diana Morales es uno de esos papeles en los que es inevitable la comparación dado lo icónico de "Nothing", tema en el que me faltó fuerza e intención, y sobre todo, el saber plegar velas en la última estrofa, después de todo lo que dice a mitad del tema, no redondeando la canción de forma satisfactoria. "Nothing" muerde, varios estados de ánimo deben pasar por la artista cuando lo interpreta y Coll se queda ciertamente plana. El tema de la impostación, en un elenco como el de la función, en el que la verdad está tan patente en la mayoría de las interpretaciones, se ve más acusado en el caso de Coll, que parece encontrarse en un código diferente al de sus compañeros.


Fran Moreno, como Paul, uno de los triunfadores de la noche. Paul es quizás el papel más comprometido dramaticamente del espectáculo, con un célebre monólogo de difícil ejecución, que se ve perfectamente interpretado por nuestro actor, en un tono sobrio, introspectivo, y profundamente emotivo. Moreno controla a la perfección el crescendo dramático de su escena llegando a conmoverme profundamente. Todo lo que dice, y lo que siente es de verdad, saliendo desde dentro, sin aspavientos ni estridencias, simplemente los sentimientos van aflorando de forma natural hasta desbordarse de manera sencilla, dura, y tremendamente emotiva. Me gusta mucho Fran Moreno, nunca falla en sus trabajos, y ya son unos cuantos musicales en los que lo he visto, estando siempre a la altura en todas las disciplinas. 

Sarah Schielke, como Cassie, muy sólida en la disciplina de danza, con un estupendo solo que me supo a gloria, y contenida y muy implicada en lo actoral, sobria y convincente dando perfectamente el perfil del personaje. Vocalmente cumple sin problemas, con una voz grande y potente, brillando mucho en su compreometidísimo número. Las escenas con Banderas funcionan a la perfección, siendo la química con su compañero muy notable. Tiene un momento especialmente bueno durante el ensayo de "One" en el que no puede evitar destacar dentro de la línea del coro, dado su pasado de primera actriz de Broadway, en esa tensa escena en la que Zach (Banderas) la va corrigiendo, se ecuentra magnífica y cargada, una vez más como es la tónica de la función, de verdad. 

Antonio Banderas, como Zach, resulta por motivos obvios uno de los atractivos del espectáculo, pero hay que decir que visto su trabajo, si algo nos queda claro, es que su estatus de estrella, lo es por derecho propio, y lo que es más difícil sin ejercer de ello sobre el escenario. Banderas perfectamente integrado en el elenco, funciona como uno más, nunca por encima del resto y sin atisbo de divismo por ningún lado. Simplemente ofrece todo lo que tiene, se entrega de una forma brutal, y surge la magia, en una interpretación muy carismática, de rotundísima presencia escénica, y con muchas aristas en su psicología. Nos ofrece un trabajo muy interesante, de dualidad, en el que la dureza de Zach,no empaña una sensibilidad muy acuciada, que se puede vislumbrar en múltiples momentos. Reconozco que me cuesta diferenciar si el hecho de que se nos vayan los ojos a Banderas durante toda la representación forma parte de su halo de estrella, o de su marcada personalidad en el escenario. De físico poderoso, impoluto en el tono, y muy bien integrado en el lenguaje teatral, que no es fácil en los actores de cine, si algo puede remarcarse de su interpretación es la intensidad. Durante toda la función está haciendo guiños a sus compañeros, dentro del personaje obviamente, apoyándose en ellos para realizar su trabajo, y siempre dejándonos ver que no está por encima, sino que es uno más, reconozco que me impresionó mucho es humildad, he visto a unos cuantos divos y divas, y hacían lo suyo para su público, en este caso Banderas, no solo hace lo suyo, sino que enriquece muchísimo el espectáculo, en un papel de poca presencia escénica, pero que sin que nos demos cuenta lleva el pulso del espectáculo de principio a fin. Es destacable lo bien que se defiende en las difíciles coreografías sudando la camiseta a base de bien, y con un desplante escénico realmente espectacular. Ver a Banderas en directo es un lujo, para que engañarse, y en esto, el que suscribe si que debe decir que se sintió un tanto apabullado por lo que estaba viendo, no es posible ser del todo imparcial, y la noche para un servidor fue emocionante en grado sumo, siendo Antonio Banderas uno de los principales culpables de ello.

Mención especial para el espléndido Larry de Alberto Escobar, asistente de Zach, y repetidor. Tremendamente creíble en el papel, y con un elevadísimo nivel como bailarín.



La orquesta de 22 músicos, si señores 22, fue dirigida por Arturo Díez Boscovich, avezado en esto de los musicales, llevando el sonido a la estratosfera. Díez Boscovich realiza un trabajo impecable, donde los matices fueron la tónica, así como la espectacularidad en el sonido. Es muy destacable el enorme trabajo de concertación llevado a cabo en un musical de grandes dificultades musicales, y que no se nos olvide, está interpretado en su mayoría por bailarines, más que cantantes. Todo encaja a la perfección entre el foso y la escena, en una obra en la que dicha comunión es absolutamente imprescindible para el buen funcionamiento de la misma. Boscovich muy pendiente de los artistas acompaña a la perfección las coreografías, y sigue a los intérpretes de forma modélica y muy fluida, siendo el resultado musical de gran altura y enormemente teatral.



Vayamos con la propuesta escénica.
La función es un calco del original de 1975, y en esto si que debo decir que la obra necesita un lavado de cara. Si bien es cierto, nos encontramos ante un musical de gran nivel tanto en su partitura como en el texto, quizás una revisión más estética que de fondo no le vendría mal. Algunos arreglos en la partitura para contextualizarla un poco más dentro de los tiempos actuales, y un pulido en algunos personajes, harían que la función fuera más cercana al público de 2020, que en muchas cosas se encuentra lejos de los que disfrutaron de la obra hace ya 45 años.
Dicho esto, quiero comentar, que la ortodoxia más pura, bien entendida, y dentro del elevado nivel del espectáculo es una propuesta válida y perfectamente legítima, tan solo que quizás actualizando un poco algunas cosas, el musical ganaría unos cuantos enteros, tal y como se ha hecho con la mayoría de los clásicos en sus reposiciones. 
La función viene firmada por Baayork Lee, siendo codirigida por ella misma y Antonio Banderas. Lee que formaba parte del elenco original, obviamente se conoce la función al dedillo, siendo el resultado el de un espectáculo redondo, milimetrado, y perfectamente encajado. Nos encontramos ante una función de engranaje más que engrasado, donde las transiciones se me antojan perfectas y todo funciona como el mecanismo de un reloj. 
Practicamente durante toda la función el elenco se encuentra en escena, y sabe en todo momento aquello que debe hacer, la actitud necesaria, y lo que es más importante, sin salirse de sus respectivos personajes. Esa disciplina se ve que es fruto de una mano de hierro que está detrás de todos ellos, y que sabe perfectamente lo que quiere de cada uno. Hay un gran tratamiento del texto, así como de los personajes, y cada escena se encuentra muy trabajada, también es cierto que hace dos meses que estrenaron y la obra está ya muy rodada, algo que sin ninguna duda se agradece.
Nos encontramos ante un espectáculo sobrio, casi podríamos hablar de Grotowsky en su concepción, ya que a excepción del explosivo y emblemático final, la ausencia de elementos escénicos es la tónica, tan solo un espejo y los artistas, no hay nada más, sirven como sustento de "A chorus line". Con eso se llena de largo el escenario, con unas marcadas acciones y dinámica propuesta, en la que precisamente esa parquedad de medios es el catalizador para que las interpretaciones brillen con toda su intensidad. Las luces indispensables en un espectáculo de estas características cumplen a la perfección en su cometido de dotar de las diferentes atmósferas a cada escena, y a los múltiples planos escénicos, que son otra de las bazas del espectáculo. Las coreografías originales de Michael Bennett resultan espectaculares, y siguen manteniendo la misma fuerza del original, algo que sin duda con otro elenco de menor nivel no sería así, ya que la complejidad de las mismas es elevadísima. Todo el espectáculo desprende vida, y nos encontramos ante una función en la que se respira el amor por Broadway y las artes escénicas en general, de forma entusiasta, y para que negarlo muy emotiva. Me emocioné varias veces durante la función, algo que creo que es muy significativo, ya que uno va teniendo callo como espectador y cada vez encuentra más difícil tropezarse con aquello que hace que el teatro sea esa experiencia tan intensa y tan mágica que lo hace tan especial. 




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