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domingo, 24 de marzo de 2024

El Fantasma De La Ópera, Revisión De Un Musical Icónico.


Si hay un musical icónico ese es El Fantasma de la Ópera, no hablo de si es mejor o peor que 
otros, pero sí que sin duda es el más popular y posiblemente el que mayor número de espectadores ha tenido a lo largo de su historia. Ciento cincuenta millones de personas han visto la función desde su estreno, por tanto se me antoja muy apropiada aquella máxima que dice “Algo tendrá el agua cuando la bendicen”. Esta temporada venía con premio, ya que después de veinte años sin representarse en España, se anunció a bombo y platillo la vuelta de El Fantasma a nuestras carteleras con el aval de Antonio Banderas y del propio Webber, con una premisa interesante y peligrosa a la vez… este Fantasma viene completamente renovado, y la producción canónica que todos conocemos ya vista en 2004, no vendría a Madrid. Todo lo que sea nuevas propuestas me interesa por aquello de ventilar los clásicos, y porque siempre se pueden sacar nuevas lecturas del material original. El peligro viene cuando una producción tan incrustada en la memoria colectiva como la original se ve revisada, ya que es difícil luchar contra el prejuicio del espectador ante un musical con una serie de momentos muy queridos y unos cuantos momentos míticos dentro de la historia del teatro musical. Sentía curiosidad por ver la nueva producción y también un poco de miedo ante lo que me iba a encontrar por tanto iba retrasando el visionado de la nueva producción, y finalmente el pasado sábado me animé a acercarme al Albéniz para ver por dónde iban los tiros y que sabor de boca me dejaba este Fantasma de la Ópera.



El Fantasma de la Ópera, musical con música de Andrew Lloyd Webber, letras de Charles Hart y Richard Stilgoe, y libreto de Andrew Lloyd Webber y Richard Stilgoe, tuvo su estreno en Octubre de 1986 en Londres, considerándose esa fecha histórica dada la trascendencia que tuvo y lo que supuso la obra posteriormente. El salto a Broadway era inevitable, repitiéndose el éxito de Londres, siendo la obra que ostenta el récord a la permanencia en cartel en Nueva York, treinta y cinco años nada menos. El Fantasma de la Ópera es uno de los musicales más astutos compuestos jamás, y creo que más allá de sus virtudes y sus defectos sería interesante analizar la clave de su éxito. Tres factores son determinantes a mi entender, el primero su atractiva premisa, el terror siempre llama la atención, y sobre todo la espectacularidad escénica que se le presupone a una historia representada en diferentes formatos infinidad de veces. Por tanto el aparataje escénico en esta función es indispensable como reclamo, y por supuesto como apoyo al drama. Después nos encontramos con una partitura, es justo decirlo, que consigue que se nos incruste en el cerebro y que ya no se nos vaya jamás. ¿Cuál es el secreto? La repetición y diferentes variaciones de cuatro o cinco temas principales, que son los que arman el musical, y por último lo bien que representa los Años 80 y su cultura musical, de ahí su éxito en su fecha de estreno y su perdurabilidad como ejercicio nostálgico en el espectador. La partitura de Webber, de gran espectacularidad, bebe de diferentes estilos operísticos, pasando por Verdi y Puccini, mucho más el segundo que el primero, fusionando la lírica más pura con el New Age y el Rock en algunos momentos, y unas más que notables gotas de opereta. Si hay algo que caracteriza a la obra es el uso de la melodía, inspirada y bella en la mayoría de los casos, así como un gran uso del efecto teatral en la partitura, impactante y con gran carga dramática, ya que si bien es cierto, nos encontramos ante una historia de terror, El Fantasma es un gran melodrama de tintes operísticos, y no solo en lo musical, que se ve muy bien reflejado en una partitura inteligente y de gran lirismo.

El libreto igual de efectista que la partitura, maneja al espectador a su antojo, con giros y efectos dramáticos de interés, y que además consigue mantener la intriga hasta prácticamente el último cuarto de la función, en el que ya tenemos todos los datos sobre la misteriosa figura de el fantasma. Es también interesante la progresión dramática de los dos personajes principales, muy bien perfilados en el libreto. No me puedo aventurar a decir que El Fantasma sea una obra maestra del género, pero de lo que si que lo es, es de la carpintería teatral, de el sentido de la espectacularidad, y del uso de la música como catártico a la hora de plantear un drama.



 

Vayamos con el elenco, muy numeroso y acertado en las pequeñas partes, desde un energético Alejandro Rull, hasta Laura Martín, como Meg sólida y sensible en todas las disciplinas, se puede entender que hablamos de un elenco solvente, implicado, y de extraordinaria calidad musical, en una partitura comprometida para el coro, brillantísimos en el final de el Carnaval, donde el volumen fue realmente imponente y el sonido de gran espectacularidad. 

Silvia Luchetti, como Madame Giry, perfecta en su papel, sobria y sabiendo estar, que es lo que más precisa un personaje difícil y desagradecido, que siempre parece que va a ir a más, y acaba un poco diluído en la trama. Correctísima en los cantables, de perfecto agudo, voz grande de técnica mixta, sin pasar desapercibida en los números de conjunto. Luchetti ofreció solidez y oficio, llevando a cabo su labor con aparente facilidad y buen desplante escénico. 

Enrique R. Del Portal y Omar Calicchio, como André y Firmin respectivamente. Los dos empresarios de la ficticia Ópera Populaire de París, son dos de los personajes más queridos del musical, ya que sirven para aligerar la obra, que a ratos se vuelve densa, por eso siempre funcionan como un respiro al respetable entre momentos intensos varios. Encontre muy acertados a los dos intérpretes con un enfoque ligeramente queer de los personajes, elegante y discreto que los enriquece mucho. A este respecto hay cierto momento en una escalera de caracol, que Del Portal parece disfrutar mucho y que es oro molido por los matices que en ese momento subyacen. Muy compenetrados, con gran química en escena, y enormemente sólidos en todas las disciplinas, estuvieron a la altura de la obra sin el menor problema. En lo musical brillan mucho, pero es quizás en el célebre "Prima Donna", donde más se pudo disfrutar de sus facultades canoras, en un número que me supo a gloria, por su espléndido remate vocal, y espectacular acabado. 

Francisco Ortiz como Piangi y Marta Pineda como Carlotta, un tanto descompensados, aunque es cierto que es así en el material original, siendo uno de los bombones de la fución La Carlotta, y pareciendo Piangi un simple acompañante suyo. Ortiz sirvió una buena velada en lo musical, con voz de tenor bien trabajada, agudo correcto y notas interesantes, estando en la actoral un poco por detrás de su interpretación musical, ya que pasa muy desapercibido. Caso aparte es Marta Pineda, absolutamente inconmensurable en su papel, deliciosa en su mezquindad, con sus vicios de diva operística antigua, manera ridícula de actuar en una ópera basándose en los clichés que todos conocemos, y de rotunda e imponente presencia escénica. La Carlotta de Marta Pineda se me antojó uno de los mejores trabajos de la noche, de comicidad indudable, gran efecto teatral, sólida, y en el perfecto sitio que el papel pide. 

Guido Balzaretti como Raoul de Chagny, perfecto para el personaje, tanto por el tipo de voz como por sus carácterísticas físicas. Balzaretti tenor con facilidad en la zona aguda y buen uso de los recursos estilísticos, luce mucho en las partes más sentimentales de la partitura, especialmente en el gran dúo con su enamorada que finaliza el primer acto, sin caer nunca en lo melífluo pero sí dando el toque exacto de héroe romántico que el personaje pide. Nuestro actor sirvió una interpretación sensible y entregada del enamorado de Christine que casa a la perfección con lo que Raoul representa, siendo el resultado de su trabajo equilibrado y eficaz. 

Laura Enrech, como Christine Daaé, sirvió una gran velada a todos los niveles, siendo la voz muy adecuada para la a veces farragosa vocalidad del personaje, y que no se adecúa siempre a cualquier cantante aunque se encuentre en la tesitura correcta. Buen uso del filado, muy bien servidos los agudos, timbre grato y homogéneo, quizás flaquee un poco en el paso, pero sin molestar en ningún momento, su trabajo resultó muy placentero al oído y dio momentos de indudable intensidad lírica. Quizás su mejor momento fue en su gran canción del segundo acto "Wishing you were somehow here again", de gran capacidad emotiva, y enorme calidad musical. Actoralmente perfecta, da la perfecta nota de ingeniudad que el personaje desprende, así como todos los resortes dramáticos que ofrece. 

Gerónimo Rauch como El Fantasma. Inconmensurable, no hay discusión. Rauch ofrece un Fantasma canónico en el que cada inflexión musical está perfectamente medida, y refleja la partitura de Webber con precisión milimétrica. De ecos clásicos en su composición del personaje, resulta apasionado, temible o nos compadecemos de él cuando el papel lo requiere, todo gracias a una enorme expresividad, un inteligentísimo uso del instrumento y por supuesto unas insuperables facultades. Escuchar y ver a Gerónimo Rauch como Fantasma es disfrutar de un artista en la plenitud de su arte, una interpretación imprescindible y realmente notable de uno de los personajes más míticos de todo el repertorio de el género musical y un auténtico gustazo, que a fin de cuentas es de lo que se trata.



 Julio Awad al frente de la orquesta, realmente se luce, en una lectura opulenta, de dramático y espectacular acabado, cargada de matices, y gran espectacularidad en el sonido. Awad sabe muy bien el material con el que cuenta aprovechando cada nota hasta la extenuación, sacando un sonido compacto y muy operístico desde el foso y que refleja de maravilla lo que ocurre en escena, algo absolutamente indispensable en un obra de características tan descriptivas como es El Fantasma de la Ópera. Hay que remarcar que no se escatiman medios en cuanto a músicos, y que se agradece enormemente ya que engrandece la propuesta, gracias al inestimable acompañamiento musical.



 

Vayamos con la propuesta escénica.

Federico Bellone firma la producción que viene de Italia, y varias cosas son remarcables en ella. Esta es la quinta vez que veo El Fantasma de La Ópera, dos en Londres y tres en Madrid, y ya la última vez que la vi en la capital de Reino Unido, reconozco que me pareció que olía un poco a naftalina, por tanto concuerdo en la idea de que había que darle una vuelta al concepto original, adaptándolo a los medios escénicos actuales y al público de ahora, no se nos olvide que la producción original se estrenó hace casi cuarenta años, y la verdad es que eso pesa. La versión de Bellone tiene múltiples virtudes, y algún defecto, siendo el resultado global altamente positivo, y acertado, especialmente tanto en cuanto al respeto hacia la obra original que así como a la presencia de casi todos los momentos icónicos de la producción original. Si bien es cierto estamos ante una producción más modesta en líneas generales, nos encontramos ante un espectáculo cuidado que sortea con soltura los desafíos escénicos que la obra ofrece, siendo el resultado impactante e inteligente a partes iguales. Solamente dos momentos de la función quedan un tanto deslucidos por la relativa parquedad de medios. La escena inicial con la representación de la ópera ficticia Aníbal, que se ve un tanto pobretona en su acabado, y sobre todo el Carnaval, que si bien se concluye de manera brillante, unos desafortunados maniquíes no redondean la escena de la manera más idónea. Vayamos con lo positivo que es mucho. Lo primero que hay que decir es el enorme encanto teatral que tiene la función, con unos preciosos telones pintados de regusto decimonónico que dotan al espectáculo de un gran poder evocador y nostálgico. Otro punto a tener en cuenta es el inteligente uso del giratorio, parte principal de la escenografía, muy bien pensada, práctica y funcional, firmada por el propio Bellone y que sirve de manera ejemplar para plasmar diferentes planos escénicos así como para dotar de un empaque considerable a la famosísima obertura de la obra. Otra cosa a tener en cuenta son las espléndidas luces de Valerio Tiberi, que consiguen momentos de una insuperable plasticidad, así como un atmosférico acabado en total consonancia con el gótico transfondo de la historia. Es destacable también el cuidado tratamiento actoral de la función, con un elenco que Bellone mima y lleva por unos interesantes vericuetos de verdad actoral y sobre todo una re-lectura que enriquece algunospersonajes, especialmente en el enfoque queer de André y Firmin como ya comenté más arriba, así como las aristas de el propio fantasma, que adquiere mayor profundidad dramática en esta producción, alejándolode cualquier acartonamiento. Buen trabajo en las coreografías por parte de Gillian Bruce, inspiradas y en total consonancia con el espíritu de la obra original. 

En resumen, este Fantasma es una buena revisión de un clásico, que suple su a veces, parquedad de medios con ingenio y buen gusto, siendo el acabado el de una producción esmerada y realizada con un gran cariño y respeto por la obra de Webber. ALTAMENTE RECOMENDABLE. 



jueves, 7 de marzo de 2024

The Producers. Festival Llàcer En El Nuevo Teatro Alcalá.

 


Hemos tenido un estreno tardío y esperadísimo, que nos ha animado la cartelera madrileña en la mitad de su andadura 2023-2024, The Producers, Los Productores como se ha conocido hasta ahora el musical en nuestro país. Tenía muchas ganas de disfrutar de este espectáculo, el éxito en Barcelona, el equipo creativo, y su elenco eran sus bazas más importantes, y por supuesto el título, que no se prodiga mucho por estos lares, y de el que guardaba un gratísimo recuerdo dada la estupenda producción que se presentó en la temporada 2006, con escaso éxito, algo injusto, y que sería interesante el dilucidar por qué aquella producción se estrelló en taquilla, pero eso amigos... es otra historia. 

Reconozco cierta debilidad por The Producers, me parece el mejor musical de Mel Brooks, como luego explicaré, y un título sin duda atractivo, para los aficionados al género. En cuanto me surgió la ocasión acudí a verlo, es decir la primera función, ya que la paciencia no se encuentra entre mis escasas virtudes, y el martes pasado en el Nuevo Alcalá que me presenté con ganas de disfrutar, como así hice. Resulta estimable más allá de las virtudes del espectáculo que se represente este repertorio, un tanto inusual en nuestra cartelera, porque Los Productores es un producto netamente "Broadway" en su planteamiento, y que creo que ha vuelto en el momento exacto para que se pueda disfrutar, con la madurez suficiente en cuanto al género en nuestro país, y en la cultura en cuanto a musicales de el público patrio, que aunque parezca que no, ya tiene un bagaje interesante como para apreciar lo suficiente el género en su vertiente más pura, como de este caso se trata. Así que después de esta disertación sobre uno de mis géneros más amados, hablaré de The Producers, que es de lo que se trata.



 

The Producers, musical con libro, letra y música de Mel Brooks en colaboración con Thomas Meehan, tuvo su estreno en Chicago en febrero de 2001, pasando posteriormente a Broadway al poco tiempo después. El éxito de la obra fue arrollador, arrasando en los Tony de ese año, consiguiendo la cifra récord de doce premios, estando en cartel en Nueva York durante seis años ininterrumpidos, y siendo llevada al cine, con sus dos protagonistas de Broadway como reclamo principal. Hay que decir que el musical está basado en a película homónima de Brooks de 1967, protagoniza por Gene Wilder y Zero Mostel, no siendo la primera versión un musical. Brooks es un maestro en el trazo grueso, no apto para todos los estómagos, todo hay que decirlo, pero el éxito de el musical creo que se justifica por varios motivos. El primero y más importante la atroz crítica al mundo del teatro neoyorquino y a los empresarios de dudosa reputación, luego sin duda hay que hablar de una inspiradísima partitura, y por supuesto el desopilante libreto, puro Mel Brooks de principio a fin, con sus virtudes y sus defectos, que funciona como el mecanismo de un reloj, como sátira atroz, despiadada en su planteamiento, y sobre todo alejada de cualquier tipo de corrección política. La historia es simple, un productor arruinado, con la ayuda de un apocado contable, trama un plan para hacer el peor espectáculo de Broadway y forrarse con una especie de estafa piramidal... y hasta aquí puedo leer. Esta premisa nos sirve para que por el escenario desfile toda una caterva de estereotipos del mundillo teatral en su vertiente más grotesca, con la que se denuncia todos los vicios del noble arte de Talía, desde un prisma despiadado y divertidísimo.



 

Mención aparte merece la partitura, hay que reconocer que Mel Brooks se lució con la música, el más puro estilo del Broadway más clásico, que va en total consonancia con el tono de la obra, que por muy descarnada que sea, no deja de ser un enorme canto de amor a Broadway y al mundo del teatro, y sobre todo a sus miserias. La obra de corte ecléctico, recuerda a Herman, algo que no es en absoluto gratuíto ya que Brooks pensó en él como compositor en un principio, los "gallops" tan caracteríticos de Herman se encuentran por doquier, las melodías pegadizas, los números "á grand spectacle" y una arrolladora vitalidad, son las principales carácterísticas de una partitura arrolladora de las que uno se lleva puesta a casa. Varios números son destacables, amén de su tremenda Obertura, es importante reseñar "Ser productor es mi sueño" ya un clásico indiscutible del género, así como el descacharrante "Hazlo gay", y por supuesto el dificilísimo soliloquio de Max en el último cuarto de la función, auténtico tour de force para el actor que le toque en suerte, Armando Pita en este caso. La obra de enorme exigencia para todo el elenco, requiere un alto nivel de canto así como de baile, y de interpretación. Nos encontramos ante un caso clarísimo de triple amenaza por la dificultad que entraña y un elenco de gran solvencia para que pueda ser llevado a buen puerto. 




Vayamos con el elenco.

Todas las pequeñas partes funcionan a la perfección, destacando por extensión Bittor Fernández como Carmen Age-Á-Trois, un todoterreno, espléndido en lo corporal, de indudable comicidad, y muy bien timbrado en lo musical, con peculiar presencia e indudable magnetismo escénico, en un personaje bombón y de gran dificultad. También hay que destacar a José Luis Mosquera, muy conocido entre los aficionados, como Franz Liebkind, que dotó de oficio y enorme comicidad a uno de los papeles más recordados de la función, como nazi recalcitrante.

Oriol Burés, como Roger De Bacle, inconmensurable como es habitual, en un papel con ecos de la Zsa Zsa de La Jaula de Las Locas, que le va como anillo al dedo. Extremado, energético en grado sumo, atronador cantando, apabullante, se merienda a todo el mundo cuando aparece en escena. Manda en todos los momentos sin problema, afrontando el papel desde la bravura y sobre todo con un conocimiento de los resortes de la comedia milimétrico. Burés me parece uno de los actores más notables del género en nuestro país, tremendamente disciplinado y con un carisma indudable. Para la posteridad el final de el primer acto, antológico a todas luces, y por supuesto su número principal, "Flores para Hitler" realmente impactante, pero sobre todo lo que hay que destacar es la manera tan magistral con la que Burés controla al público que literalmente come de su mano en todas sus intervenciones. 

Mireia Portas, como Ulla. Ya vista anteriormente en Cantando Bajo La Lluvia, Portas de personalísimo estilo borda el papel, en una concepción diferente al original, y que nuestra actriz hace suya de manera impecable. Rapidísima en las respuestas, siempre implicada, generosa con sus compañeros, y con esa peculiar manera de entender la comedia, que a mi personalmente me resulta irresistible. Portas más allá de la obvia comicidad del papel, hila muy fino con pequeños detalles que enriquecen muchísimo la personalidad de Ulla, que perfilan perfectamente un personaje con más aristas que las que el material original ofrece. Hay una cosa que me resulta muy definitoria de su manera de hacer, todo lo que va ocurriendo de manera soterrada, que precisa de estar muy atento para no perderse ni una coma de una creación tan rica y matizada como la que lleva a cabo. Todo está medido, todo está encajado, todo asimilado con organicidad, y por tanto todo funciona a la perfección, siendo el resultado sólido y de una pieza. Como artista de musicales, me parece muy completa, canta bien, actúa de maravilla, y baila que da gusto verla... no se puede pedir más. 

Ricky Mata, como Leopoldo Bloom. Mata entiendo que ya consagrado como uno de los grandes activos de la profesión, muestra su ductilidad en un papel alejado de la explosiva comicidad de otros trabajos suyos, siendo el resultado el de una creación más profunda y matizada, de un personaje con unas exigencias actorales que quizás en otras ocasiones no eran tan elevadas. Comedido, sobrio, rezumando ternura y verdad, nos presenta un tipo gris, un tanto neurótico, pusilánime y de rasgos infantiloides, realmente delicioso. El detalle de la mantita azul es una verdadera genialidad. Los tics y reacciones a ciertos momentos, y por supuesto su control de la disciplina gestual son sin duda notabilísimos. Resulta muy interesante ver su evolución como artista, yo lo descubrí en Los Quintana y no me pasó desapercibido, pero es que el nivel en el que se encuentra es literalmente estratosférico. Musicalmente nos encontramos al mismo nivel de excelencia que en el actoral, su número principal, el icónico "Ser productor es mi sueño" está impecablemente servido, su desplante escénico espectacular, y esa bajada de escalera se queda grabada en la retina por mucho tiempo. Larga vida a Ricky Mata en nuestros escenarios... intuyo que nos va a dar muchas noches de gloria. 

Armando Pita como Max Byalystock. Rotundo y contrapeso perfecto al apocado Leo de Ricky Mata. La química entre los dos en indudable, y su trabajo se encuentra enormemente compensado. Pita de carácter más explosivo que su coprotagonista, resulta solidísimo en el personaje más difícil de la función. Desde un tipismo muy marcado, Pita lleva al personaje desde el exterior para definirlo, manteniendo cristalina su psicología, muy reconocible en sus actitudes, y con una carga de mala baba notable. El tono paródico del papel está muy conseguido, y su extremado acabado va en total consonancia con lo que Max pide y ofrece. Como artista avezado del género controla perfectamente los desafíos del papel, desde su difícil escena de salida, hasta el intrincado soliloquio de la cárcel, que desmenuza de manera magistral siendo el resultado realmente asombroso y de una riqueza artística indudable. Hay que destacar también la inteligencia con la que aborda el papel, sabiendo dónde y como cargar las tintas, y dónde replegar velas para luego volver con la artillería pesada. Interpretación bien pensada, pulcra, de enorme implicación, y esforzada, que sin duda debe ser reconocida en su totalidad. 

Hay que destacar sin duda la labor del conjunto, que están al nivel de un musical que muerde, agotador, difícil, en el que las coreografías son de gran dificultad, y que se encuentran ejecutadas de manera impecable. También es destacable el buen nivel musical que poseen, en una partitura con momentos comprometidos para el conjunto, que se encuentran perfectamente interpretados. Nos encontramos ante un conjunto disciplinado, que se nota que disfruta enormemente de su trabajo, y que redondea de manera ideal el elevado nivel artístico del espectáculo. 

Gerard Alonso al frente de la orquesta saca un sonido de gran espectacularidad, con unas dinámicas muy conseguidas, y con un delicioso regusto a Broadway, que acompaña a la perfección todo lo que ocurre en escena. Hay que reconocer que se agradece muchísimo una orquesta de estas características en una partitura de acabado tan clásico como es el de la función, que resuelve de manera muy brillante una música deslumbrante y vitalista.



 


Àngel Llàcer al frente del espectáculo lleva a su terreno "The Producers" y a su particular universo, hay que dejar claro que estos Productores están alejados de la producción original, teniendo una impronta muy marcada del director de escena, con algunos cambios con respecto al original en cuanto a estructura de la obra (inicio del segundo acto), la visión de "Flores para Hitler" y el enfoque de algún personaje, especialmente Ulla, algo entendible, ya que el original y su estereotipo machista creo yo que no se sostiene en la actualidad, por tanto si se espera ver una producción ortodoxa se puede salir decepcionado, aunque a mi particularmente no me molestó en absoluto, y me pareció que en algunos momentos la función roza la genialidad. A pesar de esto que cuento hay que decir que algunos momentos son puro Mel Brooks, especialmente el número que se dearrolla en "Reumalandia", y un juego escénico con ciertos besos voladores, que me parecieron un claro homenaje a "El jovencito Frankenstein". Me gustó la apuesta de Llàcer, excesiva y barroca como su personalidad, y con varias cosas destacables. Lo más importante es la energía tan buena que desprende el espectáculo. Llàcer lleva a su elenco al límite, actoral, musical y escénico, en un espectáculo frenético, de vertiginosos cambios y ritmo, de aparente, solo aparente, caótico acabado, y con cierto regusto a La Cubana en algunos momentos, aunando de manera acertada momentos del Broadway más clásico, con otros del más delirante vodevil, pasando por un regusto arrevistado que a los que amamos el género nos sabe a gloria, sin darnos un momento de respiro al respetable desde que empieza la función hasta que acaba. Llàcer es muy consciente del material que tiene entre manos, sabiendo que The Producers es una comedia bruta, muy física, y muy dura también, de ahí el enfoque y las licencias que se toma, para acercarlo al público actual, cargando las tintas en ciertos aspectos quizás menos evidentes en la obra original. El tono pretendidamente queer, desprejuiciado e irreverente están en el material original, y Llàcer los potencia acercándolos a nuestros tiempos, en un libreto que quizás no ha resistido el paso de los años tan bien como el de otras obras, y en el que se me antoja necesaria una revisión, no sé si esta es la mejor, pero si que me pareció válida, y coherente, manteniendo a todas luces la esencia de lo que Mel Brooks quiso contar. Nuestro director, lleva el espectáculo exactamente al lugar en el que lo quiere posicionar, sirviéndose para ello de un aire de astracanada en todas las interpretaciones, a excepción del personaje de Leo, más comedida y en un código más interiorizado, que sirve muy bien como contrapunto ante tanta locura, y que se encuentra muy bien integrado en el estilo interpretativo de la función. A nivel técnico mantiene los estándares de calidad habitual de la compañía, creo que podemos hablar de compañía pues el equipo habitual se encuentra en esta producción, con unos cambios bien medidos, limpios, siempre elegantes y de una sabiduría teatral realmente encomiable, que marcan la estética de todo lo que Llàcer toca, que si algo caracteriza a sus producciones es el siempre inteligente uso del espacio escénico, y el conseguir que todo luzca con momentos de enorme empaque visual. Solo se puede achacar una cosa, y es que resulta un poco previsible en algunos momentos si se han visto los anteriores espectáculos de Àngel Llàcer, pero hay que reconocer, que los resortes ya familiares, funcionan y hacen las delicias del respetable. Mención especial para las inteligentes y paródicas coreografías de Miryam Benedited, el grandísimo diseño de luces de Albert Faura, y el delirante trabajo en los figurines de Marc Udina Durán, una fantasía en la mayoría de los casos, salchichones incluidos... 

Estos Productores son una fiesta, un chute de energía brutal, y sobre todo un ejercicio de "buenrrollismo" tremendo, que nos pone las pilas, por su intensidad cómica y su vertiginoso acabado, que denotan un enorme conocimiento no solo del musical como género, si no de la comedia y de la carpintería teatral, con sus trucos y sus golpes de efecto, que tanto gustan y que tan bien funcionan, siendo el resultado fresco, y sobre todo en los que parece que hay mucho de improvisación, cuando realmente todo absolutamente, está medido y calculado hasta la extenuación, todo un "festival Llàcer" sin discusión. Están solo diez semanas...avisados estáis.



 


jueves, 5 de octubre de 2023

The Book Of Mormon, El Gran Triunfo De El Musical En Nuestro País.


El que no arriesga, no gana, y sin duda hoy hablaré de riesgos. Una de las cosas que más se le achaca a la industria de los musicales en nuestro país es que pocas veces se sale del "sota, caballo y rey", se repiten títulos... de gran éxito, se traen musicales basados en películas... de gran éxito, se apuesta por Disney en franquicias... de gran éxito, y así se asegura un buen taquillaje y una lógica recuperación del dineral invertido en las mastodónticas producciones que el primer nivel en musicales suele ofrecer. Esto tiene sus cosas buenas y sus cosas malas, la buena y principal, que la industria va ganando músculo, la mala, que se nos quedan por el camino muchos títulos inviables, o que no tienen aquello que las grandes productoras de musicales buscan en un gran éxito. Sondheim está practicamente vetado en nuestro país, algunos de los grandes títulos del repertorio con gran predicamento fuera de nuestras fronteras no se han representado (craso error, ya que para valorar lo de ahora hay que conocer las fuentes), títulos de éxito arrollador pero menos populares no se ven en nuestro país por miedo a que no haya respuesta del publico, Wicked mismamente, y a veces parecemos estar en un bucle un tanto insípido en el que se nos presentan fastuosos espectáculos ya vistos, trillados, y en muchos casos oportunistas, que buscan el muy lícito arte de hacer de dinero, pero que se deja en el camino el no menos importante arte de hacer TEATRO. Cuando me enteré de que se iba a poner en pie The Book Of Mormon en Madrid mi sorpresa fue mayúscula, y amén de alegrarme mucho, me asaltaron varias dudas. La primera la viabilidad del proyecto, la segunda la dificultad de traducción y adaptación, y la tercera y más importante, el que consiguiera el favor del público, ya que los mormones nos son un tanto ajenos, y el grueso del público pude pensar que es un tema carente de interés en nuestro país. Las dos primeras dudas me las he tenido que envainar al tenor de lo visto la otra noche en el Calderón, y la tercera es una incógnita, aunque deseo por múltiples motivos como iré narrando el éxito de esta producción y de todo su equipo creativo. La función que he visto de The Book Of Mormon resulta muy significativa en cuanto al salto cualitativo del género en nuestro país. Ya estamos preparados, ya somos primer nivel, ya podemos decir que el musical lo vamos dominando con el nivel deseado, pero ojo... no nos confiemos que de aquí solo se puede ir para arriba, los espectadores ya tienen la suficiente cultura en musicales como para discernir cuando realmente estamos ante un producto de primer nivel, o no se llega a lo que la obra pide. Crucemos pues los dedos, y esperemos que este Book Of Mormon sea un espejo en el que se miren otros que tienen mucho que aprender y que están a años luz de él.


 The Book Of Mormon, musical con letra y música de Trey Parker, Robert Lopez y Matt Stone, se estrenó en Broadway en 2011, manteniéndose en cartel hasta la actualidad, siendo un aténtico bombazo de taquilla y artístico, y casi me atrevo a decir que un fenómeno social que todavía colea. Arrasó en los Tony del año de su estreno, llevándose nueve nada menos, y con récord de espectadores allí dónde se ha represantado. 

Vayamos por partes, la obra tiene detrás a los creadores de South Park, así que no nos llamemos a engaño cuando veamos las fotos del musical, en las que una caterva de jovencitos atildados y bellos como efebos de virginal apariencia que parecen invitarnos a entender las supuestas excelencias de la fe mormona, con dulce candidez, sonrisa beatífica, y cierto aire de comedia Disney nos ofrecen las excelencias de la fe mormona. El que vaya con esta idea en la cabeza que se olvide, The Book Of Mormon es una de las obras más irreverentes, audaces, y deliciosamente molesta que uno recuerda. Bueno, quizás debería remontarme a Avenue Q para recordar un título de similares características, con la misma subversiva mordacidad, y delicioso acabado, que realmente funciona como un auténtico bofetón en los morros del habitualmente almibarado mundo del musical, y lo que es más genial, en nuestra hipócrita sociedad. El argumento de la obra es sencillo, su desarrollo en absoluto, así que por aquello de no hacer spoilers, en dos líneas contaré de que va esto de el Mormón, como lo llamaré a partir de ahora. Dos jovenes predicadores mormones, recién formados, son enviados a Uganda a predicar la fe, y conseguir bautizar al mayor número de ugandeses posible. Una vez llegan al país africano llega el despiporre, y el choque cultural, religioso, y social es tan brutal, que todos los que se ven implicados en el argumento sienten un cambio en su vida de manera radical. La función no deja títere con cabeza, con un humor salvaje, atroz a ratos, profundamente hilarante, y eso si... muy bruto. Se tocan temas de una gran dureza, siempre desde un punto de vista descarnado, directo, y sobre todo muy real. El Mormón es un viaje iniciático no solo para sus protagonista, tambien para el público, que entre azorado y divertido asiste atónito ante una serie de comportamientos profundamente humanos, profundamente sonrojantes, y profundamente divertidos. Así que advertidos estáis, esta sátira inteligente y salvaje no es una bucólica representación de África, no, es un despiadado fresco en el que se critica lo ridículo de los dogmatismos, la diferencia tan brutal que significa algo tan circunstacial como el lugar en el que se nace, y sobre todo un profundo tratado sobre la complicada y contradictoria condición humana. Aquí no existe lo politicamente correcto, todo se nos dice a cara de perro sin tapujos, de forma brillante y lo que es mejor, terriblemente divertida. Tan solo precisa dos cosas para disfrutarla, mente abierta y saber contextualizar... el resto viene solo.



 

La música se encuentra a la altura del brillante libreto, de enorme dificultad para todo el elenco, los numeros de solista, especialmente en el caso de Elder Price y Elder Cunningham, pasan por una calidad musical incuestionable, de enorme lucimiento para todos, y que nadie se engañe, este es un musical de esos en los "que hay que cantar", aquí no valen las medias tintas. Bueno, cantar, bailar, ser un excelente actor, y además meterse al público en el bolsillo. La partitura pasa por los ritmos más contemporáneos en sus temas principales, la sátira hacia otros musicales de gran éxito, el tap, ritmos africanos, y un espectacular número de inicio que ya es historia del teatro musical, y que para juzgarlo en su justa medida hay que verlo en directo... absolutamente impresionante. No hay palabras para definir la enorme calidad de la función a todos los niveles, la dificultad que entraña, y todo el talento que hay detrás de los creativos. 

Hay que hacer una mención a la excelente adapatación y traducción que se ha hecho en nuestro país, responsabilidad de Alejandro y David Serrano, impecable, efectiva, con mucha chispa, y perfectamente cuadrada en los cantables, y reitero la enorme dificultad a este respecto que la obra plantea. 

The Book Of Mormon, como material de base resulta sorprendente, audaz, y sobre todo fresco, algo que debe ponerse en valor, dada la habitual tendencia al blanco del género, y a lo políticamente correcto como bandera. Dicho esto vayamos con el elenco, y adelanto que es insuperable.



Todos los miembros del elenco tienen en mayor o menor medida algún pequeño papel que se ve perfectamente ejecutado, en algunos casos de manera muy sorpresiva, que no desvelaré por motivos obvios. Quiero empezar hablando de el grupo de los elderes, absolutamente inconmensurable, cada uno con su carácter, sus peculiaridades, y sus chistes recurrentes que funcionan a la perfección. Muy destacable y no solo por extensión Nil Carbonell como Elder Mckinley, divertidísimo, con un elevado nivel de tap, algo extensible a todo el grupo, y muy pero que muy acertado en lo actoral, en un personaje complejo, y que nos muestra con todas sus contradicciones y en todo su maravilloso esplendor. Corporalmente perfecto, cargado de intención y además muy pero que muy reconocible en algunas actitudes. Mckinley es una mezcla de mezquindad, ternura, hipocresía... y mucho vicio. Carbonell sabe sin lugar a dudad dotar al papel de todas las aristas tan bien perfiladas en el libreto. 

Entre los ugandeses el nivel es igual de alto, y destaca la ternura que transmiten, su inocencia dentro de lo gris de sus existencias, y la verdad que rezuman como conjunto y como individuos, ya que igualmente todos muestran una personalidad marcada, y en algunos casos extremadamente divertida, a este respecto Álvaro Siankope y su peculiar problema con cierto parásito resulta realmente impagable. Otro artista a destacar es Kevin Tuku como Mafala, artífice de uno de los numerazos de la función, profundamente divertido... y blasfemo también, para que negarlo. "Has Diga Eebowai", ya os enteraréis de lo que significa, más allá de su provocador planteamiento, posee un transfondo más duro y real de lo que pueda parecer, siendo uno de los números en los que se denuncia una realidad tremenda y a nada que se rasque un poco perfectamente comprensible. Tuku dota a Mafala de una gran humanidad y bonhomía, teniendo momentos muy estimables, especialmente con Nabulungi, y su tierno vínculo. 

Aisha Fay como Nabulungi, en perfecta consonancia con el personaje, dulce, tierna e inocente, como mandan los cánones, resulta especialmente sólida en los cantables, en los que lució una bonita voz, buena dicción, y perfecta en la intención. Es cierto que el personaje es un tanto desagradecido entre tanto explosivo humor y caracteres tan dispares, pero si es cierto que funciona muy bien como contrapunto ante tanta locura. 

Alejandro Mesa como Elder Cunningham, absolutamente soberbio, no hay discusión. El personaje es de una complejidad tremenda, y hay que reconocer que Mesa lo borda. Impecable en los chistes, maravilloso en lo corporal, explosivo a ratos, y con mucha verdad. Nos creemos a Cunningham de principio a fin, y detrás de tanto carisma, cachondeo, y cierta caradura, realmente se nos plantea el drama de un personaje inadaptado y con muchísimas carencias. Todo eso se puede vislumbrar en la creación de Alejandro Mesa con aparente facilidad, total mesura, y un equilibrio maravilloso, en cuanto a la interpretación interior y la exterior. Nuestro actor posee un control natural de la comedia absoluto, sus tiempos, como encajar los chistes, el manejo del texto... en definitiva todo aquello que define al difícil arte de hacer humor, y que tan bien se entiende en esta producción. Hay que destacar la absoluta química y complicidad con Jan Buxaderas, han trabajado mucho juntos, algo importantísimo para el buen desarrollo de la función, y sin duda se nota.

Jan Buxaderas como Elder Price, inconmesurable. Buxaderas al que ya destacamos en Grease, y disfrutamos en Mamma Mía! se consagra en The Book Of Mormon como una de las estrellas del género en nuestro país. Perfecto en todas las disciplinas, segurisimo, y con una presencia escénica atractiva y luminosa, se me antoja ideal para un personaje de extremada dificultad en lo musical, comprometidísimo en lo actoral, y que precisa de un elevado nivel en danza. Buxaderas las da todas, con un punto narcisista que le va de perlas a Elder Price, una energía absolutamente arrolladora, entregadísimo, y con más que interesante recorrido actoral a medida que el personaje se va desarrollando en el texto. Es muy destacable el aire de dibujo animado con el que dota al papel que resulta además de adecuado muy definitorio, y absolutamente irresistible. La voz es bonita, y sortea los saltos de la partitura, eternos agudos y demás desafíos musicales con los que se encuentra sin esfuerzo y de manera brillante e impactante. Acierto total de casting Buxaderas que lleva practicamente todo el peso de la función de manera honesta, esforzadísima, inteligente y creo que muy consciente de las dificultades con las que se enfrenta. Buxaderas tiene un más que prometedor futuro en nuestro panorama teatral, y precisamente esta función es el espaldarazo definitivo para posicionarse en el lugar que merece estar. 


Joan Miquel Pérez al frente de la orquesta, ofrece un trabajo pulcro, extremadamente conciso y teatral, y muy cuidado en el tratamiento musical de los cantables. Todo se encuentra ajustadísimo entre foso y escena, en una función realmente difícil para todos, y que a nivel musical funciona como un reloj.

 


Vayamos con la propuesta escénica, firmada por David Serrano. Hay que explicar que es de nueva creación y no nos encontramos ante una réplica de la producción original, y la verdad es que la versión que se ha hecho en Madrid es un acierto a todas luces. Serrano entiende la comedia muy bien, su tono y el pulso que debe tener el musical para que funcione siendo el resultado realmente notable. Es muy destacable la dirección de actores donde se perfila perfectamente la personalidad de cada personaje, y muy especialmente los vínculos existentes, algo primordial en una función de estas características, en la que se nos habla mucho de las relaciones personales. Serrano ofrece un espectáculo vitalista, cargado de arrolladora energía y un "buenrollismo" que nos hace salir con la sensación de que el mundo es un lugar mejor. Todo funciona, todo resulta sorpresivo, y la progresión cómica de la función, admirablemente medida pasma al más pintado. Lo que empieza como una comedia blanquita cada vez se va tornando más y más irreverente hasta su explosiva conclusión que nos deja un delicioso sabor de boca, moraleja incluida. Nuestro director aprovecha al máximo las posibilidades de un elenco en auténtico estado de gracia, sirviéndose de sus características como artista de la mejor manera posible para sacar oro puro de cada uno de los componentes del espectáculo. A todo esto hay que añadir la efectividad de todos los gags cómicos, que pasan desde lo físico hasta lo visual, con un chistes impecablemente servidos y que convierten la función en una comedia de altura, frenética y absolutamente descacharrante. Hay que destacar la propuesta visual, un absoluto acierto, con la que posiblemente sea la mejor escenografía de Ricardo Sánchez Cuerda de los últimos tiempos, funcional, sorpresiva, y siempre al servicio del espectáculo, grandiosidad incluida. Otro de los grandes activos de la función son las insuperables, y dificílisimas, coreografías de Iker Karrera, que ya dio en la diana en Mamma Mia! y que aquí yo creo que se supera. Perfectamente integradas en la obra, igual de divertidas, paródicas e inteligentes que el musical en si, y en perfecta consonancia con el tono de la función. También son destacables los figurines de Ana Llena, coloridos y divertidísimos en algunos casos, homenaje a los Monty Python incluido. A nivel técnico, sin duda otro desafío, la obra se encuentra perfectamente ejecutada, con unas magníficas transiciones, dinámicas, bien planteadas y sin ningún atisbo de pesadez en las mutaciones, siendo el resultado el de un espectáculo ágil y que se nos pasa rapidísimo. Todo se encuentra perfectamente medido, perfectamente encajado, y lo más importante, sin que apenas nos demos cuenta de ello. Nos encontramos ante una propuesta de relumbrón a todos los niveles, que maravilla por momentos, divierte desde el minuto uno, sorprende en cada cuadro, y sobre todo nos deja apabullados por el altísimo nivel artístico de todo lo que vemos, nada chirría en un espectáculo absolutamente redondo, una auténtica belleza por los cuatro costados, mágico, un chute de energía y apoteósico por momentos. The Book Of Mormon es un musical en Technicolor, cargado de mala baba, inteligente humor, acidísimo, y sobre todo calidad, una enorme calidad. 

Hace unos años cuando se estrenó Billy Elliot afirmé que era un gran salto para el género en nuestro país, en esta producción se recoge lo allí sembrado, se trata de la constatación definitiva de que ya estamos en el punto que el género necesita y merece, siendo entendible el espectáculo como un gran triunfo artístico, y al menos hasta el momento la producción definitiva en cuanto a teatro musical en Madrid. The Book of Mormon es lo mejor que se ha hecho en años, una propuesta de altísimo nivel, llevada desde el mayor de los rigores, y un concepto del género desde el máximo respeto, cariño y sobre todo talento... muchísimo talento. Entiendo que es el título de la temporada, un imprescindible, y estoy absolutamente convencido de que se recordará esta función por mucho tiempo, y algunos diremos  dentro de muchos años que la vimos. Viendo la función sentí que este Mormón es el principio de algo, esperemos que duradero y que no se quede en un mero espejismo. De aquí para arriba y sin parar.

Larga vida al musical, y muy especialmente larga vida a The Book Of Mormon, sin duda es un antes y un después...





miércoles, 4 de octubre de 2023

Chicago, La Elegancia De Los Clásicos.


Antes de hablar del excelente Chicago que se está representando en el Nuevo Apolo, quisiera hacer una pequeña reflexión sobre los musicales en nuestro país, y el aluvión de estrenos que se nos avecina. Se ha iniciado por fin la temporada teatral 23-24 teniendo una vez más este año gran importancia el género musical. Hay estrenos de todo tipo y para todo tipo de público, clásicos, familiares, icónicos, gamberros, de pequeño y gran formato, y todos tienen un denominador común, el asentamiento de los musicales en la cartelera madrileña, y la confirmación del agrado del público por este tipo de espectáculos. Nunca me cansaré de repetir lo mismo, cantidad no es igual a calidad, y se debe pensar bien lo que realmente nos apetece ver, informarse antes y sobre todo saber si la producción se encuentra dentro de los estándares mínimos que un espectáculo de estas características debe tener. Las entradas tienen su precio, y deben ser los productores los que le ofrezcan al respetable lo que está pagando, el resto no vale. Es muy dañino para el género, para el teatro y para el negocio que general. Por tanto queridos lectores míos ser selectivos, y sobre todo no juzguéis a todos por igual tras una mala experiencia, al final esto es una carrera de fondo y las cosas caen por su propio peso, el que da gato por liebre, da la primera vez, la segunda posiblemente no. Trucos para no caer en fiascos... muy sencillo, investigar quien está detrás de la producción, guiarse por lo que dicen otros espectadores, y revisar el mayor número posible de material gráfico de la obra y sus elencos. Con estos pequeños tips, no fallaréis estoy seguro. Y ahora si... hablaré de Chicago.

 


Chicago, musical con partitura de John Kander, letras de Fred Ebb, y libreto de Bob Fosse y Fred Ebb, tuvo su estreno en Broadway en junio de 1975, y la verdad que en su estreno no tuvo el éxito esperado a pesar de contar con unos mimbres estupendos para que así fuera, amén de su magnífico equipo creativo, el protagonismo de Chita Rivera y Gwen Verdon, posteriormente sustituida por Liza Minelli tras una lesión de Verdon, no consiguieron que la obra pasara de un éxito más bien discreto y dos años en cartel, algo que en Broadway se puede considerar un éxito más bien mediano. La obra yo creo que no se entendió en su momento, y su estilo demasiado moderno en su concepción dramática, para los parámetros de la época, chocó con un público acostumbrado a platos quizás menos exquisitos, pero si de más fácil digestión. Además el mismo año que se estrenó Chicago un torbellino llamado A Chorus Line arrasó en Broadway, y sin ninguna duda le hizo sombra, algo que no se subsanó hasta 1997, cuando el exitoso revival, hoy considerado canónico, si consiguió el favor de crítica y público, convirtiéndose en un éxito arrollador que todavía perdura, siguiendo en cartel en Broadway desde se reposición hace casi treinta años. El público sin duda era otro, y la sociedad también, y Chicago dio de lleno en la diana con su crítica mordaz, su negrísimo humor, y sobre todo su lúcida mirada sobre nuestra sociedad.



 

La obra de indudable calidad, tanto musical como literaria, tiene sin duda varias cosas que lo hacen atemporal, universal, y decididamente una obra maestra del género. La partitura de Kander, de estilo ecléctico supo plasmar a la perfección el estilo musical de los Años 20 del siglo pasado en los que se desarrolla la trama, el jazz se encuentra muy presente, así como la música más relacionada con el vodevil, género estrella por aquellos tiempos. También se puede encontrar en la partitura un delicioso tango, no se nos olvide que causaba furor en aquella década, el sempiterno charlestón, así como un delicioso homenaje a la opereta, también en pleno esplendor por aquellos días. Lo más representativo de esta partitura es lo definitoria que resulta en cuanto a la psicología de cada personaje, que siempre sirve como catalizador de la acción dramática, y que se encuentra integrada dentro de la historia de manera magistral, completamente naturalizada y fluída, sin que nos sobre ni falte ni una sola coma en la partitura. Todos los solistas de la función tienen su momento de lucimiento, su gran escena, y sobre todo aquello que en la ópera llamamos aria, y que tan revelador resulta sobre los anhelos e inquietudes de los personajes. No se me malinterprete, no estoy diciendo que Chicago sea una ópera, pero si que la efectividad de su música, y el planteamiento de la partitura si se le acerca, muy especialmente a las óperas populares de Kurt Weill que casualmente, tuvieron su esplendor en los Años 20 del siglo pasado. 

Esto que planteo, en absoluto gratuito, entronca directamente con su libreto, de estilo Brechtiano, es sabido Brecht fue un excelso colaborado de Weill en algunas de sus composiciones más destacadas. La propuesta Brechtiana posiblemente fuera una de las cosas que más chocase en su estreno, su tono aparentemente frío, aséptico, con personajes de ambigua moral, increpador hacia el público, y dejando que sea el respetable el que juzgue lo que está visualizando, son algunas de las insignias del musical, y uno de los grandes aciertos, ya que la inteligencia con la que el conflicto está planteado sin ninguna duda es notable. La historia, lo suficientemente conocida como para ser narrada, se basa en una obra de teatro que se estrenó con notable éxito en la época que sucedieron los hechos que se nos cuentan, y si, digo sucedieron, ya que las dos adorables asesinas que se nos muestran en la obra fueron dos personajes reales, que tuvieron una historia muy parecida a la de Roxie Hart y Velma Kelly. Lo que se nos cuenta es el auge, caída y resurgir de dos mujeres capaces de matar a sangre fría es cierto, pero esa es la excusa para mostrarnos todos los vicios de la sociedad contemporánea, adocenamiento, manipulación de la opinión pública, oportunismo y amarillismo de la prensa, falta de escrúpulos en la abogacía, y corrupción carcelaria, y que tan bien se plasmó en el que para mí es el número más importante de la obra, "Class", que además de bellísimo sirve de catártico para el público, tanto en cuanto el mensaje se nos deja cristalino y descarnado a partes iguales. Lo cutre gana, lo zafio campa a sus anchas, lo vulgar se alaba, y la ausencia de valores se considera una virtud... volvemos a Brecht y Weill ¿verdad?. Chicago es una farsa inteligente, ácida, y sin ninguna duda inspiradísima a todos los niveles, y que intuyo yo que seguirá vigente durante muchos años, aquí, en Broadway y en Pekín, porque lo que se ve en la obra es pura esencia del ser humano en su peor vertiente, eso si, rabiosamente divertida y con un indudable interés teatral. 



Vayamos con el elenco, acertadísimo, y muy bien ensamblado de principio a fin. 

Chicago precisa de unos artistas con un elevado nivel en todas las disciplinas, y muy especialmente un conjunto multidisciplinar, en el que la danza es crucial para el buen desarrollo del espectáculo. El conjunto de esta producción es uno de los mejores que se han visto en años en Madrid. Funcionan perfectamente como un solo personaje, respirando, moviéndose y disfrutando todos a la vez, resultan vibrantes, elegantes y muy precisos en las coreografías, algo importantísimo cuando del "estilo Fosse" estamos hablando. Simplemente perfectos no hay más que añadir. Bueno si, que todos se adecúan a cada uno de los pequeños roles a la perfección, siendo las pequeñas partes un buen apoyo de los personajes principales.

Los secunadarios igual de bien elegidos, pasan por la calidad de los intérpretes, el conocimiento del género, y la precisión en la composición de los personajes, amén de un altísimo nivel en la disciplina de canto. 

A. Bolea como Mary Sunshine, impecable en el código lírico que el papel requiere, de poderoso agudo y muy buen fiato, responde sin problemas en su comprometido número principal, muy al estilo de Julie Andrews, siempre des un punto de vista paródico, por supuesto. Bolea pasa por la interpretación poderosa, medida en lo musical, contenida en lo físico y actoral, y su papel resulta uno de los bombones de la obra... aunque en esta obra todos son bombones, ja ja ja. 

Alejandro Vera como Amos Hart, adecuadísimo en un personaje de dificultad indudable, y que a mi personalmente me resulta profundamente entrañable. Amos Hart puede parecer como papel desagradecido pero tiene una serie de características que lo hacen especialmente difícil, y que Vera literalmente borda. Con cierto aire a Buster Keaton, su aparente inexpresividad cuadra perfectamente con este "Míster Celofán" de el que todo el mundo pasa olimpicamente. Espectacular en su número principal, con un acabado impecable, bella voz, y un recorrido interior muy interesante. 

Inma Cuevas como Mama Morton. Cuevas de gran popularidad por sus trabajos televisivos, reconozco que para mi ha sido un gran descubrimiento en su faceta como cantante. Poderosísimo instrumento, voz enorme, de atractivo y peculiar timbre, consigue uno de los momentos más importantes del espectáculo en su primera salida, dotando al número de un empaque considerable, por bien cantado, bravura y elegancia musical. También brilla mucho en "Class" mi tema favorito de la obra, en el que la sensibilidad y el buen gusto cantanto fueron la tónica. Actoralmente da exactamente lo que el papel pide, rotundidad, imponente presencia escénica, frases lapidarias, y mucha socarronería. 

Ivan Labanda, como Billy Flynn. Labanda avezadísimo actor de musicales, sabe controlar muy bien los tiempos escénicos y cargar las tintas cuando se debe hacer. Domina a la perfección el personaje y su particular estilo como intérprete se adecúa muy bien al papel, cínico, y siempre con una sonrisa tensa que nos deja entrever lo que hay detras de ese atractivo fantoche que lleva a cabo. Resuelve muy bien las partes cantadas, incluso las más comprometidas, sus agudos largos y bien timbrados fueron la marca de la noche, siendo el acabado de su trabajo elegante y efectivo a partes iguales. 

Ela Ruiz, como Velma Kelly. Velma muerde, se nos puede ir de las manos en cualquier momento y resultar excesiva en su interpretación. En este caso Ruiz controla bien el personaje en lo actoral funcionando como elemento más explosivo al lado de la más contenida Roxie. Espléndida en lo vocal, la voz bella y poderosa, resulta adecuadísima en el icónico "All that jazz", y de gran sensibilidad en "Class". Impecable en sus dúos con Roxie, consigue ensamblar muy bien el instrumento con el de su compañera en escena. Hay un pequeño pero, la parte corporal no acaba de estar rematada del todo, y en algunos momentos se encuentra ligeramente desfondada, especialmente en "I can´t do it alone", me faltó más precisión en cuanto al gesto y al control del cuerpo. Todo esto que planteo es hilar muy fino, y dado el altísimo nivel del espectáculo y la dificultad de los personajes, hay que entender que Ela Ruiz cumple con el papel, pero todavía hay algunas cosas que debe pulir, fluidez en los movimientos especialmente. 

Silvia Álvarez, como Roxie Hart. Sin lugar a dudas la estrella de la noche. Álvarez que ya sirvió una espléndida Anita en West Side Story, entiendo que se encuentra en un momento de madurez artística indudable. Nuestra actriz se me antoja la Roxie perfecta, actoral, musical y fisicamente. El perfil Fosse es perfecto, el acabado de los números y el aire del papel también. Contenida, matizada, pulcra y con un planteamiento del personaje muy inteligente, es en mi humilde opinión la mejor Roxie que hemos tenido en este país, y ya he visto cuatro... Es destacable su enorme elegancia a la hora de afrontar los números y el acabado del personaje, la plasticidad en los movimientos, la aparente facilidad con la que afronta cada uno de los desafíos de la obra, que no son pocos, así como un profundo conocimiento de la obra y del rol que lleva a cabo. Todo resulta impecable desde el inicio de la función, en una interpretación coherente, bien medida, y de perfecto desarrollo. Todas las aristas de Roxie se ven perfectamente perfiladas, siendo el resultado una interpretacion deliciosa, compleja y absolutamente redonda. De atractiva presencia, con mucha luz en el escenario, magnífico desplante y tecnicamente perfecta, me atrevo a afirmar que nos encontramos ante una actriz en su plenitud artística, y ante una de las más importantes intérpretes del género de nuestro país. Silvia Álvarez ya es una grande y su trabajo es de premio... creo que no hay discusión. 

Hay que hacer una mención especial a la insuperable banda que acompaña al espectáculo con Andreu Gallén al frente, que es arte y parte en el espectáculo, siendo la lectura de gran dinamismo, espectacular en su acabado y que funciona a las mil maravillas en cuanto a integración en el espectáculo y por supuesto las acciones dramáticas que en él se plantean. Resulta enormemente placentero escuchar la gloriosa música del musical tan bien ejecutada... y un apunte muy definitorio, el público se queda sentado en sus butacas escuchando la "exit music" ya que no quiere perderse ni una nota de lo que están tocando. Pocas veces un servidor ha presenciado algo así...



Vayamos con la propuesta escénica:

La función es réplica del icónico montaje de 1997, y poco se puede decir de él que no se hay dicho ya, la elegancia de un escenario sin apenas escenografía, con la banda en el centro, el mítico marco dorado... y magia, mucha magia.Todo se sustenta en una luces maravillosas de Ken Bellington que envuelven de una especial atmófera a todo lo que transcurre en escena, lográndose unos cuadros de sugestiva belleza e indudable fuerza visual, y por supuesto el inspirado y minimalista vestuario de William Ivey Long, ya asociado a perpetuidad al musical, y al estilo Fosse, tan marcado y que tan bien se plasmó en esta producción. Las coreografías, ejecutadas a la perfección, de la desaparecida Ann Reinking son una maravilla de expresividad y funcionalidad teatral, así como todos los efectos que estaban en el montaje original, y que en esta producción se ven reproducidos de manera exacta, fluída y tecnicamente perfectos. Hay que destacar la labor de dirección actoral, entiendo que recaída en Víctor Conde como director residente, al menos en el tratamiento del texto en castellano, que se encuentra en su punto perfecto tanto a nivel dramático como de ritmo, siendo el resultado el de un espectáculo de altísimo voltaje teatral, inspirado acabado, y de indudable calidad. 

Entiendo y después de ver ya tres producciones de la obra en nuestro país, y cuatro elencos diferentes, que esta es la mejor a nivel artístico de todas las que se han hecho, y eso sin duda es un claro síntoma de la buena salud del género y especialmente de la cantera de artistas con formación multidisciplinar que tenemos en nuestro país. IM-PRES-CIN-DI-BLE




*La mayoría de las fotos de este artículo no se corresponden al elenco de Madrid, intentaré actualizarlas a medida que vaya publicándose material gráfico del espectáculo. 





martes, 21 de marzo de 2023

Los Chicos del Coro, El Musical, Sensibilidad A Flor De Piel.


"Los chicos del coro" fue la sorpresa cinematográfica del año 2004, y se convirtió casi en un fenómeno sociológico en su momento, arrastrando a los espectadores de todo el mundo a las taquillas de los cines, para emocionarse con una historia intimista, que a priori, no parecía que iba a tener la enorme repercusión que tuvo, y que todavía 19 años después tiene una legión de seguidores que la aman y revisan cada dos por tres. El éxito de la película tiene dos factores que nunca fallan, el primero los niños, y luego la maravillosa banda sonora de Bruno Coulais y Christophe Barratier, de enorme calado en la cultura popular y que batió récords de ventas, cuando los discos todavía se vendían, y no se almacenaban en dispositivos electrónicos. Barratier también dirigió el filme, dotándolo de una sensibilidad extrema y una humanidad que puede considerarse universal, ya que creo que todos podemos sentirnos identificados con los sentimientos que se muestran en la película, y que sin duda nos resultan muy familiares. Nunca se me había pasado por la cabeza que esta historia de personajes introspectivos, en un microcosmos cerrado y opresor pudiera dar lugar a un musical, por tanto cuando se planteó el estreno de la obra basada en la película en La Latina torcí el morro. Para variar me equivoqué, pero como suelo ser prudente, no hablo nunca de un espectáculo antes de su estreno, y rara vez sin verlo, así que no metí la pata en público, aunque en mi fuero interno sé positivamente que me equivoqué. El estreno de la obra el pasado otoño, las críticas positivas que suscitó, y muy especialmente su insuperable elenco me animaron a asistir al espectáculo, algo que este puente pasado, sin nada que hacer y en Madrid, me pareció la ocasión perfecta para hacerlo. La velada fue fantástica como iré narrando, y tremendamente emotiva. 




"Los chicos del coro, el musical", está basado en la película homónima que a su vez está basada en otra película, esta vez de 1945 "La jaula de los ruiseñores", con la Segunda Guerra Mundial recién terminada, y que se entiende como un reflejo perfecto de lo que le ocurría en esos momentos a los huérfanos de guerra. El musical adaptado y traducido, espléndidamente, a nuestro idioma por Pedro Víllora, tiene alguna diferencia sustancial con la película, algo que no molesta, y que se entiende tanto en cuanto, que el cine y el teatro son lenguajes diferentes, y que la película no se puede considerar un musical como tal. Los cambios con respecto al film se ven fluídos y sin molestar en absoluto, el lenguaje utilizado poderoso e intimista, y sobre todo muy de verdad, cantables incluídos, ayudan a sumar verosimilitud a la historia, y algo muy importante no lastran el material original, algo que a veces ocurre cuando una obra no musical pasa a montarse dentro de este género, por tanto un diez para nuestro adaptador que lleva a cabo una labor impecable, asequible, y de gran eficacia teatral. La historia aligerada con alguna pincelada cómica, nos cuenta basicamente lo mismo que la película, con algunas canciones añadidas que nos ayudan a entender un poco más las psicologías de los personajes, siempre haciendo avanzar la acción, y sin que nos sobre ningún número musical en ningún momento. De hecho podemos hablar más de una obra de teatro con canciones, que de un musical al uso, porque casi me atrevo a decir que prima el texto sobre la música, en justo y acertado equilibrio, siendo el resultado el de una función en la que brilla lo dramático, los actores se lucen mucho, y además nos deja un poso gozosamente hermoso, de belleza y ternura, realmente inolvidable.


 

Vayamos con el elenco. Se ha optado por un ramillete de artistas de gran experiencia en el género y el suficiente bagaje actoral como para poder afrontar los desafíos de un texto francamente difícil, y que se encuentra perfectamente expuesto por este grupo de actores-cantantes, que figura tan bonita de nuestros escenarios cada vez más desaparecida, absolutamente adecuados a cada personaje. 

Antonio M M, como Maxence, pura bonhomía y naturalidad en un personaje de tintes amables, y con un recorrido diferente al de la película, que M M hace suyo sin problema, llevando a cabo una creación que podríamos entender como costumbrista y cercana. Los dos números cantados se encuentran impecablemete servidos, y sus características físicas y actorales se me hacen perfectas para el personaje, bonachón y directo a partes iguales. 

Eva Diago, como Langlois, en un personaje que le va como anillo al dedo. Diago de gran presencia, resulta perfecta para estos papeles de "actriz de carácter", deliciosamente divertida, mutis de infarto, y enorme credibilidad en un personaje de aire matronil y lapidario, que literalmente borda. Mención aparte para su poderosa voz, muy conocida en los aficionados del género, como olvidar su tremenda Aldonza en "El hombre de La Mancha, que brilla mucho en su tema principal, dónde deja clara su enorme facilidad para cantar, con la fuerza que la caracteriza, y el enorme instrumento que posee. Ver a Eva Diago siempre es una delicia, en "Los chicos del coro" es un lujo, no hay discusión, engrandece un personaje que podría pasar desapercibido y que en cuerpo de nuestra artista se torna carismático y efectivo en grado sumo. 

Iván Clemente, como Pascal Mondain, también muy adecuado en el físico, quizás se encuentra un tanto forzado en el papel, encontrándose un poco pasado de vueltas, me faltó un poco más de trabajo interior y me sobró un poco de energía. Cierto que debe ser temible, pero tal y como tiene el personaje concebido se nos queda un poco plano, algo que se acusa más dado el elevado nivel actoral de su compañeros. La voz grande y poderosa, necesita algún pulido en el fraseo y resolución, algo que se puede corregir sin problema, ya que los mimbres para afrontar el papel están, solo se trata de una pequeña revisión que matice el acabado final. 

Natalia Millán, como Violette Morhange, en su sólida línea habitual. Contenídisima en lo actoral, lleva a cabo una creación elegante, y muy sensible de un personaje un tanto desagradecido, pero que Millán aprovecha hasta las últimas consecuencias, con oficio y entrega. De estupenda presencia, gran química con Jesús Castejón, dota de gran peso a sus escenas, algo que sin duda siempre se agradece. Impecable en lo vocal, afinada y bien timbrada, sirvió de manera perfecta su intervención musical, muy agradecida por el público. 

Enrique Del Portal, como Rachin, espléndido a todas luces. Del Portal se pone en la piel del malvado de la función con gran efecto dramático y actoral, consiguiendo una cosa muy importante y es que un personaje marcadamente antipático como es Rachin, no se quede en un malo sin aristas, se vislumbra perfectamente todo aquello que define su amargura, y llena de matices la psicología del papel dándonos pistas sobre lo que hay detrás de tan compleja personalidad. Muy templado en lo actoral, con un dominio del texto realmente notable, estratosférico en su monólogo final, durísimo y muy contenido, ofrece una interpretación tensa y de gran empaque escénico. En lo musical poco se puede decir, ya que sin duda un papel de estas características es un paseo para un artista con su rodaje, ya que va sobrado en los números que le ha tocado en suerte. Muy expresivo, bien timbrado y con gran implicación, algo que redondea su trabajo de manera perfecta. Siendo el resultado completísimo, de gran efecto, e indudable sabiduría teatral. 

Jesús Castejón, como Clément Mathieu, inconmensurable, creo que no hay otra palabra que lo defina. Castejón literalmente borda el personaje, con una enorme carga de sensibilidad. Maestro del gesto pequeño, apabullante en la escucha, conmovedor en lo corporal, y tremendamente creíble, en una creación mayúscula, que deja bien claro, como desde la verdad y sin grandes aspavientos se consigue la magia. Jesús Castejón me dejó literalmente pasmado ante su poderío actoral, ya de sobra conocido, pero que en "Los chicos del coro" se me antoja especialmente notorio. Todo funciona en su creación, donde el mundo interior de Mathieu se nos muestra en todo su esplendor, abriéndose en canal nuestro actor desde el lugar exacto que el personaje pide. Podría hablar de lo mucho que me conmovió su última escena con Natalia Millán, del tremendo final de la función con una salida de escena que rompe el alma, así como de su peculiar y enternecedora manera de andar, pero eso amigos os lo dejo para vosotros cuando vayáis a ver la función. Lo que hace Jesús Castejón en La Latina, es muy grande señores, un personaje "más grande que la vida", planteado desde la instrospección, la verdad, y el profundo conocimiento del alma humana. No hay más que decir. Musicalmente igual de acertado que en lo actoral, con su característica voz, inconfundible, y clarificando al máximo lo que se nos quiere decir en los cantables. Quiero añadir una pequeña nota sentimental, conocí mucho a sus padres, los adoraba, y fueron unos grandes compañeros de los que aprendí mucho trabajando con ellos. En la primera salida de Jesús Castejón, con su bastón y la boina me pareció revivir la imagen de Don Rafael Castejón en "La Rosa del Azafrán". Ya sabéis lo que dice el refrán "Honra merece quien a los suyos se parece"... en toda la extensión de la palabra.


 

Hay que hacer una mención especial al elenco infantil, acertadísimo en su totalidad, que resulta absolutamente delicioso en sus intervenciones musicales, niños y niñas dan vida a la escolanía de manera impecable, y con gran emotividad. Escuchar ese conjunto de voces blancas, tan empastadas, afinadas y lo que es más importante, tan disciplinados, tiene un efecto maravilloso en el respetable, y nos transmiten una enorme ternura en sus intervenciones. Actoralmente muy implicados, energéticos, y con sus personalidades perfectamente definidas dentro del desarrollo del espectáculo. Es de justicia remarcar el trabajo de dos de los pequeños, Lukas Ljunggren como Pierre, con unos espléndidos solos en los números del coro infantil, y muy especialmente el Pepin de Noa Lucía Álvarez... no hay palabras para definir la soltura como artista, y la ternura que destila el personaje. 

Rodrigo Álvarez en las labores de director musical, insufla de la suficiente sensibilidad a la partitura, consiguiendo sacar lo mejor de la pequeña orquesta que acompaña a los artistas en escena, con tiempos bien medidos, y lectura de sabor deliciosamente teatral, desde que comienza la función.


 

Juan Luis Iborra firma el espectáculo, acertando de pleno en su concepción actoral y visual, siendo el trabajo de altura a todos los niveles. Hay que detacar el estupendo trabajo con el texto que se ha llevado a cabo, en una función que tiene dos peligros, si no se encuentra el ritmo adecuado puede caer en lo moroso, y si el tono no es el correcto puede derivar por los derroteros de la cursilería. Afortunadamente nada de esto ocurre, y para ello hay que remarcar el acertadísimo crescendo dramático del espectáculo, la intensidad de las escenas más comprometidas, y el tono fuertemente realista que todos los personajes destilan. Con estos parámetros, el resultado es el de una función de altísimo voltaje actoral, de gran capacidad para emocionarnos, y que no decae en ningún momento. Iborra empieza despacito, para ir atrapándonos poco a poco, hasta el momento preciso en el que la función nos absorbe para mantenernos absortos hasta su emocionante final. Todo fluye, todo nos lleva al lugar deseado, e incluso los detalles melífluos que el material de base tiene, se presentan espléndidamente servidos de manera natural, sin que nada nos parezca gratuito, o buscando la lágrima fácil. Todo está encarrilado de la manera perfecta para que el espectáculo se encuentre en el punto justo de equilibrio entre lo cómico y lo dramático, sin que en ningún momento se caiga en el melodrama fácil, ya que todo está resuelto con inteligencia, intensidad teatral, y marcadísimo acento entre la tensión lógica de algunos momentos y la sensibilidad a flor de piel que tan tierna historia desprende. 
En lo visual, podemos hablar de una propuesta deslumbrante, plagada de pequeños detalles que cuecen y enriquecen la acción dramática, y que aunque de una historia intimista se trata, no deja de lado la espectacularidad que se le presupone al musical como género. Muy interesante trabajo el de David Pizarro con la escenografía, que aprovecha al máximo una caja escénica con problemas de espacio como es la de La Latina, consiguiendo un espectáculo visualmente sugestivo, elegante y de impactante acabado. Mención especial para las luces, de premio una vez más, de Juanjo Llorens, posiblemente el mejor diseñador de luces que tenemos en este país, así como las adecuadas coreografías de Xenia Sevillano, perfectas para mover el elenco infantil y adulto, en un espectáculo en el que se tiene muy claro que no hay que apostar por los fuegos de artificio, si no por la funcionalidad y la verdad. 

"Los chicos del coro" es un musical, que duda cabe, pero es ante todo teatro de primer nivel, sólido, mágico y emocionante. Salí profundamente conmovido, creo que no hay mucho más que añadir... bueno si, una cosa, IM-PRES-CIN-DI-BLE.