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lunes, 3 de junio de 2019

Tres Sombreros De Copa, Que Tragedia Más Cómica, ¡Oigan!

Si hay una comedia que me gusta del repertorio español, esa es "Tres sombreros de copa", le tengo infinito cariño, y durante un tiempo andaba tan obsesionado con este título, que los compañeros de una función que estaba haciendo por aquellos días, me regalaron un ejemplar de la obra de Mihura, firmado por todos ellos, ya que estaba todo el día hablando del texto en cuestión, y lo que haría con él si le pudiera hincar el diente.
Me sé muchos chistes de memoria, la he visto al menos cuatro veces, y leído otras tantas, y no me canso de ella. Hay una cuestión interesante en este texto, y es que cuando se pasa un tiempo sin verlo o leerlo, al reencontrarse de nuevo con él, reaparece en todo su esplendor, y como si fuera casi un desconocido, ya que se descubren y redescubren cosas nuevas en cada revisión.
El problema de "Tres sombreros de copa" es que ha sido muy maltratada, muy mal entendida, y muy mal interpretada, y por desgracias siempre nos acordamos de las veces que se ha hecho mal, en vez de las que se ha hecho bien. Es un título que se asocia a la caspa, a cierto teatro para señoras trasnochado, o a una comedieta amable sin muchas aspiraciones más que las de entretener y servir de material para las compañías amateur y finales de curso varios.
Mihura, como Jardiel, Paso, o Muñoz Seca, deben ser reivindicados, y sobre todo debemos hacerles un tratamiento intensivo de curación ante tanto maltrato, para que se puedan disfrutar en todo su esplendor, con el genio por el que fueron aclamados, y reconociendo la valía de unos autores que nunca fallaban en sus dramaturgias, siempre sólidas, siempre bien tramadas, y con un uso del lenguaje magistral, cargado de ingenio y de sorprendente vigencia en algunos casos. el gran pecado de estos autores fue el ser comerciales, el escribir para el gran público, y el pensar que esto del teatro también puede servir para ganarse la vida, algo muy lícito por otra parte. Y como además tuvieron éxito, ya fue el remate, en un país como el nuestro, eso jamás se perdona. El pasar de los años los ha arrinconado, con un estigma de caspa y antigualla, y pocos se atreven a hincarles el diente por una sencilla razón, son muy difíciles de hacer bien, y sobre todo de hacer en serio, o lo que es lo mismo, tomárselos en serio.



Tres sombreros de copa, de Miguel Mihura, se escribió en 1932, durante una convalecencia del autor, y justo después de un revés amoroso. La obra resultó tan adelantada a su tiempo que no se pudo estrenar hasta 1952, con Juanjo Menéndez como Dionisio, y Gustavo Pérez Puig en la dirección. El texto de Mihura, desopilante y amargo a partes iguales, es todo un tratado sobre las vanguardias que comenzaron en esa época, y casi podemos decir que se trata de uno de los primeros ejemplos de "Teatro Del Absurdo" del que se tiene constancia. Teniendo en cuenta el panorama teatral español de la época, bastante conservador y alejado de las nuevas corrientes, podemos considerar a Mihura un pionero en nuestro teatro, y un genio a todas luces, que si bien es cierto luego tomó otros derroteros más convencionales en sus obras, siempre dejó un poso de genialidad en todo lo que escribió, de personalísima creación e inimitable sentido de la teatralidad. 
Detrás de Tres sombreros de copa, se esconde agazapada una tragedia, por no decir muchas, ya que la mayoría de los personajes que se presentan en la obra, tienen un porvenir y un presente bastante negro, y que buscan vías de escape de múltiples formas, pero con nulos resultados. Un hombre gris pasa la noche antes de su boda con una señorita bien, en un hotelito de segunda, y esa noche transcurren por su habitación una recua de personajes a cada cual más extravagante, alejadísimos en su forma de vida de la de nuestro protagonista, sirviendo esta noche de encuentros y extrañas aventuras, como catalizador de una feroz crítica a la sociedad de la época, las convenciones sociales, y sobre todo un tratado sobre los sueños rotos, y el autoengaño. Mihura plantea la obra de forma ambigua, ya que si bien todo está envuelto en cierto tono onírico, no nos queda claro si lo que vive es un sueño, o una realidad deformada por los ojos de Dionisio, que se encuentra obnubilado ante otra forma de entender la vida, con muchos más oscuros que claros, como es la de los bohemios. Los diferentes planos existenciales y las diferentes realidades están muy marcadas en la función, así como lo engañoso de la felicidad en no pocos casos, de resultados amargos y cierto poso de falsedad, en la que realmente solo dos personajes se vislumbran como auténticos, y despojados de todo artificio. Paula y Dionisio, protagonistas absolutos de la función, arropados por unos secundarios deliciosos, y en los que no hace falta rascar mucho para ver lo que representan. Mihura utiliza las simbologías a placer, de forma acertadísima, cargado de retranca, y por que no decirlo, con cierta mala leche nada soterrada. El texto de una solidez brutal y arrolladora comicidad, se sirve de unos chistes absolutamente magistrales, y unas frases que nos dejan helados por su brutalidad, en un ejercicio de humor negrísimo por momentos, y de un lirismo absolutamente arrebatador en la mayoría de las veces. Se dice que Tres sombreros de copa es nuestra mejor comedia de todo el S.XX, y creo que estoy de acuerdo en esta afirmación, ya que su calidad literaria, su arriesgada factura, y la enormidad que se esconde detrás de una aparentemente, solo aparentemente, comicidad absurda, entraña enormes dificultades a nivel actoral, y a nivel dirección, que no pocas veces han jugado a la contra de la función, ya que visiones excesivamente ramplonas y buscando el chiste fácil, se cargaban la esencia de lo que realmente es, un texto complejo, de gran calado, y altísima calidad.



Vayamos con el elenco.
Debo hacer mención a todos los secundarios, ya que se encuentran impecables, dentro de cada pinceladita con la que Mihura aderezó el texto. Sería difícil decantarme por uno en particular, ya que todos se encuentran en su punto de sazón perfecto, dando exactamente lo que cada personaje pide. Quizás por extensión del personaje, y por lo acertado de su trabajo, me quedo con la Madame Olga de Rocío Marín Álvarez, de interesante trabajo con la voz, y competente composición del personaje de mujer barbuda, extravagante, altanera, y tremendamente surrealista en su planteamiento.

Magnífico Roger Álvarez, como Don Rosario, pulcro y contenido en grado sumo, cargado de ternura, en un papel breve pero muy comprometido, y que se encuentra llevado a las más altas cotas en manos de nuestro actor, que rezuma amor por el personaje por los cuatro costados, y cuyo trabajo con el texto es realmente magnífico.

Muy destacable, El Odioso Señor, de Mariano Llorente, que resulta francamente desagradable, como mandan los cánones, en un personaje que nos hace reír, pero que maldita la gracia que tiene. Llorente plantea un rol muy pagado de si mismo, rijoso, y despreciable a partes iguales, dejándonos clarísimo lo que se nos quiso contar con él, y en el que la solidez interpretativa fue la marca de la casa.

Arturo Querejeta como Don Sacramento, es otro de los grandes activos de la obra, enorme, en su creación, que entra en escena embistiendo, y a por todas. Muy enérgico e impoluto en tono y cuerpo, apabulla con su trabajo, carismático, y de hechuras clásicas en su planteamiento. 

Malcoml T. Sitté como Buby, correcto, pero quizás un poco más plano que sus compañeros, y en un código más apagado en cuanto a la concepción del personaje. Me faltó cierto toque canalla y un poco más de comicidad en su trabajo, pero esto quizás sea una cuestión mía, y sobre mi visión de los personajes, en una obra que conozco bastante, y tengo bien metida en mi cabeza. 

Pablo Gómez-Pando como Dionisio, dota de una profunda humanidad a uno de los dos protagonistas de la función. Esforzadísimo en su creación, plantea su papel desde la ingenuidad en un principio, para rematarlo con un recorrido muy interesante hacia la desesperación, donde el arco del personaje se ve perfectamente definido. Comiquísimo en su acabado, y con cierto aire desvalido muy convincente, consigue movernos muchas cosas por dentro. Todo lo que le ocurre lo vive como una tragedia, cada vez más marcada, cada vez más desenfrenada, y sobre todo cada vez más desesperada. Gómez-Pando sirve un trabajo de altura, bien medido, y con acertada progresión, ver su camino hacia la boda como cordero al matadero, resulta impagable, tristísimo y cómico a la vez, llevándome a interpretaciones hoy recordadas y referenciales. Pablo Gómez-Pando en su sensible creación llega a unas cotas interpretativas insuperables, sin una pizca de afectamiento, y de personal enfoque, con una visión enriquecida del personaje, quizás con un punto pueril diferente al habitual, pero que no me chocó en absoluto dentro del acabado de su trabajo.

Laia Manzanares como Paula, mayúscula, no hay otra palabra para definirla, en un trabajo de gran calado, y donde se nos cuenta absolutamente todo lo que se nos puede contar con el personaje. La lectura de Manzanares es enorme, su Paula tiene más capas que una cebolla, y todas aparecen y desaparecen a placer de nuestra actriz, en el momento preciso y con la intención exacta. La Paula que vemos es tierna, sensual, sensible, frívola y soñadora, pero detrás de todo esto atisbamos un enorme poso de amargura que nos parte el corazón. Laia Manzanares revolotea por el escenario como una bella, bellísima, mariposa, con las alas rotas, y toda la poesía que se desprende de su tragedia se encuentra perfectamente plasmada en una escena final brutal, en la que la cara sonríe pero el alma llora. Todo en ella es verdad, todo está dicho por algo, y sobre todas las cosas brilla el fondo de una actriz portentosa, de enorme sabiduría a pesar de su juventud, y un mimo exquisito hacia un personaje complejo, y enorme en su concepción. 



Natalia Menéndez dirige el espectáculo, acertando de plano en su concepto, y del que varias cosas son destacables. Lo primero el tono visual, falsamente suntuoso. Todo en escena es oropel, belleza de guardarropía, e incluso cierto aire sensual un tanto vulgar, remozado en perlas de bisutería, medias de falso encaje y ligueros, de un blanco marfileño, que esconden todo lo que hay detrás, es decir velada prostitución (no tan velada), intereses crematísticos, y una compañía de variedades de tercera, de la que se podría escribir todo un tratado. Este toque deslumbrante se da de bruces de forma acertada con el sórdido trasfondo que se vislumbra, y que me pareció que corresponde a la visión  de la "vida bohemia" que tiene Dionisio, alejada de la realidad y un tanto cegado por el brillo del envoltorio de aquello que acaba de descubrir. 
Menéndez dota a la función de un marcadísimo lirismo, donde todas las simbologías de Mihura se ven perfectamente expuestas, y donde el aire onírico del texto original es primordial para entrar en la función, siendo por momentos apabullantemente bello lo expuesto en escena, tornándose en mareante por momentos con cierto aire de pesadilla caótica y febril. Posiblemente esta sea la versión de la obra en la que me han contado lo que yo buscaba en la función de forma más certera y fiel al espíritu de Mihura, en una versión ligeramente diferente en algunos aspectos, especialmente en lo visual, pero muy certera en lo actoral. La dirección de actores se encuentra muy inspirada, huyendo del frenesí en los parlamentos, otro de los fallos habituales en cuanto a la concepción del texto, permitiendo nuestra directora que los actores se recreen en le texto, dotando a todo lo que se dice de mucho sentido, y de múltiples lecturas en su acabado.
Se me antoja el trabajo de Natalia Menéndez exhaustivo a todos los niveles, y con un marcadísimo amor hacia el material original, que se ve ciertamente engrandecido, en un espectáculo soberbio, medídisimo y de impoluto acabado. 




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miércoles, 22 de febrero de 2017

Las Brujas De Salem, El Negro Crisol Del Fanatismo

Hay textos que se me antojan imprescindibles para la formación de cualquier persona. Las brujas de Salem de Arthur Miller que se está representando en el Teatro Valle Inclán, es para mi uno de ellos. Adoro a Arthur Miller, es uno de mis dramaturgos estadounidenses de cabecera junto con Tennessee Williams y Eugene O´Neill. Ver un texto de Arthur Miller siempre es sinónimo de emociones fuertes, y un sentido de nuestra sociedad descorazonador y extremadamente realista. Los conflictos de las obras de Miller siempre son poderosísimos y se mantienen incólumes sin perder ni una pizca de su fuerza. Cuando salió la programación del CDN de esta temporada Las brujas de Salem eran para mi el título mas importante, y uno de los que mas deseaba ver en directo, ya que nunca se me había logrado y desde mis tiempos de estudiante de interpretación que es un título que forma parte de mi mitología particular. Me saqué las entradas con mas de un mes de antelación, fila tres para no perder ripio y el pasado día 19 con ganas de disfrutar me acerqué al teatro un poco sobrecogido, ya que conociendo el material de base sabía que me iba a dejar arrastrar por la prosa de Miller sin remisión. Con esto quiero decir que para mi, ver Las brujas de Salem no era ver una función mas de teatro, era un acontecimiento importante y muy deseado. Me dejé arrastrar, me emocioné y se me saltaron las lágrimas, no se si por lo ocurrido en el escenario o porque me pilló blandito, pero para mi fue una experiencia muy intensa que quizás esté mas allá de lo meramente teatral para entrar en lo personal.



Las brujas de Salem se escribió en 1952 y se estrenó en Broadway en 1953. El texto de Miller no se puede separar del período de la historia estadounidense conocido como "la caza de brujas" y que cuando se estrenó la función de teatro se encontraba en pleno apogeo. La caza de brujas consistió en la persecución de cualquier persona sospechosa de ser comunista, llegando a convertirse en una triste época donde las listas negras, las delaciones y el miedo eran pan de cada día, resultando de ello uno de los períodos mas oscuros de la historia de Estados Unidos. El propio Miller fue represaliado por no dar nombres en la comisión investigadora a la que se vio sometido debido a la acusación de simpatizante comunista por parte de Elia Kazan. Miller se acogió a la Quinta Enmienda y como consecuencia se le retiró el pasaporte y aún y con esas Miller no cedió a las presiones, y jamás delató a nadie.
Nuestro autor se sirvió de un oscuro hecho histórico ocurrido en Salem para plasmar la irrespirable atmósfera que se estaba viviendo en aquellos tiempos en su país donde cualquiera se podría ver bajo sospecha, por motivos en muchos casos ajenos a la ideología del encausado, ya que las rencillas y los intereses muchas veces fueron el catalizador de las denuncias. Los hechos que Miller narra, con ciertas licencias literarias, se refieren a los jucicios de Salem que transcurrieron en 1692. Como consecuencia de dichos juicios 19 personas fueron ejecutadas por brujos, y mas de 200 encausados, para finalmente demostrarse que todo había sido un invento de unas adolescentes que llevaron la paranoia y el miedo a unos límites tan terribles que la historia trascendió practicamente a nivel mundial. Nadie estaba libre de acusación en Salem, un conflicto de tierras o una palabra mal dicha hacia las niñas conllevaba una acusación con alta probabilidad de cárcel o pena capital. El cerrado entorno de Salem con la secta de Los Puritanos como habitantes principales de la comarca, las complicadas relaciones personales de los habitantes del pueblo, y la represora moral de dicha secta, fueron el caldo de cultivo perfecto para que estallara un terrible episodio de tan nefastas consecuencias.
Miller escribió una intensa obra de conflictos universales y que plantea no pocas dudas en el espectador sobre la verdad, la inocencia, la libertad, la integridad moral, la histeria colectiva, y el honor. Para ello Miller se sirve de un lenguaje directo, poco dado al lirismo, y un clarísimo mensaje en el que las frases pronunciadas por los protagonistas de la obra se convierten en declaraciones de principios y practicamente verdades absolutas. A todo esto hay que añadir un historia tramada con total maestría, cuyo absorbente argumento subyuga al mas pintado, y en el que la angustia, y el suspense se encuentran muy presentes.



La versión que se está llevando a cabo en el Valle Inclán viene firmada en su faceta teatral por Eduardo Mendoza y en la literaria por José López Muñoz, ¿? No me queda muy claro en que consiste el papel de cada uno para ser sinceros. El texto es bastante fiel al original, aunque se le han añadido una serie de escenas, que no aportan absolutamente nada y que me resultaron chirriantes en grado sumo, en la que se nos explica al respetable lo que fueron los juicios de Salem, como si no quedara suficientemente explicado en la obra, y los paralelismos con el período McCarthy y la declaración de Miller. Lo innecesario de estos añadidos entronca con algo que me suele molestar, y es el afán de "culturizar" al respetable, como si no fueran los suficientemente inteligentes para entender lo que están viendo. El texto funciona perfectamente cuando se plantea lo que Miller escribió y los añadidos lastran el resultado final, no de forma estrepitosa, pero si innecesaria.




Vayamos con el elenco, un tanto irregular, pero cumplidor en su mayoría. Dada la extensión del mismo iré a los personajes principales.

José Hervás, como Giles Corey, absolutamente magnífico en una creación cargada de bonhomía y ternura, que no pasa desapercibida. Corey es uno de los personajes mas agradecidos de la función, y Hervás lo aprovecha hasta las últimas consecuencias.

Anna Moliner, como Mary Warren, fue una de las actrices que mas me gustó del elenco. Su personaje es ciertamente difícil, dando vida a una chica bastante débil de mente y muy influenciable, que todo el rato está al borde del ataque de nervios. El trabajo de Moliner es destacable por la dura entrega emocional que conlleva, y lo creíble del mismo, algo que en un personaje tan extremado no es fácil de conseguir. Su frágil físico viene de perlas para la inestable Mary, así como una acertada composición corporal marcada por los continuos tics con las manos, y la  particular forma de moverse que Moliner imprime a su personaje y que redondean a la perfección un trabajo de gran dramatismo e inteligencia.

Nausicaa Bonnin, como Abigail Williams. El personaje de Bonnin es uno de los mas recordados de la función, y en esta producción se la ha dotado de muchísimo carácter, y una interpretación un tanto animalesca que nuestra actriz aborda desde la bravura y la entrega. Abigail es una gran manipuladora que nos llega a resultar cada vez mas odiosa a medida que va avanzando la función. Para que la evolución del personaje sea creíble Nausicaa Bonnin va justificando su cada vez mas desquiciada venganza de forma creciente e inexorable desde un punto de vista hermético inquietante y acertadamente agresivo, consiguiendo en el espectador el efecto deseado.

Albert Prat, como el Reverendo Parrish. Basante desafortunado por varios problemas. El papel no le va nada ya que es demasiado joven, esto podría no importar si el calado de la interpretación estuviera por encima de ello, pero Prat no llega ya que no convence en sus intervenciones, con los textos dichos de forma excesivamente superficial, y con ausencia de verdad en casi todas sus intervenciones. Me faltó peso escénico ya que Parrish en esta producción pasa desapercibido como una sombra que pulula por el proceso, sin tener mucho que decir.

Nora Novas, como Elisabeth Proctor, sin duda la fémina del elenco con mas entidad a todos los niveles. Novas sirvió una interpretación cargada de empaque, contenida y de mucha fuerza, en la que la templada esposa de John Proctor se nos antoja como uno de los grandes papeles de la función. Para lograr esto Nora Novas sin necesidad de aspavientos de ningún tipo y desde una elegante sobriedad consigue conmovernos profundamente en su última escena de su marido, y a su vez electrizarnos en su primera y difícil escena.

Carles Martínez, como el Reverendo John Hale, correcto con peros. Su trabajo funciona mejor cuando de los momentos menos extremados se trata, ya que a veces el tono excesivo de la interpretación, da una idea equivocada del personaje, y sus arrebatos contra el diablo parecen un fingido acto de fariseísmo que no cuadra en absoluto con un hombre que cree en lo que hace y que es profundamente íntegro. Un trabajo mas sosegado hubiese funcionado sin duda mucho mejor, ya que la visión del personaje peligrosamente cercana al telepredicador le resta entidad dramática y no acaba de funcionar de la forma deseada.

Borja Espinosa, como John Proctor, tampoco acaba de redondear su trabajo debido a que los recursos de los que tira Espinosa resultan un tanto forzados, especialmente en el uso de la voz, y una estereotipada visión del hombre rudo de campo que no me acabó de convencer. Se le ha dado a John Proctor un aire muy primario que puede funcionar, pero que no fluctúa lo necesario durante el espectáculo siendo el resultado un tanto plano, y excesivamente parejo. A ello hay que añadir que para imprimir carácter a un personaje no es necesario que hable a gritos continuamente, algo que es una tónica en nuestro actor. Espinosa cumple, pero no acaba de rematar a uno de los personajes mas lucidos del texto.

Lluis Homar, como el Gobernador Danforth. Magnífico tanto en tono físico como en entidad actoral. Homar sirve de narrador además de su personaje principal, siendo en Danforth como realmente se luce a todos los niveles. Templadísimo y de apabullante presencia, su trabajo estuvo marcado por los matices a todos los niveles, el control del texto y una forma de mandar en el escenario prodigiosa. Danforth corta el bacalao desde que sale y Homar lo sabe, llevándolo al extremo con mano firme y marcadísima personalidad. Decir que LLuis Homar es un gran actor no es descubrir la pólvora, pero no queda mas remedio que volver a plantearlo.





Vayamos ahora con la propuesta escénica:
Andrés Lima firma la producción dentro de unos parámetros  menos vanguardistas a los que nos tiene acostumbrado el reputado director. Si bien es cierto que los actores han sido dirigidos en el gesto grande, y en un código una tanto excesivo, el espectáculo llega de forma muy intensa, con momentos de gran altura en lo dramático y unas cotas de tensión muy bien dosificadas, que imprimen una agilidad al espectáculo muy de agradecer, siendo el resultado fácil de ver y sin decaer en ningún momento, pasándose de forma muy rápida las casi tres horas sin descanso en las que se queda la obra. La acción se desarrolla en una conceptual escenografía de Beatriz San Juan, que los propios actores van mutando y que va derivando en iglesia a media que la teocracia y el fanatismo van triunfando en la historia. La función se ha acercado a nuestros días en la ambientación, y se mueve en una época indeterminada que uno asocia a la segunda mitad del S.XX sin estar especialmente definida, algo que sin duda es una acierto dado el carácter universal de lo que se cuenta. El espectáculo se encuentra iluminado de forma muy clara y  cálida produciéndose una inquietante dicotomía entre la negritud de los hechos que ocurren sobre las tablas en un entorno tan luminoso.



En resumen, un propuesta muy recomendable, ya que se puede llegar a disfrutar mucho, y que sin duda resulta un espectáculo de calidad, y con un mensaje mas que interesante en el que el texto de Miller sobresale por encima de algunos errores que a mi personalmente no me molestaron, y cuyo código funciona a la perfección, llegando a emocionar en muchos de sus momentos.



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sábado, 24 de diciembre de 2016

Jardiel, Un Escritor De Ida Y Vuelta, La Ortodoxia Bien Entendida

Ortodoxia:
Conformidad con los principios de una doctrina o con las normas o prácticas tradicionales, aceptadas por la mayoría como las más adecuadas en un determinado ámbito. (Diccionario de la Real Academia Española)
Se le tiene mucho miedo en el ámbito teatral de nuestro país a las producciones tradicionales, o que no se salen de lo estrictamente planteado por su autor, y se suele asociar a la caspa y a producciones acartonadas con olor a naftalina y que no aportan nada. Yo creo que es interesante (si se quiere conocer bien un clásico) verlo en su vertiente mas tradicional, al menos una vez, ya que esto nos va a servir para entender mejor el material original, y para posteriormente entender y disfrutar mejor, producciones mas vanguardistas, que a fin de cuentas son las que hacen que el arte de la escena avance.
No soy ningún purista, pero entiendo que las propuestas tradicionales son necesarias y no me molesta en absoluto verlas. Solo pido calidad, nada mas.
Todo esto viene a cuento de la estupenda (y ortodoxa) puesta de Un marido de ida y vuelta que se está llevando a cabo en el María Guerrero dentro de la programación del CDN, que es una prueba de que cuando las cosas funcionan da igual el tipo de propuesta escénica por la que se haya apostado, ya que toda propuesta es válida siempre que se haga bien. Lo que si que no funcionan nunca son los prejuicios del que se cierra a cualquier expresión artística, tanto los que van de ultra-modernos, como los ultra-puristas, de posiciones encontradísimas, y que me dan la misma pereza unos que otros, ya que el fondo de todo esto es que ambos se creen con la razón absoluta, sin tener en cuenta ninguno de los dos que  para que el teatro esté vivo se necesitan producciones tanto de uno como otro estilo.



Jardiel un escritor de ida y vuelta es Un marido de ida y vuelta tal cual lo escribió Jardiel, con algún añadido en los cambios de acto que sirven como acercamiento a la figura del maltratado Enrique Jardiel Poncela. Dichos añadidos se integran perfectamente en la obra y sirven a la perfección para conocer un poco mas sobre la figua de Jardiel. En general encontré muy atinadas las escenas, con excepción de aquella en la que Jardiel se explica politicamente, algo que creo que no es necesario, ya que consigue el efecto contrario, y que nos parezca que dichas explicaciones son un tanto forzadas. Jardiel se debe afrontar sin complejos, y  todo se hubiese resumido de forma mucho mas simple con la frase que el propio Jardiel le dijo a su hija, y que fue que en política se había equivocado. El momento de la función en el que Jardiel nos explica porqué tomó el camino que tomó es farragoso y no está resuelto de forma satisfactoria, el resto un hallazgo mas que justificado y muy necesario, dado lo desconocida que es la figura y la obra de Jardiel hoy en día para cierta parte del público.



Un marido de ida y vuelta se estrenó en 1939, y cuenta una historia muy surrealista sobre maridos espectrales, mujeres que se ponen años en vez de quitarse, y un servicio rendido a los pies del "espectro del señor".
Le salió a Jardiel una obra maestra, de estructura sólida como una roca, unos personajes inolvidables, y un refinado sentido del humor, en la que la palabra tiene mucho que decir, y en la que el uso del lenguaje es un portento que asombra al mas pintado. Me gusta muchísimo Jardiel, me parece uno de los mejores autores de su época, un completo incomprendido y sin duda un precursor del posterior Teatro Del Absurdo.
Este texto tiene una jugosa anécdota de plagio, ya que Noël Coward estrenó en el 41 Un espiritu burlón, de historia casi igual. Lo del plagio tiene su miga, ya que Coward y Jardiel eran amigos, enviándole el autor español un manuscrito al autor inglés de Un marido de ida y vuelta. Coward nunca reconoció haberlo recibido y dos años depués... !bingo¡ comedia con el espectro de la señora como protagonista principal. Un espiritu burlón posiblemente sea el título mas famoso de Coward, y es reconocido a nivel mundial. De Un marido de ida y vuelta, solo nos acordamos cuatro. Cosas de este país y del reconocimiento hacia nuestras artes escénicas, que me parecen una vergüenza nacional.



Vayamos con el elenco: 
La caterva de sirvientes de la mansión en la que se desarrolla la acción está perfectamente ejecutada por unos actores en estado de gracia, entre los que brilla especialmente una frescachona Raquel Cordero, que encontré graciosísima y disfrutona a mas no poder y un Felipe Andrés de breve pero fresca intervención. Paco Déniz como mayordomo esta superior, ofreciendo laconismo y comicidad a partes iguales. Déniz destaca desde el gesto pequeño y contenido y no pasa en absoluto desapercibido. 
Dentro de la peculiar familia que protagoniza esta obra, Carmen Gutiérrez ofrece una deliciosa comicidad dando vida a la amiga de toda la vida que no pierde la ocasión ni de soltar la pulla en el momento preciso ni de pescar marido cuando el destino se lo sirve en bandeja, Gutiérrez las deja caer así como si nada, y el resultado es rotundamente divertido, y de gran empaque teatral. Juan Carlos Talavera da vida a uno de los personajes que mas me gusta del texto, un pobre cenizo de gran sensibilidad que cada vez que una desgracia cae sobre nuestros protagonistas se lo echa a las espaldas para llenar su mochila de tristezas. Macarena Sanz y Luis Flor, en un código mas extremado, dan el contrapunto perfecto al resto de las interpretaciones, siendo deliciosa la primera escena de Flor con Lucía Quintana, y la ingenuidad de Sanz en un papel un tanto estereotipado pero no falto de efectividad. Estos dos personajes son profundamente jardielanos, y el tratamiento de los mismos también lo es, especialmente en el caso de Flor, incongruente en su psicología, y tan absurdo como el propio humor de Jardiel lo era. Flor parece una cosa, aunque luego sea otra ¿o no lo es? ja, ja, ja,  juzgad vosotros mismos. Una de las estrellas de la función es la superlativa Paloma Paso Jardiel, como la tía que reparte bofetadas y frases lapidarias a diestro y siniestro con una sabiduría teatral realmente admirable, y un control prodigioso de todo lo que conlleva estar sobre el escenario, Paso está de premio en un papel, netamente, de lo que se llamaba característica en los tiempos de Jardiel, y que en este caso sube hasta lo estratosférico gracias al saber hacer de esta actriz que por motivos mas que conocidos entiende a Jardiel hasta la raiz, tal y como se demuestra en su trabajo.
En cuanto al trío principal, decir que en líneas generales está mas que atinado. Paco Ochoa cumple sin problemas en un papel desagradecido pero muy necesario para el desarrollo de la trama. Sin parecerse nada fisicamente, me recordó, especialmente al principio, a Fernando Fernán Gómez, que tanto quería a Jardiel, no se si es intencionado o sugestión mía, algo que en cualquiera de los dos casos dice mucho del acierto de la propuesta. Lucía Quintana cumple como la heroína de la función, resultando mas efectiva en los momentos de ligera comedia, que en los mas melancólicos, ya que en algún momento parece salirse un poco del personaje, nada que a base de funciones no acabe de corregirse. Encuentro a Quintana una actriz de gran magnetismo que me gana por su presencia y lo que transmite desde el escenario. Para finalizar Jacobo Dicenta como Pepe-Jardiel, siendo su trabajo el mas complicado actoralmente dado lo que conlleva salir de Pepe para entrar en Jardiel en cuestión de segundos, y que Dicenta consigue a la perfección logrando que ambos papeles lleguen a fundirse en uno, sin que al espectador le choque en ningún momento. Dicenta dota de gran sensibilidad a Jardiel, algo que estoy absolutmente convencido que así era en su vida real.



Ernesto Caballero firma la versión y la producción, siendo un acierto a todos los niveles.
Caballero lleva la obra en el mas puro código de alta comedia, glamourosa y artificiosa, tan cercana al teatro inglés, siendo el tono y el ritmo de la misma perfecto. Nuestro director mima hasta el infinito a sus actores procurando que cada uno tenga su momento de brillo, algo muy difícil en una obra de estas características, y no deja pasar por alto a ninguno de los personajes que pululan por el escenario, aunque de una sola frase se trate. Los secuandarios son siempre muy importantes, en Jardiel son vitales, ya que son los encargados de dar atmósfera a sus textos, y conseguir el peculiar universo jardielano plagado de raros personajes de indudable comicidad.
Ernesto Caballero apuesta por el metateatro como recurso siendo el resultado de gran elegancia y muy sabroso. La primera y última escena de eco pirandelliano, y el juego en el que la escenografía de Paco Azorín casi funciona como un falso espejo en el que se reflejan las plateas del María Guerrero, me resultaron deliciosos y ayudan a cargar de magia al montaje, que me da a mi la sensación que a Jardiel le hubiese encantado, y en el que se ha cuidado al milímetro lo que el autor soñaba (y nunca pudo ver) en cuanto a movimientos escenográficos.
Caballero sirve un espectáculo cargado de elegancia visual (en el que las cálidas luces de Ion Anibal tienen mucho que decir), un poético final y sobre todo en el que se desprende el respeto y amor sobre Enrique Jardiel Poncela, siendo el resultado irresistible y divertido en igual medida, y un ejemplo clarísimo de que la ortodoxia bien entendida, funciona y funcionará. Que nadie espere encontrar caspa o acartonamiento en esta función, porque no los hay. Lo que hay es un cuidado tratamiento del texto, una refinada propuesta estética, y diversión, mucha diversión. Exactamente todo aquello por lo que Enrique Jardiel Poncela destaca.



En resumen, una propuesta altamente recomendable, que no debe pasar desapercibida para ningún amante del teatro. Ver a Jardiel en estas cotas de excelencia no es fácil, ya que muchas veces no ha sido muy bien tratado escénicamente. Jardiel se merecía una reivindicación a esta altura, y el público también. No debemos perder este repertorio, ni debemos perder a  los autores que como Jardiel, Paso, Mihura y tantos otros, durante mucho tiempo fueron reyes de nuestros escenarios. Son necesarios, divertidos y exquisitamente cómicos, que no se nos olvide.





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lunes, 12 de diciembre de 2016

La Cocina, Pura Orfebrería Teatral

La Cocina texto de Arnold Wesker, que se está representando en el Valle Inclán, con enorme éxito por cierto, es una de las grandes apuestas del CDN de esta temporada, por no decir la mas grande. Los motivos son muchos, el primero el ingente número de actores que se necesita para abordar este texto, nada menos que 27, con las complicaciones que esto conlleva. Hay que añadir el atractivo visual de la propuesta, y obviamente lo ambicioso del montaje en todos sus aspectos. Cualquiera que se precie de aficionado al teatro no puede perderse esta propuesta que es sin duda muy difícil de ver, e imposible de abarcar desde el ámbito privado dadas las dificultades de presupuesto que esta obra plantea. Con un mes de anticipación saqué mis entradas, ya con ciertas dificultades para encontrar asientos decentes, y a medida que se iba acercando el día de mi representación, mis ganas iban en aumento, ya que los comentarios suscitados sobre el espectáculo eran tan buenos, que todo me hacía indicar que la cosa estaría a la altura.
Nunca había leído el texto de la obra, y a su autor no lo conozco en profundidad, así que iba bastante virgen a la función, ya que solo había visto el vídeo promocional, y me informé muy someramente del argumento. Tampoco quería saber mas, a veces mejor no ir "contaminado" y así de esta forma tener una opinión menos condicionada a la hora de visionar un espectáculo que sin duda está dando mucho que hablar, y que será recordado durante mucho tiempo en nuestro mundillo teatral.
Algún día diremos que vimos La Cocina del CDN, no tengo la mas mínima duda, máxime cuando ya están agotadas todas las entradas hasta el final de las representaciones, así que muchos han sido los llamados y pocos lo elegidos que hemos tenido la suerte de conseguir localidades. Estimado Ernesto Caballero, es casi obligado decirle que debe reponer este titulo, del mismo modo que no se debe pasar por alto la inversión realizada para tan pocas funciones. Es una verdadera pena que esta propuesta se quede aquí y no solo por motivos crematísticos ya que el nivel artístico de la misma, y el tremendo trabajo a todos los niveles que este montaje posee, merecen un largo recorrido tanto en Madrid como en el resto de nuestra geografía.




La Cocina escrita por Arnold Wesker en 1957, es un monumental fresco de la sociedad europea durante los años mas inmediatos a la Segunda Guerra Mundial. Para ello Wesker se sirve de la gigantesca cocina de un restaurante inglés, aunque mas bien parece la de un hotel, en la que a modo de Torre de Babel (como se dice en el texto) se juntan diferentes empleados con diferentes cargos, de las mas variopintas nacionalidades y etnias, todos ellos involucrados de una forma u otra en el conflicto bélico. La acción transcurre exactamente el día de 1953 en el que se firmó el Acuerdo de Londres por el cual se condonaba parte de la deuda de Alemania contraída después del Tratado de Versalles. Wesker escribió una obra netamente coral, de espíritu fuertemente naturalista, donde de forma descarnada se cuenta el día a día de unas existencias aparentemente anodinas, pero que como ocurre en la vida real, tienen sus recovecos y sus sueños ocultos por las convenciones sociales, o por el propio aislamiento del ser humano en esta jungla en la que vivimos.



Encontré el texto bastante irregular con altibajos de interés, y momentos que se han quedado muy desfasados, ya que la temática que plantea está muy manida y ya ha sido analizada desde muy variopintos puntos de vista, el tema de los prejuicios hacia los alemanes, los rencores entre naciones posteriores a la IIGM y las actitudes antisemitas son algunos de los problemas que se nos cuentan en La Cocina. A ello hay que añadir que se trata de un momento histórico muy específico, convirtiendo la obra en excesivamente coyuntural para nuestros ojos, y que el conflicto se alarga en exceso llegando a lo premioso. No quiero que parezca que no me ha gustado, porque no es cierto. La Cocina posee recursos mas que sobrados para justificar su visionado, un empaque apabullante, una estructura dramática impoluta, unos vínculos interesantísimos y unos personajes, que por motivos obvios, en algunos casos no son mas que meras pinceladas que realmente se nos antojan muy carismáticos en la mayoría de los casos. A todo esto hay que añadir el crescendo final tan bien tramado, y la continua sensación de tensión entre los personajes que realmente nos da a entender que la cocina del Tívoli es una autentica olla a presión a punto de estallar.
A veces las adaptaciones son muy necesarias, y esta obra convenientemente recortada y pulida tendría mas interés a nivel texto del que ahora posee, que se ve sobrepasado con creces ante el envoltorio, las interpretaciones y la dirección escénica, siendo una pena que tanto esfuerzo tenga un fin que se me antoja un tanto vacuo.



Vayamos con el elenco:
27 personajes de mayor o menor extensión pueblan esta cocina desarrollados de forma irregular por razones obvias, pero todos moviéndose en unos parámetros de excelencia interpretativa asombrosa. Desde la apabullante Bertha de Paloma Porcel, rotunda y real como la vida misma, hasta un esforzadísimo Ricardo Gómez como chico para todo que no pasa en absoluto desapercibido por su frescura y entrega, el número de talentos que en esta producción se vislumbra es descomunal. Muy a destacar el Peter de Xabier Murua, que defiende un difícil papel desde una contención y una introspección perfectamente calculada. Impoluta la Monique de Silvia Abascal bella y enigmática, y que me alegra profundamente verla trabajando. Luis Zahera en un código mas extremado da un toque diferente como un personaje que no entiende a sus trabajadores y que somete a su tiranía con un victimismo realmente repulsivo. Aitor Beltrán como Dimitris sirve un personaje tierno y muy carismático. Javivi con una solidez actoral en un complicado monólgo con el que toca el cielo aporta veteranía. Roberto Álvarez mas templado dadas las características de su papel dota de entidad del primer actor que es al chef de esta cocina del infierno, donde tantas cosas pasan y a la vez tan pocas, ya que al final todo se resume a una cosa tan simple como son las relaciones humanas completamente enquistadas en un entorno duro y hostil. El resto del elenco cumple a la perfección, me resulta imposible enumerar a todos, pero nadie desentona, y la tónica es un profundo conocimiento de lo que se desarrolla en escena y como se desarrolla, con un trabajo de equipo que posiblemente sea de los mas complicados, y mejor resueltos que he visto nunca.




Pero si hay una estrella indiscutible en La Cocina, ese es Sergio Peris-Mencheta que firma la producción, y que después de esto lo considero completamente consagrado como director de escena. Peris-Mencheta consigue realizar un trabajo de orfebrería teatral perfecto, donde absolutamente todo encaja al milímetro en un complicado puzzle que ha llevado nada menos que cinco meses poner en pie. Nuestro director apuesta por una exposición clarísima de los personajes en un brillante primer acto donde poco a poco se van conociendo los personajes y que está llevada a cabo con un control de los tiempos absolutamente magistral. A nivel estético estamos ante una de las propuestas mas interesantes de los últimos tiempos, donde la hiperrealista e impactante escenografía de Curt Allen Wilmer funciona como un personaje mas de la función. Peris-Mencheta trufa el espectáculo de pinceladas de genialidad como son la ralentización de los movimientos en los momentos que el quiere resaltar y que deslumbran dentro del maremágnum completamente medido que transcurre en el espacio escénico. Todos estos recursos consiguen un espectáculo cargado de magia teatral y unos valores visuales pocas veces vistos en nuestra escena. Si me quedo con un momento de la función es con la impresionante coreografía de casi 15 frenéticos minutos en las que se nos cuenta lo que es el momento del servicio en una cocina de esa envergadura. El espectador asiste entre angustiado y divertido a un recital de compenetración y sabiduría teatral que asombra al mas pintado, dejando al respetable clavado en su butaca. La acción durante todo el espectáculo va en aumento con algunos momentos de respiro para finalizar de forma explosiva en un conseguido clímax final, hacia el que Peris-Mencheta nos lleva sin problemas, para finalizar una historia que realmente no tiene final, ya que como en la vida ocurre, los problemas no se solucionan en dos horas y media... simplemente la vida sigue. Lo que Sergio Peris-Mencheta hace en esta producción es literalmente de premio, en un trabajo donde prima la claridad en la exposición y la limpieza, en una función de unas complicaciones mayúsculas, y perfectamente solventadas. Mención especialísima para el encargado del movimiento Chevy Muraday que lleva al paroxismo el concepto de pulcritud en un caos perfectamente organizado, para que precisamente nos parezca un caos, cuando realmente se trata de un calco milimétrico y estudiadísimo de una realidad muy conocida para los que alguna vez hemos trabajado en la hostelería. La función se sustenta en unas magníficas luces de Valentín Álvarez y un inspiradísimo vestuario de Elda Noriega que define a la perfección a cada personaje y su personalidad. 



En resumen, una propuesta imprescindible, que es uno de los acontecimientos teatrales de esta temporada, y que no deja indiferente a nadie. Sus múltiples virtudes están muy por encima del texto que aun con los problemas que mas arriba comento, no arruina una función impecable, de gran impacto, y con resultados realmente espectaculares.





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miércoles, 18 de mayo de 2016

La Rosa Tatuada, Tennesse Williams Enamorado

La Rosa Tatuada que se está llevando a cabo en el María Guerrero, era uno de los títulos de la presente temporada del CDN que mas me interesaba. Conozco bastante bien el material original de mi idolatrado Tennesse Williams, y tiene mi estimación por varios motivos. La vi en el 98 con Concha Velasco a la cabeza en una producción firmada por Plaza, que obtuvo mucho éxito en su momento, y que tenía el gancho de ver a la Velasco pasada de kilos para el papel, y haciendo de matrona, algo que fue muy alabado en su momento. Vi la producción dos veces, una en el Teatro Jovellanos de Gijón y otra en el Alcázar de Madrid, y reconozco que me enamoré de la obra. Antes de plantear la crítica me gustaría decir alguna cosita. La Rosa Tatuada debe ser revisada en base al texto teatral, no a la película homónima, ya que la cosa cambia bastante, y en los textos de Williams todavía mas, que siempre fueron convenientemente "afeitados" para que pasaran la censura de la época, por tanto el material que nos interesa es la obra original. La película está muy bien, las interpretaciones son de órdago, pero evidentemente, no se debe comparar con la obra de teatro y el interés de la comparación a nivel teatral es nulo, son lenguajes diferentes, son versiones diferentes, y obviamente son propuestas diferentes, es decir, ver un calco de la película sobre las tablas a nivel creativo poco podría ofrecer, y plantear la crítica desde ese prisma es un error de base que no tendría fundamento a la hora de realizar una crítica teatral.
La función que esta crítica ocupa, tenía una gran baza al menos para mi, en su pareja protagonista. Aitana Sánchez-Gijón, recientemente galardonada con un Max por su soberbia Medea ya comentada en este blog, y Roberto Enríquez, otro peso pesado de nuestras tablas y habitual del CDN.
Con estos mimbres la producción prometía mucho, y no me lo pensé dos veces a la hora de sacarme las entradas para disfrutar de lo que aparentemente iba a ser una velada de gran altura teatral.
La cosa funciona, aunque con peros como iré contando.



La Rosa Tatuada, escrita por Tennesse Williams en 1951 para Anna Magnani, finalmente fue estrenada por la insigne Maureen Stapletton, ya que la Magnani no se atrevió a estrenarla dado sus problemas con el inglés.
Considerada (injustamente) una obra menor dentro de la producción de Williams, nos encontramos ante un texto que su propio autor definió como una comedia amable, un canto a la vida y a las libertades individuales. El hecho de que el bueno de Tennesse estuviera felizmente enamorado en el momento de su creación influyó mucho en el tono menos lúgubre que el que suelen marcar sus textos, y el pretendidamente aire naive de la historia. Estas características de la obra, hicieron que la crítica no la apreciara en su justo valor, cuando la señas de identidad del autor están muy presentes en toda la función y su poético lenguaje brilla, y mucho, a lo largo de todo el texto. La Rosa Tatuada es una de las obras mas lorquianas del autor estadounidense, y si bien es cierto que su desarrollo no es del todo satisfactorio dado que al principio parece una cosa, para luego derivar en otra, no deja de tener bastante interés, grandes dosis de intensidad, y mucha magia teatral.
En ella se nos cuenta la historia de Serafina Delle Rose, mujer devastada por la muerte en accidente de su marido, que después de pasar un viacrucis personal descubre el amor, y rompe con todo lo establecido, idea bastante audaz para la época, y que algunos mojigatos no le perdonaron a su autor.



Vayamos con la crítica.
Secundarios correctos, en especial la Estelle Hohengarten de Gabriela Flores, y muy especialmente Paloma Tabasco insuperable como vecina un tanto cargante, y que es una auténtica robaescenas. Me chirrió un poco el tono excesivo de David Fernández "Fabu" ciertamente pasado de vueltas, supongo que de forma pretendida cuando hace de Bessie, en un ejercicio un tanto gratuito, y escénicamente burdo, algo que se debe achacar a la dirección ya que resulta chocante en la producción que un hombre haga de mujer no por ninguna clase de prejuicio, sino porque nos rompe los esquemas al espectador, y no acaba de encontrar justificación a nivel escénico. Encontré en general que los secundarios pasan desapercibidos, dado el carácter de la obra en la que priman las interpretaciones del cuarteto protagonista.

Ignacio Jiménez, como Jack Hunter.
Correcto tirando a estupendo. Jiménez sirve una sensible interpretación apoyada en un físico perfecto para lo que el papel pide, no en vano el Jack original fue el también efébico Dan Murray, y que resulta perfecto para el galán ingenuo que el texto pide. Sirvió momentos de gran altura en la escena en la que Serafina le obliga a jurar ante la Virgen que respetará a su hija, una de las mejores escenas de la función y que Williams plasmó con deliciosa socarronería y cierta burla hacia lo que precisamente critica en la obra, y que así llega al espectador. Dos generaciones diferentes chocan de plano en ese momento, y el desconcierto de Jiménez está llevado a cabo por el actor con gran tino, del mismo modo, que las pretendidamente almibaradas escenas con Rosa, resultan convincentes e ingenuamente deliciosas.

Alba Flores como Rosa.
Flores posee una estupenda presencia escénica, pero resulta un poco verde todavía para un papel de esta envergadura. Rosa es una chica muy decidida, de mucho carácter, muy madura y que le planta cara a su madre para anteponer su felicidad. Alba no llega porque sus recursos todavía no son los deseados, si bien es cierto que tiene momentos conseguidos, falta cierta profundidad en el personaje y algunas emociones están resueltas mas hacia afuera que hacia la verdad, esto lastra la interpretación, pero no la desguarnece estrepitosamente. Alba Flores necesita madurar, pero se vislumbra lo que puede dar, dentro de un tiempo y con unos cuantos montajes mas, seguro que se irá solventando. Le falla la escucha y el recorrido hacia la emoción, ahí estriban sus dos grandes problemas.



Roberto Enríquez como Álvaro Mangiacavallo.
Inspiradísimo en una interpretación mas hacia afuera de lo habitual en el, pero que funciona a todas luces. Esforzadísimo y entregadísimo, sirve un trabajo cargado de energía, y pequeños matices que enriquecen hasta lo estratosférico este un tanto estereotipado macho-alfa que Enríquez ennoblece con su sabiduría escénica. Tarda en salir, pero cuando sale lo hace a por todas, siendo su creación interesantísima desde todo prisma, y muy sorprendente para el espectador. El dúo escénico con Aitana Sánchez Gijón es de altura y la química entre los dos es muy notable. 

Aitana Sánchez -Gijón como Serafina Delle Rose.
Estupenda y muy alejada de la imagen habitual del personaje, en esta producción el torbellino es su partenaire, la Serafina de Aitana es mas cerebral de lo que a priori nos pueda parecer en el texto y menos impulsiva, viviendo su historia desde dentro, la energía está solapada, y no sale hasta que finalmente sale corriendo detrás de su vida por el patio de butacas. Hubo diversidad de opiniones sobre la visión execesivamente refinada del personaje, pero es que Aitana es tan bella que duele, y eso no lo puede evitar. A mi me gustó mucho, precisamente por lo contenido de su trabajo, algo muy difícil de llevar a cabo y que Sánchez-Gijón lleva honestamente hasta sus últimas consecuencias. Se trata de otra visión del personaje, perfectamente justificada, y en mi humilde entender igual de válida que cualquier otra. Sirvió momentos de gran altura como era de esperar, y me dejó completamente satisfecho. Aitana es una grande de nuestros escenarios, y sin duda toda una primera actriz que se deja la piel sobre el escenario cargada de oficio y profesionalidad.



Vayamos ahora con la propuesta escénica. 
La producción viene firmada por Carme Portacelli, responsable a su vez de la adaptación junto con Gabriela Flores. 
Encontré sensiblemente recortado el texto, no sé si es una apreciación mía, pero algunos personajes están excesivamente esquematizados, y lastra un poco el desarrollo de la obra quedando excesivamente aligerada.
La propuesta estética no me acabó de convencer por varios motivos. Visualmente la encontré francamente descafeínada y alejada del apasionado amor que se debe vivir en escena, siendo el tono excesivamente frío, que las luces de Pedro Yagüe todavía acentúan todavía mas, a eso hay que añadir la indigesta escenografía que estorba mas que aporta, ya que la fachada de la casa, si bien es cierto que viene en el texto original, resulta mastodóntica y excesivamente torpe en sus mutaciones. El tono gris de todo lo que rodea a Serafina podría estar justificado, pero eso debería cambiar en algún momento, y hasta la poética lluvia de pétalos de rosas final, no acaba de despegar hacia el recorrido del personaje principal.
A esto añadiría unas innecesarias transiciones musicales que no aportan nada, el texto es lo suficientemente lírico como para no necesitar adornos, y de hecho los cambios realizados sin ningún personaje cantando resultan mas satisfactorios que los anteriormente citados.
A nivel actoral Portacelli dirige a sus actores en líneas generales en un tono excesivo ( a excepción de Serafina), mas o menos afortunado dependiendo del personaje, y algunas concesiones no acaban de funcionar por el tratamiento excesivamente burdo, como mas arriba cuento en referencia al personaje de Bessie, y si bien es cierto que la escenas de Aitana, Roberto, Alba e Ignacio están brillantemente resueltas y dirigidas, el resto se queda en un diluido segundo plano que no me acabó de convencer.



En resumen, una propuesta estimable en sus interpretaciones principales, pero irregular en su acabado general, que no queda del todo redonda por los motivos mas arriba expuestos. El texto es una delicia por mucho que algunos lo denosten, y siempre apetece ver una obra de Tennesse Williams. Por tanto si tenéis en cuenta lo que en esta crítica os cuento saldréis satisfechos, yo me lo pasé muy bien, pero un poquito por debajo de las expectativas que llevaba para ser sincero.



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