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jueves, 6 de octubre de 2022

Equus, Revisando El Mito Teatral Español Por Excelencia.

Cuando faltaba un mes para la muerte de Franco, la convulsa España de la época vivió un completo acontecimiento teatral y sociológico que marcó el fin de una época y el principio de La Transición. El estreno de Equus en nuestro país es uno de los fenómenos teatrales más recordados y comentados , incluso casi 50 años después de aquel estreno. Aquella mítica producción con José Luis López Vázquez y Juan Ribó a la cabeza fue un hito en nuestros escenarios por motivos quizás un tanto alejados de la obra en sí, pero que dejaba bien claro que el público español quería sentirse adulto y ver obras adultas sin complejos y sin ningún tipo de censura que tutelara moralmente a la nación. El desnudo integral de Juan Ribó y María José Goyanes causó estragos, y no solo eso, la función arrastró mucha polémica, amenazas de bomba, insultos a los actores y demás hechos bochornosos que solo aumentaron el éxito de la obra, y el aire mítico que el espectáculo mantiene en la España del 2021, que por suerte tanto ha cambiado en algunos aspectos como para que ya nadie se escandalice con obras como Equus. Tal fue el éxito de la función que durante unas cuantas temporadas hasta cinco elencos diferentes hacían Equus a lo largo y ancho del país, siempre con el mismo resultado, plateas llenar a rebosar, y una especie de catarsis colectiva en la que las opiniones favorables del respetable eran unánimes.



 

Después de aquel tremendo exitazo, pocos se han atrevido a volver a montar la función, obviamente las comparaciones son odiosas y nadie pareció atreverse meterse en el charco, hasta hace unas temporadas que se hizo una estupenda versión, que reseñé en su momento, y la que esta crítica ocupa, y que se acaba de estrenar en el Infanta Isabel.




Equus, escrita por Peter Shaffer, se estrenó en Londres en 1973 y su éxito fue instantáneo, estrenándose la obra en multitud de países, siempre aclamada por crítica y público. El secreto de Equus está en su astuta concepción del teatro, aunando perfectamente el interés del gran público con la calidad literaria, en una historia absorbente, dura y de tremenda fuerza escénica. Podemos  considerar la obra como un thriller, con un hecho traumático anunciado en la primera escena y que no se aclara hasta prácticamente el final. Alan, un adolescente problemático ingresa en una institución mental tras arrancarle los ojos a seis caballos con un punzón. Sus conversaciones con con el psiquiatra que lo trata nos sirven de catalizador para contarnos el motivo de tan atroz acción y desmenuzar la complicada situación familiar del joven así como el momento vital del psiquiatra, que se encuentra en plena crisis existencial. Basándose en un hecho real, Shaffer se sirvió del asunto para mostrarnos una crítica brutal de ciertos sectores de nuestra sociedad, lo viciado de algunos vínculos familiares y la repercusión que estos pueden tener en los hijos. El texto, de gran enjundia, plantea muchas dudas al espectador de manera bastante imparcial para que cada uno saque sus propias conclusiones. Función de una brillantez absoluta, enorme carga dramática, y de poderosos acabado, es un sólido ejemplo de carpintería teatral, con sus giros, sus imágenes de gran potencia, y una belleza en cuanto a lo literario se refiere realmente notable. La capacidad de impactar al espectador de Equus se mantiene intacta con el paso del tiempo siendo en mi humilde opinión una obra maestra del repertorio universal, que siempre viene bien revisar por sus indudables valores, la dificultad actoral que entraña, y por supuesto por el interés que suscita el afrontar textos de este calibre.




Vayamos con el elenco:

Jorge Mayor como Frank Strang, dota de indudable fuerza a un personaje duro y antipático como es el padre de Alan. Realmente convincente en sus intervenciones se nos antoja odioso por momentos, y nos llena de impotencia por su intransigencia e hipocresía. Perfecto de tono, alejado de cualquier afectación, muy adecuado a todos los niveles para el personaje, Mayor realiza un trabajo de altura y con grandes dosis de verdad.


Claudia Galán como Jill Mason, muy natural y también en un código muy de verdad. Su personaje es un tanto ingrato, y si no se realiza con la suficiente entidad destaca mucho y para mal. En el caso de Galán, su corrección actoral, y la claridad con la que presenta sus objetivos, marca a la perfección el carácter de Jill, y la figura antagónica a todo lo que representa Alan. Comedida, sin estridencias y siempre en su justo lugar en cada escena consigue no pasar desapercibida en ningún momento, en un trabajo bien pensado y el punto exacto que pide el papel.

 

Manuela Paso como Dora Strang, absolutamente magnífica, todo dicho con gran sentido, dejándonos vislumbrar a la perfección la complicada psicología de la madre de Alan, en un personaje francamente difícil, que se ve resuelto de manera espectacular. Su gran escena con Martin es una de las más brillantes de todo el espectáculo, cargada de tensión y tremenda implicación emocional. Paso nos deja cristalino todo lo que pasa por la cabeza de esa mujer, con un enorme cargo de conciencia que de manera un tanto hipócrita intenta culpar a su hijo de sus remordimientos. Concisa en el gesto, sobria y con un trabajo muy interiorizado, se me antoja una de las mejores intérpretes de este Equus, demostrando su solidez actoral en cada una de sus escenas.



 

Alex Villazán como Alan Strang espectacular, no hay discusión. El papel se las trae, y Villazán como ya demostró en El Curioso Incidente del perro a medianoche, se muestra como un actor enorme, intuitivo, de gran fuerza en el escenario, y que parece que se está especializando en papeles de indudables complicaciones psicológicas. Nuestro actor lleva al personaje al límite en varios momentos, límite emocional y físico, con gran arrojo y arriesgando cuando el texto así lo pide. Muy centrado en la corporalidad de Alan y en la escucha, acertadísimo con los textos y con una energía tremenda, nos deja clavados en la butaca en el cuarto final de la función, donde directamente se abre en canal, desnudo por dentro y por fuera, con enorme valentía en indudable carga emocional.

 

Roberto Álvarez como Martin Dysart. Álvarez me pareció el más flojo del reparto con un personaje que debe ser enfocado más hacia dentro que hacia afuera, haciendo nuestro actor precisamente lo contrario durante la mayor parte del espectáculo. Es cierto que se entona hacia el final de la función, y en algún momento se vislumbra lo que debe ser Martin en su monólogo final. No me resultó convincente, un tanto plano y sin dejar entrever todo lo que le está pasando por dentro al papel, limitándose más bien a ser un cínico observador, que no parece estar muy implicado en lo que está ocurriendo. No hace falta una interpretación forzada o impostada, simplemente es una cuestión de profundidad y carácter. Se queda corto en carisma, y presencia escénica, pasando más desapercibido de lo que el papel se merece. Varios tropezones con el texto tampoco ayudaron mucho a su trabajo, que se me antoja todavía poco maduro. Sería interesante ver su evolución a medida que vayan desarrollándose las funciones, ya que parece estar buscando el sitio, sin acabar de encontrarlo todavía.



 

 La obra viene firmada por Carolina África, acertando en su labor de dirección. Hay que entender que nos encontramos ante una propuesta ortodoxa de la función, clarificadora en cuanto al texto, y bien servida en lo visual. África consigue un espectáculo equilibrado, con los tiempos muy bien medidos, ágil en el ritmo y bien dosificado en la intriga. Los actores mayormente dirigidos en un código naturalista, alejados de la afectación, y con buenas directrices en cuanto a acciones y vínculos. Nuestra directora consciente de los momentos de más fuerza del texto consigue potenciar la carga dramática del espectáculo con una serie de imágenes poderosas y en algunos casos de gran belleza, el final del primer acto posiblemente sea la escena de más potencia de todo el espectáculo a nivel visual, para retomar ese tono poderoso al final de la función, rematando muy bien el espectáculo, que a mi personalmente me revolvió bastante por dentro, tal y como el texto pide.

Hay que hacer mención a la versión de Natalio Grueso, que aligera inteligentemente un texto ligeramente redundante en el original, aunque hay que decir que algunos vínculos se resienten, especialmente en cuanto a la evolución de los mismos, el desarrollo de la  relación entre Alan y Martin es la que más se resiente de la poda.

 

En contra del espectáculo va la escasez de actores, ya que algunos personajes importantes doblan papel, algo que resta verosimilitud al espectáculo, no molesta en exceso, pero si que se acusa en el acabado de la función. Es comprensible que en los tiempos que corren se tenga que limitar el número de personas en escena por cuestiones de presupuesto, pero especialmente en el caso de Manuela Paso, resulta extremadamente chocante que haga de Dora y Hesther, pidiendo a gritos el espectáculo otra actriz que de vida a Hesther.

 

Correcta y funcional escenografía de Bengoa Torres, evocadora e inteligente a la hora de plantear los diferentes lugares en los que se desarrolla la acción.



 

En resumen, este Equus, quizás no posea el halo mítico que tuvo la primera producción en nuestro país, pero su más que correcto elenco, y su buen acabado formal, se me antoja como una ocasión estupenda para revisar el clásico, y que las nuevas generaciones lo descubran. Quizás no levante la misma polvareda, y sin duda eso es lo correcto, los ojos con los que la vemos, por suerte no son los mismos que se vieron hace 47 años, y eso precisamente nos permite realizar un visionado más sosegado de la obra en su globalidad.



 

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